El tamaño importa

Ahora que se ha aprobado por casi unanimidad que la ONU reemplace en sus mapas la proyección de Mercator por la Proporción Equal Earth ha quedado demostrado que los símbolos son más importantes que las realidades.

Es más, casi se anuncia que los símbolos son los que crean la realidad.

El tamaño siempre fue el que era, no su representación en un mapa. Nada, por tanto, a nivel real ha cambiado, pero a nivel simbólico sí: se accede a modificar una proyección por otra debido a que el tamaño APARENTE importa tanto como el tamaño REAL.

Semejante disputa ya se perfilaba importante, incluso a mediados del siglo XX, cuando el New York Times parece ser que publicó en 1943 el siguiente texto:

«Ha llegado el momento de descartar [el Mercator] por algo que represente los continentes y las direcciones de forma menos engañosa… Aunque su uso ha disminuido, sigue siendo muy popular como mapa de pared aparentemente en parte porque, como mapa rectangular, llena un espacio de pared rectangular con más mapa, y claramente porque su familiaridad engendra más popularidad»

Hoy he perdido algo de tiempo familiarizándome con la cronología de las Proyecciones de la esfera (o pseudo-esfera) terrestre sobre diversas superficies planas, sabiendo, como sabía, que todas ellas renuncian a algo, es decir, perturban la realidad para hacerla «representable» en dos dimensiones.

Carl Friedrich Gauss en el Theorema egregium demostró que la superficie de una esfera no puede representarse en un plano sin distorsión. Lo mismo se aplica a otras superficies de referencia utilizadas como modelos de la Tierra, como los esferoides oblatos, los elipsoides y los geoides. Dado que cualquier proyección cartográfica es una representación de una de esas superficies en un plano, todas las proyecciones cartográficas distorsionan.

Pero mi pregunta no tiene que ver con esta representatividad, ni tan siquiera con el hecho de su «imposibilidad» técnica o matemática, sino con la importancia dada al tamaño como símbolo de importancia.

¿Por qué asumimos que algo más «grande» es más importante o mejor? ¿Acaso este cambio en la representación de la Tierra ha cambiado algo el poder económico o militar de Suiza o de Israel?

Que le moleste a alguien como Donald Trump debería situarme directamente en quienes apoyan sin fisuras el cambio y, sin duda, no me molesta en absoluto el cambio, pero no acabo de ver la trascendencia de esta sustitución y, sin embargo, sí que veo trascendente la superficialidad de la importancia atribuida a atributos meramente bidimensionales.

Pero quizá estoy atribuyéndole poca importancia a lo simbólico… aunque sea plano.

No es lo mismo

Estoy cansado de oír
que la visita del papa a Madrid
es lo mismo
que la fiesta del orgullo LGTB+.

No.
NO.
No es lo mismo.

Para comprenderlo
hay que entender
cómo funciona la simetría
en entornos no homogéneos
en entornos no simétricos.

No es lo mismo
que un padre pegue a un hijo
que un hijo pegue a un padre
que un hombre pegue a una mujer
que una mujer pegue a un hombre.

Las circunstancias
asimétricas estructurales
hacen
que lo aparentemente simétrico
no sea realmente simétrico.

El papa visita un país
que tiene festivos religiosos (católicos, para más inri)
y casi ningún festivo laico
por no hablar de festivos homosexuales.

El papa visita un país
cuya educación concertada (y sanidad) religiosa
recibe apoyo constante
de los fondos del estado.

El papa visita un país
donde a nadie golpean ni discriminan
por llevar una cruz en el pecho.

El papa visita un país
donde casi la mitad de las calles o plazas
remiten a la historia de su iglesia.

El papa visita un país
donde las personas que no son heteronormativas
han de salir a la calle
para reivindicar derechos
que no tienen concedidos.

Ese país
en el que una fiesta como la del orgullo
es muestra de avance social
muestra de respeto a la diferencia
muestra de que queda mucho por hacer
para sentirse libres.

El papa visita un país
para decirnos cómo debemos vivir
para decirnos cómo debemos pensar
para decirnos cómo debemos sentir
para decirnos cómo debemos amar.

Pero eso no lo hace el orgullo.

El orgullo se organiza en el país
para decirnos cómo podemos vivir
para decirnos cómo podemos pensar
para decirnos cómo podemos sentir
para decirnos cómo podemos amar.

Y esa sutil diferencia
casi se escapa
pero no se me escapa.

