El perro del ébola

Hoy las redes sociales están que arden en torno al tema del posible sacrificio del perro susceptible de estar infectado por ébola a causa de una cuestionable repatriación de personas españolas que a su vez infectaron (como suele ocurrir con las enfermedades infecciosas) a una enfermera que, parece ser, infectó (otra vez la misma palabra) a su querido perro Excalibur.

Que hasta este momento no haya habido ningún nombre propio es problemático o sintomático de lo que los medios y las redes sociales, que vienen a ser lo mismo, logran mediante cierto amarillismo facilón y escandaloso, como suele serlo.

Por supuesto, ha habido otras voces alzándose contra la muerte programada (asesinato lo reservo para lo que se lleva a cabo con humanos, pero esto podría ser discutible) del susodicho can. Hay quienes dicen (científicos que se supone que saben de lo que hablan) que debe ser aislado y conservado para su posterior análisis.

La verdad es que, como tantas y tantas y tantas cosas, me reconozco ignorante ante el procedimiento óptimo ante un caso así, pero sí que siento que se están sacando algunas cuestiones de quicio, hasta enfrentar a los defensores «a ultranza» de la salvaguarda del perro frente a los defensores «a ultranza» del sacrificio del mismo.

Un amigo ha escrito unas palabras que no considero excesivas en la red social de turno y se ha encontrado en medio de un debate amargo fruto del cual, posiblemente, pierda algunos amigos (y no solo virtuales).

Ya me está cansando la tontería del perrito. Venga, el que esté dispuesto a llevárselo a su casa que levante la mano.

Alguien le ha contestado lo siguiente:

No sé quién establece que la vida de un perro es menos que la vida de un hombre… Todo depende de lo que significa cada uno para nosotros. Mi perro es un miembro más de la familia. ¿Quién establece que el toro muera y el torero viva? Solamente nosotros que nos creemos superiores y no les llegamos a la suela de los zapatos a nuestros mejores amigos. ¡Desgracia de humanidad!

Muy inteligente, mi amigo le ha respondido algo que yo mismo suscribo palabra por palabra:

¿Quién establece que la vida de un perro es mas importante que la de los animales que lo parasitan? Y los dueños corremos a quitarle garrapatas y lombrices intestinales. Yo tengo claro que la vida de una persona es más importante que la de un animal sencillamente porque en caso de disyuntiva alguien dijera: prefiero que viva Abel que mi perro. El defensor de los animales que no haya matado moscas, hormigas, cucarachas, arañas o cualquier animal «de segunda» que lo diga. Por cierto: bacterias y virus también son seres vivos.

No ha entrado al trapo de toros/toreros, porque ha sabido evitar una verónica muy mal preparada. No se trata de matarlo, como en el caso del toreo, para provocar placeres sino para evitar ulteriores infecciones de, en algún caso, humanos.

El caso es que este tema es innombrable en un lugar público como FaceBook y puede llevar a muchos más acaloramientos que las diferencias políticas más profundas.

Es más, me resulta muy interesante ver cómo puede ocurrir que el PP acabe cayendo por no saber gestionar correctamente un protocolo ante una infección tan preocupante y difícil como el ébola y no por las barbaridades políticas que proponen ni, mucho menos, por su programa político (inclumplido, por cierto). Digamos que me beneficia que entre sus votantes haya muchos que odien que estén tomando estas decisiones «impolíticas», hasta el punto de denegarles el voto en las próximas elecciones por la muerte de un perro con la presunta intención de salvar vidas de humanos. (Por supuesto que esto sigue siendo cuestionable según algunos científicos, así que no me atrevo a decir que esa fuese la mejor opción)

Teresa Romero Ramos, de 44 años, casada y sin hijos, es el primer caso de infección de ébola en Europa y está siendo tratada en el Hospital Carlos III de Madrid, donde presumiblemente se contagió cuando atendía al religioso Manuel García Viejo, que murió a consecuencia del virus tras ser repatriado desde Sierra Leona.

Y todo esto me lleva a unas reflexiones que me hago con frecuencia: ¿qué es un ser vivo? ¿son todos iguales en cuanto a derechos? ¿deben o pueden serlo?

