Pepi Luci y Bom

El 20 de agosto, aprovechando que teníamos un abono de 10 entradas al Cine Doré (la Filmoteca, para entendernos), invitamos a la sobrina de Carmen a ver esta película en la sala de verano.

La sala de verano del Doré es una experiencia muy bonita, en el meollo de esta ciudad ruidosa poder encontrar un oasis de silencio al aire libre donde poder ver películas al ridículo precio de 2 o 3 euros…

Pero que además hayan dedicado un ciclo a películas que fueron un referente de la libertad (creativa y política), ha sido todo un trabajo de educación cívica que demuestra su compromiso con la cultura y con la civilización, en el etimológico sentido de la palabra.

Es una película increíble para visionarla hoy en día, donde casi resulta imposible concebir ese desparpajo, esa osadía por parte del director manchego, que se lanzó a rodarla con cuatro duros y muchas, muchas ganas de contar su historia.

Adoro ese periodo algo punki de Pedro Almodóvar, aunque he de reconocer que, con el tiempo, he aprendido a aceptar que su evolución mucho más sosegada, mucho menos escandalosa, tiene que ver con la honestidad de seguir queriendo contar su historia y entender que ésta ha cambiado, así como la sociedad en la que acontece.

Ojalá se siga haciendo cine (o cultura) con esa misma honestidad y con esa misma valentía, y menos con inteligencia artificial y otros mecanismos orientados al «éxito».

Ayer vi Pepi, Luci, Bon y otras chicas del montón

Punk
muy punk

con ecos de una libertad
que no se basaba en cañitas
de terraceo

Punk
muy punk

con amor por el deseo
por deseo de amor
voluntad y voluntad, todo es voluntad
sin vanidad
sin artificio
sin dinero
sin parar

Punk
muy punk

con menos es más
ni más ni menos

y así
me reconcilio
con el cine español
con españa
con esa españa
valiente
variopinta
osada
y libre

Punk
muy punk

Somebody Somewhere

Me ha sorprendido esta serie norteamericana como hacía mucho tiempo que no me sorprendía ninguna. Es inteligente, tierna, descarnada, retrata maravillosamente el lado marginal del medio oeste estadounidense.

Es una pena la corta duración de los capítulos, casi aparentemente rodados como vídeos caseros, así como los pocos capítulos que cada temporada incluye, haciendo que la serie (hasta ahora 2 temporadas de 7 capítulos de media hora cada uno) pueda degustarse en menos de 7 horas.

Carmen y yo vemos unos 3 capítulos diarios, así que no nos ha durado ni 5 días. Da pena, pero también es de agradecer en estos tiempos de estiramientos de historias mucho más allá de lo necesario, de lánguidas secuelas y/o precuelas oportunistas de superhéroes o reinos medievales fantásticos.

Las relaciones familiares son sinceras, crueles, duras, pero tan, tan, reales que en ocasiones querrías pensar que se trata de un documental de una familia conocida. O querrías que no lo fuera, pero sientes que sí que lo es.

Los planos de las conversaciones entre los protagonistas son cercanos, cálidos, contrastando con el fondo de esa América profunda retratada donde está situado el drama.

En definitiva, una serie para no perderse, incluso (o especialmente) para aquellas personas que dicen odiar o repudian el cine estadounidense por ser muy «comercial».

¿Se seguirá haciendo este tipo de productos cinematográficos en las series de HBO a medida que se adueñe completamente la marca MAX de la misma?

Au Revoir Simone

Au Revoir Simone (band): Descubiertas (para mí, claro. Ya lo estaban) por ver por primera vez en mi vida Twin Peaks. Suelen tocar en la última secuencia de algunos capítulos de la serie de 2017. Obviamente, no habían ni nacido en 1990.

Es una banda definida como «indie de Brooklyn», que tiene temas muy tranquilos mezclados con otros demasiado tecnificados para mi habitual consumo musical. No todo me gusta de ellas, pero me ha encantado encontrarlas.

He tardado mucho en ver la serie de D. Linch, lo sé, pero es que me daba miedo.

Ahora hay cosas que me dan mucho más miedo… así que ya puedo ver casi cine de terror.
Es una buena noticia. Supongo.

Efecto Torrente

Llamo «Efecto Torrente» a ese efecto que se produce cuando una producción cinematográfica o televisiva tiene intención más o menos sarcástica o irónica y acaba tomándose en serio.

