estornudo

manos sudorosas
dedos resbalando en el teclado sucio
ojos inyectados en lágrimas
sin causa
sorbio
de sorber
no de sorabo
temblor
sin temor
labios resecos
garganta reseca
fondo de la nariz reseco
y humedades
bajo la axula
bajo la papada
bajo las plantas de los pies
como un cuerpo haciendo goteras
catedral envuelta en brumas
sin respiración
con ánimos por los suelos
con energía corporal por los suelos
a duras penas con residuos de ATP
me muevo
para buscar un medicamento
un antisintomático
que me haga olvidar
hoy

picor en los ojos
en el lateral interno de unos de los agujeros de la nariz
en los riñones
cansados de gemir
cansados de arquearse
para violar silencios

unas palmas de las manos
llenas de pena
que no desean tocar
su cuerpo enamorado
son el símbolo
bolo
de un momento negro

pulmones encharcados
en pesadillas despiertas
otro estornudo
sacudirá
la tiniebla
y sigo escribiendo con la escasa
esperanza
Scheherezade
inoculando
texto a una página en blando
que tiene
hoy
más vida que yo.

patata-corazón

patata-corazón

patata-corazón

¿Por qué nos cautiva el corazón?

Si me hubiera encontrado una patata con forma de riñón no la habría fotografiado, seguramente, ni estaría escribiendo esta entrada de mi diario.

El otro día Carmen me regaló un azulejo blanco con un corazón rojo (como debe ser) inserto en el centro. Lo uso actualmente como alfombrilla de ratón. El ratón se mueve sobre mi corazón.

También el otro día les comenté a unas alumnas del taller de poesía que escribiesen sobre otros órganos vitales, como el hígado, el páncreas, los riñones, los pulmones, el cerebro, incluso… una escritura visceral no puede olvidar los intestinos, el estómago, la tráquea, el esófago, no se deben dejar de lado los genitales varios, etc…

Pero acaba ganando la batalla el corazón.

¿Por qué?

Está claro que, junto con el cerebro, es uno de los órganos más importantes para la vida humana. Esto hace que se le hayan ido achacando muchas fantasías más o menos mágicas sobre su capacidad, su función, bastante más mecánica que la cerebral, por ejemplo.

Te amo de corazón. Así: ¿a bombeos intermitentes?

¡Qué cosas!

Supongo que tiene que ver con la sangre, con el hecho de que vemos la sangre, es muy vistosa, roja y brillante, si fuese de un gris más o menos aburrido, seguramente perdería gran parte de interés. Incluso, hoy, imaginaba qué ocurriría y qué posición ocuparía en importancia el corazón si la sangre fuese transparente.

Sudamos todo el tiempo, pero nadie habla de las glándulas sudoríparas como algo más o menos vital, también respiramos y del aliento apenas se interesan los religiosos o los filósofos antiguos. Hasta Lavoisier nadie había pesado el aire. Pero pesa, sí, tiene cierta densidad, como la sangre y un «color» que no vemos, pero que no por ello es menos digno de ser llamado tal. ¿Qué importa en qué lugar se ubica la frecuencia de la radiación absorbida por el material en cuestión? Pues parece que más que la debida.

Sí, estoy seguro de que la sangre, roja, hace que sea protagonista el corazón de nuestros más románticos planteamientos, mezclada con el negro va muy bien, como en el tango, o con el blanco, como en las bodas, en muchas escenas de erotismo, en la virginidad y su desaparición.

Es el color de la violencia, la pasión, la vida… entendida de una manera tan superficialmente corpórea…

Y yo me pregunto ¿de qué color es una idea?

Yo la imagino, en la mayor parte de las veces, azul. De un bonito IKB; por supuesto, algunas parecen marrones, pero ese es su olor, no su color.

Porque puede que el olor tenga color. Aunque, paradójicamente, la palabra está contenida a la inversa. O ¿es que el color tiene olor?

La sangre es tan importante para los humanos que olvidan que, sin cerebro, no serían más que masas comestibles, muy ricas mezcladas con cebolla, una vez coaguladas convenientemente.

Importa al pensar en descendencias, en dinastías, en etnias y pertenencias a grupos consanguíneos, en identidad, como si el ADN únicamente se encontrase en ella.