La relación que muchas personas tienen con sus mascotas es algo que me resulta complicado entender y siento que es una cuestión de empatía: ¿con qué se empatiza y por qué? ¿por qué se empatiza con un sistema biológico mamífero en mayor medida que con uno ovíparo, por ejemplo? ¿por qué se respeta la vida de un animal y no la de los vegetales? ¿tiene que ver con la forma en la que es el sistema nervioso central? Alguna vez he leído este argumento (no recuerdo donde) porque eso justificaría o explicaría la presencia o no de «dolor». No obstante, el término «dolor» como otros muchos que se manejan en cuanto nos referimos a animales no sé si tienen la misma «validez» semántica que cuando nos referimos a humanos «semejantes».

Pero, hablando de empatía, porque creo que de eso va todo este tema, me resulta sorprendente la inconmensurable movilidad que ha acarreado un acto contra un perro frente a la poca que motiva la expansión de la epidemia entre humanos que no habitan en este país. Empatizamos por regiones, por «proximidad»: No es lo mismo una muerta española que una muerta en Sierra Leona. Es un hecho (generalizado).

Y supongo que no, no comprendo la forma de funcionar de la empatía… y me siento un poco preocupado, como si me faltase algo.

Me da algo de miedo pensar que puede que yo sea un psicópata en potencia, de quienes se dicen que carecen de la capacidad de empatizar con su entorno.

Una batalla tuvo lugar

Varios días después de un combate de mordiscos entre un salvamanteles expandible metálico de la era en que mis padres se casaron y mi dedo anular de la mano izquierda, huérfano de tal apelativo, la batalla aún continuaba con los restos de los microbios energúmenos siendo completamente derrotados por unos anticuerpos exageradamente protectores, hasta el punto de protegerme de lo que no me hace mal, como las pequeñas partículas de polen que pululan por mi hogar bienavenidas.

anular

La alergia se está retrasando o las falsas esperanzas

Cada día me despierto pensando que hoy comienza el malestar permanente de la alergia. Y desde hace semanas agradezco (no sé a qué ni a quién) el hecho de no haber empezado. Podría agradecer simplemente el hecho de no tener alergia o cabrearme por tenerla y tener que despertarme pensando en ello cada mañana, pero he decidido agradecer la falsa esperanza de que esta vez se retrase el temita.

Hoy no tengo mocos, no me ha sangrado la nariz, como esperaba. Hoy, casi después de una semana de mayo, aún no presento los típicos síntomas, aunque he tenido que estar un rato sentado esperando a sentirme algo más fuerte, pero pude hacer el taller de Poesía Objetual y Performance en Castrejón este año, en mitad de un campo de olivos, sin ser atacado por esa naturaleza que me es hostil.

No sé qué pasará mañana, quizá tampoco pase nada más. Sigo sin tomar antihistamínicos que es algo así como la prueba palpable de que ya ha comenzado. Sigo sin sentir que los necesito, pero hoy ha sido difícil creerlo.

Tan solo sudo más de lo habitual, tengo un poco de calor inexplicable por el mero hecho del aumento de la temperatura, causado por una especie de combustión interna, por un frente de batalla abierta en el fondo de mi pecho, en mi intestino, en el pericardio, en el perineo, en algún lugar remoto de mi intrínseco misterio, a varios metros de mi piel hacia el interior, como si fuese posible, como si hubiese espacio suficiente para una guerra que no entiende de tratados de paz.

Las manos desean mantener los dedos alejados unos de otros, en un denodado intento de desecar la dermis por contacto con el aire que, ahora, entra por las ventanas. (Antes de eso no había aire, estaba respirando, supuestamente, una burbuja de fluido gaseoso (valga la redundancia) ignoto e inicuo).

Las yemas digitales están a punto de llorar lágrimas de soldados muertos en combate.

Y yo estoy verdaderamente a punto de dejar de tener falsas esperanzas.

Debo mantener recuerdos vivos del tiempo que no he sufrido. Falsas recompensas que sustituyan las ilusiones vanas.

Y a esperar que desaparezca y vuelva otra maldita primavera floreciente.

Cuchillas invisibles

Cuchillas invisibles
levantan el vuelo a las 5 de la madrugada
y quedan en suspensión
hasta el mediodía
colándose en mi alcoba (o sea en mi habitación)
polvo de plata
disuelto en (aprox)
N2 (78%)
O2 (21,%)
Ar (casi 1%)
y un significativo 0.04%
donde se cuelan
He, Ne, Kr, CO2, CH4
y algunas
cuchillas
invisibles.

