Casi cuarto de siglo

Carmen de la Rosa, Giusseppe Domínguez y Vera Moreno en la inauguración en octubre de 2022 de la galería o sala multidisciplinar que abrimos entre cuatro personas en la Calle Humilladero, 16. La famosa Cava de Humilladero.

Desde entonces hasta hoy (enero de 2026) han cambiado muchas cosas, como la ilusión, algo mermada, la creencia en la posibilidad de reforma mundial gracias a la poesía, en parte desaparecida y en parte cumplida y cumpliéndose… por no hablar de los cambios hormonales, asociados al envejecimiento celular, entre otras cosas.

Sin embargo, sigo siendo amigo de Vera Moreno y sigo teniendo a mi lado a la maravillosa Carmen de la Rosa, con quien quiero seguir envejeciendo… si puede ser, despacito. 😉

Tantos recuerdos… Tantos…

Y no opacan la voluntad de crear nuevos recuerdos, las ganas de emprender nuevos proyectos, incluso con Groenlandia amenazada, Libia en ruinas, Gaza ocupada, Venezuela invadida, Haití devastado… ¡La poesía debe sobrevivir!

Nota: Creo que entonces no me fijé en el letrero sobre la puerta (dios bendiga cada rincón de esta casa), porque imaginé, seguramente, posibles transformaciones que lo resignificasen. El significado es poesía. El significante es poesía. La poesía es poder.

Branca

Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca…

No hay poema escrito
ni por escribir
más lindo
ni lleno de sentimiento
que tu nombre.

    Sydney, 130196

Texto escrito, equivocadamente, hace hoy justamente 30 años. Me quedaba tanto por vivir… ¿Cuánto me queda aún?

Creer en la navidad

Encuentro esta publicidad algo perturbadora, como todo lo que rodea este periodo tóxico denominado «navidades», que comprende del 24 de diciembre al 6 de enero, ambos incluidos.

Navidad procede de «natividad», de nacimiento, en homenaje obvio al nacimiento de un tal jesusito… que hará un par de milenios que vino al mundo a instaurar una religión sobre una piedra. Dicen.

Por lo que esta afirmación hace que yo sea de quienes no creemos en la navidad, al menos en ese sentido (ni en ninguno, en última instancia), pero sí que creo en las personas, que no son materia de creencia, sino de existencia, independientemente de mis creencias u opiniones.

Que tras esa afirmación, por tanto, huera, se venda una especie de bocadillo y el aniversario del 50 años de una empresa de consumo que ni siquiera intentan ocultarlo en su nombre, me parece ridículo.

Por otro lado, lo prefiero a la frase contraria:

«Creer en las personas es creer en la navidad».

si asumimos que el «es» es un «implica» y no una igualdad, lo que no necesariamente es cierto.

No sé si en estas fechas me vuelvo algo más observador o si los mensajes son tan llamativos que me es imposible no verlos. ¡Todo es grito! ¡Todo delirio!

Y así… hasta el próximo año.

Alfabeto Griego

Tener a mano un alfabeto griego siempre es de utilidad cuando se dan clases particulares de matemáticas, física o química, porque acaban teniendo que explicar que eso que están usando para la longitud de onda, o como parámetro en la definición de una recta en geometría afín, o esa densidad o coeficiente de rozamiento o… ese número que relaciona una longitud con una distancia dentro de una circunferencia es una letra griega, cuando hablas de sigma y asumes que entenderán que se refiere a sumatorio (por lo de la S de Sumar/Sigma) o tantas y tantas otras cosas… pero no, no se conecta. No se relaciona. Casi nadie se da cuenta de que los signos son útiles porque contienen, parcialmente, significado, no son meras expresiones significantes vacuas. O sí. Quizá todo es vacuo e insignificante (siendo solo mero significante sin significado).

¡Que semiótico me estoy poniendo! Que no semítico, pero sí semiológico y poco semántico.

