V13, de Emmanuel Carrère

Un puñetazo en el estómago, cargado de contención, racionalidad, sin resultar frío ni equidistante. Truman Capote y «A sangre fría» del siglo XXI, todo es más complejo…

No acabo de entender el diseño de la portada de esta novela estremecedora de Carrère de quien he leído tres libros este verano: V13, El estrecho de Bering y la obra Koljos, que resultó ser mejor de lo que esperaba, por muy bien recomendada que viniese.

La contraportada ya avisa de que va a ser un texto duro, difícil de leer, pero no aclara de qué manera se va a encarar la postura del narrador, que, periodístico, no es neutral, pero tampoco panfletario. Resulta muy complejo el mundo en el que vivimos como para, después de un atentado como el V13 atreverse a cierta equidistancia, cierta ecuanimidad, capaz de mirar con empatía a quienes cometieron los atentados, sin, por ello, caer en el victimismo de clase, ni justificar sus acciones.

Así, Carrère no olvida que hay muertos en muchas partes del mundo que no reciben la atención mediática que él mismo está prestando a los juicios de estos terroristas. Es perfectamente consciente de, como afirma, a todo el mundo (su/nuestro mundo) le importa un bledo los 131 sirios o iraquíes aplastados por bombas norteamericanas.

Pero, sin dejar de lado esa crítica nada velada de nuestro modo de ver el mundo, tan parcialmente, se lanza también a la descripción sin ambages del horror vivido ese viernes 13 en París, con lo que deja claro que no está defendiendo la lucha armada, ninguna violencia, en realidad, sino haciendo un alegato a favor de la convivencia, la empatía, la comprensión…

Fue duro de leer, pero una lectura más que necesaria para encarar la, cada día más, compleja realidad del mundo que habitamos. Si somos capaces de hacer una lectura desposeída de prejuicios, claro está.

La utilidad de lo inútil, de Nuccio Ordine

Este manifiesto, que leí en formato físico durante mis vacaciones de verano, creí que estaba escrito por y para mí. Lo tenía que haber leído hace más de 4 décadas, pues pareciera que mi vida entera se rige por lo que está escrito en este pequeño librito de menos de 200 páginas llenas de sabiduría.

Las citas eran tan maravillosas como el texto que acompañaban, como esta de Montaigne, a quien he querido conocer más en profundidad a raíz de este libro.

Humilde, Ordine no deja de mostrar que no es el primero en pensar así, refiriéndonos a los clásicos pensadores griegos, entre otros, como en el caso de Aristóteles, padre de la lógica:

ARISTÓTELES: EL SABER CARECE DE UTILIDAD PRACTICA

También la cultura debe ser preservada de la fuerza corrosiva del dinero y el beneficio. Aristóteles ha escrito páginas importantes sobre el valor intrínseco del saber en su Metafísica. Es mérito suyo haber formulado con claridad la idea de que el conocimiento en los grados más altos no constituye «una ciencia productiva». Y que los seres humanos «comienzan y comenzaron siempre a filosofar movidos por la admiración». Precisamente el estupor ante aquellos «fenómenos sorprendentes más comunes» los estimuló a emprender la quête. Y por lo tanto si es cierto que los hombres «filosofaron para huir de la ignorancia, es claro que buscaban el saber en vista del conocimiento, y no por alguna utilidad»:

«Es, pues, evidente que no la buscamos [esta ciencia] por ninguna otra utilidad sino que, así como llamamos hombre libre al que es para sí mismo y no para otro, así consideramos a ésta como la única ciencia libre, pues esta sola es para sí misma».

En esta libertad de la filosofía, caracterizada por el rechazo a ser esclava de lo útil, se funda la divinitas de los seres humanos («Por eso también su posesión podría con justicia ser considerada impropia del hombre»).

Alza la voz el manifiesto contra los utilitaristas, los pragmáticos, los eficaces, reivindicando la literatura más ambiciosa, esa que no persigue fama o dinero, esa que no alimenta el ego.

