Los dramas de tener un coche

Estas vacaciones nos dejaron prestado mis padres su preciado coche para que pudiésemos llegar a Taramundi, que es un lugar maravilloso al que resulta casi imposible llegar sin vehículo propio. Seguramente esta es una de las razones por las que ese lugar se mantiene maravilloso, aunque sus ciudadanos, escasos, lo puedan echar de menos alguna vez.

Yo casi nunca conduzco y mi único interés en un coche es que tenga cuatro ruedas y un volante. No sé absolutamente nada (muy poco) de motores, salvo lo que pueda haber estudiado en torno a la combustión de octanos… o sea, que no sé cambiar una rueda.

Vaya esto por delante del drama que se nos avecinó a raíz de unos indicadores que comenzaron a asustarnos en nuestro viaje, prácticamente desde el tercer día de nuestra llegada y que Carmen tuvo a bien ir documentando para que pudiésemos enterarnos de lo que nos estaban diciendo las sucesivas personas que revisaron el estado del vehículo.

Nuestra peripecia fue apuntada de la siguiente manera:

El coche resulta ser un HYUNDAI TUCSON. Sinceramente, no sabía ni la marca, ni el modelo y la matrícula la fotografío cada vez que cojo el coche porque se me olvida siempre. Sé que es blanco.

Hacemos el trayecto desde colmenar Viejo a Gijón y de ahí a Taramundi sin ningún problema el lunes 20 de julio. El martes 21 por la tarde vamos a Bres, que está a 5 km, con el coche, sin problemas.

Pero ya el miércoles 23 vamos de Taramundi a Ribadeo y, a la altura de Vegadeo, a tan solo 12 km de Taramundi nos da un aviso (en forma de indicador anaranjado en el panel principal del coche) de COMPRUEBE EL SISTEMA DE ESCAPE que permanece también en la vuelta.

Dejo el coche en «cuarentena» esperando que se pase solo el problema, pues no quiero afrontarlo, pero el martes 28 vamos hacia la playa de Peñarronda y, una vez pasado Vegadeo, vuelve a dar el aviso de FALLO en el sistema de escape. Algo va mal y no sé qué es. Yo entro en pánico y le digo a Carmen que se suspende nuestra excursión playera.

Pasamos al TALLER SINDO en Castropol, donde nos dicen que el coche necesita una REGENERACIÓN DEL FILTRO DE PARTÍCULAS. (Yo entiendo degeneración pero no se lo digo para que no se ría de mí). Para ello nos aconseja ir a Navia, a unos 30 km de distancia por la autopista A8, conduciendo en cuarta o quinta marcha para que el motor alcance y mantenga unas 3000 revoluciones. El objetivo es que el filtro de partículas se limpie solo.

Lo hacemos. En Navia vamos al TALLER SUSO en el que nos dicen que si el coche va bien normalmente es algo menor y que lo aconsejable puede ser ponerle un líquido en el depósito del combustible que ayude a quemar la carbonilla y por lo tanto a limpiar el filtro de partículas. Nos cuenta que él podría hacer una regeneración forzada del filtro pero puede ser que, incluso haciéndola, siga dando el mismo problema. Y que él tiene una furgoneta que alquila con ese problema y que no pasa nada. Aconseja llevar el coche al taller cuando hayamos vuelto a Madrid.

Aquello no me deja muy tranquilo, pero volvemos hacia Ribadeo sin parar con el mismo aviso en el coche. Paramos en Ribadeo y estamos ahí (al menos disfrutando un poco de una comida rica aunque más nervioso que otra cosa) desde las 13:00 hasta las 18:00 horas.

Cogemos el coche y vamos al Taller de Vegadeo EO MOTOR. En ese trayecto el coche no da ningún aviso. En el taller le pasan un scanner y dice que todo está bien, según parece.

La explicación que nos da es que, seguramente, en el recorrido a Navia que se ha hecho se ha llevado a cabo y completado toda la regeneración del filtro de partículas (que es lo que el coche hace normalmente de forma automática). Nos dice que si vuelve a pasar que vayamos de nuevo a su taller.