Sobre los champiñones y su evocación

Si los champiñones se desordenan me pongo nervioso. Sí, ya sé que es algo banal, pero es cierto. Procuro, dado el espacio disponible, minimizar el número de cortes sin que ello tenga el más mínimo sentido. Seguramente, sólo por alinearlos, estoy perdiendo tiempo y energía, pero me gusta que estén, al menos durante unos instantes, con un mínimo entrópico que me hace sentir que el universo no conspira contra la vida como parece indicar el segundo principio de la termodinámica. Es una batalla perdida. Sé que todo acabará en un máximo desorden. La muerte no es ordenada, por mucho que nos empeñemos en archivar cadáveres en tumbas alineadas como mis portobello, tumbas que en ocasiones han sido usadas como abrevadero de caballos, como bancos para sentarse, como suelos de iglesia donde bailar. Si los champiñones se desordenan, mi lugar en el mundo se tambalea y tiemblo, sí, tiemblo… además de temer cortarme accidentalmente con un cuchillo largo sin noche, un cuchillo poco afilado, de sierra, que me recuerda y evoca mis montañas de Colmenar, cuando escapaba en la adolescencia (que en mi vida duró una quincena desde la quincena) a la soledad fría de una nava cerrada. Malditos hongos que evocan tristeza siendo una alegría deleitarse con su melosa carne sacrificada sin sistema nervioso central sufriente. Malditos y desobedientes. Ese díscolo champi que saltimbanquea sobre sus compañeros juguetando a ser distinto como si pudiese evitar su destino inapelable (y sin pelar). La tabla no es glamurosa y de repente quiero tener una de madera de haya que he visto en un vídeo de sabiduría infinita que es más higiénico y menos dañino para mis mal cuidados cortadores que una de plástico o una de titanio respectivamente. Si los champiñones se desordenan tengo que contárselo al mundo, por si acaso alguien más ha sentido ese movimiento sísmico, esa perturbación en la calma, por si alguien más ha sentido o siente empatía con esos pequeños seres que van a morir y han muerto, a mis manos, para alimentarme, para dar de comer a unas células que mueren a razón de varias por minuto, desordenadamente, sin avisar, traidoras células que me abandonan y pueblan el mar de los sargazos del aire que respiro. Mientras tanto, para simplificar, porque siempre hay que simplificar, que diría Perec, sé que la comida estará lista en menos de media hora y que mi amiga disfrutará de mi cariño hecho receta, mucho más de lo que yo lo haría en una franquicia recalcitrante que me eduque a comer con la ética oportunista y de postureo que se lleva en esta ciudad acartonada, desordenada como champiñones mal alineados.

Pero esta última frase no resulta en absoluto simple ni simplificada, sino más bien lo contrario pues remite a la conflictividad socio-política que emerge en este siglo XXI en el que se abandona el afán por perseguir utopías en aras de una imagen que llene o rellene el tiempo y el espacio de una red social, producto de consumo dopamínimo oligopólico y esdrújulo en grado máximo.

Desisto de intentar simplificar lo que me pasa por la cabeza cuando corto unas setas redondeadas pues hierve mi mente en constante desestructuración, en constante decaimiento a un estado de mínima energía irreversiblemente. ¡Qué inefable me resulta todo (y nada)!

¡Gloria al silencio!
Dije a los gritos.

Contradicción. Un díptico.

¡Qué bellos recuerdos resumidos en un díptico con dos fotogramas del vídeo que grabó mi querida Aída B. Márquez con cámara en mano!

Estos 2 únicos fotogramas servirían para resumir la acción simplona (Contradicción) que en su día (hace 20 años) planteé dentro de un taller que coordinaba de Arte de Acción en Clave 53.

Internet ha muerto

El otro día vi este vídeo de esta mujer a quien sigo desde hace tiempo en Internet (esa que ha muerto) y me ha dejado conmocionado. No por lo pertinente o trágico, sino porque es como sentirme ingenuo de toda la vida, de haber creído en esta utilidad desde sus inicios que me vanaglorio de representar.

A la menor ocasión comento que fui la primera persona en introducir una dirección IP (Internet Protocol) en los servicios informáticos de las Cajas Rurales, de instalar uno de los primeros cortafuegos (israelí, dicho sea de paso) de España y uno de los primeros servidores de comercio electrónico (Netscape Commerce).

