Neodimio

No tenía ni idea de qué era el neodimio que ha resultado ser un elemento químico de la tabla periódica cuyo símbolo es Nd y su número atómico es 60. Y unos minutos antes me había declarado profesor de química y esas cosas atómicas (cuánticas).

Eso de que esté entre las «tierras raras«, agazapado sobre el Uranio, lo puedo poner de excusa, pero no lo es. La verdad es que hay muchas cosas de las que no sé nada. Es más, estoy convencido de que hay muchas más (pero muchas, muchas, como de una cardinalidad mayor) materias o asuntos que no caen dentro de lo que sé o creo saber que aquello de lo que sé o creo saber.

Estuve con mis queridos alumnitos de taller de poesía viendo una exposición en Paracuellos del Jarama y, de regalo, Alejandro Gallego nos acercó a conocer su taller de ¿carpintería metálica?. No sé cómo se llama eso, pero fue muy enriquecedor. Aprendí, aprendimos, un montón de cosas nuevas, como, entre otras, que hay unos imanes de neodimio que son muchísimo más potentes que los imanes de hierro inducidos o que la vieja magnetita. Yo hablé de los electroimanes sin mucho detalle, pero me quedé completamente intrigado con ese material… que resultó ser un elemento químico. Y ni siquiera de un número atómico tan elevado: 60 protoncillos…

También descubrí no saber nada de las cortadoras de plasma (que no es plasma sanguíneo ;-)) así que hoy mismo tengo que leer algo sobre este método.

Sabía aquello de que el plasma es el cuarto estado de agregación de la materia, pero no acababa de ponerle propiedades a tal estado, más allá de la ionización… pero ¿cómo se puede usar y generar para cortar planchas metálicas a voluntad?

Siempre me sorprende descubrir todo lo que no sé (soy un presuntuoso que creo que sé más de lo que realmente sé). Me recuerda esa famosa frasecita de la zarzuela «La Verbena de la Paloma»: «hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad»

https://youtu.be/1nRToj_vECM?t=3s

¿Verdaderamente Facebook me aporta tanto?

Cada día pienso más y más acerca de la inutilidad de la información que se vierte en las redes sociales compulsivamente y si no estoy, yo mismo, contribuyendo a ello.

Hace tiempo que reduje (últimamente no ha desaparecido de todo, cosas de las elecciones) la lectura de prensa, pues la sensación era más de desasosiego que de calma o información necesaria. Pero sigo en FaceBook. Sigo como un usuario particular que no puede manifestar sus opiniones abiertamente como usuario particular puesto que se trata de un lugar demasiado común y descontextualizado como para hacerlo con un mínimo de rigor o de sentido.

Me digo a mí mismo (como si pudiera decírmelo a otro mismo que yo) que lo utilizo con moderación y con el objetivo último de apoyarme en la divulgación de información (publicitaria) sobre mis talleres de poesía, así como para mantener el contacto con personas que están lejos (siempre de mí), amigas argentinas, chilenas, australianas, alemanas, pero algo no me acaba de convencer.

En otras ocasiones afirmo utilizarlo para «distraerme» del agotador trabajo solitario de creador, como estas ocasiones en las que comparto algo sobre lo que esté investigando o profundizando en mi muro sobre clasificación de lenguas o parecidos proyectos, pero algo me dice que es un indicador de una mala acción pues si necesito «distraerme» podría buscar otras formas de hacerlo, como, entre otras, dar un paseo.

Las cuestiones sobre lo que debe o no debe hacer esa compañía con mis datos y lo que puede o no ser utilizado en mi contra ante un tribunal me da, no ya miedo, sino casi diría que asco. Pero lo estoy aceptando voluntariamente, al fin y al cabo, Facebook es otra más de las puntas de lanza del capitalismo más neoliberal posible en el que lo que ha triunfado es la marca, por muy vacua que esta sea.

Y así sigo, en una incertidumbre o una duda que dista mucho de ser metódica. Pero cada día que alguna persona querida o admirada desaparece voluntariamente de esa red social (o de otras) siento una punzada de envidia, un aguijoneo de alejamiento de este griterío instalado en la población de la red (y no sólo).

Creo que me sentiría solo, pero por otro lado, cuando paso largas temporadas (como casi dos meses de verano) desconectado de esta página azul y blanca, siento más conexión conmigo mismo, con cierto mundo y algo menos con otro mundo.

