Ha empezado la temporada de caldos caseros

Desde hace un año, cada semana durante el otoño y especialmente en invierno, hago un caldo de huesos con alguna verdura.

Es una base estupenda que se prepara el lunes por la mañana (se lleva toda la mañana porque soy bien tradicional cocinando) y dura por lo menos 4 días.

Es ideal para las cenas, pues llegamos de nuestros atípicos trabajos a horas tardías a las que ingerir muchos sólidos hace que las digestiones sean terribles y los sueños difíciles.

Para realizarlo, pongo en una olla (no exprés, por supuesto) unos cuantos litros de agua fría. Del orden de 3 o 4. Añado huesos de jamón y tuétano, si tengo, además de uno muy especial que da al caldo una suavidad y consistencia muy especial procedente de la columna vertebral del cerdo y que suelen llamar espinazo.

Para que absorba parte de las grasas que estos huesos van a soltar, en la misma olla pongo un puerro o/y una cebolla entera y algunas zanahorias. Este material vegetal lo uso alguna vez, sobre todo para hacer una fideua, pero otras veces lo dejo para usar en una sopa con verduras.

Si tengo, también añado unas ramitas de apio y, en ocasiones, hasta he puesto un poco de acelga. Hoy he añadido un par de hojitas de laurel y ya está listo. Ahora solo es cuestión de paciencia: durante 3 o 4 horas ha de estar hirviendo y extrayendo los nutrientes y las sales de esos huesecillos hasta dejar un caldo de carne bastante rico y que, como digo, suele hacer las delicias de nuestras cenas con unas sopas fáciles de preparar y caseras como pocas.

Para comer, sin embargo, para hoy tenemos un arroz con pollo al curri que aún no sé cómo voy a preparar… pero seguro que saldrá rico.

Calabacines rellenos

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La semana pasada nos habían regalado nuestros vecinos un «megacalabacín» de más de 40 centímetros de longitud y un diámetro medio de unos 15 centímetros. Era, básicamente, un dirigible. Pero no me amilané y decidí darle un uso un tanto especial en esta ocasión.

Lo preparé relleno siguiendo este procedimiento con los siguientes ingredientes (los que tenía en casa en esta ocasión, como acostumbro):

Ingredientes para 2 personas:

  • Un calabacín enorme (2 medianos podrían haber servido)
  • 250 gr de carne picada mezcla (de vacuno y cerdo, para que sea más jugosa)
  • 2 tomates medianos
  • 1 cebolla pequeña y un diente de ajo
  • 8 láminas de queso tierno o un queso que se derrita bien, pero no demasiado
  • pan rallado
  • sal, pimienta, aceite de oliva, romero

Preparación:

Cocer el calabacín dividido en cuatro trozos (un corte longitudinal y otro transversal sirvieron para la ocasión) de un tamaño aproximadamente igual, siendo tremendamente consciente, casi hasta el sufrimiento, de que no iban a ser iguales, entre otras cosas, porque dos de las piezas serían, digamos, delanteras mientras que otras 2 serían, digamos, traseras.

En una olla grande, poner abundante agua con sal y dejar hirviendo los calabacines durante 15 minutos.

Mientras tanto, aprovechar el tiempo para ir preparando el material del sofrito/relleno.

Cortar la cebolla en trozos pequeños. Laminar el queso. Laminar, también, un diente de ajo. Cortar en tacos mínimos (relativos) los tomates (yo usé un tomate de esos enormes que se están poniendo de moda, que Carmen había dejado en unas dos terceras partes).

En una sartén profunda añadir un chorreón de aceite de oliva (algo menos de 7 centilitros o, en su defecto, de 70 mililitros, incluso, 70 centímetros cúbicos habrían servido). Puede parecer mucho, pero hay que tener en cuenta que la carne va a absorber gran parte del mismo, así como el tomate y el calabacín, incluso cocido.

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Casi en frío añadir el ajo laminado y cuando comience a calentarse, agregar la cebolla. Dejar que cambie de color, vaya, en realidad, que torne a cierta transparencia característica de la misma.

En ese momento verter la carne picada y remover bien, para que vaya haciéndose mezclada con la cebolla picada. Es una buena ocasión para comenzar a sazonar: agregar la sal, algo de pimienta negra en polvo y un puñadito de romero.

Se supone que para ese momento el calabacín ya está bastante cocido. Mejor no pasarse. Así que se retira del fuego y se le extrae la parte central o «contenido» dejando el «continente» preparado sobre una bandeja apta para horno con la base rociada ligeramente de aceite que meteremos al mismo precalentado previamente a 200 grados centígrados, vaya, lo que vendrían siendo 473,15 kelvin.

