Un poeta

Después de varias recomendaciones fui a ver esta película colombiana que no ha parado de recibir elogios. He de decir que me ha dejado frío. No voy a afirmar que sea una mala película, ni que no tenga momentos poéticos, algo patéticos en el más literal sentido de la palabra.

La vigesimotercera edición del Diccionario de la lengua española ha modificado las definiciones de patético: la primera, que se corresponde con el sentido tradicional del término en español, ahora es ‘que conmueve profundamente o causa un gran dolor o tristeza’; la segunda es la que recoge el sentido proveniente del término inglés pathetic, ‘penoso, lamentable o ridículo’, que se está imponiendo en español y desplazando en el uso el significado original.

Para mí, esta película contiene en sí la crítica que yo le haría en una de las secuencias más ruines que enaltecen el postureo comercial, en el que un personaje (claramente odioso) le recomienda a la escritora en ciernes que incluya en sus poemas temáticas atractivas para resultar comercial, como la identidad racial, el género, la clase social, con el único objetivo de conseguir que sea financiado el evento de poesía por los condescendientes europeos, personalizados en la figura de una holandesa blanca y rubia que no es capaz de pronunciar el nombre de la poeta en español.

Pero esta película, aparentemente reivindicadora de la poesía pura y de la coherencia por encima de todo, incluso del comer, hace exactamente eso: está financiada con fondos europeos que van a ver este retrato «social» de una pobreza estructural desde la comodidad de una sala de cine con botellas de agua a 2€ (Coproducción Colombia-Alemania-Suecia; Momento Film, Majade Fiction, Ocúltimo, Medio de Contención Producciones, ZDF/Arte, Film i Väst). Quiero pensar que el director (a la sazón también guionista y compositor de alguno de los poemas de la película) es consciente de esta paradoja, de esta contradicción inherente a nuestro tiempo que hace que acabe primando parecer pobre a serlo para reclamar atención.

En esa obsesión por aparentar, incluso somete el visionado a un filtro que hace que la cámara que está siendo usada tenga un marco de suciedad, pero no es más que eso, el filtro que un instagramer le pone a sus imágenes para que parezcan «sucias», por supuesto, controladamente sucias. Esa suciedad que entra en contraste con el rojo puro y limpio (incluso con una tipografía sin serifas) de las cartelas que separan las 4 partes (o actos) en las que se divide la narración.

Los personajes son meros estereotipos de personas: el soñador borrachín, el facha, el oportunista, la tierna poeta talentosa, los poetas jóvenes superficiales, los europeos condescendientes, las madres, jóvenes o solteras/solitarias, trabajadoras ausentes por necesidad… Presenta un maniqueísmo que no queda muy lejos de las películas de Marvel, más allá de un protagonista que transita entre un padre abominable y un ingenuo y generoso poeta maldito.

No es de extrañar que, para esas lides, no le haya parecido al director necesario contar con actores profesionales, sino que ha hecho un casting de aficionados que no lo acaban de hacer del todo bien, que sobreactúan en más de una ocasión, hasta llegar a ciertos niveles de paroxismo que recalcan ese patetismo que señalaba anteriormente.

Suponía que esta iba a ser mi mirada sobre esta película que, vuelvo a decir, me parece sobrevalorada, al menos en esta parte del mundo en el que me muevo que está aplaudiendo en masa la valentía de esa creación social y poética… que consigue conmover nuestros corazoncitos, como ese plano en el que el auditorio de la sala donde se celebra un Festival de Poesía, tras leer aquellos versos que han sido adaptados para gustar, se pone en pie, aplaude, llora emocionado, salvo quienes (el poeta y su pupila) saben que se están traicionando por unos pesos o por un reconocimiento que les conduce a la tragedia de saberse excluidos del mundo en el que habitan.

Pepi Luci y Bom

El 20 de agosto, aprovechando que teníamos un abono de 10 entradas al Cine Doré (la Filmoteca, para entendernos), invitamos a la sobrina de Carmen a ver esta película en la sala de verano.

La sala de verano del Doré es una experiencia muy bonita, en el meollo de esta ciudad ruidosa poder encontrar un oasis de silencio al aire libre donde poder ver películas al ridículo precio de 2 o 3 euros…

Pero que además hayan dedicado un ciclo a películas que fueron un referente de la libertad (creativa y política), ha sido todo un trabajo de educación cívica que demuestra su compromiso con la cultura y con la civilización, en el etimológico sentido de la palabra.

Es una película increíble para visionarla hoy en día, donde casi resulta imposible concebir ese desparpajo, esa osadía por parte del director manchego, que se lanzó a rodarla con cuatro duros y muchas, muchas ganas de contar su historia.

Adoro ese periodo algo punki de Pedro Almodóvar, aunque he de reconocer que, con el tiempo, he aprendido a aceptar que su evolución mucho más sosegada, mucho menos escandalosa, tiene que ver con la honestidad de seguir queriendo contar su historia y entender que ésta ha cambiado, así como la sociedad en la que acontece.

Ojalá se siga haciendo cine (o cultura) con esa misma honestidad y con esa misma valentía, y menos con inteligencia artificial y otros mecanismos orientados al «éxito».

Ayer vi Pepi, Luci, Bon y otras chicas del montón

Punk
muy punk

con ecos de una libertad
que no se basaba en cañitas
de terraceo

Punk
muy punk

con amor por el deseo
por deseo de amor
voluntad y voluntad, todo es voluntad
sin vanidad
sin artificio
sin dinero
sin parar

Punk
muy punk

con menos es más
ni más ni menos

y así
me reconcilio
con el cine español
con españa
con esa españa
valiente
variopinta
osada
y libre

Punk
muy punk

Somebody Somewhere

Me ha sorprendido esta serie norteamericana como hacía mucho tiempo que no me sorprendía ninguna. Es inteligente, tierna, descarnada, retrata maravillosamente el lado marginal del medio oeste estadounidense.