El jueves 30 vamos a Vegadeo por la mañana y vuelve a dar el aviso de «Compruebe el sistema de escape». Así que ya no me atrevo a mover más el coche y, después de comer, lo llevamos al TALLER EO MOTOR y pasan el scanner y sale lo siguiente:

**Filtro de partículas por debajo del umbral de banco 2
El sensor de presión está mal. El diferencial.**

Puede ser que sólo esté mal eso, el sensor, así que nos proponen que van a buscar un sensor para este coche o uno compatible y que nos llamarán, pero que si no han llamado el martes, les llamemos.

El mismo jueves, al volver a Taramundi desde EO MOTOR, se enciende de forma permanente un nuevo icono ámbar de «fallo de motor».

A partir de entonces, el coche queda (por mi parte) odiado y desheredado, pero no creo que le afecte. No obstante, cuando días después conseguimos llevarlo de vuelta al taller de Vegadeo donde nos habían propuesto cambiar el sensor, para lo que habían adquirido uno ex-profeso, lo tienen la mañana haciéndole pruebas y determinan que no era un fallo en el sensor sino que algo, que ya no saben determinar con precisión, no anda bien en el coche, pero que lo que nos recomiendan es «cerrar los ojos y volver a Madrid» con el coche en este estado y confiar en que no pase nada.

Esto ha sido algo fastidioso que me ha tenido preocupado casi todo el tiempo, sintiéndome un inútil por no saber resolver nada de estas cosas, además de altamente dependiente de una herramienta (el coche) que ni siquiera querría haber tenido que tener en mis manos.

Ya cuento los días para volver a Colmenar Viejo y librarme del coche, dejarlo en manos de quien me lo prestó y no volver a necesitar un vehículo de mi responsabilidad hasta el día del juicio final… o las próximas vacaciones motorizadas, si no queda más remedio.

Aniversario

Ayer fue nuestro 27 aniversario como pareja. Lo celebramos no solo anualmente, sino casi mesiversariamente (cada día 6), o, en ocasiones, semanalmente.

Celebramos el amor que nos tenemos y que descubrimos nuevo cada día que pasa. Es un descubrirse increíble, paralelo, evolucionando juntos en sintonía con diferencias, para aportar melodías que deshagan la prevista monotonía.

Planteamos un día de «experiencias» en Madrid, de pequeños placeres en los que caminamos, desayunamos, fuimos al cine, caminamos, comimos, caminamos, tomamos té de especialidad, caminamos, vimos las estrellas y volvimos en autobús a nuestra casa.

En todo camino, no podía dejar de mirar a Carmen y preguntarme ¿Cómo puedo tener tanta suerte?

Caminamos unos ocho kilómetros entre unas cosas y otras.

Los lugares estaban escogidos para que nos gustasen pero para que fuesen buenas paradas en nuestra excursión a casi 37 grados celsius que había ayer en esta ciudad sofocada.

Nos encantó desayunar en una terracita cercana a los Cines Embajadores, donde reímos intensamente con el inteligente humor de Ernest Lubitch y su celebérrima «Ser o no ser».

De camino al restaurante, descubrimos calles y barrios que no conocíamos, que, sin embargo, están en la misma puerta de Legazpi, como quien dice. Ese callejeo nos obsequió con algo de sombra y jolgorio de niños y niñas en parques infantiles. Parece absurdo mencionarlo, pero casi no hay menores de edad en esta capital.

Nos maravilló la comida en el restaurante japonés Kujira, incluso ante la difícil elección de platos debido a la abundancia de opciones sugerentes. Un lugar para repetir, sin duda.

