Feminismo excluyente

Si bien suelo ser un adalid del «feminismo«, denunciando conductas machistas (incluso sutiles) desde hace tiempo, más allá de mis consideraciones lingüístico-lógicas al respecto, no puedo dejar de cabrearme cuando me encuentro con un caso de discriminación e, incluso, exclusión, con la excusa del feminismo contra los hombres, por el hecho de serlo.

Hoy Carmen ha venido contenta de tomar una clase de Danza Contemporánea impartida por la divina Marina Santo en la Fundación Entredós y me ha comentado que en la susodicha fundación le han advertido que, dado que era feminista, los hombres no estaban autorizados a tomar clases como la que ella ha hecho.

En realidad, han sido algo más positivas y se han limitado a decir que era solo y exclusivamente para mujeres. (No incluyendo que los hombres no podían, pero evidenciándolo)

Ante lo cual yo le he dicho que me parece fatal que se excluya a un colectivo en una actividad que, perfectamente, puede desarrollarse en armonía, como en un colegio mixto, salvo que opines, como Wert, que resulta problemático mezclar chicos y chicas… porque se distraen. No me sirve como razón que hay espacios en los que el hombre tiene preeminencia. Esto es algo que debería ser desterrado, no mantenido con un equilibrio absurdo de poder radical.

Sinceramente, no puedo soportar que, con la razón que sea, se justifiquen tratos discriminatorios para con una persona por razones de sexo, identidad sexual, género, orientación sexual, así como tampoco por razones de religión, color de piel, etnia…

Me preguntaba cómo sería posible justificar en este siglo la existencia de un bar que solo dejase entrar hombres, por ejemplo, aduciendo la razón de que se sienten intimidados en sus conversaciones que deben de dejar de versar sobre culos y tetas, ante la posibilidad de ser sojuzgados como acosadores o sencillamante «salidos».

Obvio que yo nunca entraría, pero no es esa la cuestión. La verdadera pregunta es si es éticamente condenable que existan espacios con actividades públicas que puedan llevar a cabo tratos discriminatorios como este. ¿Podría haber decidido, así, por sus ovarios, que tan solo podrían entrar mujeres blancas? ¿por qué no?

No depende de lo que deseen hacer un colectivo de personas en su ámbito privado, por ejemplo, unas amiguitas (o amiguitos) que no desean mezclarse con alguien de otro sexo que el suyo… sino qué es correcto (incluso legal) desde un punto de vista ético y social.

Por cierto, tampoco puedo obviar cierta desinformación que me gustaría mitigar: ¿por qué razón están excluidos los hombres? ¿por qué no las lesbianas? ¿estaría excluido un transexual? ¿se necesitan mamas o vagina para unas clases de danza contemporánea?

Carmen intentaba justificarlo de diversas maneras, argumentando algunas veces con menos acierto que otras, como cuando lo ha comparado con el acceso a un club nocturno en el que se exige un código de vestuario o la asociación de alcohólicos anónimos, pero ambos casos, como otros, son casos en los que esa exigencia puede ser satisfecha por cualquiera, mientras que, por ejemplo, yo no puedo ser mujer, ni negro.

Ella reconocía que le faltaba información y he de reconocer que yo tampoco la tengo sobrada y que me gustaría que me explicasen en profundidad qué razón de mi anatomía masculina (lo que me defina como hombre es complejo de evaluar) hace que yo sea non-grato en ese espacio o que no tenga los mismos derechos.

Y no se trata de la clase para embarazadas… esto sí sería explicativo. No sería necesario, no obstante, decirme que no estaba admitido por ser hombre, sino por no estar embarazado.

Por más vueltas que le doy, no alcanzo a entender (hagamos un chiste y digamos que es porque soy hombre) esa necesidad de regenerar un error aberrante que suele producir el machismo: asumir que los hombres y las mujeres no pueden convivir en igualdad de condiciones, con los mismos derechos y las mismas obligaciones, sin necesidad de dejar de ser hombres o mujeres o lo que se desee, con todas las opciones sexuales de atracciones o identidades que la libertad humana permita.

Salvo que la libertad y la igualdad no sean dos de esos tres pilares fundamentales en los que basar un modelo de sociedad «avanzada» que nos regaló la Revolución Francesa.

Por favor, que me lo expliquen.