«EL CONOCIMIENTO ES UNA RIQUEZA QUE SE PUEDE TRANSMITIR SIN EMPOBRECERSE»

En los próximos años habrá que esforzarse para salvar de esta deriva utilitarista no sólo la ciencia, la escuela y la universidad, sino también todo lo que llamamos cultura. Habrá que resistir a la disolución programada de la enseñanza, de la investigación científica, de los clásicos y de los bienes culturales. Porque sabotear la cultura y la enseñanza significa sabotear el futuro de la humanidad. Hace algún tiempo tuve ocasión de leer una frase simple, pero muy significativa, inscrita en el tablón de anuncios de una biblioteca de manuscritos en un perdido oasis del Sahara: «El conocimiento es una riqueza que se puede transmitir sin empobrecerse». Sólo el saber —poniendo en cuestión los paradigmas dominantes del beneficio— puede ser compartido sin empobrecer. Al contrario, enriqueciendo a quien lo transmite y a quien lo recibe.

Son todo joyas. Cualquier fragmento del libro es digno de ser subrayado, apuntado, memorizado. Cada día más. En estos tiempos algo estultos donde la IA ha acabado de poner el último clavo en un ataúd que venía preparándose desde hace décadas.

Hoy mi optimismo no está por las nubes.

¡Qué maravilla de libro! ¡Qué ganas de compartirlo!

Tantas personas queridas con quienes comparto este manifiesto como si fuesen parte de mi ser, como si me ayudasen a conformarme, no en el sentido de Reducirse, sujetarse voluntariamente a hacer o sufrir algo por lo cual se siente alguna repugnancia, sino en el de Dar forma a algo o a alguien.

Hay esperanza…

¡Claro que sí! Rotunda y paradójicamente:

Lo más útil es lo inútil.

Libre, de Lea Ypi

Esta autora, de quien dicen que es una de las pensadoras más influyentes del siglo XXI, no para de sorprenderme. Leí con verdadera delectación su libro Indignidad en el que aprendí historia de Albania, de los albaneses, pero también de todas las peripecias que vivieron los países balcánicos tras el desmembramiento del Imperio Otomano.

Lo que he dado en llamar literatura vertical y horizontal, en el sentido de que narra los devenires de una familia, pero a su lado, horizontalmente, la historia de la sociedad en la que se enmarca, el contexto y su evolución, haciendo un barrido absoluto de historia de historias, aspirando a una literatura total que cubra lo individual y lo colectivo.

Más adelante lo encontré en Koljós, de Emmanuelle Carrere y este último lo atribuye a Annie Ernaux, así que (por si aún no lo sabíamos) sabemos que no es invento de Lea Ypi, pero su aproximación es muy interesante, vinculándolo con la investigación personal, con el ensayo filosófico… haciendo que leer a Ypi sea una inmersión en la cultura casi de manera global.

Este meditación sobre qué es ser libre, Lea Ypi nos lanza preguntas incómodas en las que sentirnos identificados como aquellas personas que no siempre saben si son libres o, sencillamente, herederas de un contexto o una cultura que empuja o condiciona nuestras decisiones. ¡Qué tiempos de contraste con la flamante declaración de «estar obligado a ser libre» de aquel Jean-Paul Sartre!

Chrome es otro monopolio… o similar.

Es horrible, pero parcialmente cierto, este meme sobre la omnipresencia de Google Chrome, incluso en sistemas operativos Linux, que presumen (presumimos sus usuarios) de libertad y código abierto.

He intentado migrarlo todo a Firefox desde hace años y, sin embargo, cada cierto tiempo, he de recurrir al Chrome por algún tema de incompatibilidad. Es penoso que me ha llegado a pasar utilizando una plataforma como https://meet.jit.si/ que presuntamente es de código abierto y que debería ser más amistosa con el software del zorro, pero no. El otro día me volvió a pasar en una sesión que no funcionaba el audio en condiciones y fue cambiarme al navegador de google y que fuese todo estupendamente. Una pena, pero así son las cosas. No siempre podemos permanecer en la pureza de la ideología sino que toca transigir con el inmisericorde mercado que no atiende a otra razón que la aglutinación de capital en manos privadas de mínimos tenedores.

Y así seguimos.