Y de la sangre, en vena, volvemos al corazón. Pensamos en el pulso, en el latido, en el sonido primigenio, en el ruido grave que le llamó la atención a John Cage, y en su viaje al cráneo, a regar la fuente de ideas, la máquina que nos hace conscientes, que nos hace palabra, que nos convierte en seres medianamente interesantes. La máquina que produce sonidos agudos, que no late o late a tal velocidad que aún no se ha conseguido procesador de tal «herziaje».

Pero la mente no tiene un color tan vistoso, eso lo reconozco.

Vulgar mezcla de blanco y gris, más bien apagadillo, como sosete, diría yo. Pero ahí está… es y me hace ser. Y no solo me sujeta como si fuese una máquina, me hace pensar que soy una máquina, me complejiza y apalabra, me dice: eres. Aunque a veces, mis orejas, no le escuchan.

Prefiero esa máquina, fantaseo sobre sus capacidades con cierto patetismo, pero he de reconocer que me parece mucho, mucho más compleja… y creo que es algo objetivo, pero no quiero afirmarlo tan rotundamente.

Si fuera cardiólogo…

Más Platón y menos Prozac

Ayer comencé a leer con interés un libro que había recomendado una alumna del taller de poesía. Es una alumna dulce, tierna, más poética de lo que ella misma cree y que está a punto de dar un salto cualitativo hacia una nueva forma de entender la vida. Ella lo ve, lo siente, lo está paladeando, pero aún está perdida. Un poco como todos lo estamos, pero un poco más. Quizá porque ha vivido más.

Recomendó este libro de un tal Lou Marinoff cuyo título contiene toda la sabiduría del mismo: la psicología es mala y la filosofía es buena. Es así, simple, simplista, reducido a un slogan vacío y sin más profundidad que la aparente.

Puedo estar de acuerdo en algunos de los análisis que hace sobre las falacias de las psico-pseudo-ciencias que han terapeutizado el mundo. Por supuesto que estoy de acuerdo con la observación que se hace hacia el tercer capítulo sobre que la sociedad está perdida, sintiendo un vacío permanente de valores que antes satisfacía la religión o, después, algunos ismos políticos que desencadenaron guerras de crueldad no vista anteriormente… ni, sobre todo, su tremendo grado de eficacia destructiva.

El subtítulo (Filosofía para la vida cotidiana) ya debía de haberme hecho sospechar que iba a tratarse de un libro sin la profundidad que es requerida en cualquier amante de la sabiduría, pretendiendo comparar la filosofía con el «saber» cotidiano que podríamos denominar sentido común.

Pero si eso no era suficiente, ya estuve a punto de cerrarlo y no continuar con el epígrafe que atraviesa la siguiente página:

Para quienes supieron que la filosofía
era buena para algo, pero nunca supieron
decir exactamente para qué.

Esto estaba excluyéndome de ser un lector potencial del libro, pues yo no sé si la filosofía es buena, pero quizá me planteaba si tenía que serlo, antes de seguir. Por ende, en más de una ocasión, he defendido que la bondad no reside en la utilidad, en si sirve o no para algo. Por último y no por ello menos importante: en caso de saberlo o sospecharlo, cómo suponer que no sé decirlo. ¡Ay, mi querido Gorgias!

En resumen: el libro no es para mí.

Y sigo.

Durante el primer capítulo el libro se centra en sí mismo tanto como puede hacerlo, de manera casi obsesiva, inculcándonos la idea, por repetición, de que ese libro tiene respuestas, tiene todas las respuestas a todas las preguntas que hasta ahora podamos habernos hecho. Ese libro es lo que necesitaba y no lo sabía, porque claro, yo no podía saberlo: no soy filósofo, aunque, por otro lado, afirman, todos somos filósofos. No sabe a qué atenerse y continúa insultando a la posible inteligencia o formación del lector, asumiendo que no sabe de historia de filosofía, del método científico, de sociología, ni de otras muchas cosas.

La filosofía está volviendo a la luz del día, donde las personas «corrientes» (sic) pueden entenderla y aplicarla.

Y esta es la siguiente cuestión que me hizo huir del libro al cabo de un par de horas, su intento de convertir una disciplina o una vocación de amor por la sabiduría en una herramienta a modo de prozac, para resolver problemillas cotidianos. ¿No sería más interesante ser capaz de visualizar problemas que aún no hemos imaginado?