Cuchillas invisibles
en mis ojos
en mi nariz
en mi garganta
en mi memoria (hoy)
en mi esperanza.

Malditas
cuchillas
invisibles
que me hacen desear
un país tapizado de alquitrán
o de hielo.

Y silencio.

Dolor encefálico. Causa desconocida.

Candidatos a causa primera (supuesta una única causa, lo cual es mucho suponer):

Dental: Tengo dolor de muelas muy suave desde hace tiempo (desde este verano, principalmente) y el arreglo endodóncico de septiembre no parece que acabase con el malestar. Es más, tengo pendiente otras revisiones de caries y no sé si seguir con esa línea o volver a enfrentar la muela que me generó el problema principal.

Óptico/Oftalmológico: Parece ser que no ver bien es causa de dolores de cabeza frecuentes. He cambiado mi graduación y actualizado mis gafas. Han tenido que quitarme, de las últimas gafas hechas, la corrección aplicada para el astigmatismo. En ocasiones veo… mal. Y en ocasiones no me importa. La mayoría del tiempo veo bien. Y con mi recién adquirida pantalla enorme veo mucho más (no mejor, sino más (píxeles, por ejemplo)).

Nasal: Desde que era pequeño tengo una heridita en la parte interna del canal derecho de la nariz que, cada ciertos años, se abre y tarda en cerrarse, produciéndome pequeños sangrados, principalmente en ambientes resecos y por las mañanas, al despertarme. Se agudiza en época de alergias (al olivo) y no quiero ni pensarlo, pero está por llegar. Esto hace que respire mal (lo noto), como conteniendo el aire o intentando llevarlo más al fondo de lo que la nariz me recomienda.

Muscular/Podal: Podal de pie. Creo. Sí, tener los pies planos y que hayan ido generando una fibromatosis plantar (nada grave, por otro lado) puede hacer que el calzado no sea cómodo, por más que haya intentado adquirir buenas suelas últimamente. Y esto repercute a toda la columna vertebral y, en su apogeo, al cráneo/cerebro… o sea, que puede ser otro buen candidato a esta búsqueda causal.

Preocupaciones: Tengo. Sí, tengo preocupaciones. No muchas y, desde luego, leves comparando con lo que encuentro en mi entorno, algunas son más o menos sociales y otras muchas más personales, relacionadas con mi subsistencia, con mis ingresos, siempre algo imprevisibles, aunque este año está siendo bueno al respecto, o con mis horarios y la dispersión de actividades a las que me dedico. Intento mantener cierta rutina, pero siempre hay motivos para que se vaya al traste y tenga que volver a cuestionarme cada mañana ¿hoy qué me toca hacer? Lo que no ayuda, precisamente, a la relajación a la que puede ayudar cierta rutina, envidiada parcialmente.

Climatología: Obvia decir que los cambios estacionales también son fuente posible de desajustes que conducen a dolores de cabeza… así que este factor también ha de ser tenido en cuenta.

Está claro que candidatos no me faltan. Seguro que me he dejado alguno (¿gastronómico?) o que bien podría tratarse de un megamix de todos o varios de ellos, amén del hecho de que la edad no perdona…

La parte buena: el dolor parece ser menor de lo que podría ser. Hoy, intentaré ser optimista.

Paseando, un bonito medio de transporte

bonito paseo a casaHemos venido caminando desde la consulta del dentista hasta nuestra casa. Han sido unos 6 kilómetros.
Hemos tardado aproximadamente una hora y cuarto.
Hemos movido el corazón, las piernas y el resto del cuerpo, bajo la energía solar de este fabuloso octubre madrileño.

Podíamos haber venido en autobús, en metro o, incluso, en Taxi. Pero venir andando tiene un sinfín de ventajas frente a esas opciones para distancias aceptables (6 kilómetros) por la ciudad. Además de permitirte un rato de charla con alguien a quien amas (en nuestro caso, íbamos Carmen y yo), es saludable, tonificante, por si no fuese suficiente que además es gratis.

Te permite admirar la ciudad con cierta calma, porque la calma se lleva dentro, o no se lleva.

Hemos vuelto más contentos y, sobre todo, sabiendo que la prisa es una mentira… que no nos acabamos de creer.

Bajo la lluvia habría sido diferente. Seguro.
Otro día habría sido diferente. Seguro.
Con otra persona habría sido diferente. Seguro.
Otro día, con otras actividades pendientes, habría sido, seguro, diferente.