Monte Athos o los primeros incel

https://historia.nationalgeographic.com.es/a/por-que-monte-athos-no-pueden-entrar-mujeres_21539

Existe este pedazo de tierra dentro de la Unión Europea, en concreto dentro del país heleno, que tiene prohibida la entrada a las mujeres, así, porque sí, por si los monjes resultan tentados carnalmente, lo que no dice mucho de su capacidad para autogobernarse, pero tampoco demasiado de la imaginación para ser tentados con otras carnes.

Es pavoroso que se permitan esta pequeñas cosas y sean unas anécdotas divertidas en lugar de un bochornoso episodio de homofobia, misoginia, transfobia, etc, etc, etc… y todo eso, claro está, como de costumbre, con una excusa tan baladí como la religión.

¡Cualquier religión que trate de manera diferente a hombres y mujeres (cis o trans) (hetero u homo u…) es absolutamente despreciable y contraria a los derechos humanos!

Luego no es de extrañar que exista en la actualidad ese absurdo fenómeno de los incel:

Incel, o íncel es un acrónimo de la expresión inglesa involuntary celibate, ‘celibato involuntario’). En sus orígenes el termino fue acuñado por una mujer canadiense en 1997 que creó el Proyecto de “Célibe Involuntario” como una fuente de consuelo y apoyo para personas que experimentaban soledad, falta de reconocimiento y apoyo social permitiéndoles un espacio para crear comunidad, expresarse y hablar de ello en virtud de las experiencias compartidas.

Luego de su creación, el ecosistema incel fue manifestándose en comunidades virtuales, integradas en su mayoría por varones, que fueron desarrollando una cultura propia. A través de los foros incels fueron in crescendo en expresiones de misoginia, hostilidad, apología de la violencia hacia las mujeres y personas LGBTIQ+, deshumanizandolas y responsabilizandolas por su falta de interacciones sexo-afectivas, llegando incluso a promover o realizar actos de violencia extrema.

Antonio Gramsci

Artículo de La broma infinita sobre Antonio Gramsci encontrado en Facebook, en el siguiente enlace:
https://www.facebook.com/photo.php?fbid=122107446825252882.

Lo reproduzco casi completo (con mínimas adaptaciones) porque me ha parecido fundamental.

Antonio Gramsci: Un hombre que un dictador encerró específicamente porque sus ideas eran peligrosas.

Antonio Gramsci nació el 22 de enero de 1891 en Ales, un pueblo chico de Cerdeña, la isla más pobre de Italia. Era el cuarto de siete hijos. A los siete años una enfermedad le deformó la columna y le dejó una joroba para siempre. A los ocho, su padre fue preso por rencillas políticas entre terratenientes locales y la familia quedó en la indigencia. Antonio tuvo que dejar la escuela y trabajar.

Años después escribió que durante ocho meses había hecho una sola comida al día. Que había llegado al tercer año del colegio en condiciones de desnutrición grave. Que su cuerpo era un problema constante que había que resolver para poder pensar. Siguió estudiando bajo esa condición.

Hay algo en la imagen de un niño jorobado y hambriento que aprende solo porque no puede hacer otra cosa que me resulta más elocuente y necesario mencionar antes que cualquier análisis biográfico.

No es un tipo de héroe. Es obstinación humana. Una terquedad específica de alguien que entiende desde muy temprano que el conocimiento es lo único que nadie le puede quitar y va más allá de su físico deplorable.

Su hermano mayor Gennaro le pasaba prensa socialista desde que Antonio tenía trece años. A los diecinueve empezó a leer a Marx. A los veinte ganó una beca para estudiar filología en la Universidad de Turín, en el norte industrial de Italia. La beca era tan pequeña que no le alcanzaba para nada. En Turín encontró lo que Cerdeña nunca le había dado: miles de obreros organizándose, fábricas creciendo, sindicatos formándose.

Gramsci los miraba con la curiosidad de alguien que había crecido en la pobreza y que por primera vez veía una pobreza organizada en lugar de dispersa y resignada. Y ahí empezó a construir la pregunta.

¿Por qué la gente obedece?

La respuesta obvia es el miedo. El poder usa la fuerza y la gente obedece para no ser aplastada. Pero Gramsci miraba a su alrededor en Turín y veía que el miedo no alcanzaba para explicar todo. La mayoría de los obreros de las fábricas no pensaban que el sistema era injusto. Pensaban que era así como funcionaba el mundo. Los campesinos de Cerdeña donde él creció no creían que merecían más. Creían que su lugar era ese.