No quisimos probar los postres del menú y fuimos rumbo a una tetería/cafetería altamente hipster o de especialidad o lo que sea que se llame a un espacio en el que deciden que no te atienden en la mesa, no tienen opciones que consideras habituales, los precios son elevados y presumen de que todo lo que hacen es orgánico (como el metano, sin ir más lejos) y las paredes están desprovistas de encalado o estucados, con los ladrillos a la vista o aparentar (esta es la palabra clave de estos sitios) ambiente industrial, plagado de imágenes que te remitan subconscientemente a algo envejecido, tradicional, afectivo… sin serlo.

El té estaba rico. A Carmen le chiflan estos nuevos cafés que invaden los centros de las ciudades para postureos varios, así que lo había elegido por los dulces caseros que, todo sea dicho, también estaban ricos.

El último paseo nos condujo desde ahí al Planetario de Madrid, para el que teníamos entradas con intención de ver una proyección titulada «Postales de otros mundos», que fue un precioso broche final a un día de ensueño.

Tras terminar la proyección, a menos de 5 minutos, teníamos una parada de autobús de la línea 148 que nos condujo, fresquitos, a la Plaza de Callao, a menos de 5 minutos de nuestra casa.

No necesitamos grandes fastos para ser tan felices como somos juntos. Es un auténtico lujo disfrutar cada día de su sonrisa al despertar, de nuestras risas compartidas, del amor que nos tenemos.

Así, la vida es bella.

Cianotipias de Taramundi

Realicé 14 cianotipias de 14 fotografías digitales tomadas entre los años 2022 y 2025 en el Concejo de Taramundi a lo largo de nuestras vacaciones estivales en esa localidad.

A sugerencia de Carmen de la Rosa, cada fotografía fue acompañada o inspiró un haiku escrito entre el 8 y el 9 de julio de 2026.

Generé negativos utilizando la herramienta de software libre GIMP 2.10.36. Una vez convertidas las imágenes a blanco y negro, en casi todos los casos, utilicé un aumento de contraste de 70 (o menos), con un aumento de brillo para no perder detalles. Posteriormente, invertí la fotografía para «negativizarla».

Utilicé exclusivamente imágenes apaisadas para su posterior montaje junto a un haiku cada una, en un archivo de tipo vectorial (SVG) guardado como PDF utilizando Inkscape 1.4.4 sobre Linux Mint 22.1 xia. Los archivos PDF obtenidos, contenían, horizontalmente y de arriba a abajo un negativo de una de las fotografías y un haiku siempre situados en la misma posición. La unión de todos los PDF en uno solo para su más cómodo manejo la realicé con PdfUnite v. 24.02.0.

La impresión de los negativos digitales así obtenidos la llevé a cabo la segunda semana de julio de 2026 sobre transparencias específicas para impresoras caseras de inyección de tinta de marca AVERY Zweckform. El material fotosensible había sido adquirido en Manuel Riesgo y fotosensibilicé dos pliegos de 100x70cm de Papel Guarro para acuarela de 350gsm de grano grueso adquiridos en La Riva Papeles Especiales.

Cada cianotipia tiene unas medidas de 25x20cm dejando un marco blanco aproximado de 1cm en los cuatro lados.

Aun vacía, nuestra casa está llena de amor

Le envío esta fotografía a Carmen para que vea que dejo los armarios cerrados y veo en su reflejo todo el amor que nos construye:

Esa cama dividida y compartida, donde Carmen duerme parcialmente sobre un edredón y yo a pierna suelta, pero siempre juntos. Una vez intentamos tener dos almohadas y lo pasé tan mal que pensé que era el principio del fin de nuestra relación: una pareja que no puede llegar a consensos es una pareja condenada al fracaso, sin que ello sea ningún drama. Al fin y al cabo lo que fracasa es la pareja, no las personas que la componían. Tuve la sensación de que nos acercábamos a eso si no éramos capaces de encontrar una almohada que, más o menos, nos agradase a ambos. Sé que esta es una línea roja tan arbitraria como cualquier otra, pero no deja de ser una línea roja que casi toda pareja pone en algún lugar, aunque sea, por ejemplo más habitual, la infidelidad «conyugal».