Vagón 22, asiento 72

ICE 1614
Hora 10:16
Día 05/07/2014
HBF Berlín
Rumbo a HH.   11:57
Planta -1
Plataforma 7
Zona D
Clase 2

Al subir
busco mi asiento reservado por 5€.

Aguardo a que un viejo alto y cabezota ocupe su lugar asignado en mitad del coche, a que se decida a hacer algo con su enorme maleta para dejar de obstaculizar el tránsito intestinal del ultramoderno caballo de hierro (y fibra de vidrio).

Unos dispositivos de cristal líquido con luz roja sobre fondo negro indican si el número de butaca está adquirido o adjudicado y, junto a ello, si se trata del anexo a la ventanilla o al pasillo.

Todos los números pares quedan a la derecha según avanzo, mientras los impares están situados a la izquierda. Por alguna razón me parece justificado ese orden por la lógica numérica, sin pensar en el arbitrio subyacente hasta que, casi 30 minutos después, leyendo un relato de Don Delillo, me da por imaginar que una sucesión de números primos sería una, matemáticamente hablando, bellísima manera de ordenar los asientos o la numeración de los inmuebles de una calle, por muy patafísico que parezca.

En el lugar previsto para mi acomode se encuentra una chica relativamente atractiva de, aproximadamente, 35 años de edad con unas perfectamente torneadas piernas que, cayendo perpendiculares, tocan el suelo que habré de pisar.

Con algo más liviano que una sonrisa, se percata de que camino buscando un número muy lejano de ser primo: múltiplo simultáneo de 1, 2, 3, 4, 6, 8, 9, 12, 18, 24, 36 y de sí mismo.

Supongo que, en ese preciso instante, no es consciente de estos detalles aritméticos, no obstante, sí reacciona al hecho de que ocupa mi (lugar) reservado.

Hace ademán de levantarse y liberar el espacio trasladándose, tras superar la minúscula barrera transversal que suele utilizarse cual reposabrazos, al asiento con mucha menor cantidad de divisores que no tenía indicación de estar preasignado en el panel cuya iluminación me había servido para conocer mi correcta ubicación espaciotemporal.

Mi cara, en concreto algunos músculos maxilofaciales encargados de articular el movimiento mandibular y bucal, así como probablemente otros que no recuerdo responsables del entrecerramiento ocular de manera parcialmente instintiva conforman una pánfila expresión que podría confundirse con invitación a continuar en el lugar que no le correspondía ofreciéndole con un lacónico «if you want to keep the window…» que declina en silencio con un cortés desplazamiento concluyendo en el pasillo del vehículo facilitándome el acceso sin dejar translucir un gesto de agradecimiento ni de indignación.

Mientras esta sinfonía gestual viene ocurriendo en la parte frontal de la superficie de esta extremidad conocida como cráneo, en el interior de la misma el menor número par de líneas de pensamiento emergen y divergen en las siguientes direcciones:

1.- ¿Resulta machista esta oferta?

Evidentemente, si hubiese sido un individuo humano de reconocido género masculino no habría ni siquiera pensado en dejar mi asiento bajo sus nalgas pero no lo reconozco como un signo o acto netamente machista pues sé, casi con total certeza, que tampoco habría hecho tal oferta a un individuo de reconocido o aparente género femenino si no me hubiese resultado agradable a la vista o al olfato, o si percibiese una escasa receptividad al agradecimiento o al, llamémoslo abiertamente, flirteo.

2-. ¿Le estoy ofreciendo aquello que disputo últimamente a aquella de quien estoy enamorado a una extraña cuyo posible flirteo no me depara más que 1 hora 41 minutos de entretenimiento y, quizá, el acceso a una conversación que haga llevadera el trayecto a modo de retribución inmaterial por una insolicitada generosidad?

Lo absurdo de que la respuesta a esta extensamente formulada cuestión sea afirmativa aún me parece o resulta peripatético cuando estoy embarcado en el viaje de regreso

(

Vagón 22
Asiento 31
ICE 1723
Hora 20:01
Día 06/07/2014
Hamburg HBF
Rumbo a Berlín (Hbf)   21:49
Planta -1
Plataforma 6(a)
Zona C
Clase 2

)

siendo el día de hoy el que Carmen y yo celebramos nuestro penúltimo «mesiversario» antes de alcanzar nuestro decimoquinto aniversario habiendo alcanzado con ello la cifra de 178 meses juntos que, promediados a unos 30,4375 días cada uno, hacen un total de 5.417,875, que redondeados a números naturales, terminan siendo 5418 días juntos desde aquel beso en la mesa de El Achuri, un par de horas después de las 21:00 del horario de verano en Madrid/Europa lo que deviene en ser la franja conocida como GMT+2.