Fui de las primeras personas en este país, después de haber visto su auge en Australia en programar (aunque sea incorrecta la palabra) en HTML una página estática.

Yo creé mi propia página web con un curriculum básico allá por los 90 del milenio pasado.

En la época previa había creído que HTML no acabaría por imponerse y llegué a proponer un «lenguaje» de hipertexto paralelo, llamado HDL (Hypertext Definition Language para la generación de hipertextos dentro de la herramienta Multius de desarrollo de aplicaciones Multimedia perteneciente al Grupo de Multimedia del Instituto de Ingeniería del Conocimiento).

Fui de los primeros en tener conexión telefónica privada a Internet con Goya Servicios Telemáticos, después de salir de la universidad donde tuve correo electrónico previo a que se estandarizase la arroba sustituyendo al AT previo, así que mi primera dirección de email fue «JMDOMIN AT EMDCCI11».

Era el comienzo de una época de optimismo en la que creíamos que ARPANET dejaba de ser un arma para convertirse en una herramienta democratizadora, una herramienta de conexión global que exprimí al máximo en mi «tardía adolescencia» cuando mi sempiterna soledad, mi búsqueda por «encontrar un alma que se pareciera a mí y no podía encontrarla», participando en grupos de debate internacionales, que no necesitaban moderación y funcionaban con respecto, como el obsoleto news/UseNet: (NNTP) soc.culture.spain.

Ya no funciona ningún viejo enlace. Todo lo anterior a hace 5 años parece muerto, como zombie aburrido.

Ahora vivimos una época muy diferente, en la que hasta las personas a quienes llaman nativas digitales empiezan a comprender que aquellos tiempos optimistas (ingenuos) ya no existen. Se fueron para no volver.

Internet desde hace años es el patio trasero de unas cuantas empresas gigantes que nos dejan jugar a la pelota sin hacer ruido y sin molestar.

Y casi nada molesta.

Lo más detestable, lo más abyecto, se encubre dentro de lo que se denomina erróneamente como libertad de expresión, sin embargo no se permite la libertad cuando se trata de pedir moderación a las políticas que favorecen la acumulación de poder, la descentralización de una red que nació con voluntad de ser descentralizada… Es la ley de la selva, pero solo hay una docena de leones. Los demás somos ñus, antílopes o animales lentos y torpes que no ven más allá de sus orejas.

Internet ha muerto, sí.

La IA es solo la puntilla con la que apuñalar la nuca al bóvido agonizante.

Rosalía y el Genocidio de Gaza

En respuesta a la polémica desatada por las acusaciones de la cantante Rosalía de “silencio cómplice” y el rechazo del diseñador de moda Miguel Adrover.
(Un resumen de lo que pasó se puede leer en
https://elpais.com/cultura/2025-08-10/lecciones-del-caso-rosalia-tienen-que-hablar-o-callarse-los-artistas-sobre-la-guerra-en-gaza.html )

Rosalía es una cantante famosa, con gran poder mediático, pero es una cantante a la que se ha exigido una condena expresa a lo que está ocurriendo en Gaza desde octubre de 2023 y le piden (exigen) que afirme que se trata de un genocidio, así, sin ambages, sin tibieza, sin un mínimo de equidistancia: la equidistancia ha muerto.

Hay que posicionarse con soflamas simples, obvias, de condena del genocidio.

Busco la definición de la RAE de genocidio y encuentro una única acepción:

genocidio: Del gr. génos ‘estirpe’ y -cidio. m. Exterminio o eliminación sistemática de un grupo humano por motivo de raza, etnia, religión, política o nacionalidad.

Y, siguiendo en la RAE (que no considero una organización altamente progresista) encuentro como primera acepción de holocausto:

holocausto: 1. m. Gran matanza de seres humanos.

