Sobre la serie de fotografías que Hilario Álvarez viene realizando, dirigirse a su blog.
Giusseppe
¿Quién se encarga de las compras de higiene?
Ya que no viene una mujer del futuro a decirle a las mujeres del presente que tendrán que seguir haciéndoles la compra a sus «maridos», lo ponen clarito clarito en una construcción gramatical claramente (redundancia) tendenciosa: ANARCHY FOR HIM (PARA ÉL). (De lo de anarchy, mejor ni hablar)
¿Por qué no se utiliza otra forma del pronombre personal?
Para mí.
Para ti.
Para él/ella.
Para nosotros.
Para vosotros.
Para ellos.
Para mí: si se piensa que el comprador va a ser un hombre que va a usar aquello que se compra, como si fuese un ser independiente, maduro, capaz de cubrir sus propias necesidades higiénicas sin apoyo de ninguna fémina. Si se piensa que el comprador es un hombre que va a regalárselo a su pareja (sexual o no), eventualmente también masculina, podría incluirse un para él que significase algo muy distinto. También tendría aquí cierto sentido el para ti. Incluso si se pensase en aproximar la oferta al comprador, con un para ti, que le diga que alguien, al otro lado del mostrador, le está tuteando.
Hay un sugerente para ella, que implicaría cierto gusto que se le satisface (en una relación heterosexual), siempre suponiendo que fuese él quien, dotado como está de piernas y cerebro, se acercase a la droguería de turno a adquirir su propio artículo de aseo.
Para nosotros o vosotros… sería algo curioso, pero también interesante, que connotaría cierta fraternidad entre los hombres o usuarios de este tipo de desodorantes.
Para ellos: volvemos a un para él muy ridículo, muy machista, salvo interpretaciones atípicas y minoritarias que no vendrían a cuento, tales como recomendar el uso a aquellos compañeros de trabajo que, todos ellos, necesitan algo de higiene y no han sido capaces de encontrar una hembra que les asee.
Que la marca AXE es célebre por su machismo publicitario es notorio, pero lo que me resulta bochornoso es que estas ofertas se sigan dejando caer en los armarios de cualquiera sin que se haga el más mínimo comentario al respecto.
Este mensaje, por muy extendido que esté el hábito de repartición de roles asociándolos a sexo o género, me parece mucho más preocupante que la «corrección» de géneros gramaticales forzándolos por encima de la lógica. Y es fácil reivindicar (desde las autoridades competentes o desde el consumo particular) la no adquisición de productos con mensajes explícitamente sexistas, o la exigencia de su supresión o regulación, siempre que, supongamos, esta sociedad defienda valores de igualdad de género que sean irrenunciables para considerarse avanzada. Lo que es mucho suponer, por otro lado.
Día de piscina
No soy muy «de piscinas», pero volver a Madrid sabiendo que no tiene playa implica ciertos sacrificios… y si son como este, pues bienvenidos sean. La piscina municipal de Lago nos tuvo ayer contentos y entretenidos durante casi más de 5 horas por tan solo 5 euros. Y eso que el precio no me pareció baladí, teniendo en cuenta que es una piscina municipal, supuestamente dedicada a los menos favorecidos puesto que los más favorecidos viven en comunidades con comodidades.
La comida, una riquísima ensalada de pasta que hice en casa el día anterior. Completamente dominguero con toques de landismo (habría sido más propia una tortilla de patatas con pimiento).
El camino de vuelta lo hicimos, tras la aparición de unas nubes malhalagüeñas, caminando junto al lago que da nombre a la estación de metro, por el paseo del embarcadero, atravesando el costoso parque de Madrid-Río, bonito, si no se tiene en cuenta la deuda asociada y si no se piensa en lo que se podría haber hecho con el dinero gastado en esa faraónica infraestructura.
El centro de la ciudad nos esperaba con casi cinco grados más de temperatura en los termómetros, una densidad de población creciente tras el periodo vacacional y una película a precio de día de espectador. Vimos la amable cinta titulada Belle, sobre el precio de un ser humano en una sociedad cuantitativa, clasista más que racista que bien podría recordar a las elecciones en las que Obama resultó vencedor.