No sé qué quiero hacer. No lo tengo claro. Pero apunta a que mi futuro estará en otro sitio. Y quizá, en otra actividad. Pero esta es otra historia…

Ahorrativo hasta la muerte

Cuando veo una película de guerra o una serie de acción trepidante en la que se producen violentos altercados que terminan con la muerte de un personaje, es inevitable que piense en algún momento en la entropía.

Hay una drástica disminución de entropía en un organismo que pasa del «estado vivo» al «estado inanimado».

Pero voy más allá, me detengo a pensar en la cantidad de cosas que se tiran a la basura cuando alguien muere y no doy crédito: su vestuario dañado posiblemente a causa de la violenta intervención, me parece lamentable. No mataría a nadie por no estropearle la vestimenta. Hay gente que ha trabajado para que ésta esté en perfecto estado o en un estado usable, aun imperfecto.

Por no hablar de los ritos funerarios con su consabido derroche de protección de una masa cárnico-ósea a la que ya no es posible seguir considerando humana. Madera talada para ser enterrada (no es peor opción que la de ser incinerada, produciendo una innecesaria cantidad de energía fruto de la combustión del material orgánico) y ropa que se descompondrá inevitablemente bajo la tierra, pero que ha llevado trabajo (y por ende energía) fabricar.

Puede parecer trivial, pero si no me detengo en estos pensamientos muy a menudo es porque no voy por ahí matando gente. No obstante, el despilfarro de balas, de armas de distintos calibres y otros asuntos similares no dejan de formar parte de nuestro cotidiano, lo sepamos o no, pues es preciso conocer cuánto se gasta en generar artículos cuyo único propósito es ser destruidos. Y después de saberlo intentar combinar este dato con la lectura de este texto y ver si ha dejado de resultar ridículo.

La ridiculez, no lo olvidemos, es muy, pero que muy relativa.

Al revés

alreves

Saltándome las instrucciones, comencé a leer el texto que en realidad era una imagen de un texto (¿es lo mismo?) hasta que llegué a la primera falta de ortografía. No pensé que no fuese a llegar, ni siquiera, hasta el primer signo de puntuación.

Luego, procedí a leer las instrucciones. Allí, por supuesto, también había faltas de ortografía y una redacción descuidada por decir algo.

Pierdo tiempo porque estoy cansado, muy cansado de utilizar el tiempo en asuntos que parecen no importarle a nadie más que a mí. Me siento muy solo. No importa demasiado (salvo a mí). Seguiré perdiendo el tiempo irremisiblemente: no tengo arreglo.

¿Y si mi cuchara es un tenedor?

Ayer surgió una conversación durante la cual uno de los participantes comparó lo que la gente sabe hacer con «comer con el tenedor un caldo«, cuando, según el susodicho, lo suyo es comerlo con una cuchara.

Y claro, no he parado de preguntarme desde ese momento si eso es correcto.

En primer lugar, está la cuestión del tenedor en lid, si no puede ser lo suficientemente amplio como para abarcar el caldo, pero en segundo lugar está el caldo, pues no dejo de imaginarme el famoso caldo gallego o esos caldos (sopas) orientales de pasta y carne que ya no sólo con tenedor, sino incluso con palillos puede ser disfrutado. (Por cierto, no sé por qué, esto me recuerda que leí una vez lo ridículo que es vincular mentalmente pasta a Italia cuando lo verdaderamente razonable sería vincularla con China, por históricos motivos obvios).

No paro de preguntarme si no es una bonita imagen, mucho menos prosaica que la de comer un caldo con cuchara, incluso, por qué no, con cucharón. Pero ya se sabe mi tendencia a la inutilidad, a la poesía y otros males de la humanidad que se encargan de comer caldo con tenedores… siendo mancos y ciegos.

Tengo la imagen tan grabada en mi cabeza desde que la pronunció que no quiero dejar que se me olvide (¡ole con esa triple negación!) y me encantaría usarla para realizar una acción poética con ese nombre, con ese motivo, con esa imagen.

Ahora tengo que elegir para ello el caldo adecuado, el tenedor preciso y la ocasión propicia. Pero esto es caldo de cultivo para mi creatividad. Nada mejor para retarme que un «imposible«.

En ningún momento durante la conversación el argumentista dudó de estar en posesión de esa cuchara indispensable ni, por fundación, poner en entredicho conocer la composición de ese caldo. Es una de esas personas que saben, como cuando alguien habla del «buen gusto», que nunca jamás suponen que ese «buen gusto» no sea el suyo.