Estoy viendo una serie en la plataforma SkyShowtime titulada «Yellowstone» que se supone (en una cierta mirada) que deja en evidencia a esos bestias protagonistas que lo único que hacen y saben hacer es resolverlo todo «a hostias» como chiste de tópicos vascos.

Es una auténtica telenovela al más puro estilo «Falcon Crest«, con presunta lectura de crítica social que, empañada en las bonitas fotografías de Montana, acaba por ser lo menos visible de la misma, de modo que resulta casi una apología de la violencia, del racismo, del clasismo, del machismo… vamos, que no tiene ningún desperdicio.

Y eso que a veces me empeño en buscar esa otra vertiente «casi ecologista» que pugna por hacerse un hueco, hasta que muere de nuevo en un puñetazo en la mesa y un «¿No has comido nunca carne?» como si fuese el mayor de los pecados capitales que una persona pudiese cometer.

La serie está protagonizada por Kevin Costner en el papel de un vaquero a lo más «John Wayne» que se pueda imaginar, bronco, bruto, imperativo, autoritario… que acaba siendo mirado con cierta conmiseración, dejando de lado, como villano, todo aquello que ese personaje arrasa a su paso: quizá la mejor frase que resume este «Efecto Torrente» sea la que utiliza a modo de slogan para su campaña a gobernador: «Yo soy lo contrario al progreso», así, sin ambages… al más puro estilo voxero… sin «derechitas cobardes».

Miedo me da cuando el «Efecto Torrente» se toma tan en serio no ya solo en una ficción, sino en el camino a las elecciones de un país.

El futuro no pinta muy bien…

El futuro. Una familia ha conseguido embarcarse en una de las naves que dejan atrás la Tierra tras un cataclismo mundial. Sobreviven a una selección férrea de pruebas de aptitud diversas. La familia consiste en un padre, una madre, dos hijas y un hijo. Todo sin ambigüedad «ni cosas de progres«. Sobreviven a un aterrizaje forzoso en una galaxia muy muy lejana a la que no saben cómo han llegado. La madre es la ingeniera aeroespacial que sabe cómo funciona todo en la nave. Sobreviven al ataque de seres extraterrestres. Sobreviven a una noche a la intemperie intergaláctica. Sobreviven a una lluvia de meteoritos. Sobreviven a un hundimiento en un glaciar. Son una familia del futuro. Cenan comida procesada con una impresora 3D. Todo es muy moderno. Se van a descansar mientras la madre (la ingeniera aeroespacial que sabe cómo funciona todo en la nave), la madre recoge la mesa. Solo faltó que fuese a por las zapatillas espaciales, eso sí, y sacase una cerveza termonuclear para que el maridito pueda ver el partido de baseball (a punto estuvo) de su hijo contra un robot alienígena.

Bufff… no siempre el Test de Bechdel es suficiente para ver que el machismo está incrustado en nuestras mentes.

Integrales donde no las hay

No he podido sustraerme a la intervención realizada sobre una fotografía (no sobre la pared, que me da algo de pudor y casi me asusta) de esta fachada del antiguo Palacio de la Música de Madrid, que tuvo el mal gusto de cerrar para convertirse en un edificio propiedad de Caja Madrid, que luego fue Bankia y ahora es Caixabank, pero que nunca devolvió el dinero prestado para su recuperación. Esa empresa no es tachada de okupa, precisamente.

La foto original está a continuación:

Quedan 2 segundos para que se acabe el mundo

y en esos últimos dos segundos, alguien tiene que «descargarse internet» o algo parecido y cuentan marcha atrás como si fuese posible semejante cosa. Y lo logra. Claro. Siempre se logra en el último minuto. Es un recurso dramático que conozco, que le debe parte a la celebérrima secuencia de la Escalera de Odessa.

Sin embargo, cuando yo me encuentro que en el día a día tengo que hacer algo similar, como copiar unos cuantos archivos de poco más de 2Gb en un pendrive, me encuentro velocidades de 790kb/s, lo que da un resultado de unos 30 minutos… no segundos, no.

Y sé que es un problema económico. Claro. Si apostara por PCs «gaming» o superpotentes máquinas que me ahorrarían este tiempo, también serían más caras. ¿Puedo gastarme ese dinero o merece la pena hacerlo?

Esto no es una broma