El capítulo segundo arremete contra las terapias que, con la falsa creencia de ser científicas, tienden a dar respuesta a las distintas situaciones por las que atraviesa un humano, y ataca, con simpleza y energía, los eslóganes facilones de la New Age, además del consumo masivo e irreflexivo de antidepresores químicos, como el mencionado en el título, sobre todo, mediante el apunte al mercado que esconde y que, posiblemente, tiene motivos sobrados para intencionadamente incitarnos a ese consumo.

No puedo sino estar de acuerdo con este capítulo perogrullero, pero es lo que es: verdad verdadera, de esa que no dice más que lo que dicta el, llamémosle, sentido común.

Y desde entonces, se comienza a dejar de denominar filósofo para llamarse consejero filosófico, asesor mental, o similares apelativos que, por supuesto, le enaltecen y le convierten en un mesías con una, como afirma en el libro, misión por cumplir.

No sé cómo aún leí un poco más, aunque ya era evidente que no tenía ningún interés profundizar… porque no habría nada profundo, sino una sarta de simplezas aderezadas de lugares comunes, para hacernos creer que lo que decía el libro ya lo habíamos pensado nosotros, que somos tan, pero tan, listos, como ese filósofo que nos estaba ayudando a ver la luz al final del túnel de nuestra vida ignorante y presuntamente inconsciente.

Las varias referencias a filósofos como William James ya me tendrían que haber acabado por hartar, un señor que tiene como filosofía que lo bueno es bueno en tanto que es útil. Jo, qué bien… qué fácil… ¿Cómo no lo había pensado antes?

No quise ni siquiera pensar en lo absurdo de la contradicción que establecía que, ante la gravedad de que el mundo estuviese siendo terapeutizado, no propusiese otra alternativa sino otra terapia. De hecho, el capítulo segundo se titula «Terapias, terapias por todas partes, y ni pensar en pensar«. Pero pensar para curarse… ¡es una terapia! Me acordaba tanto de mis terapias

Las técnicas de marketing puestas al servicio de una nueva terapia, esta vez a través de la lectura de un libro que va a ser «la solución», la gran solución a nuestros problemas, resulta tan ridículo que impulsa a tirar el libro por la ventana.

Pero no es el único libro: hay tantos libros de autoayuda, que no son solo de autoayuda, sino en muchos casos publicidad directa de gurús más o menos bienintencionados que saben, ellos saben, sí, lo que nunca seremos capaces de comprender los seres humanos corrientes.

Intenté, de verdad, seguir leyendo. Sentí que se lo debía a mi alumna que, con todo su cariño, quiso compartir este libro con nosotros. Por ello le estoy agradecido, no obstante, pues lo importante no era el libro, sino su cariño, su intención de hacernos vivir mejor.

Pero el tercer capítulo ya era demasiado para pasar al cuarto. Se titula «El proceso PEACE: cinco pasos para enfrentarse a los problemas con filosofía» y lleva epígrafes oportunos de Epicuro y Wittgenstein, por supuesto, completamente fuera de contexto, situados como plidoritas, como pastillas de sabiduría válidas para todo momento.

PEACE, por supuesto, es un acrónimo que contiene, en cinco palabras, en solo cinco palabras, la clave para todo, la llave maestra del universo. Él lo ha descubierto. Claro. Aquí vuelvo al mesianismo que apunté párrafos arriba, y no fabrica un acrónimo cualquiera, no, sino PEACE. ¡Qué bonito! ¿Cómo no lo habíamos visto?

Ni me voy a molestar en poner las palabras que corresponden a esa sigla. No merece la pena. En realidad, casi cualquier combinación de cinco palabras podría servir, porque en realidad se reinterpretan como lo que le da la real gana al psudo-filósofo autor de este tomo infumable.

Ah, no, pero aquí va otra de las maravillas de este, me atrevo a decirlo, estafador: el libro es fácil de leer. Claro, no va a ser un ensayo aburrido, tedioso, que requiera poner mucha atención para procesar, que requiera de mí el llevar a cabo una investigación paralela para contrastar o completar la información presentada, no. Se trata de un libro que, siendo voluminoso, pueda ser leído y «comprendido» por una persona «corriente», como recuerda innumerables veces, para que no lo olvidemos mientras seguimos leyéndolo.

Tentado por seguir destrozándolo, comencé el cuarto capítulo, repaso en 30 páginas de toda la historia de la filosofía occidental y que viene a titularse «Lo que olvidó de las clases de filosofía del colegio y que ahora puede serle útil«. Donde, de nuevo, asume varias cosas en una sola frase, así, como si nada, a saber: que lo olvidamos, que lo estudiamos, que ahora y no antes, que pueda serme útil y que desee que lo sea. Vuelvo a un resumen expuesto: El libro no es para mí.