Estoy HARTO
sí,
HARTO con mayúsculas
de escuchar
que la visita del papa a este país
es igual
que la marcha por el orgullo LGTB+ en este país.

No.
NO.
No es lo mismo.

Y a cualquier persona que no sea capaz de comprender la diferencia
o no quiera hacerlo,
no me gustaría tenerla cerca.

Sorpresa, sorpresa

¡Oh!
¡Una tradición católica
tachada de machista!

Leo en un periódico
la noticia
de que se considera discriminatorio
el trato que reciben las mujeres
en las procesiones de semana santa
y me entra la risa
pensando
que en semana santa
todo el planeta
sufre discriminación
salvo quienes alaban al señor
(no a la señora)
glorificado
por la santa iglesia católica
regida
por un papa
(que no una mama)
y eso ocurre
en este país
llamado España
en el que la constitución
da primacía
al varón sobre la mujer
en la cadena de sucesión de la representación
del estado.

¡Oh!
¡Una tradición católica
tachada de machista!

Antonio Gramsci

Artículo de La broma infinita sobre Antonio Gramsci encontrado en Facebook, en el siguiente enlace:
https://www.facebook.com/photo.php?fbid=122107446825252882.

Lo reproduzco casi completo (con mínimas adaptaciones) porque me ha parecido fundamental.

Antonio Gramsci: Un hombre que un dictador encerró específicamente porque sus ideas eran peligrosas.

Antonio Gramsci nació el 22 de enero de 1891 en Ales, un pueblo chico de Cerdeña, la isla más pobre de Italia. Era el cuarto de siete hijos. A los siete años una enfermedad le deformó la columna y le dejó una joroba para siempre. A los ocho, su padre fue preso por rencillas políticas entre terratenientes locales y la familia quedó en la indigencia. Antonio tuvo que dejar la escuela y trabajar.

Años después escribió que durante ocho meses había hecho una sola comida al día. Que había llegado al tercer año del colegio en condiciones de desnutrición grave. Que su cuerpo era un problema constante que había que resolver para poder pensar. Siguió estudiando bajo esa condición.

Hay algo en la imagen de un niño jorobado y hambriento que aprende solo porque no puede hacer otra cosa que me resulta más elocuente y necesario mencionar antes que cualquier análisis biográfico.

No es un tipo de héroe. Es obstinación humana. Una terquedad específica de alguien que entiende desde muy temprano que el conocimiento es lo único que nadie le puede quitar y va más allá de su físico deplorable.

Su hermano mayor Gennaro le pasaba prensa socialista desde que Antonio tenía trece años. A los diecinueve empezó a leer a Marx. A los veinte ganó una beca para estudiar filología en la Universidad de Turín, en el norte industrial de Italia. La beca era tan pequeña que no le alcanzaba para nada. En Turín encontró lo que Cerdeña nunca le había dado: miles de obreros organizándose, fábricas creciendo, sindicatos formándose.

Gramsci los miraba con la curiosidad de alguien que había crecido en la pobreza y que por primera vez veía una pobreza organizada en lugar de dispersa y resignada. Y ahí empezó a construir la pregunta.

¿Por qué la gente obedece?

La respuesta obvia es el miedo. El poder usa la fuerza y la gente obedece para no ser aplastada. Pero Gramsci miraba a su alrededor en Turín y veía que el miedo no alcanzaba para explicar todo. La mayoría de los obreros de las fábricas no pensaban que el sistema era injusto. Pensaban que era así como funcionaba el mundo. Los campesinos de Cerdeña donde él creció no creían que merecían más. Creían que su lugar era ese.

¿Pero quién les había enseñado eso?

Gramsci pasó años rastreando la respuesta y llegó a un concepto que llamó hegemonía. No era una palabra nueva pero él le dio un significado y eso lo cambió todo. La hegemonía es el control que un grupo ejerce sobre el resto, no a través de la fuerza sino a través de las ideas. Cuando los valores y la visión del mundo de los que mandan se convierten en los valores y la visión del mundo de todos, el poder no necesita usar la fuerza. La gente ya piensa como él necesita que piense. Y los instrumentos de ese control no son las armas. Son la escuela. La iglesia. Los diarios. La cultura popular. Las historias que una sociedad se cuenta sobre sí misma para explicar por qué las cosas son como son y no de otra manera.[1]

Si Gramsci tenía razón, y la evidencia histórica sugiere que sí, entonces el control más efectivo es el que no se ve. El que opera a través de las ideas que creemos propias. El que funciona mejor cuando la gente está convencida de que está pensando libremente.