El famoso (tristemente) 7 de octubre de 2023 el grupo terrorista Hamás llevó a cabo un atentado execrable que condenó casi una unanimidad mundial. Fue una masacre despiadada, una gran matanza de seres humanos. Pero no fue un genocidio. Aunque sea comprensible el miedo de Israel a ser atacado y eliminado de la faz de la Tierra como nación.

Pero, ¿Qué es Israel y el sionismo sino un acto deliberado de expulsión sistemática de un grupo humano por motivos religiosos de la región antaño conocida como Palestina?

Sin remitirse a un remoto pasado, de historia basada en unas deidades que, curiosamente, coinciden, sin hablar de descendencias de seres mitológicos como Sem, Ismael, Abraham, Isaac y sin referirse a hebreos, filisteos ni cananeos, el sionismo de Theodor Herzl de finales del siglo XIX está tan trufado de racismo como los pogromos que el pueblo judío estaba sufriendo en sus carnes en esa misma época; sus pretensiones de crear una patria para los judíos del mundo pasaba por despreciar a otros pobladores a los que se comenzó sistemáticamente a excluir ya en el siglo XIX por considerarse inferiores y, por supuesto, no elegidos por el dios de la tierra prometida.

De «Los Protocolos de Sion» se pasó a «Los Amantes de Sion» que crearon más de 20 poblados judíos en una tierra ya habitada y, desde entonces, hace ya más de 125 años, bajo el discriminatorio lema de «trabajo hebreo», se excluyó la posibilidad de convivencia con los habitantes de la tierra ocupada o adquirida.

Masivas compras de terreno con prohibición de reventa a no-judíos fue una de las tácticas sistemáticas de conquista territorial que produjo un paulatino desequilibrio demográfico en favor del crecimiento de población judía que agitó revueltas árabes que hoy se tacharían de terroristas (también en aquel entonces, ya a principios del siglo XX) pero no hubo reparos en aliarse con líderes árabes por parte de los franceses y, sobre todo, ingleses, con el fin de combatir a los Imperios Centrales, principalmente al decadente Imperio Turco, de cuyo desmembramiento obtuvieron pingües beneficios de los que hoy en día siguen aprovechándose.

El vergonzoso Acuerdo Sykes-Picot y la posterior y abominable Declaración Balfour (recuerdan a aquellos tratados con los pueblos indígenas amerindios siempre incumplidos por la expansión estadounidense), cimentaron la actualmente vigente Ley del Retorno (Israel) de 1950 que garantiza a cualquier judío del mundo su derecho a migrar a Israel, en clara oposición con la Declaración Universal de los Derechos Humanos pues discrimina explícitamente en función de «raza» y religión colisionando frontal con el Artículo 2.

Ya sé (no soy naïf) que otros países discriminan, que los Derechos Humanos parecen ser algo utópico e inalcanzable aunque a fecha de hoy parece que sean algo directamente olvidado incluso como objetivo a largo plazo.

Las «aliot», inmigración planificada, alentada por razones ideológicas (religiosas) más que prácticas, propugnaron (propugnan) una radicalización del sionismo cada vez más racista hasta llegar a ser reconocido así en la Resolución 3379 de la Asamblea General de la ONU (Declara que el sionismo es una forma de racismo y discriminación racial. 2400a. Sesión Plenaria, 10 de noviembre de 1975) en vigor desde el 1975 al 1991, cuando la caída del Muro y los colapsos soviéticos cedieron paso a un nuevo orden mundial.

(Texto íntegro de la 3379 Resolución de la Asamblea General de la ONU: https://documents.un.org/doc/resolution/gen/nr0/791/10/pdf/nr079110.pdf )

Pero en esa época ya poco quedaba de la región antaño conocida como Palestina y ya se hablaba, como hoy, de Gaza, de Cisjordania, de Israel, como si fuese una «solución de los tres estados», cuando se parece más a la nazi «solución final» que desemboque en otra (si no la misma desde hace casi siglo y medio) nakba o diáspora palestina de desposesión de tierras, de recursos, de derechos, de vida…

Siguiendo a rajatabla una «sistemática eliminación de un grupo humano por motivo de raza, etnia, religión» que derivará en la creación de reacción violenta (la violencia engendra violencia) de un espejo de Irgun (organización terrorista sionista fundada en 1931), de la que desciende Herut, que se funde con Likud, en el poder en Israel desde 1977, presidido hoy por Benjamin Netanyahu.