No me molesto en continuar. Sigue una descripción de casuística en la que desgrana las ventajas de esa terapia de filosofía aplicada sobre una serie de «pacientes» que le consultaron para resolver sus vidas y cómo, gracias a él, pudieron hacerlo.

No sigo empleando mi tiempo en criticar algo tan absolutamente fácil de desmontar.

Aún así, volveré a agradecer a mi alumna que me tendiera su mano, que me prestara este libro, que intentara hacerme partícipe de su utilidad, de su bondad: La intención, la intención y solo la intención.

De números y hospitales

Hoy
mientras esperaba a que a Carmen
le sacasen la sangre
pensaba en la historia de esta expresión,
cuál sería su origen
y el porqué sería tan tremendo
pensar
que nos están sacando la sangre
en tantos aspectos metafóricos…

En ese momento reflexivo
por megafonía
sonó este mensaje
que juro no haber inventado:

Familiar con el número 111, acuda a sala 1 de información.

alergia

alegría y alergia tienen las mismas letras
salvo por la pequeña diferencia de una tilde
y no se parecen en nada.

estoy harto de despertarme
como dijo mi amigo xabi
que ocurre después de los 40
preguntándome
¿qué me duele hoy?

hoy ha sido la alergia
ayer la tendinitis en el hombro
anteayer tuve la sensación de que sangraba el ano
y hace unos días
no podía caminar.

pero también estoy harto de quejarme
de estar harto…
como ya escribí hace unos días
y me parece tan aburrido este sentimiento
que no quiero compartirlo
aunque lo esté haciendo
justo ahora
ahora mismo
cuando he dejado de estornudar
y me he podido sentar delante del portátil
a escribir un rato en este blog absurdo
que no tiene más sentido
que hablar de lo que no tiene sentido
para nadie salvo
de cuando en cuando en cuando
para mí.

quizá por eso lo bauticé como diario
casi habría tenido que añadir
íntimo
al modo de aquellos viejos manuscritos
de autores que me encantan
como mi buen kierkegaard.

hoy voy a ver si consigo avanzar
con mi querido subgrupo ilirio
al que he desplazado de ser una rama
propia…

casi porque me ha dado la gana.

Pánico tras el 12.04

El otro día entré en pánico:

Mi pie se descompuso.

Fue el viernes
día
27
de abril.

Y eso que el 27 es 3^3
o tres al cubo
y el número de letras del alfabeto.
(Uno de mis números preferidos)

Pero mi pie no podía apoyarse en el suelo
mi pie derecho
así que tenía que levantarme pisando con el pie izquierdo
y la mala suerte hizo sucumbir mi portátil
en una actualización inacabada
que dejó el ubuntu 12.04
a medio camino entre un sistema usable
y un sistema desagradable.

¿Quién me manda actualizar tan rápido
sabiendo que hay que ser
en esto
conservador?

Cansado de Unity
decidí que era un buen momento
para
(ya que tenía que estar en reposo
durante todo el puente del primero de mayo)
instalar Linux Mint.

¿Qué tenía que hacer para ello?
1.- Convertir una partición de primaria a extendida
aunque luego vi que no era necesario, que ya estaba hecho.
2.- Instalar Mint en el espacio disponible que siempre tengo
en mis discos duros, en mi casa, en mis armarios, en mi corazón…
3.- Copiar /home/giusseppe de la partición con ubuntu (12.04)
al nuevo sistema instalado.
4.- Verificar que los discos de NTFS eran, de nuevo, accesibles
y de paso instalar GParted para dominar el mundo
de mi disco duro
5.- Instalar y configurar los programas que utilizo que vienen a ser
Thunderbird, Firefox, Midori
OpenJDK, FreeMind (para mis lenguas…)
VirtualBox, Skype, Spotify, Shotwell, VLC
DropBox, UbuntuOne (para Mint, que también hay)
GrubConfigurator
Filezilla, JDownloader (quizá Tucan)
y las fonts y los codecs que puedan no venir con el sistema.
K3B, Audacity, Wammu, z7, Samba, UnetBoot, Multisystem, PDF-Reader…
6.- Verificar el correcto funcionamiento de las conexiones
HDMI, Audio interno, y otras pantallas.
7.- Ejecutar el script para llevar a cabo las sincronizaciones programadas
que programé.
8.- Cuando todo estuviera acabado
en el ubuntu 12.04, librarme del maldito Unity
instalando un entorno más simpático
como KDE o Enlightment.