Un humidificador para cuando lo necesito en época de alergia y para cuando lo necesita con la sequedad del aire debido al climatizador. Es otro síntoma de que nos cuidamos ambos mutuamente. Está casi al lado de una fotografía que ha ido perdiendo el color de una de nuestras primeras escapadas a Donosti, realizada desde Urgul, creo recordar, con lo que nuestro amor salta de lugar para llegar a mi tierra preferida, mi tierra elegida. Cuando empezamos a salir, allá por el milenio pasado, le dije que tenía que conocer a mi cuadrilla de amigos vascos (el masculino es intencionado, porque aunque hay amigas allá, es de los pocos lugares en el mundo donde tengo amigos hombres). Por supuesto, ella les encantó y a ella le encantaron ellos. Ahora es amiga tanto de mis amigos, como de alguna de sus parejas, a quienes conoció al mismo tiempo que yo. Nuestra querida Verena, a quien visitamos casi más que a mi querido Xabi, es otra puerta de entrada a ese país que tanto amo.

El espejo con marco de colores del que apenas se ve un remanente es una pieza artesanal hecha para mí por mi queridísima amiga Sylvia hace casi 30 años. Justo encima, un poema visual enmarcado, del que tan solo puede verse una esquinita, que me regaló Carmen y un vaso con dos tipos de arena con las letras T y K formando siglas de Te Kiero que nos decimos a cada rato… y lo sentimos en todo momento.

En la estantería (balda, sí, tengo baldas, hermanix), a la derecha del retrato donostiarra, tenemos una delicada pieza de artesanía que prácticamente, dada su forma, sólo se ve si se mira desde arriba, que compramos a una alfarera encantadora en el Centro de Artesanía de Bres, en Taramundi, Asturias, donde nuestro corazoncito va a reponerse del rigor laboral (y climatológico), además de haberse convertido en una especie de segunda residencia y sentirnos acogidos o adoptados por casi todo el pueblo.

El candelabro sostiene un huevo dado que con las temperaturas de nuestra casa, las velas se derretían, especialmente las estrechas y largas, dando unas formas divertidas, pero poco funcionales, donde la mecha quedaba completamente hacia abajo haciendo que, si se encendiesen se derritiesen a sí mismas, en un suicidio cerúleo goteante. Es un regalo del hermano de Carmen. Algún otro regalo ocupa el resto de los estantes, incluso aquellos que no salen reflejados en el espejo del armario diseñado a medida para que la ropa de Carmen tenga dónde habitar.

Quizá no sea un regalo la pila de libros que tengo pendientes de leer al lado de mi lado de la cama, pero son los que he comprado gracias, en parte, a la generosidad de mis padres que me transfirieron 300€ para mi cumpleaños. Obviamente, los gasté (y algo más) en los libros que voy a leer este verano. A continuación, muchos de ellos los cederé a amistades, entre otras a mi querida Aída, con quien tengo un intercambio lector de lo más estimulante. Otros a Jaime Vallaure, con quien tengo el lujo de compartir espacio desde hace ya una década, y a quien debo tanto que no sé explicarle, sin ir más lejos, las conversaciones sobre libros y autores (y autoras) que llevamos manteniendo los últimos meses.

Por cierto, todo ese armario (el reflejado, junto con las baldas) se lo debo a la maña, las herramientas y el buen hacer de mi padre, a quien ayudé mínimamente cuando lo necesitamos montar hará ahora un cuarto de siglo. Lo único que aporté fue el diseño y la idea… pero creo recordar que tampoco toda.

A las mujeres no nos gustan los cobardes

Con esta «lujosa» frase, mi querida amiga Lilian Flores, me animó hace ya casi 27 años, a lanzarme a confirmar el amor que le tenía a Carmen.

Carmen estaba pasando unos días en Mojácar (donde después estuvimos tantas y tantas veces juntos) y me había escrito una amorosa postal. Yo no me decidía a dar ningún otro paso que el de esperar a que volviese. Entonces le pregunté a Lilian quien me dijo esta frase «A las mujeres no nos gustan los cobardes».