Ante el maltrato

maltrato-vuela
A la primera señal de maltrato, vuela.

Mi primera pregunta es ¿qué se considera una primera señal de maltrato?

Para mí, que una persona sea machista, por ejemplo, es claramente una señal de maltrato.

Para mí, que una persona sea celosa, es claramente una señal de maltrato.

Que una persona sea prepotente, es claramente una señal de maltrato.

Pero sigue desplazando la pregunta:

¿cuándo una persona es machista?
¿cuándo una persona es celosa?
¿cuándo una persona es prepotente, racista, violento, de ideas violentas o que las justifica…?

Machista (o sexista, sin venir a cuento) es alguien desde el momento que considera que hay roles que deben ir, necesariamente, asignados a géneros. Eso es lo mínimo. Si además, por ello, existe una gradación (mejores vs peores), ya ni hablamos. No me es necesario que me diga que la mujer no vale una mierda, basta con que me diga que hay bebidas «de hombres», como escuché, medio en serio medio en broma, el otro día en una cena. Está claro que quien dice esto no conoce a mis amigas.

Machista es el que considera que la tradición o la naturaleza debe dictar nuestra moral. Que el hombre, frente a la mujer haya sido considerado el sexo fuerte durante periodos históricos en los que la fuerza bruta era necesaria para adquirir el sustento, no significa que ahora, en el siglo XXI (ya estamos en el 21, aclaro para quienes aún no lo saben), sea una razón justificativa de discriminaciones o segregaciones.

Celosa es cuando lo reconoce. Sí, hay gente capaz de, sin pudor, reconocerse celosa. Y yo me pregunto: ¿cómo alguien no es capaz de ver ahí una forma indigna e insana de amar? Hablo, no tanto de inseguridades ante la pérdida de la exclusividad sexual, que es otra cuestión que siempre me ha resultado inquietante, sino de la idea de posesión que va asociada a los celos: ¡no me gusta que miren a mi mujer!

Este mi es tan tremendo como incontestable. Quien lo pronuncia ya está, desde mi punto de vista, maltratando, y no es una señal, es mucho más que eso. No puede haber celos sin maltrato. O, dicho más suavemente, son, claramente, la antesala del maltrato.

No hablo de un mi que establece una connotación sobre la relación: mujer con la cual tengo una de mis más importantes relaciones. Sino de aquel mi que dice que es mía y solo mía, que quien desee tener algún trato mínimamente afectivo con ella, táctil, o similar, ha de pedirme permiso, como alguna vez alguno ha osado hacer en una milonga antes de bailar con Carmen. Yo me he reído y he contestado: pregúntale a ella, es un ser independiente.

Pero quizá una palabra que no he había llamado tanto la atención fue la de VUELA, que está bien marcada en una mayúscula desgastada, no había reparado en que no hace frente, en que se trata de una huida que deja tras sí impunidad para con el maltratador (el «ser» maltratador, no el hombre necesariamente).

Podría haber sido sustituida por cualquiera de una serie como LUCHA, MÁTALO, DENUNCIA… y esta denuncia puede ser no solo mediante los canales telefónicos correspondientes, sino empezando por el entorno, hasta que éste no lo tolere, le excluya, le condene al ostracismo o al exilio, que le suponga, a ese y a otros, una reeducación al más puro estilo de la Revolución Cultural China (o casi).

No soporto entornos que justifican o incluso alaban ciertas de estas actitudes pre-maltratadoras como algo «normal», humano, natural… sin cuestionar su moralidad, sin haberse hecho una idea de qué modelo de sociedad se desea tener. Pero quizá este es el verdadero trasfondo del problema. Falta de conciencia social.

¿Cómo y por dónde empezar a conseguirla?

De momento, seguiré escribiendo sobre estos temas a modo de denuncia callada, sosegada, que pueda servir de reflexión para otras personas. Espero.

¿Quién se encarga de las compras de higiene?

axe-parael

Ya que no viene una mujer del futuro a decirle a las mujeres del presente que tendrán que seguir haciéndoles la compra a sus «maridos», lo ponen clarito clarito en una construcción gramatical claramente (redundancia) tendenciosa: ANARCHY FOR HIM (PARA ÉL). (De lo de anarchy, mejor ni hablar)

¿Por qué no se utiliza otra forma del pronombre personal?