Hoy ha sido un formidable paseo matutino que me recuerda por qué no le veía ningún sentido a seguir yendo al gimnasio.

Endodoncia

jack-huston-candidato-frankensteinAcabo de llegar de que me hagan una endodoncia tal y como se supone que tienen que hacerme para tratar mi dentadura. Siento un no sentir muy extraño: cuando bebo agua, es parecido, supongo, a la experiencia que debe tener el personaje de BoardWalk Empire, Richard Harrow, que aparece a la derecha. La parte izquierda de mi boca no existe. No se mueve acorde al resto. Aunque, bien mirado, sí, si se mueve, pero el movimiento no me reporta información a un cerebro que parece inconsciente del mismo.

Advertí al dentista de mi fragilidad, de mi poca valentía, de mi extremada sensibilidad del dolor, hasta resultar casi ridículo. Me caían pequeñas lágrimas que, en parte, me avergonzaban y me han llevado a pensar en cosas curiosas. Hoy acompañaba al doctor, un joven atractivo de unos 35 años de edad, alto, de complexión delgada, pero firme, una ayudante, doctora que no trabajaba allí, por lo que supe durante sus conversaciones mientras me ignoraban bajo sus brazos, de piel clara, nariz pequeña y puntiaguda, unos dientes perfectos asomando entre unos labios de una carnosidad insinuante (¿acaso podía ser diferente la carnosidad?).

Me resultaba curioso, repito, creer que no me estaba comportando como un héroe, cosa que sé que no persigo, y que, de algún modo, esto me hacía sentir cierto embarazo. Y con esto de los héroes, he recordado una conversación epistolar que estoy leyendo entre Paul Auster y John M. Coetzee.

Ellos hablan (y están de acuerdo) sobre el deporte y la visión heroica de los deportistas, como héroes que transitan entre los estados (digamos kierkegaardianos) éticos y estéticos. Distinguen, al menos lo pretendía hacer Auster, algo más organizado mentalmente, entre los que tienen relación pasiva (espectadores) y los que tienen relación activa (deportistas) con el deporte en cuestión. También quería hacer una clasificación entre los deportes de equipo y los individuales. Coetzee, por su parte, habla del Ajedrez, trayéndolo a colación de competición y obsesión.

Sin desmerecer este despropósito de incluir el ajedrez entre los llamados deportes, en todos ellos hay una búsqueda, más o menos sublimada, de ganar a otro. Para mí, los deportes no son ni más ni menos que sublimaciones de la competencia intraespecífica de la que hablaba Konrad Lorenz.

He buscado textos sobre el tema y me encuentro este interesante titulado Los Ocho Pecados Mortales escrito en 1972.

Konrad Lorenz nació en 1903 y murió en 1989. Naturalista y zoólogo, es el fundador de la etología, la ciencia del comportamiento, tanto el animal como el humano.

El lugar de su nacimiento es Viena. Se doctoró en medicina y zoología en 1933 en esta Universidad. Llegó a ser muy conocido por sus esfuerzos para identificar lo que él llamaba patrones establecidos de conducta, de los cuales demostró que estaban genéticamente determinados. Estableció, además, que dichos patrones eran tan importantes para la supervivencia del animal como sus características fisiológicas, y que ambos factores tenían un desarrollo evolutivo similar.

Uno de sus más conocidos y difundidos logros es el haber descubierto que los estímulos auditivos y visuales de los progenitores de un animal son necesarios para inducir a la cría a seguirlos, pero que cualquier objeto, incluido un ser humano, podía inducir la misma respuesta si se empleaban los mismos estímulos.

En su obra Sobre la agresión (1963), Lorentz demostró que el origen genético de la agresividad humana provenía del comportamiento observado en muchos animales cuando éstos defienden su territorio. Aunque la tesis era científicamente inatacable y hasta llegó a difundirse bastante masivamente, generó duras reacciones por parte de quienes siguieron – y siguen – aferrados a las doctrinas «políticamente correctas» que imponen los grandes centros académicos. .

Así, Lorenz terminó clasificado como incómodo «revolucionario» y la tendencia actual es a tratar de ignorar su obra. Sin embargo, difícilmente eso sea del todo posible. En primer lugar porque es demasiado extensa y, en segundo término, porque el rigor científico que lo caracterizó durante toda la vida lo ubica mucho más allá de las controversias intreresadas y mezquinas.