Certificados de la FNMT
La Fabrica Nacional de Moneda y Timbre, redondeada como FNMT, es una entidad que debiera haberse erigido en certificadora de identidades digitales, pero la certificación digital en España lleva un atraso de décadas con respecto a lo que debería, de modo que una renovación acaba siendo un trámite tan arduo para cualquier humano que se salga un poco de los estrechos límites de requisitos que aboca a la dejadez, al abandono, a la desidia y, en resumen, el ostracismo de los certificados que acaban caducando sin casi haber recibido otro uso que el del aburrimiento y la copia paranoica.
Ni siquiera se han encargado de asegurarse que su certificado de entidad certificadora esté siempre incluido en la base de datos de los navegadores más habituales, lo que la convierte en una entidad de la que desconfiar… jejejeje… siendo los pretendidamente garantes de la confianza cibernética.
Si a eso le sumamos la escasez de aplicaciones web que utilicen los certificados que han emitido (salvo Hacienda, ahora mismo no conozco otro), el resultado es que es una insulsa tentativa de seguridad informática que requiere, en primer lugar, formación de los usuarios, antiguamente conocidos como ciudadanos.
En resumidas cuentas, no vale para nada y acabo de dejar que el último que me emitieran caducara sin molestarme en su renovación, de proceso bastante incompatible con navegadores sobre plataformas Linux, las únicas plataformas confiables, salvo que desees confiar en las empresas privativas cuyo código fuente no está en nuestras manos (la de los ciudadanos libres, alias usuarios).
Si requiero una certificación, o un uso continuado del certificado electrónico, quizá actualmente la mejor manera de hacerlo sea gastándose el dinero (no mucho) que cuesta una unidad de lectura de certificados digitales insertos en los DNIe.
Quizá algún día me dé por hacerme con una de ellas, pero de momento, paso de esta utilidad que, en su día, parecía el futuro de una internet segura, identificada, quizá demasiado controlada, pero con algunas aplicaciones como el cifrado asimétrico bastante prometedoras.
Hoy vuelvo a trabajar
Y sigo sin tener muy claro qué significa qué es trabajar en mi vida. La vida que he elegido se entrelaza con mi trabajo, con mis vacaciones, con mis actividades varias (heterogéneas) lo que acaba redundando en una difícil categorización (elegida, lo sé) de lo que hago.
¿Hoy trabajo? ¿Ayer? ¿Qué es trabajo? Mañana tengo una clase particular pero no creo que ese sea «mi trabajo», aunque algo de dinero ingreso de ello… pero hoy he trabajado mucho más… y no he ingresado nada. Quizá acabe rentabilizando lo que hoy he hecho, pero es tan difícil saber en qué medida…
Pero son las 20:50 del lunes 26 de agosto de 2014 y estoy escribiendo esta entrada en mi diario. Esto es mi trabajo. Esta es mi vida.
Soy lo que escribo y escribo lo que soy… así que esas fronteras se diluyen hasta la nada más homeopática.
Mi jornada laboral son 40 horas a la semana… y un millón de minutos de esos que caben en un segundo.
¿Se entiende?
En el límite de la performance
Hacer una performance consistente en caminar desde el apartamento 180 de la Urbanización Veramar 5, Avenida del Descubrimiento, 5, Puerto Rey, 04621, Vera, Almería, hasta el chiringuito ubicado en la confluencia del Paseo Marítimo, 79, 04630, Vera, Almería con la Avenida del Puerto, 04630, Garrucha, Almería y volver por el mismo camino a una velocidad promedio de 6 km/h, de manera deportiva, ataviado con un viejo pantalón corto de algodón gris, unas deportivas estándar, unos calcetines doblados para acomodarse a la altura del tobillo y una camiseta con el slogan de “No a la guerra” adquirida con motivo de las protestas sociales que se llevaron a cabo en España a raíz de la intervención armada en la invasión de Irak en el año 2003.
¿Por qué está “en el límite” de la performance?
1.- Esta acción no tiene convocatoria pública.
Esto no significa que no sea pública, pero “el público” no está avisado de que está viendo una performance, pudiendo confundir al performer con un mero “footer” o caminante deportivo como otros muchos que aprovechan sus vacaciones para ejercitarse.
Sin ser secreta, no se avisa a posibles interesados salvo por una breve publicación (que, así, la hace pública) en mi blog un par de días antes de realizarla.
2.- Esta acción no tiene componente dramático.
