Alfabeto Griego

Tener a mano un alfabeto griego siempre es de utilidad cuando se dan clases particulares de matemáticas, física o química, porque acaban teniendo que explicar que eso que están usando para la longitud de onda, o como parámetro en la definición de una recta en geometría afín, o esa densidad o coeficiente de rozamiento o… ese número que relaciona una longitud con una distancia dentro de una circunferencia es una letra griega, cuando hablas de sigma y asumes que entenderán que se refiere a sumatorio (por lo de la S de Sumar/Sigma) o tantas y tantas otras cosas… pero no, no se conecta. No se relaciona. Casi nadie se da cuenta de que los signos son útiles porque contienen, parcialmente, significado, no son meras expresiones significantes vacuas. O sí. Quizá todo es vacuo e insignificante (siendo solo mero significante sin significado).

¡Que semiótico me estoy poniendo! Que no semítico, pero sí semiológico y poco semántico.

Sobre los champiñones y su evocación

Si los champiñones se desordenan me pongo nervioso. Sí, ya sé que es algo banal, pero es cierto. Procuro, dado el espacio disponible, minimizar el número de cortes sin que ello tenga el más mínimo sentido. Seguramente, sólo por alinearlos, estoy perdiendo tiempo y energía, pero me gusta que estén, al menos durante unos instantes, con un mínimo entrópico que me hace sentir que el universo no conspira contra la vida como parece indicar el segundo principio de la termodinámica. Es una batalla perdida. Sé que todo acabará en un máximo desorden. La muerte no es ordenada, por mucho que nos empeñemos en archivar cadáveres en tumbas alineadas como mis portobello, tumbas que en ocasiones han sido usadas como abrevadero de caballos, como bancos para sentarse, como suelos de iglesia donde bailar. Si los champiñones se desordenan, mi lugar en el mundo se tambalea y tiemblo, sí, tiemblo… además de temer cortarme accidentalmente con un cuchillo largo sin noche, un cuchillo poco afilado, de sierra, que me recuerda y evoca mis montañas de Colmenar, cuando escapaba en la adolescencia (que en mi vida duró una quincena desde la quincena) a la soledad fría de una nava cerrada. Malditos hongos que evocan tristeza siendo una alegría deleitarse con su melosa carne sacrificada sin sistema nervioso central sufriente. Malditos y desobedientes. Ese díscolo champi que saltimbanquea sobre sus compañeros juguetando a ser distinto como si pudiese evitar su destino inapelable (y sin pelar). La tabla no es glamurosa y de repente quiero tener una de madera de haya que he visto en un vídeo de sabiduría infinita que es más higiénico y menos dañino para mis mal cuidados cortadores que una de plástico o una de titanio respectivamente. Si los champiñones se desordenan tengo que contárselo al mundo, por si acaso alguien más ha sentido ese movimiento sísmico, esa perturbación en la calma, por si alguien más ha sentido o siente empatía con esos pequeños seres que van a morir y han muerto, a mis manos, para alimentarme, para dar de comer a unas células que mueren a razón de varias por minuto, desordenadamente, sin avisar, traidoras células que me abandonan y pueblan el mar de los sargazos del aire que respiro. Mientras tanto, para simplificar, porque siempre hay que simplificar, que diría Perec, sé que la comida estará lista en menos de media hora y que mi amiga disfrutará de mi cariño hecho receta, mucho más de lo que yo lo haría en una franquicia recalcitrante que me eduque a comer con la ética oportunista y de postureo que se lleva en esta ciudad acartonada, desordenada como champiñones mal alineados.

Pero esta última frase no resulta en absoluto simple ni simplificada, sino más bien lo contrario pues remite a la conflictividad socio-política que emerge en este siglo XXI en el que se abandona el afán por perseguir utopías en aras de una imagen que llene o rellene el tiempo y el espacio de una red social, producto de consumo dopamínimo oligopólico y esdrújulo en grado máximo.

Desisto de intentar simplificar lo que me pasa por la cabeza cuando corto unas setas redondeadas pues hierve mi mente en constante desestructuración, en constante decaimiento a un estado de mínima energía irreversiblemente. ¡Qué inefable me resulta todo (y nada)!

¡Gloria al silencio!
Dije a los gritos.

888,88 no es tan misterioso

Alguien comenta:

Sabes que si sumas todos los billetes y monedas de euro el resultado es de 888,88 €
Intrigante, ¿no?

Pero yo veo la imagen y pienso que no tiene nada de misterioso, que es fruto de haber usado el 5, el 2 y el 1 como elementos básicos de los números, lo que puede asociarse, remotamente, a un sistema numérico de base 5 o algo similar a la numeración romana (del VIII pasar a otra cosa, del DCCC pasar a otra cosa, y así sucesivamente).