Sus obras principales son «Hablaba con las bestias, los peces y los pájaros» (1949), «Cuando el hombre encontró al perro» (1950), «Evolución y modificación de la conducta (1965)», «La otra cara del espejo (1973)» y «Los ocho pecados mortales de la humanidad civilizada» (1973) que aquí ofrecemos.

En 1973 Lorenz recibió el Premio Nobel de Fisiología y Medicina conjuntamente con Nikolaas Tinbergen y Karl von Frisch por sus trabajos en el campo de la etología.

Pero más divertido ha sido encontrar sus textos comentados en la web del Opus Dei, con unas críticas finales que dan ciertos escalofríos porque uno se imagina, fácilmente, a unos señores quemando los libros de este autor, entre otros tantos dogmática o doctrinalmente indeseables:

VALORACIÓN DOCTRINAL (Según el Opus Dei)

La obra de LORENZ parte de bases falsas, pues su método de investigación se basa en el estudio del comportamiento animal —en el que el autor es ciertamente un experto— y en la extrapolación sistemática al hombre de los resultados de dicho estudio. Por lo tanto, se afirma el carácter determinante de los instintos sobre la conducta humana —al igual que sobre la animal—, y se desconoce por completo el papel que en el hombre tienen el entendimiento y la voluntad: aunque LORENZ afirme que reconoce el valor de la libertad, y que éste no resulta negado por su teoría (pp. 255-256), en la práctica se desnaturaliza por completo su significado. Nos encontramos, en conclusión, ante una obra claramente desaconsejable.

Mi dentadura

Ayer fui al dentista.
El 17 de julio a las 18:00
me había empezado a doler
insistentemente
el cuadrante inferior izquierdo
de mi dentadura.

Estaba en Daimiel
y llegué a sospechar
que se trataba de algo parcialmente
psicosomático.

No quería tomarme un calmante
químico
ni mucho menos un antibiótico
(anti-bió-tico: ¿Contra qué vida va?)
así que traté de calmarme
tumbándome en la cama
boca arriba
y el dolor no se iba
no se iba de ninguna manera.

Esperé a la noche
y a la mañana siguiente
(al despertar) el dolor de muelas
todavía estaba allí.

Un día después nos íbamos de vacaciones
a Vera, Almería
en autobús
y supuse que unos días después
se me habría pasado.

Pero llegaron esos días
y el dolor permanecía.

Tomé calmantes químicos
tales como el ibuprofeno
que probó su inoperancia en esta lid
y el paracetamol
en comprimidos de 1 gramo
que parecieron calmarme algo
pero cuyo efecto podía quedar eclipsado
por la relajación que producía estar de vacaciones en el mar.

El dolor permanecía.
Era un dolor agudo y persistente
bastante localizado aunque yo no supiera ubicarlo con total certeza
y mucho menos con precisión.
Masajeaba a menudo el exterior de mi mandíbula
sintiendo leve alivio aliterativo.

Pero el dolor resistía
y acabó por quebrar mi paciencia
y capitulé a la idea de ir al médico
en Garrucha
(localidad cercana a Vera Playa)
en cuyo consultorio
me asistió un médico acalorado
delgado y desgarbado; un poco parecido a Roberto Benigni.
Me recetó,
sin saber decirme (ni pretenderlo)
qué podía tener realmente,
una semana de un antibiótico de amplio espectro
llamado Amoxicilina
y un calmante potente
denominado Nolotil
compuesto, básicamente, de metamizol.

El dolor fue cediendo
si bien casi todo fue cediendo
y yo me sentía en una extraña almohada
química
sobre la que todos mis nervios se hubieran echado una larga siesta.

Pasada la semana de tratamiento
decidí pagar la cantidad que solicitaba un dentista
de la mencionada localidad cercana al lugar en el que pasábamos nuestras merecidas vacaciones
por su consulta.

En su clínica
de reducidas proporciones
nos hizo esperar una recepcionista
ayudante
de cierto atractivo
en una sala cuya lámpara de pared
nos entretuvo
a Carmen y a mí
con su pretensión artística y funcional
si es que esta no es una pretensión absurda y contradictoria.

El dentista fue tan amable que me explicó
mostrándome con un espejo para que yo mismo pudiera verlo
que la causa del dolor podía tratarse de infinidad de cosas
como una muela picada
como una pequeña infección de encías
como una suciedad acumulada bajo los dientes
como otro problema que no se viese a simple vista.