Pero todo quedó en nada
porque conseguí arreglar la decadente actualización al 12.04
y no me apetecía perder mi tiempo
siguiendo un número considerable de pasos
que me dejarían
más o menos
igual que ahora
pero más verde, más mint…

No lo lamento
y lo único que queda
de ese momento de pánico
es algo de temor a hacerme
más daño en el pie
o más daño en otras partes de mi cuerpo
y acabar sintiendo
lástima de mí mismo
sabiendo
que no tengo en mi cuerpo
espacio reservado
para poder instalar otro sistema operativo
instalar unos cuantos programas
rearrancar
y comenzar a vivir otra vez.

Por eso, por eso…
la vida es tan valiosa
tan insustituible
tan preciosa
como no lo será nunca ningún diamante
que son duros y para siempre
y fríos
y transparentes
cristalinas estructuras de carbono presurizado.

Por eso, por eso
hay que vivirla intensamente,
porque las actualizaciones
no nos llegan de fuera
de un repositorio estable
sino de nuestras propias entrañas
a las que quiero adjetivar y no sé cómo.

Por eso, por eso
las conexiones que establece este sistema
efímero y frágil
deben ser tan cuidadas
como bonsais en el desierto
y las interfaces de usuario están abiertas
o muertas.

Por eso, por eso…

por eso…

por eso.

El pánico es mortal.

(=vital)

El estrés de un masaje antiestrés

Carmen tenía un regalo de clases de yoga que podía canjear por otras cosas y lo usó poco porque tenía que ir los miércoles y ya está yendo los martes y los jueves a pilates y no se puede dedicar a su atención y cuidado todo el tiempo de la semana. Así que me propuso cambiar algunas de las que aún no había utilizado (desde el año pasado) por un masaje para dos personas. Y acabo de volver.

He de reconocer que los masajes me gustan, pero dedicarle el tiempo a ellos acaba resultándome más estresante que dedicar ese tiempo, simple y llanamente, a reposar en casa, sentadito o tumbadito en un ambiente agradable, como mi cama, escuchando un poco de música (digamos que, por ejemplo hoy: Benito Lertxundi, que va tan bien con el clima…) o, mejor aún practicando un poco de sexo reposado, amable, cuidadoso.

No valoramos las virtudes terapéuticas del orgasmo. Es formidable lo que puede relajar, sin necesidad de ir a ningún sitio distinto que una cama, por la edad, para disfrutar de un manjar inigualable.

Eso no quita para que otros manjares puedan probarse, como esto de los masajes…

Mientras estaba tumbado en la camilla (gran invento el de una camilla con agujero para poder respirar y tumbarse boca abajo) no podía dejar de pensar en todas las cosas que tenía que hacer hoy.

Por supuesto que podía dejarlas para otro día. Por supuesto que podía darme cuenta de que la urgencia es tan solo una fantasía personal que me gusta tener para sentir la inmediatez de la muerte, (que no es algo depresivo, sino tremendamente vital) y también doy por supuesto que lo que hago no es, ya urgente, sino ni siquiera necesario (iba a decir importante, pero a mí sí me importa).

Sé que a otras personas les viene bien tener una excusa como esta del masaje para reservarse un tiempo en el que dedicarse a sí mismos o a sí mismas, pero a mí me parece innecesario en grado sumo y tan solo una señal de que no sentimos ser dueños de nuestro tiempo hasta el punto de que necesitamos algo externo que nos permita tomarnos un respiro. ¡Pero yo ya me tomo bastantes respiros! Habrá quién pudiese creer que no, que no soy una persona relajada, pero a mi entender vivo una vida bastante tranquila… salvo por el agobio perenne del dinero. Así que, como para gastar más… afortunadamente era un regalo y lo disfruté como tal…

Aunque cansé a Carmen con mis observaciones negativas sobre la benéfica acción de los masajes. Insisto: me gustan los masajes. Me encanta el contacto humano. De hecho, parte del tiempo que he estado en la camilla, he estado pensando en lo que añoraba actividades en mi semana en las que tenga más contacto físico con otros seres humanos. Como cuando asistía a Talleres de Movimiento Expresivo o las sesiones de Expresión Corporal de la Formación de Actor. Lo introduje en mis talleres de Creatividad como algo con lo que comenzar a calentar antes de abrir el cerebro.