Y la pregunta que eso genera es incómoda: ¿cómo sabes cuándo estás pensando por ti mismo y cuándo estás pensando lo que alguien más necesita que pienses?

Gramsci no respondió eso. Pero señaló algo: «El primer paso es entender el mecanismo. Ver cómo funciona». Y eso era exactamente lo que Mussolini no podía permitir que nadie dijera en voz alta.

En 1913 Gramsci se afilió al Partido Socialista Italiano. En 1919 fundó la revista L’Ordine Nuovo que se convirtió en el periódico más influyente de la izquierda italiana. En 1921 fue uno de los fundadores del Partido Comunista Italiano. En 1924 fue elegido diputado y se enfrentó verbal y directamente a Mussolini en el Parlamento. Ese día el dictador lo identificó como enemigo definitivo. En 1926 Mussolini disolvió todos los partidos políticos y eliminó la inmunidad parlamentaria. El 8 de noviembre de ese año, agentes del régimen detuvieron a Gramsci en Roma. Tenía treinta y cinco años.

En el juicio de 1928, el fiscal pronunció la frase que lo haría famoso para siempre: «Debemos impedir que este cerebro funcione durante veinte años». No fue una exageración. Fue una declaración de intenciones. El Estado italiano no acusaba a Gramsci de haber cometido un crimen. Lo acusaba de pensar. De tener un cerebro que entendía cómo funcionaba el poder y que podía explicárselo a otros en lenguaje que cualquier persona podía entender. Eso era lo peligroso. No las bombas ni los planes de revolución. La claridad con la que expresaba temas complejos.[2]

Lo que siguió fueron once años que destruyeron su cuerpo sin tocar su cerebro. Algunas de sus dolencias por citar algunas: Arteriosclerosis. Tuberculosis pulmonar. Tuberculosis ósea. Enfermedad de Pott que le destruyó vértebras. Gota. Hemorragias cerebrales. Perdió casi todos los dientes. Pasaba temporadas enteras sin poder moverse de la cama.

En 1929 pidió autorización para tener cuadernos y lápices. Se los dieron.

Empezó a escribir con letra chiquita para que los guardias no pudieran leer el contenido tan fácil. Escribió sobre filosofía, cultura, historia, política, educación, teatro, literatura, lingüística. Casi tres mil páginas. 32 cuadernos que son hoy una de las obras filosóficas más importantes del siglo XX.[3]

Encerrar a alguien para que no piense es una lógica que asume que el pensamiento necesita libertad para funcionar. Gramsci demostró que no. Que el pensamiento, cuando es suficientemente duro de corromper, funciona mejor en las condiciones más adversas porque no tiene otra cosa en que pensar. El cerebro que querían detener durante veinte años lleva casi noventa funcionando en universidades, movimientos sociales y en cualquier conversación seria sobre cómo el poder convence a la gente de que lo que existe es lo único posible.

En 1932, desde la celda, supo que le habían nacido dos hijos con su esposa Julia Schucht, una violinista rusa que había conocido en Moscú en 1922. Los niños crecieron en la Unión Soviética. Gramsci nunca los vio por lo menos en persona. Le enviaban fotos. En una carta a su cuñada escribió que había tenido una gran alegría al ver las fotos porque por fin podía comprobar que sus hijos tenían cabeza y piernas, que desde hacía años solo veía sus cabezas y empezaba a dudar de si no se habrían convertido en ángeles sin alas.[4]

Lo liberaron con libertad condicional en 1934 cuando su salud era ya era terminal.

El 27 de abril de 1937 murió de una hemorragia cerebral en una clínica de Roma. Tenía cuarenta y seis años. Seguía «técnicamente» detenido cuando murió.

Los 32 cuadernos salieron de la cárcel escondidos gracias a su cuñada Tatiana Schucht. Llegaron a Moscú. Palmiro Togliatti, su compañero de la universidad de Turín que había sobrevivido al fascismo en el exilio, los organizó y los publicó entre 1948 y 1951. El mundo que los leyó quedó transformado.

El concepto de hegemonía se convirtió en una herramienta que los investigadores de ciencias sociales, comunicación y política usan hasta hoy para analizar cómo funcionan los sistemas de poder. Explica por qué ciertos valores se presentan como naturales cuando son construcciones históricas. Explica por qué la gente a veces actúa contra sus propios intereses (sin saberlo). Explica por qué los medios de comunicación, las redes sociales y el entretenimiento masivo son campos de batalla políticos (aunque no parezcan).