Finalmente, no me lancé a ir a donde veraneaba Carmen porque en teoría estaba a punto de volverse cuando yo recibí la misiva, además de que la dirección del remitente estaba mal escrita (había escrito en ella su dirección postal de Madrid). Frente a la idea de estar paseándome por el pueblo buscándola al más puro estilo peliculero, decidí esperar un día y ver si ella volvía.

Recuerdo valorar aquella frase como un secreto que yo no había conocido a lo largo de toda mi vida (especialmente adolescente) y explicativa de mis escasas dotes ligando.

Con el paso de los años, no obstante, la sentencia me parece que ha envejecido como esas películas machistas de los años noventa que ahora dan algo de grima ver: ¿Las mujeres? ¿Los cobardes?

De alguna manera, me parece, amén de estereotipada, también cargada de un binarismo simplista, de un sexismo evidente (Las/Los), atribuyendo cualidades intrínseca e inevitablemente asociadas a géneros. ¿Podía afirmarse, de la misma manera y significando lo mismo «A los hombres no nos gustan las cobardes»? (siguiendo con el binarismo).

Yo siempre me había declarado «cobarde» y a mucha honra, pero también porque cada vez que se hablaba de valentía solía asociarse a actitudes violentas camufladas de conductoras de voluntad, en casi toda ocasión, valentía era masculina. La voluntad era la de él, cualquier él, no de ella.

Hoy yo no diría esa frase de esa manera y me está empezando a pasar algo relativamente parecido con la palabra «consentimiento»:

Aunque defiendo que es una de las más importantes palabras del siglo XXI, mi reflexión es la siguiente: ¿Consentir no forma parte de lo que lleva a cabo un ser pasivo? Se consiente o no se consiente lo que otra persona propone. ¿No sería necesaria una actitud más activa?

Hay que buscar más allá del consentimiento en un lugar en el que este ya se dé por necesario y descontado (que no por obtenido). Pocas veces, cuando pienso en esta palabra, imagino a un hombre siendo quien «otorga» su consentimiento. ¿Por qué?

Kintsugi

Después de proteger este juego de jarrón y dos vasos que adquirimos por un elevado precio en el Centro de Artesanía de Bres el año pasado, acabo de romper uno de los vasos y la jarra central debido a los nervios de la semana, que me tienen correteando como pollo sin cabeza.

Yo no tengo especial problema en desapegarme de objetos, hasta el punto de que siempre defiendo que «lo importante son las personas y no las cosas», pero sé que Carmen lo sufrirá mucho.

Por momentos, recordé esta técnica japonesa de reparación con oro de cerámica y me lo llegué a plantear, pero la verdad es que me resulta casi imposible pensar en arreglar algo que no sé manejar. (¡Si fuese software…!)

Este pequeño drama ha tenido la osadía de hacerme parar en este día, al menos, para recoger los pedazos con cuidado de no dañarme yo ni dejar nada potencialmente dañino por el suelo, guardarlos en la caja de zapatos de las deportivas que compré el miércoles por la mañana para mis pies planos y recordarme que conviene respirar un poco más despacio.

Mi profe prefe

Mi profe prefe, obviamente sin parcialidad. 😉

Maravillosa Carmen De La Rosa en sus clases con clase, con simpatía y con buen hacer. Lleva más de 25 años formándose y no se detiene: Para ella, el Tango es una carrera de fondo, o sin fondo, una carrera de vida. Es increíble que siempre se esté reinventando y dando lo mejor de sí en cada clase.

Este julio del 2026 tienes estas cuatro propuestas para distintos niveles. Pregunta en su teléfono 635514576 o carmen@carmendelarosa.com

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El gozo estético

Carmen me regaló por mi 59 cumpleaños que cumplo hoy mismo unas entradas para un concierto de Jazz en el «reubicado» café Central, ahora denominado «Ateneo Central«.

