donde tirar una impresora en el centro de madrid

Buscas esta frase (sin tildes, que para qué) en google y te dirige a la web del Ayuntamiento de Madrid que tiene un mapa con los puntos limpios para poder deshacerse de este tipo de materiales, de los que, por cierto, me cuesta deshacerme, pero ya llevaba años sin usar esta impresora Canon que tiene casi una década a sus espaldas (muy lejos de la pretendida obsolescencia programada).

Resulta desalentador que lo único que tenga en los alrededores de mi casa o de mi estudio sean un par de puntos limpios «móviles» que tan sólo están disponibles una hora a la semana. No se tiene en cuenta la necesidad de hacer limpiezas, de deshacerse de trastos, sin tener un coche que me lleve al extrarradio a depositar un residuo generando residuos…

La verdad es que no sé si puedo esperar, porque el martes es el día que tengo para ir a la piscina y mi salud es tan importante como la de la ciudad… o más.

¿Alternativa? Contenedor de algunas obras, de las que abundan en demasía por estos lares. Y una pequeña mancha más en mi conciencia, nunca inmaculada.

De excursión en el PRIMOR

Me gustó la decoración, no puedo negarlo, de este establecimiento (de una cadena de ellos) que dice ser una tienda de perfumerías nacida en Málaga en 1953.

Pero seguro que, desde aquellos tiempos hasta hoy, ha llevado a cabo una transformación que lo sitúa en otro de esos templos del neo-consumismo masivo absurdo que, combinado con las redes sociales basadas en la imagen, en la superficie, en lo banal, juega a regalarle a la juventud un sueño de autorrealización.

El colmo del absurdo es llegar a la zona «vegana» u orgánica y natural. Es de un «greenwashing» tan de manual que si no existiese el término, habría que haberlo inventado en este punto.

Eso sí, todo es bello, bonito, apetitoso. Apenas sí hay hombres ateniendo, pero la media de edad de las dependientas debe de rondar los 20 años. Bellas, bonitas, pretendidamente simpáticas.

Todo pensado para querer pasar la jornada allí, incluso sus laberínticos pasillos que dejan aquella recurrente queja sobre IKEA a la altura del betún.

El aire acondicionado, por supuesto, hacía agradable la estancia en este espacio tan artificial que daba la sensación de estar en el decorado de una película futurista.

Fue graciosa la visita, si no fuese peligroso lo que encierra.

Como comentario a Carmen, le dije que allí mismo estaba toda esa «gente joven» que supuestamente añoran en las milongas de Tango y que yo no encuentro en los Talleres de Poesía y que a duras penas ves en una sala de cine. Cada día veo más obvia mi obsolescencia.

Pajita absurda

El otro día leí un debate (sí, sobre esto también hay debates y casi confrontaciones armadas) sobre si tenía sentido que cada pajita de un paquete de leche de 200ml venga acompañada de una bolsita de plástico individual, obviamente, de un único uso, así como la pajita.

Había quien defendía que la pajita fuese de papel.
Había quien protestaba por el envoltorio plástico.

No había nadie protestando porque hubiese este dispendio absurdo de una pajita individual de un solo uso (papel o plástico) envuelta en un contenedor de un solo uso (papel o plástico), ni por el hecho de que estuviese acompañando un paquete de leche de 200ml, no de 1L, aumentando así la superficie por unidad de volumen de tetrabrik tirado a la basura… eso sí, al contenedor apropiado.

Yo ya no entiendo nada de nada sobre la nueva generación y su posicionamiento «ecologista».

No había nadie que tuviese ganas de apostar por una forma de consumo alternativa, como podría ser el uso de envases reutilizables, como el vidrio, exigiendo a las corporaciones de alimentación que fuesen capaces de proveer este servicio.

Yo ya no discuto.
Yo ya no entro en este tipo de debates.
Yo ya no.

Cada día más silencio.

Contradicciones

Ofrecer al mismo tiempo (simultáneamente) una consola retro y hablar del poder de la IA y un sistema operativo que tarde o temprano será retro, será pasado, será obsoleto.