Desde un punto de vista simple, sin etimologías inventadas de la elección de esas piezas, lo que resulta evidente es que

Las centenas: (5 + 2 + 1) x 102 = 8 x 102
Las  decenas: (5 + 2 + 1) x 101 = 8 x 101
Las unidades: (5 + 2 + 1) x 100 = 8 x 100
Las  décimas: (5 + 2 + 1) x 10-1 = 8 x 10-1
Las centésimas: (5 + 2 + 1) x 10-2 = 8 x 10-2

Es decir, que por resultado obvio de sumas posicionales parciales: 8 centenas, 8 decenas, 8 unidades, 8 décimas y 8 centésimas, lo que da un total de 888,88.

hummmmmmmmmm…

¿Intrigante?

Separador decimal

Esta estadística más o menos irrelevante me resulta perturbadora. Sé que es algo estúpido, pero no entiendo cómo no nos podemos poner de acuerdo en algo que las matemáticas necesitan a nivel mundial.

¿Es el 0 un número natural?

¿Es 0 elevado a 0 igual a uno (según el hecho de que todo número elevado a cero es uno) o por el contrario es igual a cero (según el hecho de que cero elevado a cualquier número es cero)?

Y la coma o el punto… ¿cuál es el separador universal de los decimales?

Yo uso la coma, por esas cosas de las imposiciones culturales, pero en realidad creo que sería mejor utilizar el punto siempre, pues cuando comenzamos a manejar vectores, por ejemplo, cuya notación incluye la coma como otro signo, acaba generándose confusión. He visto adolescentes mezclando comas, apóstrofes y puntos para poder aclararse con esto de la notación de números decimales. Y no me sorprende que no se aclaren. No hay consenso en algo que debiera ser universal.

Cada vez que hago un pago en una app, no sé si usar el maldito punto o la maldita coma para separar las cifras decimales. Excel usa una cosa u otra según la configuración correspondiente, pero el sistema operativo puede que esté usando otra configuración distinta. Por no hablar del teclado…

Pequeña locura que no me deja dormir por las noches (es broma).

¿Y de verdad que es necesario separar los millares o los millones con un signo adicional?

3.125.345,27

3 125 345.27

o incluso

3·125·345.27

3’27
3,27
3.27

Por favor… ¿Tan difícil es?

afín afín

gente afín
espacio afín
al fin

tardé
en comprender
que la geometría
vectorial
podría ayudarme
a encontrar
un alma que se pareciera a mí
y no podía encontrarla
como decía Isidore

tardé en comprender
que comprendía multitudes
que yo era ese espacio
vectorial
en el que la normalidad
es perpendicular
a la tristeza
en el que la similitud
es paralela
a la amistad

gente al fin
espacio al fin
afín

¡qué bella simetría!

Lugares, de Perec

Una de las lecturas de este verano fue este libro casi infinito, de unas 900 páginas, construido por Perec a modo de catarsis tras una ruptura amorosa.

Lo compré en mayo tras una recomendación de mi querido Jaime Vallaure, con quien tengo el honor de compartir espacio (especies de espacios) y admiración por este francés universal. Fue él quien me regaló, cuando aún no lo conocía, un primer libro de este hombre, La vida instrucciones de uso, que me abrió la mente a nuevas formas de entender la escritura y la creación en general, allá por los albores del milenio.

Es un libro demencial, es un delirio, como diría Jaime, en el que se intenta trazar una especie de memoria (en varios sentidos de la palabra memoria) de 12 años, de 12 lugares significativos para Perec, realizándolo en cada lugar tanto de manera memorística en un sentido de recuerdo, como memorística en sentido de registro pretendidamente frío o neutro.

A través de un esquema basado en una estructura matemática de matrices y pseudo aleatoriedad, fue guardando los textos que escribía en sobres que serían un total de 144×2 = 288 sobres conteniendo ese esfuerzo sostenido a lo largo de una línea de tiempo enorme, en la que cabría esperar, incluso, transformaciones urbanísticas, más allá de las personales.

Lo más sorprendente resultó ser cuando el proyecto comienza a hacérsele inviable, por falta de tiempo y, también, por abandono del motor inicial que no dejaba de ser algo tan «pueril» como un berrinche tardoadolescente (era un joven de unos 35 años cuando lo empieza) y habría tenido casi 50 al terminarlo. Así, poco a poco, vamos asistiendo a un fracaso, a un abandono de sus planes, a una modificación de los mismos, a una continuidad que cada vez se nota más cuesta arriba, vamos asistiendo a su final precipitado del que brotarían nuevas ideas con las que llenar nuestras cabezas.

Es muy tierna esta historia de un fracaso que por supuesto Perec no publicó en vida.

Sus frases sobre que estaba haciendo algo absurdo, sin ningún sentido… pero seguía haciéndolo, cada vez aumentaban más a lo largo de los 6 años que finalmente consiguió o decidió consignar.

Las notas, mientras tanto, adendadas a la cuidada edición de Anagrama, van complementando una biografía de George Perec desde la más absoluta sencillez, desde lo cotidiano, desde sus amores y desamores, dejándonos ver a quienes lo leímos una cara no tan visible de un autor que ha querido siempre mostrarse menos «sentimental» de lo que en realidad era.

