De una carta encontrada en un bar de Hamburgo durante mi última visita a mi querida amiga Aída B. Márquez.
pareja
17
Hoy hace 17 años que a las 21:00 de la tarde Carmen y yo habíamos quedado para ver si lo que había entre nosotros era algo más de la amistad que ya sabíamos que había.
Y claro que lo había: de no ser así, no lo habríamos convertido en una quedada para aclararlo. Estaba claro que queríamos que fuese así. Y fue tan fácil, tan rematadamente fácil, que hoy me maravillo de que se haya pasado este tiempo como si nada, como si 17 años no es nada, que febril la mirada…
Y dado que el 16 fue una cifra curiosa, potencia de 2, potencia de 2, (sí, 2 veces 2 potenciado a 2), y base de un sistema numérico altamente usado, no podía hacer lo mismo para el 17, primo, primísimo.
Pero un primo sirve para descartar primos, como bien sabía Eratóstenes, así que puedo descartar unos cuantos con un sencillo script para la ocasión:
#!/bin/bash # Escribe todos los múltiplos de un número dado (17, por ejemplo) # hasta una cantidad dada (17, por ejemplo) numero=17; cantidad=17; for ((i=1; i<=$cantidad; i++)); do producto=$(($numero*$i)); echo -e $numero " x " $i " = " $producto done
Una salida de este código sería:
17 x 1 = 17
17 x 2 = 34
17 x 3 = 51
17 x 4 = 68
17 x 5 = 85
17 x 6 = 102
17 x 7 = 119
17 x 8 = 136
17 x 9 = 153
17 x 10 = 170
17 x 11 = 187
17 x 12 = 204
17 x 13 = 221
17 x 14 = 238
17 x 15 = 255
17 x 16 = 272
17 x 17 = 289
¡¡¡Así que a por los 102!!!
Los amos de la noche
Me abandono en cuerpo y sangre
a los amos de la noche
y su zumbido.
Soy el mamífero más indefenso
de los dos que habitamos
nuestra cama.
La rigidez obstinada de la almohada
destroza la melosa gelatina
de mi cráneo.
Regalo de mi cumpleaños (y del de Carmen)

Ha llegado el momento de retornar a Venecia. Con Carmen, será un viaje nuevo, con mi nuevo yo será un viaje nuevo. Siempre se vuelve y nunca se vuelve… la frente marchita no se ha marchitado porque he vivido bien, sabiendo elegir, pudiendo elegir… y he elegido la vida, la alegría, la búsqueda incansable de felicidad, a toda costa.
Beat Attitude
El domingo compré vía Amazon un libro de poesía Beat titulado Beat Attitude que dice ser una Antología de mujeres poetas de la generación beat.
Es verdad que hay un sesgo habitual en la edición de poesía (entre otras cosas) por el que las mujeres suelen acabar siendo ninguneadas y las antologías de mujeres están haciendo un intento de poner en su lugar a una enorme cantidad de voces acalladas, o ignoradas.
Es verdad que muchas de ellas deberían estar recogidas como las grandes autoras que son o fueron y no se conocieron, ni aún se conocen.
Es verdad que hay otros sesgos, y no sólo el de género, como el social o el geopolítico: se conoce poco de poesía africana, por ejemplo, o poetas prostitutas, por no hablar de poetas inmigrantes… cuya visibilidad también, en algunos lugares, está ganando algo de la que no tenía.
Este curso he dedicado un par de meses a poetas femeninas sobre el cuerpo con una antología titulada EL PODER DEL CUERPO: ANTOLOGIA DE POESIA FEMENINA CONTEMPORANEA, pero me pareció una pérdida de tiempo, más allá de visibilizar algunos temas que habitualmente no son tan comunes, sin embargo, la calidad de la edición desmerecía el resultado y el carácter excluyente hacía que no apareciesen otros temas (quizá por ser considerados viriles en demasía). Por cierto y como anécdota, sólo acudieron hombres durante este tiempo. Las mujeres del taller dejaron de venir justo en este momento. Pero fue casualidad, supongo.
Pero también es verdad que me he sentido presionado por el ambiente a incluir poetas que no conozco, por criterios puramente sociales y no literarios. Está claro que la literatura (y su divulgación) no viven «fuera» de la sociedad, así que igual ha llegado el momento de ir dejándome socializar para acercarme a una realidad poética invisibilizada y demandada socialmente, pues sí que hay tendencia a reducir esa brecha (más allá de las estúpidas declaraciones de «Chus» Visor) y no debo quedar al margen, ignorar esa voluntad popular ni desoír sabios consejos cuando los recibo.
Pero.