Cualquier persona que pueda señalar ese mecanismo en voz alta y (en lenguaje que otros entiendan) se convierte automáticamente en una amenaza para ese control. No importa si tiene título de universidad o no. No importa si es periodista o no. No importa si tiene respaldo institucional o no. Lo que importa es la claridad para explicar. La capacidad de ver el mecanismo y explicarlo. Eso fue lo que encerró a Gramsci.

Gramsci lo llamaba el intelectual orgánico. Alguien que traduce el poder a lenguaje popular. Siempre fue peligroso en cualquier época.

Gramsci fue enterrado en el cementerio acatólico de Roma (donde sepultaban a gente no católica o atea). Su lápida solo contiene una corta inscripción latina «Cinera Antonii Gramsci» (las cenizas de Antonio Gramsci)… y encima está mal escrito porque debería poner «cineres». “Cinera» es una forma gramaticalmente incorrecta en latín clásico. Lo correcto para referirse a las «cenizas» es el plural de cinis, que es «Cineres». El uso de «Cinera» en la lápida de Gramsci ha sido motivo de debate durante décadas; algunos lo atribuyen a un simple error de picapedrero o un descuido de quienes encargaron la inscripción, mientras que otros han intentado (sin mucho éxito) buscarle alguna raíz en el latín vulgar. Es una ironía bastante particular que uno de los intelectuales más rigurosos de la historia termine con una errata eterna sobre su tumba.


Notas:

  • [1]: Gramsci, A. (1929–1935). «Quaderni del carcere» Edición crítica de Valentino Gerratana. Einaudi, 1975. El concepto de hegemonía se desarrolla principalmente en los cuadernos 10, 12 y 13.
  • [2]: Fiori, G. (1966). «Vita di Antonio Gramsci». Laterza. La frase del fiscal está documentada en los registros del juicio de 1928 y citada en múltiples biografías académicas.
  • [3]: El número de cuadernos varía entre fuentes. La edición crítica de Gerratana de 1975, considerada la referencia académica, organiza el material en cuatro volúmenes con aproximadamente 2.848 páginas de texto original.
  • [4]: Gramsci, A. (1947). «Lettere del carcere». Einaudi. La carta sobre las fotografías de sus hijos es una de las más citadas como testimonio de la dimensión humana de Gramsci.

Fuentes

  • Biografías y Vidas. (2023). «Antonio Gramsci».
  • Fiori, G. (1966). «Vita di Antonio Gramsci». Laterza. [Edición española: «Vida de un revolucionario». Capitán Swing, 2022]
  • Gramsci, A. (1947). «Lettere del carcere». Einaudi. [Edición española: «Cartas desde la cárcel». Cuadernos para el Diálogo, 1975]
  • Gramsci, A. (1929–1935). «Quaderni del carcere». [Edición crítica de Valentino Gerratana. Einaudi, 1975. Edición española: «Cuadernos de la cárcel». Era, 1981]
  • Hall, S. (1980). Cultural studies: Two paradigms. «Media, Culture & Society», 2(1), 57–72.
  • Psicología y Mente. (2024). ‘Antonio Gramsci: Biografía de este filósofo marxista».
  • Wikipedia. (2025). «Antonio Gramsci».

Lecturas filosóficas superficiales

Este martes terminé este librito que le había regalado a Carmen en navidades, sin ninguna mala intención, más allá de que ella disfrutase la lectura de un autor que está en boca de muchas personas en muchas conversaciones, cuando consiguen salir de las que imponen los medios de masas.

Me ha parecido banal y referencial sin parar, como si no fuese más que un libro de texto de otros textos, pensamiento de otros pensamientos, en especial citando a Nietzsche sin parar pero sin actualizarlo mucho. Por no hablar de las carencias de contextualización que abundan, especialmente si lo comparamos con la lectura de Marvin Harris, por ejemplo.

Tan solo algunos párrafos del capítulo titulado Pedagogía de la mirada me han parecido dignos de ser apuntados:

La vita contemplativa presupone una peculiar pedagogía de la mirada. En Crepúsculo de los ídolos, Nietzsche formula tres tareas para las que se requieren educadores. Hay que aprender a mirar, hay que aprender a pensar y hay que aprender a hablar y a escribir. El objetivo de este aprendizaje sería, según Nietzsche, adquirir una «cultura noble». Aprender a mirar significa «hacer que el ojo se acostumbre a la calma, a la paciencia de esperar hasta que las cosas le lleguen», es decir, capacitar el ojo para una atención intensa y contemplativa, para una mirada prolongada y reposada. Este aprendizaje de la mirada sería la «primera propedéutica de la espiritualidad». Hay que aprender «a no reaccionar enseguida a un estímulo, sino a manejar los instintos de inhibición y de moldeamiento».