Y claro que funciona. A mí hoy se me ha abierto el cerebro como en un estallido desordenado en el que las ideas han brotado sin parar, luchando por ganar protagonismo. Y mi paranoia me ha llevado a obsesionarme pensando que se me olvidarían. Quizá no es tan importante que se olviden, pero siento que dejarlas ir es como abandonar posibles placeres… (¿por otros?)

Y no quiero, no quiero perderlas. Me atemoriza tener tan mala memoria. Me cabrea, más bien.

Entre otras cosas, he pensado en lo que ya empecé a dar forma ayer, relacionado con lo de realizar acciones cotidianas. He visionado la idea con acciones en series temáticas (cocinar, arreglar ordenadores, leer en alto, limpiar una casa…) que ofrecer a distintas personas que, preferiblemente, no me conozcan personalmente. Con la única condición de que han de tomar 3 fotografías de la acción. Aún queda mucho por perfilar, pero es un principio.

También he recordado a amigos a los que veo con muy poca frecuencia, como mis queridos matemáticos, o las chicas granadinas o, cómo no, mis amiguetes de Movimiento Expresivo, ellos siempre tan masajeadores… Les echo de menos. Quizá podría haber estado ese tiempo con alguna de ellas, como mi amiga Susana, en lugar de estar en un masaje…

He sido consciente de que le estoy dedicando demasiado tiempo a mi proyecto de las Lenguas, que me está acabando por estresar, en parte, aunque sé que es tan grande que si pierdo un cierto grado de urgencia… acabaré por abandonarlo. He reorganizado mi agenda semanal, para dedicarle algo de tiempo a no hacer nada (o a pensar, que sí que es hacer nada) abandonándome a ese rato relajado, tranquilo, con música de fondo, suavita, para poder dejar que mi mente vuelva a estallar, al menos, una vez por semana.

No olvidar: ¡Yo soy dueño de mi tiempo!

Deprimido?

Mi queridísimo amigo Jose, peculiar habitante de mi amada Donostia, me hizo saber que no podía leer con asiduidad este diario porque afirmaba que le parecía que yo estaba muy deprimido y volcaba mis tristezas en estas líneas.

Como siempre, me hizo pensar… quizá demasiado y quizá sea ese el «problema», en caso de que haya algún problema. Y puede que sí, puede que sea algo depresivo lo que escribo en este diario. Sé que hay muchas cosas sobre mi salud, pero es que surgió en ese momento en el que lo único que quería era gritar dolor… y me dolía… y fue algo terapeútico, pero sobre todo por lo que tuvo de válvula de escape que favorecía que a mis amigos cercanos dejase de aburrirles con mis cuitas, que eran las que me ocupaban.

Quizá aún lacra ese origen un tanto lúgubre y que, sin embargo, celebro como alegre, porque comparado con lo que realmente sentía, era muy optimista y vital: me hizo sentir que, cuando no lo creía en absoluto, servía para algo. Era un ser con algo que aportar, aunque fuesen tristezas.

Con el tiempo sé que me he ido instalando en cierta crítica de mi entorno social, político, un tanto vacua y sin vocación de ser muy constructiva. Pero también era algo que quería hacer desde hacía años: tener un lugar en el que mis reflexiones no se borrasen o se las llevase la lluvia como lágrimas de replicante.

Pero también siento que ha ido convirtiéndose en mi lugar de confesión más puro, casi pudiendo suplir esas confesiones de confesionario… pero más sencillo y carnal. Y si de eso sale algo triste… quizá es que realmente esté triste.

Algo hay de cierto en lo que ha leído, entre líneas, mi buen amigo, y es que desde que tuve la maldita fisura anal siento que mi vida se ha partido en 2. El otro día Xabi, otro grandísimo amigo, de esos pocos que tengo de género masculino, me decía que los cuarenta eran como el canto de un disco… y que empezábamos a vivir en la cara B. Eso mismo es lo que siento en general, esa sensación de lado oscuro, de lugar de decrecimiento o, cuando menos, de no crecimiento, me enturbia el ánimo.

El caso es que, gracias a verles, a Xabi, a Jose, a Poto, a los hombres, sobretodo, me sentí algo aliviado porque ellos están como yo, algo afectados en sus saludes respectivas, algo tocados por la edad, algo ajados, pero con ganas de seguir dando guerra. Porque no se acaba nada, porque algo nuevo empieza… y estar con ellos me ha ayudado a saber que estoy empezando a vivir otra fase de mi vida con la que mejor no enfadarme. Aceptar o no aceptar. Esa es la cuestión.