Pero también es verdad que se puede caer en un extremo peligroso que es el de agrupar a los poetas por sexos, o las exposiciones de arte o los cursos de danza, hasta el punto de excluir la presencia de varones por no tener lo que hay que tener. Sé que la discriminación positiva puede ser una forma de contrarrestar una situación de injusticia en la que se está llevando a cabo una discriminación, pero abusar de la misma conduce a lo mismo, a discriminación (no de unos frente a otros, sino a discriminación en sí).
Me preocupa elegir poetas tan sólo porque sean mujeres. Yo no las conozco. Debo reconocer que no he hecho esfuerzos por conocerlas y quizá haya llegado el momento en el que deba hacer ese esfuerzo: tengo pendiente a Gertrude Stein, una figura clave en la literatura y el arte y de quien no he leído nada relevante, tengo pendiente incluir en el próximo curso de iniciación a la poesía contemporánea algunas poetas relevantes (desde el punto de vista formal, no por ser mujeres) de finales del siglo XIX, aunque cuesta encontrarlas, pues las relevancias también las daba el hecho de que eran mujeres y eso las opacaba, las ninguneaba, las hacía menos influyentes que sus contrapartes.
Hoy leyendo sobre G. Stein me encontraba con la curiosa anécdota de que, durante las sesiones parisinas de los sábados que ellas organizaban, su pareja, Alice B. Toklas reunía a las esposas de los participantes en otra habitación, mientras los hombres, y Gertrude, hablaban de literatura, de arte… etc. Hoy en día se la reivindica como una de las más acertadas luchadoras por la igualdad, pero esa separación, esa discriminación, se producía, ellas la producían o participaban de la producción de la misma. Esa irrelevancia femenina en la cultura no es sólo culpa/responsabilidad de los hombres, de mí, sino de un hetero-patriarcado que ha dominado y domina casi todos los ámbitos sociales donde se produce el hecho artístico o cultural, entre otros.
El otro día, después de haber comprado este libro visibilizador, me fui presionado a sentarme en un evento social con los hombres, como suele venir siendo habitual cada vez que en casa de mi familia se reúnen con primos y primas, tíos y tías. Obviamente, no es plato de mi devoción, hasta el punto de que reusé preguntando, casi ferozmente, ¿se va a hablar desde la punta de la polla o desde la vagina?
No veo ninguna justificación para esta separación por sexo/género y espero que, en el futuro, esa separación sea absolutamente abolida y, si me apuran, hasta perseguida. (Ni hablar de religiones de las que habitualmente campan por estos lares, monoteístas, sexistas, etc…)
Encontrarme comprando libros de poetas femeninas por ser mujeres no me acaba de convencer, pero si esto ha de ser un trámite de un proceso que las visibilice y normalice hasta el punto de que luego sean incluidas en antologías de poesía sin tener en cuenta su sexo/género, me parecerá un mal menor y, espero, transitorio.
Lo que deseo es que este tema esté ya superado (como yo creo tenerlo, sin olvidar ni menospreciar sesgos precondicionados) y poder valorar las creaciones poético-culturales por la coherencia, por su compromiso, por la responsabilidad ética del artista, por lo que sea, excepto por circunstancias sociales extraculturales (si era mujer, si era hombre, si era inmigrante, blanco, negro, pobre, rico…), si es que eso puede existir.
Yo de ti
yo de ti
yo tuyo
yo mío
yo ni tuyo ni mío
yo libre
yo libro
yo yo
yo yo yo
yo yo yo yo yo
yo para ti
yo con ti go
yo go lejos
yo yo go
yo y yo
yo de yo
tú de yo
tú tú
tú tú tú
tú tururú
tutú
tutsi
tú sí
tú sí que sí
tú de mí
tú para mí
tú tuyo
tú mío
tú tuyo y mío
tú tuya y mía
tú mía
tú tuya
tú ni tuya ni mía’
tú libre
tú libro
tú con mi go
go go go
go go go
go go go
como locos
go tú y yo.
(‘ corresponde a un verso de un poema de Agustín García Calvo que conocí vía Amancio Prada)
Cápsula del tiempo en El Ser y el Tiempo
He encontrado en casa de una de mis mejores amigas un libro que le presté hace tiempo titulado El Ser y el Tiempo, de Martin Heidegger.
Es uno de esos libros «sesudos» que en su día leí con avidez pues respondían a una forma de explicar el mundo que cuadraba con la que tenía y no había encontrado a nadie capaz de explicarlo de semejante manera. Me importaba la manera, no la explicación. ¿Se entiende?
Leía Sartre (El ser y la nada se me atravesó), después de haber devorado toda la obra de Nietzsche, tras acabarme Schopenhauer y, por supuesto, bastante después de «comprender» a Kierkegaard.
Eran los 80. A finales. Recién terminada mi adolescencia, que había pasado frente a los «científicos» Einstein, Heisemberg y el divulgador Asimov, entre otros cientos.