Así que, por si acaso,
me recomendaba que me aplicase una limpieza
con un producto que no tenía pinta de ser suave
por más que su mentolado aroma pretendiese aparentar lo contrario
durante 2 días
durante los cuales posiblemente observaría cómo
caían de entre mis dientes pedacitos de algo que me parecería
arena.

Yo, que soy muy obediente con los dictámenes médicos,
seguí casi a pie de la letra sus indicaciones
y sentí que se me caían entre mis dientes pedacitos de algo que me parecía
arena.

El dentista me había propuesto
adicionalmente
hacerme una limpieza bucal (60€)
y, por supuesto, una radiografía (40€)
para dilucidad de cuál de las múltiples causas posibles
se trataba.

Casi me animo a hacerme alguna de ellas
sobre todo, he de confeseralo (mi pasado católico me traiciona)
por la sugerente aclaración de que quien llevaba a cabo la limpieza
dental
era la parcialmente atractiva recepcionista/ayudante.

Yo había preguntado
insistentemente y sin apuros
si eso dolía
intentando hacer entender que no tengo la más mínima tolerancia al dolor
y que no me avergüenza reconocerlo.

Pasaron los días y el dolor había remitido.

Durante un mes, el de agosto,
fui olvidándome de la molesta sensación de ese agudo
dolor
persistente
intenso
inapelable.

Pero no olvidé
que no podía olvidarlo.

Ayer
por fin
ya en mi ciudad
fuimos (Carmen me volvió a acompañar como a niño pequeño asustado)
a una dentista de una clínica
llamada Élite Dental
(no sé a qué se refiere con élite, pero prefiero no pensarlo).

La dentista no era atractiva
pero parecía saber lo que hacía
aunque siempre desconfío de un médico que ingresa más dinero
si yo tengo algo mal
que le necesite
que de uno (o una, faltaría más) que cobre la misma cantidad
y cuya situación profesional no peligra
si carece de pacientes (que no clientes).

Me pidió, para poder continuar su diagnosis,
una inmediata radiografía (10€ (por ser una clínica concertada con la Sociedad Médico-Farmacéutica Ferroviaria, lo cual es otra historia))
que acabaron siendo 2:
una mayor
una menor.

Rayos X atravesando mi cara
con una longitud de onda muy
muy baja
realizaron una fotografía
en la que se veían mis dientes
y
con algo de pericia
incluso el hueco que unas caries profundas
dejaban a mis nervios
a la intemperie
atacados por la inclemencia
de un orificio tan mal diseñado
como la boca.

El diagnóstico fue duro
pero
como la no atractiva dentista me dijo
lo doloroso sería lo que me informarían en recepción
que fue el presupuesto del tratamiento prescrito:
4 muelas cariadas que debían ser empastadas
1 muela muy picada
la 36
la que, muy posiblemente, había causado el intenso y maldito dolor
que debía ser extraída o reconstruida con una endodoncia
1 muela del juicio que estaba acostada bajo la encía de mi mandíbula
inferior derecha
cuya recomendable extracción
acarreaba la aquiescencia de un experto cirujano
pues podía causar otros males mayores.

Sin contar la intervención sobre esa muela
de
juicio perezoso
el contante ascendía a 470€
y debía estar satisfecho
de que la limpieza bucal
estuviese incluida sin coste adicional alguno.

Tentado he estado
de acompañar este poema
con la radiografía realizada
en la que se aprecia
una dentadura caótica
desordenada hasta límites insanos
carente
ya
de algún molar
y que muestra llamativamente
una muela creciendo en dirección
contraria a la que debería de tener,
pero algo me dice que es demasiado obscena.

Al fin y al cabo
debo de tener un límite para eso que se conoce como
intimidad.

noche horrible

entre vómitos convertidos en llanto
y llanto convertido en mucosidad
y mucosidad en sangre
y sangre en impotencia
e impotencia en furia
y furia en lágrimas
vomitadas

al menos su mano
buscaba mi pecho
para calmar mi angustia

al menos su voz
buscaba mi mente
para calmar mi ira

al menos su presencia
cálida
convertía la noche en un incendio
y el incendio en llamas
y las llamas en humo
y el humo en nube
y las nubes en agua
para lavar mis heridas

Esto no es una broma