Ni siquiera voy a “permitirme” romper desgarrando esa camiseta significativa que ha recorrido conmigo tanto terreno histórico que es posible que acabe in-intencionadamente desgarrada debido a la fragilidad de un tejido desgastado, casi translúcido (sin referencias veladas a la cámara lúcida de Barthes).
No es que no haya quien realiza performances desprovistas de dramatismo, pero es habitual encontrar cierta tendencia a la espectacularidad vía algún recurso de marcada intensidad dramática (dramaturgia aparte (o no)).
A priori, no es exigible que una performance, para serlo, deba tener o no tener “drama”, pero si se realiza, como en muchas ocasiones, para ganar “audiencia” o su atención, acostumbrada a lo teatral, a lo espectacular, resulta in-ética y|cuando no patética (Ref. Lírica).
La huida ex-profeso de esa componente le resta posibilidades de ser identificada “públicamente” como performance, de modo que la inserta, más aún, en la sucesión de acciones más o menos cotidianas que realizo durante el periodo estival en estas latitudes.
3.- Esta acción es cotidiana.
Aproximadamente 3 o 4 (no 304) de cada 7 días de los 31 que transcurro alojado en el apartamento que mis padres me (nos) prestan para disfrutar de unas merecidas vacaciones, realizo caminando el mismo recorrido con las inevitables variaciones: Cualquier otro día de los que trazo el periplo podría haber sido elegido pero no lo ha sido.
Por momentos, incluso, tentado estuve de dejar este parámetro de la performance, la fecha, a la improvisación y que el día que desease realizarla, lo hiciese sin previo aviso, realzando, si cabe, más aún ese carácter fronterizo con lo cotidiano, incluso para mí mismo.
El hecho de que sea una acción que no se distingue externamente de otra misma le confiere un carácter limítrofe entre lo artístico y lo cotidiano, donde lo único distintivo reside en mí, en algún “lugar” recóndito de mi mente o conciencia que discierne o intiende (de intención) que la caminada de “ese” día es una performance.
Con la sutileza o sutilidad de una “acción ejemplar” con la que guiñarle un ojo a mi admirado Isidoro Valcárcel Medina, esta performance, casi no performática, casi no artística y, sin embargo, casi sin casis, quiere ir un paso más allá de la acción “una mala acción” que se enmarcaba en el VII Encuentro Internacional de Arte de Acción de Madrid (acción!MAD10).
4.- Esta acción no es reivindicativa ni política.
Más allá de la simple lectura de la camiseta recortada para retirar cuello y mangas que mostraban agujeros y rotos que el uso y la compartición con algún lepidóptero habían ido imprimiendo como huella indeleble, esta acción no es política y, al mismo tiempo, es posiblemente la más política de todas las performances que haya presentado o concebido hasta ahora.
4.1.- No reivindico el “no a la guerra” (de Iraq) aunque sigue siendo preciso recordar que esa guerra dista mucho de haber concluido. Además, la ausencia de referencia explícita a una guerra concreta puede leerse en clave más genéricamente pacifista o antibelicista; incluso, antiviolenta.
4.2.- No reivindico el “no al olvido” de aquella ilegal invasión (acorde al órgano legislador internacional más o menos consensuadamente aceptado y/o reconocido) sino, más ambicioso, busco llamar a un posible espectador la atención sobre el olvido de otras guerras, de otras catástrofes humanas o humanitarias, de origen animal, vegetal o mineral, de causas artificiales o naturales, a modo forgiano “no te olvides de Haití” y, en última instancia, no olvidarse nunca de la responsabilidad como seres humanos y/o ciudadanos.
4.3.- No reivindico el “no al consumo” pero sí clamo por un consumo responsable, sostenible, aunque implique una transformación de los fundamentos socio-económicos del sistema en el que estoy inmerso o precisamente para eso.
De ahí, supongo, estas marcadas referencias “povera” que incluyo en esta performance como en cualquier otra acción de mi vida usando ropa más allá de lo habitual, no adquiriendo recursos o parafernalia específica para cada actividad que pudiera demandarlo.
5.- Esta performance no será registrada (salvo por adelantado).
Mediante este escrito que bien podría haber sido omitido si no fuese por mi voluntad algo didáctica.
5.1.- No haré fotografías de la acción ni de los residuos de la misma, quede como quede la sacrificada camiseta, ni le pedirá a nadie que las haga.