Para mí.
Para ti.
Para él/ella.
Para nosotros.
Para vosotros.
Para ellos.

Para mí: si se piensa que el comprador va a ser un hombre que va a usar aquello que se compra, como si fuese un ser independiente, maduro, capaz de cubrir sus propias necesidades higiénicas sin apoyo de ninguna fémina. Si se piensa que el comprador es un hombre que va a regalárselo a su pareja (sexual o no), eventualmente también masculina, podría incluirse un para él que significase algo muy distinto. También tendría aquí cierto sentido el para ti. Incluso si se pensase en aproximar la oferta al comprador, con un para ti, que le diga que alguien, al otro lado del mostrador, le está tuteando.

Hay un sugerente para ella, que implicaría cierto gusto que se le satisface (en una relación heterosexual), siempre suponiendo que fuese él quien, dotado como está de piernas y cerebro, se acercase a la droguería de turno a adquirir su propio artículo de aseo.

Para nosotros o vosotros… sería algo curioso, pero también interesante, que connotaría cierta fraternidad entre los hombres o usuarios de este tipo de desodorantes.

Para ellos: volvemos a un para él muy ridículo, muy machista, salvo interpretaciones atípicas y minoritarias que no vendrían a cuento, tales como recomendar el uso a aquellos compañeros de trabajo que, todos ellos, necesitan algo de higiene y no han sido capaces de encontrar una hembra que les asee.

Que la marca AXE es célebre por su machismo publicitario es notorio, pero lo que me resulta bochornoso es que estas ofertas se sigan dejando caer en los armarios de cualquiera sin que se haga el más mínimo comentario al respecto.

Este mensaje, por muy extendido que esté el hábito de repartición de roles asociándolos a sexo o género, me parece mucho más preocupante que la «corrección» de géneros gramaticales forzándolos por encima de la lógica. Y es fácil reivindicar (desde las autoridades competentes o desde el consumo particular) la no adquisición de productos con mensajes explícitamente sexistas, o la exigencia de su supresión o regulación, siempre que, supongamos, esta sociedad defienda valores de igualdad de género que sean irrenunciables para considerarse avanzada. Lo que es mucho suponer, por otro lado.

Feminismo

feminismo

Sí, si yo lo entiendo, de verdad, pero es que algo en la simetría de las palabras y las imágenes me hace pensar que el nombre está mal escogido. Ante esta propuesta pictórica, bien podría verse que, en el medio, también cabría el término de masculinismo, pero que tampoco acabaría de gustar al concurrente.

¿Qué tal, simple y llanamente, igualdad de género («igualismo»)?

Quizá, por mi manía con la simetría, yo lo entendería mucho mejor.

Perversión

mujer pervertida Me preguntaba si se podría decir lo mismo de un hombre, sin resultar ofensivo o grosero o soez, y esto también tiene que ver con la defensa de la igualdad de género.

No sé si tiene que ver con que se supone que todo hombre es ya perverso, pero esto es una presunción o prejuicio que, de nuevo, desigualitariza.

Reivindico que sí, que hombre pervertido vale por 2, también, pero es que la palabra es tan bella que no se puede dejar de usar:

per-versión: una versión diferente de per(sona?), la acción de antes de un verso, y según la RAE…

perversión (Del lat. perversĭo, -ōnis). 1. f. Acciefecto de pervertir.

pervertir. (Del lat. pervertĕre). 1. tr. Viciar con malas doctrinas o ejemplos las costumbres, la fe, el gusto, etc. U. t. c. prnl. 2. tr. Perturbar el orden o estado de las cosas.

Por resonancia fonética, perturbar me lleva a lo que me lleva… y vuelvo a pervertirme mentalmente. Pero es que valgo por dos, por lo menos.

Ahora, ni quiero pensar en qué se mide el «valor» de una persona. Hombre, mujer, perverso, perversa o todo lo contrario.

Las mujeres nunca se equivocan

las mujeres nunca Cuando leo algo que empieza por «las mujeres» o «los hombres» o alguna otra generalización que no estríctamente necesaria, no sigo leyendo. Es así de simple. No se trata de machismo o feminismo o algo similar, es una cuestión de simplezas y generalizaciones absurdas. Pero los hombres y las mujeres seguimos haciéndolas.