¿Quiere eso decir que dejaré de escribir cosas que depriman en este diario mío?

Pues no. Escribiré, como hasta ahora, lo que me dé la real gana, pero siendo un poco más consciente de que tengo un poso de tristeza que se va menos que antes, pero es una tristeza superficial, casi basada en la dermis, en la epidermis irritada que mi ano me recuerda a cada rato.

Una tristeza que dista mucho de ser la existencial que antaño me habitaba, una tristeza que no llueve asfalto, que no parte de soledades densas, sino de poco más o menos la oxidación de algunas de mis células.

Tristeza de la de ojos grises y lluvia… pero que tiene un lado bien bello… si se mira con esos mismos ojos llenos de amigos.

Quiero vivir esta tristeza
sin olvidarme de vivir.

Hoy es de esos días

que toca escribir con un gato
recorriéndome la espalda
y gritándome al oído
que tiene las mismas letras que
odio
pero sin una molesta tilde

hoy es uno de esos días

de esos días
que no puedo pensar
que no puedo sentir
otra cosa que un miedo inenarrable
con el corazón agazapado
en el fondo de un cuerpo
que se contrae
acordeón amargo

hoy es de esos días
que tengo que ir al médico
y siento que no volveré
a ser el mismo que entra
en la consulta

hoy es un día
aciago
dramático
que me recuerda
que siempre
seré un cobarde
de los que no se defienden
de los abusos
de la violencia
de la injusticia
salvo huyendo
exiliándome
en el interior de mi cuerpo
cárcel
de mis músculos agarrotados
de mis huesos contraídos
cárcel de mis besos
y de mis abrazos
cárcel
hoy
que es uno de esos días
cárcel
de mi amor a vivir

hoy solo veo
un día gris
por dentro y por fuera
hasta dolerme por dentro
y por fuera
hasta dolerme
todo
hasta dolerme
y dolerme

hoy
quiero que acabe
hoy

Consigue trabajo haciendo lo que te gusta

Me llega un mensaje (por supuesto basura tipo spam) con este encabezado y me pongo a pensar si tiene algún sentido que alguien esté trabajando y le llegue este mensaje y no se lo haya planteado antes… ¿es que no está ya trabajando en algo que le gusta? ¿Cómo puede ser? y, sobre todo, ¿a qué espera?

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida
cómo se viene la muerte,
tan callando;
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

Importante: la vida pasa rápido, rápido rápido… y viene la muerte callando… y, aún sabiéndolo, ¿vamos a vivir trabajando en algo que no nos gusta?

Si es así, hay que pensar en que no toda la vida es trabajo, que lo que los empleos proporcionan es estabilidad económica (algunos), seguridad y solvencia, que muchos desean por encima del placer que da trabajar en algo que les gusta. Y si es así, ¿para qué conseguir «trabajo» haciendo lo que te gusta? Cada cual ha de saber cuál es su prioridad:

1.- Un trabajo que proporcione bienes materiales para, en otro entorno vital, lograr lo que se desea.
2.- Un trabajo deseado, sin importar en demasía los bienes materiales que proporcione.
3.- Un trabajo deseado y que proporcione también bienes materiales para los otros entornos vitales.

Claro, todo el mundo quiere el 3.
Pero ¿por qué?

La falacia de esta posible elección está en el hecho de poder separar el trabajo del entorno vital. No hay separación. Porque la vida es lo que te ocurre en ella, lo que decides hacer en ella. También el trabajo es vida, también forma parte de tu vida, de tus elecciones, y no se puede separar.

En realidad, la propuesta debería ser más compleja y completa, a saber, elegir entre:

1.- Una vida que te guste (incluyendo trabajo, ocio, amigos, familia, lugar…)
2.- Una vida que no te guste (incluyendo lo mismo)

Todo lo anterior está conectado y es difícil elegir un pack completo, pero es lo que hay. No hay posibilidad de separar las cosas como si pudiéramos vivir a trozos… ahora sí, ahora no…

Hay que enfocar, apuntar, disparar…. y vivir haciendo lo que te gusta el mayor porcentaje de tiempo posible. Y si no, ¿a qué esperar tanto? ¡mejor suicidarse!

Esto no es una broma