No obstante, no impediré a nadie que tome notas permanentes o impermanentes aunque es poco probable que me vea en tal tesitura.
5.2.- Dado mi interés cartográfico, es posible que represente sobre un mapa el recorrido que habré trazado con una estimación aproximada de la distancia andada o transitada.
5.3.- Por el apego que he ido desarrollando hacia la camiseta usada (que bien podría haber sido otra más afirmativa, como la de I ♥ MALTA, pero el NO rotundo y asertivo de la usada es y ha sido determinante para su elección como prenda de la performance) tomaré alguna instantánea de recuerdo de la misma como ya hice hace un año cuando reflexioné sobre lo revolucionario que era mantenerla en uso.
6.- Esta acción no tiene partitura.
Aunque este texto bien podría serlo con un grado de detalle mucho más exhaustivo o minucioso que la mayoría de las performances que he realizado hasta ahora.
Conclusión:
Volviendo a 3.- (cotidianidad), al día siguiente caminaré en la misma franja horaria (de 10:00 a 11:00) a lo largo del mismo recorrido, ataviado con las mismas vestimentas, pero no, ese día, la misma acción no será una performance.
Quizá, en el fondo de la intención de esta performance fronteriza está la voluntad de dinamitar o desdibujar tal línea imaginaria, tal categorización que mantiene separada la vida del arte o la poesía del poeta, parafraseándome: vivir mi vida como si mi vida fuese un poema, que escribí unos años antes de encontrar la sentencia de Jaime Gil de Biedma: Yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema.
Newsroom
Hoy he encontrado un artículo que mi amigo Juan Carlos Etxeberría ha escrito sobre esta obra maestra de las series de televisión contemporáneas y no he podido evitar (ni querido) responderle a su comentario con unas palabras de las que quiero dejar constancia en este diario.
Tenía claro que tarde o temprano tendrías que escribir sobre esta serie. Te recomiendo, tras el final de la tercera, que no olvides a su creador (Aaron Sorkin) y sus obras: El ala oeste de la casa blanca, Studio 60. Por supuesto que es ideologizante. Es parte de su encanto, no un motivo de rechazo: es prodemócrata, pero sin ser excesivamente cruel con un republicanismo al que intentar conducir a senderos menos espeluznantes que los que puede llegar a seguir.
Y, tras Sorkin, lánzate a las series de David Simon (también cargadas de “mensaje” social-político, sin por ello desmerecer) que son de tan alta calidad que dejan a cualquiera de las demás series de televisión en una especie de segundo nivel. No es que sean “series” buenas, es que son “otra cosa”.
Recomendable: The Corner, The Wire, Tremé e, incluso, la bélica The Kill Generation.
Con respecto a la secuencia impactante con la que la serie arranca, no pude evitar contestarme a esa pregunta tan interesante: ¿Por qué es Madrid (elije la que te corresponda, ya sea país, ciudad…) la mejor ciudad del mundo?
De lo más interesante, desde mi perspectiva, es que Mr Sorkin no solo se limita a hacer una serie buena para un sector profesional, sino para cualquiera que quiera verla, es entretenida, inteligente, profunda, compleja… lo necesario cada vez más en este mundo del siglo XXI del que tontería simplista es decir que es un cambalache, problemático y febril.
Querido amigo, como de costumbre, gracias por tus palabras y por un texto tan interesante.
Hoy he descubierto que es un remake de la serie homónima canadiense del 1996, que no conozco. Pero no creo que sea importante para lo que Sorkin logra con ésta, amén de diferente actualidad político-social en la que ubica la misma.
Don Creíque y Don Penséque son familia de Don Tonteque
Este era un dicho muy común que solía decirme mi padre. Es normal, puesto que yo me jactaba de no estar seguro de las afirmaciones del mundo, las que el mundo hacía, quiero decir. Supongo (creo) que ya entonces esperaba encontrarme con un libro como Lo Neutro, de Roland Barthes.
Quizá hoy he comprendido que lo que él reprochaba con ese dicho que me sacaba un poco de mis casillas no era tanto mi obsesión reflexiva, mi cuestionamiento permanente de lo dogmático, sino el pretérito del verbo, el imperfecto simple, el centrarse en el pasado y no el presente, en la acción.
Seguiré cuestionándome porque creo que pienso que no es razonable creer y pensar sin dudar.