Volviendo al sofrito/relleno: Cuando la carne cambie de color (lo de los colores es bastante útil, como puede verse y nunca mejor dicho, para saber el estado de preparación de los alimentos) añadir el tomate cortado y el núcleo del calabacín que se habrá rescatado del mismo con una cucharilla o con un cuchillo habiendo tenido mucho cuidado de no destrozar el exterior del mismo pues va a servir de lugar de presentación del plato, así como comida.

Dejar que el tomate y el calabacín pierdan el agua llevando a cabo un sofrito a fuego lento. En la última parte del mismo, agregar una cucharada de pan rallado. No sé si aportó mucho, pero me dio la sensación de que «espesaba» lo que habría de ser el relleno.

Por último, sacar a los 15/20 minutos (coincidiendo casi plenamente con el tiempo de preparación del sofrito) la bandeja del horno con las cáscaras del calabacín, colocar sobre cada una de ellas una cantidad adecuada de relleno, cubrirlo con un par de láminas del queso que deseemos «fundir» sobre las mismas y volver a meter al horno durante 10 minutos.

Los últimos 2 minutitos, podemos darles un toque de grill para que el queso quede con un aspecto «gratinado» mucho más sugerente y como más «acabado». Vaya, el que tiene en esas fotografías tan mal enfocadas.

Muy rico marinado por un vinito semidulce blanco, para contrarrestar el clima del día y del plato, que, horneado, siempre sale a unas temperaturas y con un calor que le cuesta perder.

Yo, además, lo disfruté con una inmejorable compañía. 😉

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Sangre encebollada

Hacía años que no preparaba este plato tan curioso de la alimentación hispana.

Aprovechando que Carmen estaba tangueando en Berlín, me he lanzado a cocinarme esto como en los tiempos en los que vivía solo y solía visitar la casquería en busca de suculentos manjares de precios irrisorios.

He comprado 300 gramos de sangre de cerdo (quería menos, pero el carnicero se ha propasado) y he usado, además, 1,5 cebollas (de las dulces, dicen, que así repiten menos), junto con dos dientecitos de ajo laminados y un vaso largo de vino blanco de cocinar.

Menos ingredientes es complicado. Y la preparación es cuasitrivial.

Con unas cucharadas de aceite de oliva, he añadido los dientecillos de ajo y cuando empezaban a estar bastante calientes, la cebolla y media cortada en juliana, para que luego la cebolla sea más entretenida que si se corta picadita.

Dejé hacerse la cebolla (pochándola) hasta que fue cambiando de color, transparentándose, y entonces añadí la sangre cortada en taquitos de un centímetro cúbico cada uno, aproximadamente. Momento ideal para salpimentar suavemente, sin pasarse.

Pasados unos 10 minutos (o 12) cuando el color de la sangre indicaba o parecía indicar que había cambiado de estado, añadí un chorreón largo de vino blanco que dejé reducir hasta que formó una salsita suave y oscura.

Ha quedado un resultado bastante parecido al de esta foto que, he de admitir, no es mía.

Receta de Paella de Brócoli

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Ingredientes para 2 personas:

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1 Diente de ajo
1 Cebolla mediana
1 Pimiento italiano (verde) grande
1 Puerro
2 Zanahorias
1 Brócoli o brécol
1 Tomate
30 mililitros de AOVE
1 Vaso pequeño de arroz blanco largo
1 Cucharadita de azafrán turco en polvo
1 Cucharadita de sal común, habitualmente conocida como Cloruro Sódico, NaCl.
Agua

Preparación

En una sartén amplia o una paella se pone a calentar un poco de aceite de oliva virgen extra y cuando comienza a estar templado se echan un diente de ajo cortado en láminas (si se quiere más sabor a ajo, se puede agregar, además, un segundo diente de ajo sin pelar).

Se corta una cebolla mediana (sin saber muy bien qué es grande, mediano o pequeño, así que va en gustos) en trozos no muy pequeños (¡imprecisiones al poder!). Yo recomendaría que se cortase en 2 mitades longitudinalmente y luego cada una de ellas en 4×4. Resultando un total de unos 32 sectores de «esferoide». Pero allá cada cual con sus preferencias.

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Se corta el pimiento en trocitos o en finas tiras y se añade al sofrito cuando la cebolla haya empezado a clarear. El puerro, se divide en 2 partes, una con la parte más verde y otra con la parte más blanca. La parte verde se secciona en moneditas y la parte blanca en cuatro grandes trozos. Se echa todo el puerro cuando el pimiento esté comenzando a estar blandito.