La brutalidad y la ordinariez estribarían en la «incapacidad de oponer resistencia a un estímulo», en la ineptitud para responder al estímulo con una negativa. Reaccionar enseguida a cualquier impulso y dejarse llevar por él supondrían ya una enfermedad, un deterioro, un síntoma de agotamiento. Lo que Nietzsche formula aquí no es más que la necesidad de una revitalización de la vita contemplativa, que no consiste en acatar pasivamente ni en decir que sí a todo lo que nos sobreviene y acontece, sino en saber oponer resistencia a la agobiante avalancha de estímulos. La vita contemplativa guía soberanamente la mirada y no permite que se deje llevar por impulsos externos. Como acción soberana de rechazo, es más activa que toda hiperactividad, que justamente viene a ser un síntoma de agotamiento espiritual. Arendt pasa por alto la dialéctica de la actividad, según la cual una actividad incrementada hasta la hiperactividad se torna hiperpasividad, en la que uno ya se deja llevar por todo impulso y estímulo sin ofrecer ninguna resistencia. En lugar de libertad, esa dialéctica genera nuevas coerciones. Es un engaño creer que cuanto más activo sea uno tanto más libre será también.

[…] Hoy vivimos en un mundo que es muy pobre en interrupciones, en intervalos y en intermedios. La aceleración elimina todo intermedio. En el aforismo «El defecto principal de las personas activas», escribía Nietzsche, «a las personas activas les suele faltar la actividad superior […]; en este sentido, son vagas. […] Las personas activas ruedan como rueda la piedra: con la necedad del mecanismo».

Mientras tanto, para evitar tanta sociedad del cansancio, me he dedicado a extraer el texto escribiéndolo «a mano», sin OCR o inteligencia artificial que procese unas fotos de las páginas que me interesaban. Pero no me olvido de que yo puedo permitírmelo. Al contrario que este filósofo de masas, no ignoro la lucha de clases, ni la pertenencia a colectivos más o menos desfavorecidos que no están precisamente «auto imponiéndose» una forma de vivir, sino que siguen viviendo esa «sociedad disciplinaria» en la que, si no llegan a fin de mes les van a echar de sus casas, les van a prohibir el acceso a unas merecidas vacaciones, una jubilación en condiciones o una sanidad con cobertura plena. Mientra tanto, tienen que seguir «autoexplotándose» como si no hubiera mañana y alcanzan un «burn-out» que nada tiene que ver con navegar sin parar por redes sociales. Salvo como estrategia de evasión de unas vidas que continúan alienadas como ya predicaba K. Marx.

La verdad que es me ha hecho gracia, después de esta parrafada, encontrarme con este meme que banaliza sobre esta banalidad que ha sido la lectura de Han.

Yo, después de leer esta ligera reflexión, no he aprendido nada nuevo, nada que no estuviese contenido en las fuentes que, por suerte, ya leí hace años y procesé con mi propio pensamiento. Cosas…

Ahora me están dando ganas de releer a Nietzsche, pero no quiero acabar siendo una máquina de citas como Byung-Chul Han, de quien me dicen que tiene buenos libros. Quizá sea cierto, pero de momento, me parece un pensador demasiado pegado a la actualidad, a la modernidad, a la moda, en fin, como para ser relevante más allá de la fabricación de eslóganes que funcionan muy bien en redes sociales.

Su libro La sociedad del cansancio, escrito en 2010 (a partir, parece, de fragmentitos de ensayos), ya está parcialmente obsoleto… mientras que el citadísimo autor alto-sajón sigue vigente y fundamento de filósofos que se suben a brazos de gigantes, pero miran hacia abajo (por no decir al ombligo).

Todo es Terapia

Después de ver el vídeo de esta mujer, profesora de filosofía, a quien sigo desde hace años en YouTube, en el que alerta sobre los peligros de seguir «terapias» como esta de la «terapia filosófica» o «curaciones estoicas» y otras bondades por el estilo, no pude por menos que recordar mi lindísimo y divertido proyecto de Todo es Terapia en el que ya me reía de esta tendencia a la curación mágica, al pensamiento irracional, de algún modo también ridiculizada en mi acción de «Crisis del pensamiento racional«.