Fue muy emocionante escuchar el mítico Victor Jones Trio en directo, en unas sillas casi en el escenario, desde donde se podía apreciar el manejo divertido de las baquetas del increíble baterista Victor Jones.

Yo lloraba de emoción ante tanta belleza. Belleza analógica, cálida, sin intervención alguna de instrumentos electrónicos, ni siquiera para las partituras en esta época cada día más dependiente de la electricidad.

Un momento álgido fue cuando invitaron a unirse a tocar un tema de John Coltrane al camarero que hasta ese momento nos había atendido y que se lanzó con saxofón en mano a interpretar el delicioso tema con una compañía increíble. ¡Qué sensación! (Lo que llamarían ahora mismo experiencia).

Fue una tarde maravillosa que culminamos cenando en un restaurante vegetariano llamado Artemisa recordando los preciosos momentos que habíamos, otra vez, compartido.

Queríamos olvidar el mal inicio de la tarde en el que Carmen se había pisado sus propios pantalones produciéndose una aparatosa caída que le ha dejado una rodilla muy magullada e hinchada. Ojalá que recordemos pasados unos meses tan solo esa emoción por el gozo estético y hayamos olvidado esa lesión, el susto y la sensación de indefensión profesional que siempre tenemos ante algo así.

Poema-ceta?

Llevaba tiempo queriendo «tapar» el desaguisado que dejaron en una caja de luces en una de las paredes de mi estudio, pero por otro lado, no quería literalmente taparla, sino que no se viera.

Así que tenía pendiente hacer algún tipo de intervención que no acababa de decidir. Hace unos días pensé en la posibilidad de convertir el cable que asciende por la pared en un tallo de una planta que sale de un tiesto y, a partir de ahí, Carmen y yo hemos hecho hoy esta pequeña preciosidad que, obviamente, sigue dejando a la vista el cableado, pero lo resignifica, lo recalifica, lo redefine, lo convierte, tal como resulta evidente, en el centro de una flor electrificante.

Usar cartón y otros materiales de desecho me encanta porque si algo sale mal tienes la absoluta tranquilidad de tirarlos y olvidarte de un error. El error libre fomenta la creatividad y permite esa ligereza que a veces es necesaria para adornar una pared sin adornarla.

Carmen tuvo la brillante idea de escribir letras sobre hojas que rodearían el pistilo-cajadecables, así que las realizamos con cartulina de tapas de cuadernos que tenía reservadas para ocasiones como esta y las pintamos (sobre unas letras de cartón recortadas) con espray azul de Prusia.

Queda fantástico ese tiesto de flores azules que no he de regar sobre los libros que voy editando:

Lecturas filosóficas superficiales

Este martes terminé este librito que le había regalado a Carmen en navidades, sin ninguna mala intención, más allá de que ella disfrutase la lectura de un autor que está en boca de muchas personas en muchas conversaciones, cuando consiguen salir de las que imponen los medios de masas.

Me ha parecido banal y referencial sin parar, como si no fuese más que un libro de texto de otros textos, pensamiento de otros pensamientos, en especial citando a Nietzsche sin parar pero sin actualizarlo mucho. Por no hablar de las carencias de contextualización que abundan, especialmente si lo comparamos con la lectura de Marvin Harris, por ejemplo.

Tan solo algunos párrafos del capítulo titulado Pedagogía de la mirada me han parecido dignos de ser apuntados:

La vita contemplativa presupone una peculiar pedagogía de la mirada. En Crepúsculo de los ídolos, Nietzsche formula tres tareas para las que se requieren educadores. Hay que aprender a mirar, hay que aprender a pensar y hay que aprender a hablar y a escribir. El objetivo de este aprendizaje sería, según Nietzsche, adquirir una «cultura noble». Aprender a mirar significa «hacer que el ojo se acostumbre a la calma, a la paciencia de esperar hasta que las cosas le lleguen», es decir, capacitar el ojo para una atención intensa y contemplativa, para una mirada prolongada y reposada. Este aprendizaje de la mirada sería la «primera propedéutica de la espiritualidad». Hay que aprender «a no reaccionar enseguida a un estímulo, sino a manejar los instintos de inhibición y de moldeamiento».

