El laúd

Tocabas tu laúd
como si no acabaras de iniciar tu andadura por la Luna.

Tocabas mi laúd
como si tú y yo, como un conjunto
no vacío,
con la trivial lámpara contradictoria,
halláramos la forma para huir:
atrás las golondrinas,
atrás la palabra lírica,
atrás un insano hábito por conquistar mundos.

Tocábamos juntos:
nos comíamos las bocas,
nos comíamos las almas,
nos amábamos
como hoy,
como cada mañana,
como cada noctámbulo minuto.

Tocábamos
lágrimas ocultas bajo la almohada,
tocábamos laúd
ignorando su uso,
ignorando un común ritmo sinovial
para acompasar tu corazón
al mío,
bajo amapolas sin volcán.

Tocabas mi tocado laúd amamantado
y sin significancia
cual una grulla loca amansa osos africanos.

Y así, poco a poco,
nos volvimos uno
y olvidamos la dualidad

acompañándonos.

La mascarilla de la multa

No es una mascarilla que use.
Es la mascarilla de la multa:
La llevo en el bolsillo desde
hace más de 3 meses cuando la
consideré inadecuada para sus
funciones profilácticas y sin
entrar en debates sosos sobre
su posible utilidad sanitaria
reconozco como la única razón
para seguir portándola cierto
miedo a ser multado. Por ello
a pesar de ir cambiándome las
apropiadas mascarillas casi a
diario, no la descarto con la
diligencia que debería poseer
para no ir acarreando un saco
de virus muertos ni una bolsa
de bacterias fermentadas como
morboso ramillete de violetas
ácido ribonucleico azul lacio
con el desvaimiento de la luz
caduca en plástico envoltorio
durante los próximos 6 meses.
Descubrí con sorpresa absurda
que no soy el único portador,
ni soy la persona atemorizada
por policías omnipresentes en
cada balcón o en cada terraza
donde campa gran intolerancia
donde escasea amable empatía.
La tiraré, sí, la tiraré. Hoy
sólo quería escribir un texto
sobre una pequeña confidencia
de la que no me siento ni más
ni menos tonto que cualquiera
pero de la que me avergüenzo.

Flecos

Quedan flecos
que son flechas
como flemones
flatulentos.

Quedan flecos
flebíticos
que inflaman fequillos
fletaneros.

Quedan flecos
que son flexiones
irreflexivas con alma de fletán
flexible.

Quedan flecos
en el flexómetro de mi inquietud
flemática con arcos de metal
flexuoso.

Quedan flecos
en ángulos flechados
sobre la fleja del rinoceronte
fletador.

Quedan flecos
por mi alergia al fleo
y su pijama fexibilizador
sobre el flete.

Quedan flecos
que se mueren en un fletante
y cadencioso flexo
sordo y flemudo.

Quedan flecos
sin flejar
en aquel horizonte fletamento
que vimos flexionar.

Quedan flecos
pero pocos y flectados
en la flechería
de nuestro flegmático fleto sin flegma ni flor inapropiada.

Vivir es la última palabra

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Pegamento

Adherido a mis manos
el teclado
se levanta con cada pulsación.

Adherido a mis ojos
el monitor
se oscurece con cada pulsación.

Adherido a mis pies
el suelo
se hunde con cada pulsación.

Adherido a mis orejas
el tamborileo
se rebela con cada pulsación.

Adherido a mis pulmones
el oxígeno
se inhala con cada pulsación.

Adherido a mis dientes
el silencio
se mastica con cada pulsación.

Adherido a mis neuronas
el pensamiento
se agrieta con cada pulsación.

Adherido.

La tumba 404 estaba desierta

Estaba en la galería 3
del crematorio
donde estaban depositando
las cenizas del marido de mi prima.

Como casi todo en esta vida
estaban numeradas las tumbas
que en realidad eran nichos
que en realidad eran nada.

En la inmensa mayoría
flores
adornaban nombres grabados sobre el mármol
o nombres destacaban en relieves dorados
e incluso
plateados.

Mientras tanto
un cuadrado en la retícula vertical
de cadáveres incrustados
con urnas abandonadas
permanecía desierto
con tan sólo el número
en el centro del mismo
gritando un 404
que a cualquier internauta
le resulta más familiar que aquellos nombres
de aquellas tumbas plenas de polvo de color gris claro
que queda después de una combustión completa
formado por sales alcalinas y térreas
sílice
óxidos metálicos
y algún resistente hueso con rastros de ADN.

404
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no existe.

Y yo (en sepulcral silencio)
no paraba de preguntarme
si era la más real de todas las lápidas
si no era un acertado epitafio
de algún programador web
si no era una broma macabra
si era la verdadera esencia de la muerte
si no era la verdadera esencia de la vida.

Esto no es una broma