Ya no sé cómo decirlo. Incluso, por supuesto, he llegado a no-decirlo, que de un tiempo a esta parte me parece lo más sensato, por más que pueda parecer un silencio cómplice. Pero silencio al fin y al cabo, en esta época de ruido y ruidosonido y furia.

Cada día más ateo

No sé si se puede ser más ateo que un ateo que no cree en dios y menos aún en Dios.

Pero creo que me voy acercando a ese lugar imposible de ateicidad (que ya no agnosticismo, como me declaraba en mi juventud), ese lugar en el que resulta hasta gracioso, cuando no triste, el mero hecho de pensar que la inmensa mayoría de la población mundial cree en una deidad o en más de una, que les sirve para diversos propósitos: explicativos, emocionales, esperanzadores… (lo de la e, es un capricho, lo sé).

Así que me está pasando estos días que estoy leyendo el libro de contenido muy muy serio (algo demasiado serio para mi gusto: creo que este hombre se gustaba demasiado, mientras lo leo, algo apesadumbrado por no tener la capacidad de atención que antes tenía) titulado Las palabras y las cosas, de un autor declarado ateo: Michael Foucault, que nada tiene que ver con ese péndulo, ni con Umberto Eco (al menos no con él en cuanto autor de la novela sobrependular), me está pasando, digo, que cuando leo tantas veces la palabra dios (en su caso Dios), mi cabeza la sustituye por la expresión «ratoncito pérez» y sigo leyendo… pero pierde tanto el texto que me desconecto inmediatamente.

La gravedad de esa disquisición, al llevar a cabo la transposición, resulta un chiste casi, al modo del famoso pastafarismo del que me declaré abiertamente admirador (para luego reconocer que ni siquiera se acerca a mi grado de ateísmo).

Me lancé hace meses la pregunta ¿Puede un ateo tan siquiera pensar la idea de dios y no dejar de ser ateo? ¿Puede un ateo hablar de «dios» como si fuese «algo» existente?

Y aún no tengo claro que la pregunta esté bien formulada, pero algo me dice que el chiste, casi irrespetuoso, es la única respuesta que tengo. Y no me parece una verdadera respuesta.

hmmm…

Creer en la navidad

Encuentro esta publicidad algo perturbadora, como todo lo que rodea este periodo tóxico denominado «navidades», que comprende del 24 de diciembre al 6 de enero, ambos incluidos.

Navidad procede de «natividad», de nacimiento, en homenaje obvio al nacimiento de un tal jesusito… que hará un par de milenios que vino al mundo a instaurar una religión sobre una piedra. Dicen.

Por lo que esta afirmación hace que yo sea de quienes no creemos en la navidad, al menos en ese sentido (ni en ninguno, en última instancia), pero sí que creo en las personas, que no son materia de creencia, sino de existencia, independientemente de mis creencias u opiniones.

Que tras esa afirmación, por tanto, huera, se venda una especie de bocadillo y el aniversario del 50 años de una empresa de consumo que ni siquiera intentan ocultarlo en su nombre, me parece ridículo.

Por otro lado, lo prefiero a la frase contraria:

«Creer en las personas es creer en la navidad».

si asumimos que el «es» es un «implica» y no una igualdad, lo que no necesariamente es cierto.

No sé si en estas fechas me vuelvo algo más observador o si los mensajes son tan llamativos que me es imposible no verlos. ¡Todo es grito! ¡Todo delirio!

Y así… hasta el próximo año.

Consentimiento

miento si no digo que
esta palabra
es la palabra
esta palabra
es el futuro
y debió haber sido
el pasado
esta palabra
es crisis política
es crisis social
es crisis económica
es crisis financiera
es crisis internacional
es crisis filosófica
es crisis ética
es crisis religiosa
es crisis feminista
es crisis literaria
es crisis poética
es crisis mental
en cuanto cambio
consentimiento
sentimiento
miento

o mento el sentimiento
con consentimiento

no miento

consentimiento
de olvidar
pedir perdón
antes que
pedir permiso

consentimiento
es la palabra
o
no será

y será
muy triste
una vergüenza
una debacle
una pesadilla
una catástrofe
sin apóstrofe

consentimiento
o muerte

consentimiento
es la última frontera

¿qué hay
al otro lado?

Esto no es una broma