¿Pero quién les había enseñado eso?

Gramsci pasó años rastreando la respuesta y llegó a un concepto que llamó hegemonía. No era una palabra nueva pero él le dio un significado y eso lo cambió todo. La hegemonía es el control que un grupo ejerce sobre el resto, no a través de la fuerza sino a través de las ideas. Cuando los valores y la visión del mundo de los que mandan se convierten en los valores y la visión del mundo de todos, el poder no necesita usar la fuerza. La gente ya piensa como él necesita que piense. Y los instrumentos de ese control no son las armas. Son la escuela. La iglesia. Los diarios. La cultura popular. Las historias que una sociedad se cuenta sobre sí misma para explicar por qué las cosas son como son y no de otra manera.[1]

Si Gramsci tenía razón, y la evidencia histórica sugiere que sí, entonces el control más efectivo es el que no se ve. El que opera a través de las ideas que creemos propias. El que funciona mejor cuando la gente está convencida de que está pensando libremente.

Y la pregunta que eso genera es incómoda: ¿cómo sabes cuándo estás pensando por ti mismo y cuándo estás pensando lo que alguien más necesita que pienses?

Gramsci no respondió eso. Pero señaló algo: «El primer paso es entender el mecanismo. Ver cómo funciona». Y eso era exactamente lo que Mussolini no podía permitir que nadie dijera en voz alta.

En 1913 Gramsci se afilió al Partido Socialista Italiano. En 1919 fundó la revista L’Ordine Nuovo que se convirtió en el periódico más influyente de la izquierda italiana. En 1921 fue uno de los fundadores del Partido Comunista Italiano. En 1924 fue elegido diputado y se enfrentó verbal y directamente a Mussolini en el Parlamento. Ese día el dictador lo identificó como enemigo definitivo. En 1926 Mussolini disolvió todos los partidos políticos y eliminó la inmunidad parlamentaria. El 8 de noviembre de ese año, agentes del régimen detuvieron a Gramsci en Roma. Tenía treinta y cinco años.

En el juicio de 1928, el fiscal pronunció la frase que lo haría famoso para siempre: «Debemos impedir que este cerebro funcione durante veinte años». No fue una exageración. Fue una declaración de intenciones. El Estado italiano no acusaba a Gramsci de haber cometido un crimen. Lo acusaba de pensar. De tener un cerebro que entendía cómo funcionaba el poder y que podía explicárselo a otros en lenguaje que cualquier persona podía entender. Eso era lo peligroso. No las bombas ni los planes de revolución. La claridad con la que expresaba temas complejos.[2]

Lo que siguió fueron once años que destruyeron su cuerpo sin tocar su cerebro. Algunas de sus dolencias por citar algunas: Arteriosclerosis. Tuberculosis pulmonar. Tuberculosis ósea. Enfermedad de Pott que le destruyó vértebras. Gota. Hemorragias cerebrales. Perdió casi todos los dientes. Pasaba temporadas enteras sin poder moverse de la cama.

En 1929 pidió autorización para tener cuadernos y lápices. Se los dieron.

Empezó a escribir con letra chiquita para que los guardias no pudieran leer el contenido tan fácil. Escribió sobre filosofía, cultura, historia, política, educación, teatro, literatura, lingüística. Casi tres mil páginas. 32 cuadernos que son hoy una de las obras filosóficas más importantes del siglo XX.[3]

Encerrar a alguien para que no piense es una lógica que asume que el pensamiento necesita libertad para funcionar. Gramsci demostró que no. Que el pensamiento, cuando es suficientemente duro de corromper, funciona mejor en las condiciones más adversas porque no tiene otra cosa en que pensar. El cerebro que querían detener durante veinte años lleva casi noventa funcionando en universidades, movimientos sociales y en cualquier conversación seria sobre cómo el poder convence a la gente de que lo que existe es lo único posible.