Es una pena la corta duración de los capítulos, casi aparentemente rodados como vídeos caseros, así como los pocos capítulos que cada temporada incluye, haciendo que la serie (hasta ahora 2 temporadas de 7 capítulos de media hora cada uno) pueda degustarse en menos de 7 horas.

Carmen y yo vemos unos 3 capítulos diarios, así que no nos ha durado ni 5 días. Da pena, pero también es de agradecer en estos tiempos de estiramientos de historias mucho más allá de lo necesario, de lánguidas secuelas y/o precuelas oportunistas de superhéroes o reinos medievales fantásticos.

Las relaciones familiares son sinceras, crueles, duras, pero tan, tan, reales que en ocasiones querrías pensar que se trata de un documental de una familia conocida. O querrías que no lo fuera, pero sientes que sí que lo es.

Los planos de las conversaciones entre los protagonistas son cercanos, cálidos, contrastando con el fondo de esa América profunda retratada donde está situado el drama.

En definitiva, una serie para no perderse, incluso (o especialmente) para aquellas personas que dicen odiar o repudian el cine estadounidense por ser muy «comercial».

¿Se seguirá haciendo este tipo de productos cinematográficos en las series de HBO a medida que se adueñe completamente la marca MAX de la misma?

Au Revoir Simone

Au Revoir Simone (band): Descubiertas (para mí, claro. Ya lo estaban) por ver por primera vez en mi vida Twin Peaks. Suelen tocar en la última secuencia de algunos capítulos de la serie de 2017. Obviamente, no habían ni nacido en 1990.

Es una banda definida como «indie de Brooklyn», que tiene temas muy tranquilos mezclados con otros demasiado tecnificados para mi habitual consumo musical. No todo me gusta de ellas, pero me ha encantado encontrarlas.

He tardado mucho en ver la serie de D. Linch, lo sé, pero es que me daba miedo.

Ahora hay cosas que me dan mucho más miedo… así que ya puedo ver casi cine de terror.
Es una buena noticia. Supongo.

Efecto Torrente

Llamo «Efecto Torrente» a ese efecto que se produce cuando una producción cinematográfica o televisiva tiene intención más o menos sarcástica o irónica y acaba tomándose en serio.

Estoy viendo una serie en la plataforma SkyShowtime titulada «Yellowstone» que se supone (en una cierta mirada) que deja en evidencia a esos bestias protagonistas que lo único que hacen y saben hacer es resolverlo todo «a hostias» como chiste de tópicos vascos.

Es una auténtica telenovela al más puro estilo «Falcon Crest«, con presunta lectura de crítica social que, empañada en las bonitas fotografías de Montana, acaba por ser lo menos visible de la misma, de modo que resulta casi una apología de la violencia, del racismo, del clasismo, del machismo… vamos, que no tiene ningún desperdicio.

Y eso que a veces me empeño en buscar esa otra vertiente «casi ecologista» que pugna por hacerse un hueco, hasta que muere de nuevo en un puñetazo en la mesa y un «¿No has comido nunca carne?» como si fuese el mayor de los pecados capitales que una persona pudiese cometer.

La serie está protagonizada por Kevin Costner en el papel de un vaquero a lo más «John Wayne» que se pueda imaginar, bronco, bruto, imperativo, autoritario… que acaba siendo mirado con cierta conmiseración, dejando de lado, como villano, todo aquello que ese personaje arrasa a su paso: quizá la mejor frase que resume este «Efecto Torrente» sea la que utiliza a modo de slogan para su campaña a gobernador: «Yo soy lo contrario al progreso», así, sin ambages… al más puro estilo voxero… sin «derechitas cobardes».

Miedo me da cuando el «Efecto Torrente» se toma tan en serio no ya solo en una ficción, sino en el camino a las elecciones de un país.

El futuro no pinta muy bien…

El futuro. Una familia ha conseguido embarcarse en una de las naves que dejan atrás la Tierra tras un cataclismo mundial. Sobreviven a una selección férrea de pruebas de aptitud diversas. La familia consiste en un padre, una madre, dos hijas y un hijo. Todo sin ambigüedad «ni cosas de progres«. Sobreviven a un aterrizaje forzoso en una galaxia muy muy lejana a la que no saben cómo han llegado. La madre es la ingeniera aeroespacial que sabe cómo funciona todo en la nave. Sobreviven al ataque de seres extraterrestres. Sobreviven a una noche a la intemperie intergaláctica. Sobreviven a una lluvia de meteoritos. Sobreviven a un hundimiento en un glaciar. Son una familia del futuro. Cenan comida procesada con una impresora 3D. Todo es muy moderno. Se van a descansar mientras la madre (la ingeniera aeroespacial que sabe cómo funciona todo en la nave), la madre recoge la mesa. Solo faltó que fuese a por las zapatillas espaciales, eso sí, y sacase una cerveza termonuclear para que el maridito pueda ver el partido de baseball (a punto estuvo) de su hijo contra un robot alienígena.

Bufff… no siempre el Test de Bechdel es suficiente para ver que el machismo está incrustado en nuestras mentes.

Integrales donde no las hay

No he podido sustraerme a la intervención realizada sobre una fotografía (no sobre la pared, que me da algo de pudor y casi me asusta) de esta fachada del antiguo Palacio de la Música de Madrid, que tuvo el mal gusto de cerrar para convertirse en un edificio propiedad de Caja Madrid, que luego fue Bankia y ahora es Caixabank, pero que nunca devolvió el dinero prestado para su recuperación. Esa empresa no es tachada de okupa, precisamente.

La foto original está a continuación:

Esto no es una broma