Y si me hace tener algún familiar tontuelo, pues bienvenido sea.
The Corner
Otra maravilla de la narrativa contemporánea norteamericana filmada, de nuevo escrita y producida por David Simon. The Corner es el equivalente a The Sound and the Fury, de William Faulkner, pero en pleno arranque del siglo XXI. Cada pequeña secuencia tiene la intensidad de un cuento de Bukowski, pero la actualidad postmoderna de Don Delillo.
Mana realismo sucio por sus cuatro costados, pero también cierta contención narrativa, al más puro estilo Carver.
Dicen en El País, 11 años después de su realización, sin haber sido mostrada en televisión en España, lo siguiente:
Con The Wire, David Simon y Ed Burns retrataron de la manera más real posible las calles del Baltimore más crudo. […]
The Corner se centra en una familia destrozada por la droga que vive en uno de estos barrios. Durante seis episodios sigue, a modo de falso documental por momentos, las vidas de Gary y Fran y su hijo adolescente DeAndre. El libro contaba historias reales y de hecho, los verdaderos protagonistas hacen cameos en la serie y aparecen fotografías suyas en los títulos de créditos del final de cada capítulo.
Y, como The Wire, tiene esa mirada caleidoscópica y compleja (casi completa) sobre la ciudad y su deterioro de manera que muestra «el sistema«, en sí, sin hacer concesiones para un público que necesite evasión o empatizar con actores/personajes más o menos guapos, más o menos agradables, más o menos malvados, más o menos… tópicos.
Nada de esto en The Corner. Tan solo una desoladora historia humana, demasiado humana, de miseria y dolor, de degradación y abandono, de abstracción a partir de lo más despiadadamente concreto, del detalle sin morbo, del minimalismo audiovisual y narrativo, como si no se preocupase por crear una audiencia masiva. Es una pieza de arte y cultura, de verdadero cine, aunque sea un producto preparado para la televisión, financiado por la poderosa HBO, que acabará convertida en una serie de culto para cuatro gafapastas como yo que la adoraremos hasta la saciedad.
The Corner es una de las más logradas tragedias realizadas para la televisión, son 380 minutos de gloria dramática, de auténtico despliegue discursivo, interpretativo, sin dejar de lado la belleza de una maquinaria audiovisual que concuerda con la forma de componer poemas o novelas en el albar del milenio entrante.
Es un tanto lamentable que el trailer intente «venderla» como una serie de policías y ladrones, de acción, de efectos y efectista, cuando lo verdaderamente mágico de esta serie o miniserie o lo que sea es justo lo contrario, su ausencia de trucos de magia o saltos de trampolín cada vez más altos.
Quien ve una de estas series con el disfrute emocional y, al mismo tiempo, intelectual que produce, encuentra en todas las demás un vacío, una hoquedad, una trivialidad que las hace completamente previsibles, banales, aburridas, por no hablar del golpe de gracia que el cine que está llegando a las pantallas recibe.
Después de ver The Corner, The Wire, Tremé… ¿quién soporta la tontería de Mad Men? ¿quién aguanta el saltimbanquismo de Homeland? ¿o incluso la bonachería inverosímil de Toni Soprano?
Es como probar un buen vino: al mismo tiempo un placer y un castigo. Ya nada vuelve a ser igual.
Voy a hacerme vegano
Nos intentan decir que «hacerse» algo es lo mismo que «hacer» algo y no, no es lo mismo.
«Hacerse» algo es una infinidad de implicaciones de «hacer» algo. Así que son cosas cualitativamente distintas. Sería muy distinto haberlo comparado con «hacerse exclusivamente carnívoro» o con «beber exclusivamente cerveza», pero una cerveza o una mierda de hamburguesa McDonnald no es lo mismo que «hacerse» consumidor exclusivo de nada.
Sé que parece que con esto ataco a quienes sean veganos y en absoluto es mi intención: esta entrada es más una reflexión en torno a la lógica y la mala argumentación, esa basada en falacias, populista y simplona que tan frecuentemente uno encuentra en las redes sociales, lugar idóneo para estas tonterías, así que ¿por qué asustarse?
Bueno, pues me preocupa porque soy de los que cree que un buen uso del razonamiento puede conducir a una sociedad mejor, a un mundo mejor y no siento que estemos acercándonos por ese sendero estrecho.