Ese contraste entre la razón (lo racional) y la razón para realizar algo (lo volitivo, pasional, en última instancia), es de por sí una preciosidad que se desprende de la lectura de este librito.

Eso sí, antes de leerlo, tuve que pensar un modo, un mecanismo, unas instrucciones para poder hacerlo, pues el conjunto de notas alcanzaba las casi 300 páginas, de un total de 900, así que era algo así como estar leyendo dos libros. De hecho, usé dos marcapáginas que iba pasando hasta completarlo: uno para el «texto de Perec», otro para las notas sobre el texto de Perec.

El volumen de notas era tal que ir y venir de una a otra parte habría resultado demasiado tedioso, así que lo leí en un método que llamé «de cremallera»: leyendo en primer lugar un texto de Perec, después sus notas y las notas del siguiente texto (recuerdo que cada texto de Perec corresponde a la memoria de un lugar y un mes), así al comenzar el siguiente texto de Perec había leído las notas correspondientes.

Lo leí seguido, aunque hay otras formas posibles a las que el propio autor invita, incluso, hay una página web que invita a comprender un poco más la estructura que Perec llegó a tener en la cabeza (con ayuda de un matemático indio que le ayudó a descubrir los bicuadrados latinos ortogonales sobre los que está basada la estructura del proyecto).

Tardé casi 2 días en llegar a iniciar la lectura que luego llevé a cabo bastante más rápido de lo esperable, dada la extensión del libro, aproximadamente en una semana. Semanas de Taramundi en vacaciones, que es casi como tiempo de CPU.

Es increíble la cantidad de proyectos que brotan de este fracaso monumental de uno de mis escritores preferidos: de ahí nació Nací, W, Especie de espacios y algunos textos o capítulos de La vida instrucciones de uso.

Es una verdadera lección de creatividad el darse cuenta de que en el fracaso hay realización, hay avance creativo, hay creación, no así en la frustración que no crea nada más que amargura y desidia.

Un regalo de J. SeaFree

Con esta bella cita de W. Vostel, más actual que nunca (¿o nunca ha dejado de serlo?), me llega este regalo postal cariñoso de J. Seafree que me tiene más afecto del que seguramente merezco.

Muy agradecido también por sus bellas palabras hacia mí, su: vivo en el centro del poeMAdrid, me ha gustado bastante.

Le he devuelto una misiva sellada de Poesía Programable, Serie Permutaciones que aún tengo por documentar y que surgió a raíz de un regalo que le hice hace años a Isabel Jiménez y que recientemente he utilizado para otro regalo personal para Adriana Calvo.

Cada ejemplar es único y hay dos «subseries»: a saber, la de los nombres y la de palabras genéricas. Pronto estarán documentadas… espero.

Amigo invisible

El miércoles con uno de los grupos de los Talleres de Poesía Contemporánea que defiendo desde hace décadas, realizamos (por fin después de varios intentos fallidos) el encuentro para darnos los regalos del «amigo invisible» que finalmente no tiene nada de invisible.

Me regalaron (en este caso mi estimado Ettore Ravina) un libro-poema titulado 5 metros de poemas de Carlos Oquendo de Amat que me pareció una auténtica maravilla y que no pude sustraerme a la tentación de extenderlos en la sala donde nos entregamos los presentes (entre los presentes con algún ser ausente).

Yo, por mi parte, le había realizado un poema programable de la Serie Permutaciones y un poema objetual (libro objeto único) con las letras de su nombre ADRIANA y que Carla Aurelia fotografió con mimo en una de las múltiples variaciones que se pueden obtener.

Las matemáticas no son un conjunto vano de fórmulas

Las matemáticas no son un conjunto de fórmulas, sino un lenguaje capaz de descubrirlas.

Es una pena que se tenga esta visión de las matemáticas que las relaciona con aprender, sin entender, fórmulas o recetas para resolver problemas más o menos estandarizados. En realidad, las matemáticas, base de la lógica (¿o la lógica base de las matemáticas?) nos ayudaría a entender nuestra forma de pensar, a pensar mejor, a razonar y ser capaces de deducir, de inferir, de descubrir un universo más o menos fuera de la realidad física, pero que sin embargo modela bastante bien (porque nos organiza la mente, no solo el lenguaje, sino la geometría, la aritmética, el álgebra…) el mundo que habitamos.

Es una pena. Pero no parece que haya grandes avances en esta línea, en la que la inteligencia artificial puede que acabe por tener un impacto mucho mayor del que ahora mismo se cree.

No me refiero a avances matemáticos (que también), sino sobre todo pedagógicos, intelectuales, que nos haga replantearnos el famoso ¿para qué sirve? de quien recibe clases de matemáticas, pero también de quien las imparte, enfocándose más en el proceso y menos en el resultado. Al menos eso espero, hoy, que estoy optimista.

Esto no es una broma