Soy el Creador

Facebook por fin me ha descubierto.
Soy el Creador.
Soy Dios.
Soy el único Dios Verdadero.
Al fin se ha dado cuenta.
Todo
lo creado
lo ha sido en tanto en cuanto
lo he creado yo.
¡YO!

Soy el Creador.
Ya no el croador
como hace tiempo,
ya no el criador
que nunca he sido.
El Creador.

Creo, Creo, Creo.
Hasta cuando creo que no creo.

Soy tan grande…
Todo yo debería escribirse
en mayúsculas.

Soy el GRAN Creador
de la toda la red de redes
y puedo explorar mis dominios
en busca de otros creadores
que no serán como YO
porque serán como ellos o ellas
unas minúsculas criaturas
o creaturas
que creen que crean
y tan solo croan, croan, croan…

¡Cuánto beneficio!

Desde que lo descubrí
no quepo en mí de gozo.

Ser el Creador y que lo sepa
incluso la vieja red 2.0
en estos tiempos en los que pareciera
que dios está en la ia.

Pero no.
Yo, yo, yo, yo…
Soy el Creador.

Y creo esta tamaña tontería
en una tarde cualquiera
que he creado
sin imperfecciones aparentes
más allá de algún fallecimiento
alejado
del centro del universo.

Cada día más ateo

No sé si se puede ser más ateo que un ateo que no cree en dios y menos aún en Dios.

Pero creo que me voy acercando a ese lugar imposible de ateicidad (que ya no agnosticismo, como me declaraba en mi juventud), ese lugar en el que resulta hasta gracioso, cuando no triste, el mero hecho de pensar que la inmensa mayoría de la población mundial cree en una deidad o en más de una, que les sirve para diversos propósitos: explicativos, emocionales, esperanzadores… (lo de la e, es un capricho, lo sé).

Así que me está pasando estos días que estoy leyendo el libro de contenido muy muy serio (algo demasiado serio para mi gusto: creo que este hombre se gustaba demasiado, mientras lo leo, algo apesadumbrado por no tener la capacidad de atención que antes tenía) titulado Las palabras y las cosas, de un autor declarado ateo: Michael Foucault, que nada tiene que ver con ese péndulo, ni con Umberto Eco (al menos no con él en cuanto autor de la novela sobrependular), me está pasando, digo, que cuando leo tantas veces la palabra dios (en su caso Dios), mi cabeza la sustituye por la expresión «ratoncito pérez» y sigo leyendo… pero pierde tanto el texto que me desconecto inmediatamente.

La gravedad de esa disquisición, al llevar a cabo la transposición, resulta un chiste casi, al modo del famoso pastafarismo del que me declaré abiertamente admirador (para luego reconocer que ni siquiera se acerca a mi grado de ateísmo).

Me lancé hace meses la pregunta ¿Puede un ateo tan siquiera pensar la idea de dios y no dejar de ser ateo? ¿Puede un ateo hablar de «dios» como si fuese «algo» existente?

Y aún no tengo claro que la pregunta esté bien formulada, pero algo me dice que el chiste, casi irrespetuoso, es la única respuesta que tengo. Y no me parece una verdadera respuesta.

hmmm…

Casi cuarto de siglo

Carmen de la Rosa, Giusseppe Domínguez y Vera Moreno en la inauguración en octubre de 2022 de la galería o sala multidisciplinar que abrimos entre cuatro personas en la Calle Humilladero, 16. La famosa Cava de Humilladero.

Desde entonces hasta hoy (enero de 2026) han cambiado muchas cosas, como la ilusión, algo mermada, la creencia en la posibilidad de reforma mundial gracias a la poesía, en parte desaparecida y en parte cumplida y cumpliéndose… por no hablar de los cambios hormonales, asociados al envejecimiento celular, entre otras cosas.

Sin embargo, sigo siendo amigo de Vera Moreno y sigo teniendo a mi lado a la maravillosa Carmen de la Rosa, con quien quiero seguir envejeciendo… si puede ser, despacito. 😉

Tantos recuerdos… Tantos…

Y no opacan la voluntad de crear nuevos recuerdos, las ganas de emprender nuevos proyectos, incluso con Groenlandia amenazada, Libia en ruinas, Gaza ocupada, Venezuela invadida, Haití devastado… ¡La poesía debe sobrevivir!

Nota: Creo que entonces no me fijé en el letrero sobre la puerta (dios bendiga cada rincón de esta casa), porque imaginé, seguramente, posibles transformaciones que lo resignificasen. El significado es poesía. El significante es poesía. La poesía es poder.

Branca

Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca…

No hay poema escrito
ni por escribir
más lindo
ni lleno de sentimiento
que tu nombre.

    Sydney, 130196

Texto escrito, equivocadamente, hace hoy justamente 30 años. Me quedaba tanto por vivir… ¿Cuánto me queda aún?

Creer en la navidad

Encuentro esta publicidad algo perturbadora, como todo lo que rodea este periodo tóxico denominado «navidades», que comprende del 24 de diciembre al 6 de enero, ambos incluidos.

Navidad procede de «natividad», de nacimiento, en homenaje obvio al nacimiento de un tal jesusito… que hará un par de milenios que vino al mundo a instaurar una religión sobre una piedra. Dicen.