Esto resulta una de las contradicciones más absurdas de nuestro tiempo, queriendo aferrarse al pasado, lanzándose al futuro con la furia de Marinetti.

Podríamos ponerle galones de paradoja, pero no resulta más que una herramienta adicional del neoliberalismo (neocapitalismo) donde se vende hasta la experiencia del viaje al pasado como una boina del Ché.

El domingo tardé algo más de lo necesario en la actualización (a Linux Mint 22.1 Xia) de mi flamante ordenador personal adquirido hace la friolera de más de 11 años, debido a que no encontraba mi simulador de Spectrum (Emulator of the 1980s ZX Spectrum home computer and its various clones) en los repositorios desde la línea de comandos.

Reciclaje absurdo

Viene un icono que te recomienda que arrojes esta bolsa cuasi metálica en un contenedor adecuado para que se pueda reciclar, pero poco se menciona que tan sólo contenía unos 8 pedacitos de pan reseco con tantos ingredientes articiales que podrían durar más de un año.

Poco se menciona que lo sirven individualmente por cada pequeña consumición de bebida en un lugar en el que, en el fondo, no deberían existir viviendas, teniendo en cuenta que es un desierto.

Poco se menciona que para llegar a este lugar es preciso (porque casi nadie vive permanentemente aquí, en las urbanizaciones de las playas de Vera, Almería) tener un coche que, poco se menciona, consume más combustible fósil del que yo gasto en calentarme casi todo el invierno.

Poco se menciona que para hacerlas medianamente habitables estas regiones se usa desalinizadora, de cuyo exceso de cloruro sódico no se habla.

Poco se menciona que allí se encuentra uno de los mayores campos de golf de este país cada día más desértico.

Poco se menciona que para soportar las temperaturas hay que recurrir al aire acondicionado casi también en lo que conocemos como invierno.

Con el café, viene otro mini paquetito metalizado que garantice que la mini-cookie es muy cuqui, pero poco eco-friendly, eso sí, deliciosa cantidad de azúcar en una galleta que es la pasión profesional de cualquier dentista.

Tendré que reciclarla también, claro que sí, mientras pienso que el mundo es un lugar absurdo en el que creemos que un icono gana una guerra que, en el fondo, ya hemos perdido.

Nota: Esto es algo sobre lo que me dedico a pensar en navidades cuando, gracias a la generosidad de mis padres, escapo de esta urbe atravesada por hordas de consumismo, a las regiones de la Almería oriental, donde los habitantes estacionales no están, ni su estridencia que delata la tristeza de su cotidiano.

El cementerio de los bolis gastados

Tengo una cajita
que fue el paquete original
de un viejo reproductor de mp3
que tiene un cierre
cautivador
imantado.

Tengo bolígrafos
que gastan una ingente cantidad de tinta
porque son de punta
más gruesa de lo habitual.

Cada semana tengo que desechar
un bolígrafo gastado
que quiero conservar
para posibles acciones
o instalaciones.

Hace años planté varios
en una residencia artística
y no creo que hayan dado frutos
azules.

Tengo en mente rellenar
con tinta de calamar
unos cuantos
y escribir
poemas marinos.

Mientras tanto
los bolígrafos
van siendo enterrados
en lo que yo denomino
mi cementerio de los bolis gastados

esperando
algún tipo de resurrección.

Contra la obsolescencia

Compré un Disco SSD hace unos días y una memoria RAM de 1Gb DDR2, que ya es difícil de encontrar para hacerle una pequeña actualización a un viejo Compaq nx6310 que tiene ya casi la friolera de 20 años (la BIOS, posiblemente, es de antes del cambio de milenio) y con el disco y la RAM, que costaron tan solo 20 euros en total, remocé este portátil desde el que escribo y en el que he instalado un Debian 12.5 (lo más actual de linux) con todos los paquetes necesarios.

El disco duro interno, sustituido por este SSD de 128Gb (particionado como se puede ver en la imagen, en un /, 25Gb, 90Gb para /home y el resto -4G- para swap o intercambio, complementando esa memoria que, obviamente en los tiempos que corren de redes sociales y vídeos a cascaporro se queda muy corta), tenía tan solo 80Gb de capacidad y ahora estoy planteándome usarlo como pendrive con un pequeño adaptador o una carcasa para convertirlo en un baratito disco duro externo.