En 1932, desde la celda, supo que le habían nacido dos hijos con su esposa Julia Schucht, una violinista rusa que había conocido en Moscú en 1922. Los niños crecieron en la Unión Soviética. Gramsci nunca los vio por lo menos en persona. Le enviaban fotos. En una carta a su cuñada escribió que había tenido una gran alegría al ver las fotos porque por fin podía comprobar que sus hijos tenían cabeza y piernas, que desde hacía años solo veía sus cabezas y empezaba a dudar de si no se habrían convertido en ángeles sin alas.[4]

Lo liberaron con libertad condicional en 1934 cuando su salud era ya era terminal.

El 27 de abril de 1937 murió de una hemorragia cerebral en una clínica de Roma. Tenía cuarenta y seis años. Seguía «técnicamente» detenido cuando murió.

Los 32 cuadernos salieron de la cárcel escondidos gracias a su cuñada Tatiana Schucht. Llegaron a Moscú. Palmiro Togliatti, su compañero de la universidad de Turín que había sobrevivido al fascismo en el exilio, los organizó y los publicó entre 1948 y 1951. El mundo que los leyó quedó transformado.

El concepto de hegemonía se convirtió en una herramienta que los investigadores de ciencias sociales, comunicación y política usan hasta hoy para analizar cómo funcionan los sistemas de poder. Explica por qué ciertos valores se presentan como naturales cuando son construcciones históricas. Explica por qué la gente a veces actúa contra sus propios intereses (sin saberlo). Explica por qué los medios de comunicación, las redes sociales y el entretenimiento masivo son campos de batalla políticos (aunque no parezcan).

Cualquier persona que pueda señalar ese mecanismo en voz alta y (en lenguaje que otros entiendan) se convierte automáticamente en una amenaza para ese control. No importa si tiene título de universidad o no. No importa si es periodista o no. No importa si tiene respaldo institucional o no. Lo que importa es la claridad para explicar. La capacidad de ver el mecanismo y explicarlo. Eso fue lo que encerró a Gramsci.

Gramsci lo llamaba el intelectual orgánico. Alguien que traduce el poder a lenguaje popular. Siempre fue peligroso en cualquier época.

Gramsci fue enterrado en el cementerio acatólico de Roma (donde sepultaban a gente no católica o atea). Su lápida solo contiene una corta inscripción latina «Cinera Antonii Gramsci» (las cenizas de Antonio Gramsci)… y encima está mal escrito porque debería poner «cineres». “Cinera» es una forma gramaticalmente incorrecta en latín clásico. Lo correcto para referirse a las «cenizas» es el plural de cinis, que es «Cineres». El uso de «Cinera» en la lápida de Gramsci ha sido motivo de debate durante décadas; algunos lo atribuyen a un simple error de picapedrero o un descuido de quienes encargaron la inscripción, mientras que otros han intentado (sin mucho éxito) buscarle alguna raíz en el latín vulgar. Es una ironía bastante particular que uno de los intelectuales más rigurosos de la historia termine con una errata eterna sobre su tumba.


Notas:

  • [1]: Gramsci, A. (1929–1935). «Quaderni del carcere» Edición crítica de Valentino Gerratana. Einaudi, 1975. El concepto de hegemonía se desarrolla principalmente en los cuadernos 10, 12 y 13.
  • [2]: Fiori, G. (1966). «Vita di Antonio Gramsci». Laterza. La frase del fiscal está documentada en los registros del juicio de 1928 y citada en múltiples biografías académicas.
  • [3]: El número de cuadernos varía entre fuentes. La edición crítica de Gerratana de 1975, considerada la referencia académica, organiza el material en cuatro volúmenes con aproximadamente 2.848 páginas de texto original.
  • [4]: Gramsci, A. (1947). «Lettere del carcere». Einaudi. La carta sobre las fotografías de sus hijos es una de las más citadas como testimonio de la dimensión humana de Gramsci.

Fuentes

  • Biografías y Vidas. (2023). «Antonio Gramsci».
  • Fiori, G. (1966). «Vita di Antonio Gramsci». Laterza. [Edición española: «Vida de un revolucionario». Capitán Swing, 2022]
  • Gramsci, A. (1947). «Lettere del carcere». Einaudi. [Edición española: «Cartas desde la cárcel». Cuadernos para el Diálogo, 1975]
  • Gramsci, A. (1929–1935). «Quaderni del carcere». [Edición crítica de Valentino Gerratana. Einaudi, 1975. Edición española: «Cuadernos de la cárcel». Era, 1981]
  • Hall, S. (1980). Cultural studies: Two paradigms. «Media, Culture & Society», 2(1), 57–72.
  • Psicología y Mente. (2024). ‘Antonio Gramsci: Biografía de este filósofo marxista».
  • Wikipedia. (2025). «Antonio Gramsci».