Por lo que esta afirmación hace que yo sea de quienes no creemos en la navidad, al menos en ese sentido (ni en ninguno, en última instancia), pero sí que creo en las personas, que no son materia de creencia, sino de existencia, independientemente de mis creencias u opiniones.

Que tras esa afirmación, por tanto, huera, se venda una especie de bocadillo y el aniversario del 50 años de una empresa de consumo que ni siquiera intentan ocultarlo en su nombre, me parece ridículo.

Por otro lado, lo prefiero a la frase contraria:

«Creer en las personas es creer en la navidad».

si asumimos que el «es» es un «implica» y no una igualdad, lo que no necesariamente es cierto.

No sé si en estas fechas me vuelvo algo más observador o si los mensajes son tan llamativos que me es imposible no verlos. ¡Todo es grito! ¡Todo delirio!

Y así… hasta el próximo año.

Alfabeto Griego

Tener a mano un alfabeto griego siempre es de utilidad cuando se dan clases particulares de matemáticas, física o química, porque acaban teniendo que explicar que eso que están usando para la longitud de onda, o como parámetro en la definición de una recta en geometría afín, o esa densidad o coeficiente de rozamiento o… ese número que relaciona una longitud con una distancia dentro de una circunferencia es una letra griega, cuando hablas de sigma y asumes que entenderán que se refiere a sumatorio (por lo de la S de Sumar/Sigma) o tantas y tantas otras cosas… pero no, no se conecta. No se relaciona. Casi nadie se da cuenta de que los signos son útiles porque contienen, parcialmente, significado, no son meras expresiones significantes vacuas. O sí. Quizá todo es vacuo e insignificante (siendo solo mero significante sin significado).

¡Que semiótico me estoy poniendo! Que no semítico, pero sí semiológico y poco semántico.

Sobre los champiñones y su evocación

Si los champiñones se desordenan me pongo nervioso. Sí, ya sé que es algo banal, pero es cierto. Procuro, dado el espacio disponible, minimizar el número de cortes sin que ello tenga el más mínimo sentido. Seguramente, sólo por alinearlos, estoy perdiendo tiempo y energía, pero me gusta que estén, al menos durante unos instantes, con un mínimo entrópico que me hace sentir que el universo no conspira contra la vida como parece indicar el segundo principio de la termodinámica. Es una batalla perdida. Sé que todo acabará en un máximo desorden. La muerte no es ordenada, por mucho que nos empeñemos en archivar cadáveres en tumbas alineadas como mis portobello, tumbas que en ocasiones han sido usadas como abrevadero de caballos, como bancos para sentarse, como suelos de iglesia donde bailar. Si los champiñones se desordenan, mi lugar en el mundo se tambalea y tiemblo, sí, tiemblo… además de temer cortarme accidentalmente con un cuchillo largo sin noche, un cuchillo poco afilado, de sierra, que me recuerda y evoca mis montañas de Colmenar, cuando escapaba en la adolescencia (que en mi vida duró una quincena desde la quincena) a la soledad fría de una nava cerrada. Malditos hongos que evocan tristeza siendo una alegría deleitarse con su melosa carne sacrificada sin sistema nervioso central sufriente. Malditos y desobedientes. Ese díscolo champi que saltimbanquea sobre sus compañeros juguetando a ser distinto como si pudiese evitar su destino inapelable (y sin pelar). La tabla no es glamurosa y de repente quiero tener una de madera de haya que he visto en un vídeo de sabiduría infinita que es más higiénico y menos dañino para mis mal cuidados cortadores que una de plástico o una de titanio respectivamente. Si los champiñones se desordenan tengo que contárselo al mundo, por si acaso alguien más ha sentido ese movimiento sísmico, esa perturbación en la calma, por si alguien más ha sentido o siente empatía con esos pequeños seres que van a morir y han muerto, a mis manos, para alimentarme, para dar de comer a unas células que mueren a razón de varias por minuto, desordenadamente, sin avisar, traidoras células que me abandonan y pueblan el mar de los sargazos del aire que respiro. Mientras tanto, para simplificar, porque siempre hay que simplificar, que diría Perec, sé que la comida estará lista en menos de media hora y que mi amiga disfrutará de mi cariño hecho receta, mucho más de lo que yo lo haría en una franquicia recalcitrante que me eduque a comer con la ética oportunista y de postureo que se lleva en esta ciudad acartonada, desordenada como champiñones mal alineados.

Pero esta última frase no resulta en absoluto simple ni simplificada, sino más bien lo contrario pues remite a la conflictividad socio-política que emerge en este siglo XXI en el que se abandona el afán por perseguir utopías en aras de una imagen que llene o rellene el tiempo y el espacio de una red social, producto de consumo dopamínimo oligopólico y esdrújulo en grado máximo.

Desisto de intentar simplificar lo que me pasa por la cabeza cuando corto unas setas redondeadas pues hierve mi mente en constante desestructuración, en constante decaimiento a un estado de mínima energía irreversiblemente. ¡Qué inefable me resulta todo (y nada)!

¡Gloria al silencio!
Dije a los gritos.

Contradicción. Un díptico.

¡Qué bellos recuerdos resumidos en un díptico con dos fotogramas del vídeo que grabó mi querida Aída B. Márquez con cámara en mano!

Estos 2 únicos fotogramas servirían para resumir la acción simplona (Contradicción) que en su día (hace 20 años) planteé dentro de un taller que coordinaba de Arte de Acción en Clave 53.

Esto no es una broma