El problema es que todo lo que hay en el mercado es tan barato que resulta casi absurdo gastarse unos 25€ en recuperar este equipo, no siendo un resultado usable para la mayoría de las necesidades actuales, aunque suficiente para escribir una novela o para navegar por Internet sin exigencias de velocidad.

La pantalla, ya con unos limitados 1024×768, resulta pequeñita comparada con lo que suelo usar habitualmente, a pesar de sus 15 pulgadas de diagonal.

Apenas hace ruido, lo que resulta sorprendente, y arranca en menos tiempo que la mayoría de los PC que conozco, pero eso se le debe al estupendo trabajo que hace el equipo de Debian por optimizar su sistema operativo.

No obstante, hube de realizar varias veces la instalación para librarme de los escritorios que instala casi por defecto, como son el GNOME maldito que tanto me recuerda al despropósito de Ubuntu tras apostar por Unity, o el KDE plasma que carga el sistema con un innecesario abanico de cosas bonitas que, naturalmente, han de dejarse de lado en ordenadores reacondicionados de estas características.

Mi próximo problema es qué hacer con él. Este portátil desde el que estoy escribiendo esta entrada en el blog funciona estupendamente pero no lo suficientemente bien como para mi exigencia habitual.

Es una pena tener ordenadores de más, como tantas otras cosas que no necesitamos…

Por supuesto, lo que no haré es tirarlo. Así que los puntos limpios de la ciudad tienen poco que hacer conmigo.

1Gb RAM recién adquirido

Cada vez soy más moderno.
Podría decir lleno de ironía.

Algún día de estos me hago analógico.

Como si no lo fuese.
Como si fuese digital
o alguna vez lo hubiese sido.

Como si necesitase más memoria que 1Gb de RAM
en un ordenador de hace más de 20 años.

Demostrar que la obsolescencia
no está tan programada
más allá que en nuestros hábitos de consumo
que quieren (impersonal al canto) implantarnos.

Ellos / Nosotros.

El viejo paradigma del enfrentamiento.

Quiero reflotar
un portátil que mi madre
daba por muerto.

Compré 2 piezas por un total de 20€
para reacondicionarlo
y ahora es capaz de ejecutar
(sin matar a nadie)
el mismo software
y casi
a la misma velocidad
que otro equipo
de hace tan sólo 10 años.

Este lifting
le ha dado un par de lustros
de juventud
fingida
por supuesto.

Pero quizá sea suficiente
con fingir
para alcanzar
algún falso nirvana.

Taylor Swift o Taylor y Swift

Viendo este «meme» que ya me ha aparecido varias veces en la red social FaceBook, me da por pensar que la relación que yo haría sería de apellidos a apellidos:

Al contrario que Ms Swift, Brook Taylor no es tratado como «Brook», quizá porque es un hombre, quizá porque es más prestigioso, quizá por… Vaya usted a saber. ¿O no?

Así que yo, en realidad, el «meme» lo habría hecho entre esta mujer y otro Swift, que, en mi caso, siempre será Jonathan Swift.

He de decir que creo que no he oído (conscientemente) ninguna canción de esta cantante como para juzgar su valía más allá de sus dotes mercantiles, que reconozco sobradamente probadas, pues incluso sin haberla escuchado (o saber cómo suena), sé mucho más de ella que de la biografía de Brook o de Jonathan.

Mi única decoración de jalogüín

Esta pequeña cajita que me regaló Anita Ges a su regreso de México, después de que tanto la añorase en mis talleres. Hoy la he recogido y guardado en el lugar que le corresponde, junto a los libros.

Y un té negro de Halloween, que no sé muy bien en qué consiste, salvo en sumarse al carro del merchandising o mercadotecnia que no deja títere con cabeza, vendiendo ora una festividad cualquiera, aunque no sea autóctona, ora una causa más o menos perdida… al modo de gorra del Ché.

Esto no es una broma