Acaban resultando ser falacias, pero, mientras tanto, contribuyen particularmente a seguir perpetuando la idea de que hay que mantener separados a los sexos/géneros. Y ya parece que el partido gobernante se va a encargar de hacerlo solito en las escuelas sin ninguna ayuda… para fomentar que aumenten este tipo de frases vacuas y sexistas.

Voy a seguir escribiendo en torno al género y la reivindicación de un mundo más complejo que exige a los habitantes que sean menos simples y piensen un poco más la repercusión de sus palabras, de sus afirmaciones, aparentemente carentes de intención. Como si algo enunciado pudiera ser carente de tal cosa.

¿Dónde están LAS socias?

PantallazoMe cansa un poco el tema de la presunta visibilidad que tiene como objeto la igualdad de derechos de género. Estoy un poco cansado de algo que nuestro idioma de manera natural tiene resuelto sin ser problemático.

Sé que no es muy políticamente correcto decir esto, pero sigo pensando, es más, cada día estoy más convencido, que es una especie de pantalla de humo, de lucha contra nubes, de pelea en la que no se gana nada.

Creo que, incluso en el mejor de los presuntos casos posibles: que reformásemos completamente el lenguaje para que no contuviese géneros, para que incluyese en todo caso un género neutro, como tiene el inglés, por ejemplo, no mejoraría en absoluto la visión machista, falocrática, de la sociedad.

Es posible que esté equivocado, pero sinceramente, lo tengo poco claro: yo me considero una de las personas menos tolerantes que conozco con el machismo, incluso ese sesgado y aparentemente inocuo, pero no creo que la forma de combatirlo sea el idioma.

Ya he escrito largo y tendido sobre esto en otras ocasiones, como hablando del «sexo/género» neutro, o cuando hablé de los roles y el género, pero sobre todo en el artículo sobre el sexo de la lengua y no quiero repetirme, aunque dada mi escasa memoria, seguro que ya me he repetido en alguna ocasión… pero sí recordar que la gramática no hace a la sociedad. La sociedad hace la gramática. Si cambiamos la gramática, lo único que haremos será cambiar la apariencia, pero no el fondo.

Es como cuando alguno ya no llama negratas a los negros, sino personas de color, lo que se agradece, parcialmente, pero no mejora mucho con respecto a los derechos que se les atribuye y, en íntimo pensamiento, se desea que tengan o no tengan. Como cuando se llama chinos a los que vemos con aspecto oriental sin saber si han nacido en España (o están nacionalizados) y, por tanto, tienen los mismos derechos que cualquier español.

Hoy no soy muy optimista a este respecto. Así que prefiero no seguir.

Género Neutro

Estoy algo impactado por una noticia que no sé cómo entender. La noticia en cuestión dice algo así como que «Una corte judicial en Australia ha dado la razón a una persona de 50 años, Norrie May-Welby, que demandó que no fuese obligatorio ser registrado de forma oficial como hombre o mujer en los documentos de nacimiento, matrimonio o defunción».

Y no sé si tiene el más mínimo sentido pretender que exista, por tanto, un género neutro. Creo que sería suficiente con solicitar que el género no constase, cosa que puedo comprender (no hablo de otra cosa que de mi propia capacidad de comprensión y mis límites comprensivos, no de tolerancia y/o aceptación). Es decir, no veo necesidad de que en la mayoría de los documentos de registro se almacene una información que podría no ser de interés. Pero quizá no veo las posibles consecuencias, incluso administrativo-burocráticas, que pueda tener el estar binariamente clasificado el género humano.

Continúa la noticia informando sobre que:

Nacido hombre hace 52 años, convertido en mujer a los 28 años, Norrie May-Welby se sentía tan desgraciado siendo hombre como mujer. Decidió dejar su tratamiento hormonal para convertirse en “neutro”. Norrie se ve a si mismo/misma como un/a anarquista andrógino. “Los conceptos de hombre y mujer no me corresponden. La solución más sencilla es no tener ninguna identificación sexual”. Y añade: “No me identifico ni como hombre ni como mujer. Soy femenino/femenina y masculino/masculina”.

Yo tampoco me siento identificado con los atributos habitualmente asociados unívocamente al género, como son los de femenino/femenina asociados a mujer, o masculino/masculina asociados a hombre. Me siento hombre… sí, pero con todos esos atributos posibles… y quizá alguno más.