La paz como obra de arte

En medio de este escenario convulso, yo he decidido recuperar esta postal que tenía desde hace décadas guardada entre mis viejos apuntes de arte, del maravilloso Wolf Vostell, quien afirma:

«Yo declaro la paz como la mayor obra de arte»

Allá por los años 70 también el mundo era un lugar convulso y quedaban aún por suceder terribles acontecimientos como los golpes militares en Chile o Argentina, entre otros… y lo que vendría después.

Mientras tanto, yo vuelvo a declarar, con Vostell, la paz como la mayor obra de arte… y el arte como un formidable camino hacia la paz.

El silencio, espera en el recibidor.

Primera sesión de N’Clave de Po(esía) en BPM Iván de Vargas

Comenzar en un sitio nuevo (para la actividad) siempre supone un reto, una incertidumbre, que en esta ocasión se saldó con un flujo de personas deseando asistir al evento que superó mis expectativas: más de 40 personas acudieron al acto, delicado, sencillo, casi trivial, en el que nos leemos poesía en grupo sin más, sin comentarios, sin aplausos, sin alharacas, pero con respeto absoluto y libertad máxima.

Siempre presumo de que, en esta actividad, no es preciso establecer ningún tipo de normas, orden, organización, para que todas las personas asistentes sientan que tienen la posibilidad de leer, de permanecer escuchando, de lanzarse al ruedo de lo que sería un recital, y nadie «pisa» a nadie, ni nadie es más o menos que nadie. La autogestión llevada al extremo demostrando su capacidad de funcionamiento autónomo.

En esta ocasión, llegó a haber un singular momento en el que las casi 4 decenas de personas guardaron un riguroso silencio atento a la lectura de un poema por parte de una asistente que tenía una severa afonía. Fue muy bello saber que me rodeo de gente tan generosa, tan delicada, tan bella…

Consentimiento

miento si no digo que
esta palabra
es la palabra
esta palabra
es el futuro
y debió haber sido
el pasado
esta palabra
es crisis política
es crisis social
es crisis económica
es crisis financiera
es crisis internacional
es crisis filosófica
es crisis ética
es crisis religiosa
es crisis feminista
es crisis literaria
es crisis poética
es crisis mental
en cuanto cambio
consentimiento
sentimiento
miento

o mento el sentimiento
con consentimiento

no miento

consentimiento
de olvidar
pedir perdón
antes que
pedir permiso

consentimiento
es la palabra
o
no será

y será
muy triste
una vergüenza
una debacle
una pesadilla
una catástrofe
sin apóstrofe

consentimiento
o muerte

consentimiento
es la última frontera

¿qué hay
al otro lado?

Resúmenes generativos

Leyendo un TFG de mi sobrina Jimena de la Rosa, me sugiere el PDF Reader de mi Smartphone resumírmelo «generativamente», es decir, generando algo que no estaba, pues es el significado de tal palabra. Eso sería no leer el TFG sino un resumen, un extracto, después de preguntarme que si tengo poco tiempo.

Yo me pregunto si no sería mejor que me ofreciese otra vida o algo similar, días de 28 horas o, ya que estamos delirando, una redistribución global de la riqueza que permitiese disponer de más tiempo para actividades como esta y no para las pecuniarias.

Es decir, que en lugar de ofrecer un verdadero cambio estructural, lo único que me ofrece es seguir viviendo una vida limitada de tiempo mientras quienes generaron esa herramienta viven vidas espléndidas en las que su tiempo pueden usarlo para leer lo que les dé la real gana, sin preocuparse por su poco tiempo disponible.

Es triste. Pero me enfada.

Y sigo diciendo: NO. Me apañaré con el tiempo que tengo para hacer «lo que quiero» en la medida de mis posibilidades.

Esto, poco a poco, me está convirtiendo en un ser humano desfasado en el tiempo, anacrónico, en una palabra.

Esto no es una broma