La brutalidad y la ordinariez estribarían en la «incapacidad de oponer resistencia a un estímulo», en la ineptitud para responder al estímulo con una negativa. Reaccionar enseguida a cualquier impulso y dejarse llevar por él supondrían ya una enfermedad, un deterioro, un síntoma de agotamiento. Lo que Nietzsche formula aquí no es más que la necesidad de una revitalización de la vita contemplativa, que no consiste en acatar pasivamente ni en decir que sí a todo lo que nos sobreviene y acontece, sino en saber oponer resistencia a la agobiante avalancha de estímulos. La vita contemplativa guía soberanamente la mirada y no permite que se deje llevar por impulsos externos. Como acción soberana de rechazo, es más activa que toda hiperactividad, que justamente viene a ser un síntoma de agotamiento espiritual. Arendt pasa por alto la dialéctica de la actividad, según la cual una actividad incrementada hasta la hiperactividad se torna hiperpasividad, en la que uno ya se deja llevar por todo impulso y estímulo sin ofrecer ninguna resistencia. En lugar de libertad, esa dialéctica genera nuevas coerciones. Es un engaño creer que cuanto más activo sea uno tanto más libre será también.

[…] Hoy vivimos en un mundo que es muy pobre en interrupciones, en intervalos y en intermedios. La aceleración elimina todo intermedio. En el aforismo «El defecto principal de las personas activas», escribía Nietzsche, «a las personas activas les suele faltar la actividad superior […]; en este sentido, son vagas. […] Las personas activas ruedan como rueda la piedra: con la necedad del mecanismo».

Mientras tanto, para evitar tanta sociedad del cansancio, me he dedicado a extraer el texto escribiéndolo «a mano», sin OCR o inteligencia artificial que procese unas fotos de las páginas que me interesaban. Pero no me olvido de que yo puedo permitírmelo. Al contrario que este filósofo de masas, no ignoro la lucha de clases, ni la pertenencia a colectivos más o menos desfavorecidos que no están precisamente «auto imponiéndose» una forma de vivir, sino que siguen viviendo esa «sociedad disciplinaria» en la que, si no llegan a fin de mes les van a echar de sus casas, les van a prohibir el acceso a unas merecidas vacaciones, una jubilación en condiciones o una sanidad con cobertura plena. Mientra tanto, tienen que seguir «autoexplotándose» como si no hubiera mañana y alcanzan un «burn-out» que nada tiene que ver con navegar sin parar por redes sociales. Salvo como estrategia de evasión de unas vidas que continúan alienadas como ya predicaba K. Marx.

La verdad que es me ha hecho gracia, después de esta parrafada, encontrarme con este meme que banaliza sobre esta banalidad que ha sido la lectura de Han.

Yo, después de leer esta ligera reflexión, no he aprendido nada nuevo, nada que no estuviese contenido en las fuentes que, por suerte, ya leí hace años y procesé con mi propio pensamiento. Cosas…

Ahora me están dando ganas de releer a Nietzsche, pero no quiero acabar siendo una máquina de citas como Byung-Chul Han, de quien me dicen que tiene buenos libros. Quizá sea cierto, pero de momento, me parece un pensador demasiado pegado a la actualidad, a la modernidad, a la moda, en fin, como para ser relevante más allá de la fabricación de eslóganes que funcionan muy bien en redes sociales.

Su libro La sociedad del cansancio, escrito en 2010 (a partir, parece, de fragmentitos de ensayos), ya está parcialmente obsoleto… mientras que el citadísimo autor alto-sajón sigue vigente y fundamento de filósofos que se suben a brazos de gigantes, pero miran hacia abajo (por no decir al ombligo).

Esto no es una broma