Hay que añadir, casi en último momento, que el interlocutor pretende enseñar a comer caldos con cuchara.

Tuve que estar callado. No pude intervenir. No tengo ni idea de si conozco el caldo debatido ni mucho menos si mi cuchara no es realmente un tenedor. ¿Existen diferencias irreconciliables entre los tenedores y las cucharas? Hablar de lo indecible me recordaba a Wittgenstein. También a Roland Barthes. Pero me quedó el agridulce sabor de la obediencia debida a la autoridad… en algo tan absurdo, íntimo y personal como disfrutar de un caldo.

El general de bronce

El general de bronce
desciende del pedestal.

Con paso firme camina
hacia el banco de madera
de la esquina inferior derecha
del plano
donde, sentado, se come la mano
que le llega volando
desde su derecha.

Todo sería distinto
e igual
si hubiese estado de frente.

Elecciones

El domingo volvió a ganar Primark
volvió a ganar Doña Manolita
volvió a ganar Zara
volvieron a ganar Lefties y demás.

Hoy sigue ganando la falta de respeto
el insulto
la agresión
la crispación
la intolerancia
justificado por la pasión
el impulso
la defensa de la justicia con ardor
con demasiado ardor.

Siguen ganando las prisas
la urgencia
la velocidad
el arrebato
la facilidad
hasta la simpleza.

Nunca gana la reflexión
la flexión
la meditación
la duda.

¿O sí?

Sin D’Hont

Elecciones 20 Diciembre 2015

Candidaturas Votos Porcentaje Diputados Sin D’Hont
PP 7215530 28,72 123 101
PSOE 5530693 22,01 90 77
PODEMOS 3181952 12,67 42 44
C’s 3500446 13,93 40 49
EN COMÚ 927940 3,69 12 13
PODEMOS-COMPROMÍS 671071 2,67 9 9
ERC-CATSI 599289 2,39 9 8
DL 565501 2,25 8 8
PODEMOS-En Marea-ANOVA-EU 408370 1,63 6 6
EAJ-PNV 301585 1,2 6 4
IU-UPeC 923105 3,67 2 13
EH Bildu 218467 0,87 2 3
CCa-PNC 81750 0,33 1 1
PACMA 219181 0,87 0 3
UPYD 153498 0,61 0 2
NÓS 70464 0,28 0 1
unio.cat 64726 0,26 0 1
VOX 57733 0,23 0 1
RECORTES CERO-GRUPO VERDE 48217 0,19 0 1
MÉS 33931 0,14 0 0
PCPE 30895 0,12 0 0
GBAI 30554 0,12 0 0
98,85 350 346

V + n

Siguiendo mis inclinaciones OuLIPIanas, me ha dado por crear, a partir de un diccionario que contenga todas las palabras del diccionario de la RAE que terminan en ar, er, ir, un pequeño script que extrae el enésimo siguiente verbo a uno dado.

Me gustaría hacer una versión para navegador, pero he descartado hacer un CGI por posibles amenazas en el servidor, así que exploraré un tiempo la forma de hacerlo en JavaScript (lo prefiero a PHP), aunque tiene pinta de que va a ser un pequeño infierno. No está muy orientado a manejar archivos. Pero ya veremos.


#!/bin/bash
# V + n
# Pasando el verbo en infinitivo
# devuelve el verbo que sigue en N posiciones
# con propósito de uso en ejercicios OuLipianos
verbo=$1
n=$2
posicion_verbo1=`grep -n ^$verbo$ verbos.txt|awk -F":" '{print $1}'`
# echo $posicion_verbo1
posicion_verbo2=`echo $posicion_verbo1 + $n|bc`
# echo $posicion_verbo2

head -$posicion_verbo2 verbos.txt|tail -1

El diccionario de «verbos» usado se generó a partir del diccionario completo que tengo disponible para descargas online desde este mismo diario y que realicé colaborando con el ínclito Isidoro Valcárcel Medina.

Algunos ejemplos:

./vmasn.sh amar 8
amarillear
./vmasn.sh comer 10
comisionar
./vmasn.sh vivir 53
zahinar
./vmasn.sh estudiar 5
esturgar
./vmasn.sh ser 1
seranear
./vmasn.sh estar 8
estatuir

Esto no es una broma