Parece mentira (o broma macabra) que el fundador de este partido, Menájem Beguín, recibiese el Premio Nobel de la Paz en 1978, pero es que el Premio Nobel de la Paz y su listado de ganadores asemeja un chiste de El Mundo Today. Cualquier día se lo otorgan a Donald Trump. No hay de qué extrañarse.

Me he olvidado de Rosalía y de la exigencia de su posicionamiento, me olvido de colgar banderas palestinas, de hacer memes con la estrella de David convertida en una esvástica o de todo lo contrario.

No me olvido de las guerras entre el estado de Israel y sus estados vecinos que no reconocen su derecho a existir, como Israel (el sionismo) niega el derecho a existir de los habitantes del Mandato Británico Palestino, que albergan la idea expansionista de la conquista de Jordania, de Siria en el sueño bíblico (maldito librito) de la «Tierra de Israel».

No me olvido de las rebeliones árabes que, desde principios del siglo XX, fomentan ataques a asentamientos judíos en sus tierras, no me olvido de condenar sus métodos crudelísimos, sus organizaciones terroristas…

No me olvido de la discriminación de la mujer hasta su represión en la mayoría de los países islámicos (no confundo con árabes, ni magrebíes, así como no confundo judío con israelí, ni semita con hebreo, ni salafista con islámico, ni sionista con nacionalista).

No me olvido del 7 de octubre, detonante de esta desproporcionada respuesta a la que llamo sin ambages genocidio, pero extiendo su origen a antes de la shoá, que no minimizo ni pido revisionar, ni siquiera comparo esta masacre de Gaza (a la que no comprendo como alguien se atreve a denominar guerra o conflicto) con el holocausto nazi.

No me olvido de la alianza árabe con el III Reich y su aquiescencia con el exterminio del pueblo judío.

No me olvido de Eichmann ni de Hannah Arendt y sus conversaciones (y su romance) con Heidegger de quienes tengo pendiente (sobre la mesa) leer su correspondencia.

No me olvido del imperialismo occidental y su avaricia o sus trazados fronterizos colonialistas, ni de su racismo enmascarado de apoyo indirecto a quienes se manchan de sangre.

No me olvido de quienes guardan silencio (pero no sé si me atrevo a llamarles «cómplices»).

Casi me olvido, pero no, de los miles de misiles y drones lanzados desde Líbano por Hezbolá, o los ataques de y hacia Irán, ni de los misiles o drones de Hamás y algunos hospitales escudos humanos que no excusan un exterminio indiscriminado y que acabarán engrosando las filas del odio y la autodefensa, según quien narre la historia.

Me olvido de Rosalía a quien no otorgo omnipotencia y quisiera olvidar las exigencias, pero no puedo, de afines y contrarios, de próximos y ajenos, exigencias de opiniones más o menos auto(in)formadas, más o menos autocríticas, exigencias de boicots, exigencias de simplificación, exigencias de urgencias en conflictos centenarios viviendo pendiente de la última noticia, de lo nuevo, de aquello inter-medio en lo que he de fijarme, sobre lo que tengo que saber qué decir, qué hacer, con quién estar, cómo manifestarlo, dónde pronunciarme, gritar el horror como si pudiera no hacerlo, como si me gustase que más de dos millones de personas estén en una prisión a plena vista de un mundo mudo, sin que se respeten tratados internacionales de derechos humanos que garantizasen un mínimo de posibilidad de supervivencia.

Pero no me olvido que esto no es de ayer, no lleva dos años de recorrido, sino siglo y medio.

No olvido siglo y medio de Israel llevando forzando un «desplazamiento (eliminación) sistemático de un grupo humano por motivo de raza, etnia, religión, política o nacionalidad», es decir, la única acepción de la palabra genocidio.

Giusseppe Domínguez
Taramundi, Asturias, agosto de 2025.

Esto no es una broma