Sé que yo no tengo conflicto sobre mi identidad genérica, aunque sí con los patrones culturales que se atribuyen a tal identidad: se supone (mayoritariamente) que he de ser competitivo, violento de forma natural, analítico, etc… por ser hombre. Esto me parece una soberana estupidez. Pero creo que no es de esto de lo que trata la noticia. Es de un conflicto más inhabitual, más personal, que tiene que ver con algo que no comprendo, pero que existe: el hecho personal, individual, de no sentirse hombre o no sentirse mujer.

A penas comprendo el porqué esto es un problema. Pero entiendo que lo es. Supongo, volviendo al primer párrafo, que no es fácil vivir en un mundo que necesita que definamos todo, por supuesto también nuestra identidad (sexual, entre otras).

No tiene mucho que ver con homosexualidad, pues esto es algo completamente distinto, sería de gustos, de deseos, y no de identidad. Lo que me gusta no me construye, no me identifica: no soy un ser heterosexual u homosexual, esto es simplemente una clasificación de mis gustos o apetitos sexuales, ni siquiera de mi clasificación genérica.

Pero sigo reconociendo cierto impacto por la noticia, por la controversia que genera, por la dificultad que supone enfrentarse a algo tan extraño (y con extraño no estoy descalificando, sino constatando que se trata de una anormalidad estadísticamente hablando).

No obstante, sí abogaría que algunas leyes o requisitos administrativos no requiriesen información sobre mi identidad, más allá de los imprescindibles. Entre otras cosas, por ejemplo, no acabo de comprender la necesidad de tener divididos los retretes en para hombres y para mujeres. Agradecería que, en ambos casos, en un caso unido, de hecho, hubiese respeto a la intimidad, pero que se pudiesen compartir hablando de «servicios para personas» y no para «Damas» o «Caballeros».

Hace tiempo que escribí sobre género, incluso sobre el género y el lenguaje, con esta cosa de lo políticamente correcto que busca modificar cosas que acaban siendo bastante más superficiales de lo que se pretende.

Sexista y soez

pp sexistaDe muy mal gusto caer en esa desacreditación barriobajera.
El ataque no debe ser personal.
La lucha debe ser ideológica.

Lo demás es tan lamentable como la represión.

Esto parece alinearme contra la crítica al PP y, por doble negación, con ellos, pero nada más lejos de la realidad. Es simplemente un llamamiento a no caer en las prácticas más lamentables que pueda haber, la de ataque personal, alejado de luchas ideológicas, que, tristemente, tanto están en auge. En ambos lados, cierto, pero a mí me llegan las de los que están en mi entorno, que son las de izquierdas.

En cuanto a personalismos, no es la primera vez que hablo de esto, como hace unos días, comentando la avalancha de textos periodísticos sobre Aznar, o cuando «defendí» a Esperanza Aguirre.

Supongo que a quien tiene un entorno próximo o afín a la derecha ideológica le llegarán (conozco algún caso) descalificaciones personales, como la de llamar perroflauta a un manifestante, y que son igualmente penosas.

Me entristece que una revista tan inteligente como suele serlo el jueves caiga en esta simpleza, pero más aún cuando recibe acogimiento por quien dice ser inteligente, crítico con el sistema, etc.

Esto no es crítica, es pura mofa, simple banalidad, ataque plano, contra una superficie que no trasciende, consecuentemente, a lo que realmente debería, es decir, el fondo no es levantarle las faldas a una ministra o una política.

Es tan lamentable como el famoso comentario de un alcalde vallisoletano sobre los labios carnosos de Leire Pajín. Tanto uno como otro son indignos del juego político y lo hacen recaer en el terreno soez de la peor telebasura. Por supuesto, con hondo calado de machismo, así que, en el fondo, el sistema se mantiene. ¿Habrían hecho el mismo chiste con los calzoncillos de Mariano Rajoy?

Obviamente, no es lo mismo si esta descalificación procede de una revista de humor que de un alcalde, pero el seguimiento, el aplauso que se hace de la misma es lo que a mí me preocupa.

Y este «a mí me» enfático es algo que tengo cada día más claro: no sé si le preocupan a más gente, pero a mí, las formas, me siguen pareciendo parte del todo, parte del mensaje, parte del contenido… será que, en esto, sigo siendo poeta.

Esto no es una broma