Aquellos no habían sido capaces de aproximarse a hacerme entender muchas cosas del mundo, aunque les deberé la forma de ver otras muchas. La palabra Dimensión entró en mi vida, como algo interesante para explorar… Y ni hablar del límite al conocimiento científico que se planteaba el Principio de Incertidumbre.
Durante los últimos 15 años leo ensayos sobre arte contemporáneo que me ayudan a comprender otras cosas que ninguno de los anteriores se atrevía a mencionar… o lo hacían de manera que a mí no me llegaba (la forma de «Federico» de hablar de arte no me dice mucho, por más que sepa que ha sido relevante). Adoro la forma de escribir de Simón Marchán Fiz, por ejemplo, o de Ana María Guasch.
Me interesa el análisis estructuralista de Roland Barthes a quien considero mi lectura habitual para relajar la mente en vacaciones estivales.
Pero, volviendo al tema, abrir este libro en casa de mi amiga María ha sido divertido por encontrar fotografías (analógicas, claro) de aquellos tiempos:
Marta x 4. Aquel primer amor serio, relación de más de 6 años que terminó bonita y con cariño mutuo. En la página «Planteamiento del Problema». ¿Casualidad?
Después (las he encontrado también así) la fotografía de Raquelt en la playa levantina, seguramente algún fin de semana con Queralt, aquella matemática que me volvió loco durante un par de años y a quien yo volví loca enamorándome de otra matemática. En la página «Doble problema de su desarrollo». ¿Casualidad?
Junto a la contraportada, una hoja manuscrita con algunas de las preocupaciones de aquella época en mi vida:
Hoy he tenido la sensación de viajar en El Tiempo con El Ser y El Tiempo. Quizá mañana, con ese mismo libro, viaje en El Ser.
6F2015
¿Soy yo el aborigen de esta casa?
Esta casa no sería esta casa
sin que hace hoy
15 años
Carmen
la hiciese también suya.
Esta casa no sería esta casa
sin sus colores
sin sus risas
sin sus pieles
sin sus cosas (muchas cosas)
sin sus lágrimas
sin sus músicas
sin sus besos
sin sus miradas
sin sus compras (muchas, muchas compras)
sin sus pelos
sin sus piernas
sin sus sueños (muchos, muchos, muchos sueños)
sin sus palabras
sin sus alegrías
sin sus labios
sin sus dulzuras
sin sus manos
sin sus olores
sin sus ropas
sin sus zapatos
sin sus tecitos
sin sus caprichos
sin sus amores
sin sus cuadernos
sin sus cuentos
sin sus CDs
sin sus relojes
sin sus propuestas
sin sus lentejas
sin sus caricias
sin sus caricias
sin sus caricias
sin sus caricias…
Esta casa no sería esta casa
y yo
no sería aborigen de esta casa
sino de otra
que ya no existe más.
El machismo de lavar los platos
¿Soy yo el único que observa la mano negra del patriarcado bajo la altura del diseño medio de las encimeras y las pilas de la cocina?
Cada vez que friego los platos
me duelen los riñones y me acuerdo de mi madre
con sus 156 centímetros.
Yo no soy muy alto y sin embargo
cada vez que friego los platos
pienso que están diseñadas
las cocinas
para las que «han» de usarlas
para ellas
de altura media
menor
que
la altura media
de ellos (nosotros).
Cada vez que friego los platos
pienso
si bajo esa herramienta inocua
se haya una conspiración
para poner a las mujeres
«en su sitio».
Y no sé si sentirme
fuera de juego
o paranoico.
jo macho, venga hombre…
No sé por qué tengo esta mala costumbre, incluso hablando con Carmen (especialmente hablando con Carmen).
En realidad lo de jo macho no lo uso nunca, pero lo de interjectar con un «venga hombre» o «pero bueno, hombre» es de lo más normal en mi conversación. Y es estúpido, lo sé, pero no dejo de usarlo.
Quiero enmendarme y no es solamente una cuestión de «buenismo político», es una cuestión gramatical, ¿por qué le digo a mis amigas (casi todos mis amigos son amigas) algo como esto?
Es evidente que proviene de la época (aún no extinta) en la que se daba premanencia a las conversaciones entre machos, entre seres humanos masculinos, donde las interjecciones eran las que habían de llamar la atención de ellos y no de ninguna ella que, posiblemente, debía estar en la cocina.
Pero que aún no haya sido capaz de quitarme este mal hábito, esta torpeza social, este error gramatical continuado, me parece tan irritante… y, no obstante, sigo haciéndolo.
Es terrible darse cuenta de lo profundamente interiorizados que tenemos las costumbres socialmente dominantes.
Y no es una cuestión comparable con forzar el idioma para que los genéricos sean masculinos y femeninos o un falso neutro no existente en nuestra lengua. Se trata de un llamamiento individual, una interpelación de uno a uno… pero no válido gramaticalmente de uno a una.