Mientras, se pelan 2 zanahorias y se cortan en trozos más o menos de tamaño aleatorio… o no bien definido. Pero más bien pequeños. De un centímetro cúbico, aproximadamente. Se agregan al sofrito.

Limpiamos y cortamos un brécol o brócoli quedándonos con las ramas del mismo y se van depositando en la base de la paella, haciéndoles hueco para que queden cubiertos o lo más posible con lo que va fraguándose.

Se añade un tomate cortado en tacos de un centímetro cúbico de tamaño. Es preciso que el tomate esté bastante maduro. (¿bastante?)

En este momento, añadimos la sal. Es conveniente, para aprovechar más la cocción, tapar o semitapar la sartén, para que el brécol se vaya cociendo al vapor al mismo tiempo que directamente. Es importante no dejar demasiado tiempo esta fase pues puede quemarse la cebolla o algún otro ingrediente.

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Cuando esté muy blandito y bastante reverdecido el brócoli, se agrega el arroz largo, el azafrán, removemos para que se empape del sabor del sofrito y se deja mezclar unos minutitos… pocos o pequeños… podrían ser minutos de 30 o 40 segundos, en lugar de los habituales de, digamos, sesenta segundos.

Vertemos, cuidadosamente, un par de vasos de agua grandes, aproximadamente 400 ml de dicho líquido, en la mezcla obtenida y dejamos hervir durante unos 30 minutos, corrigiendo de agua si va quedándose seca la paella.

El resultado depende de tantos factores que es posible que nunca se parezca a otra ocasión anterior, así que esta receta es meramente orientativa. De hecho, en la mayoría de las ocasiones suelo añadir medio calabacín o, incluso, berenjena al arroz.

Hoy ha quedado así.

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Pasta al pesto

Aunque solo fuese por el nombre, ya me gustaría, pero además está ese intenso color verde, ese saborcillo al ajo, y el aroma inconfundible de la albahaca.

Estas navidades el hermano de Carmen me regaló una planta entera de albahaca que él había estado cultivando con cariño. Tanto que le crecía demasiado… casi se podría pensar. Yo me la comería a bocados, hoja a hoja… así que como él lo sabía, me la dio el día 5 de enero cuando pasamos por allí de vuelta a casa desde nuestras merecidas vacaciones.

Lo primero que hice fue sacarla del tiesto en el que estaba viviendo. La corté con una tijera inmisericorde para poder traerla a Madrid sin riesgo a que se cayese en el camino. Esto le restó algo de frescor, pero qué le vamos a hacer.

Una vez en mi cocina, fue dirigida a varios frentes:

1.- Servir de aroma de un aceite de oliva virgen que convivió con unas cuantas ramas de la planta durante unas semanas, hasta alcanzar el sabor de aceite aromático deseado. Ideal para ensaladas, o para tostadas… o para tantas cosas.

2.- Junto con un queso manchego que también fue regalado en la región, aromatizar unos trozos de queso curado en aceite. Este queso es una auténtica delicia, una vez terminado el tiempo de absorción de sabores. Y además, después, se puede usar ese aceite, que también tiene el resto de aromas de albahaca y queso. Hummm…

3.- Unas cuantas ramitas fueron reservadas para utilizar durante la semana como adorno y como condimento de las comidas.

4.- El plato fuerte fue el pesto.

Preparación de Pasta al Pesto de albahaca fresca.

Ingredientes:

  • «Medio litro» de hojas de albahaca fresca. No prensándolas.
  • 3 dientes de ajo.
  • 250 gramos de queso curado.
  • 100 gramos de almendras o piñones.
  • 200 mililitros de aceite de oliva virgen.
  • 100 gramos de espaguetti por cada comensal.

Preparación del pesto

Nota: Con esas cantidades, sale mucho pesto, así que tuve hasta para exportar (incluso un poco a quien me había dado la albahaca, que lo merecía). Yo lo hago fresco y luego lo almaceno en tarritos de conservas para usarlo más adelante. Dura bastante tiempo, una vez que está hecho y cubierto por una capita de aceite para que no se oxide, aún más. Además, lo guardo en el frigorífico y lo uso sacándolo una hora antes de su utilización.

Hice todo el pesto siguiendo una recetilla que tengo en un libro (aunque la hago un poco sobre la marcha, porque en realidad no importa mucho) de recetas con Thermomix.

En el cubo de Thermomix trituré el queso (poniéndolo a potencias 5/6 y aumentando varias veces hasta que quede bastante fino: cuanto más seco sea, mejor) y lo retiré.

Introduje los 3 dientes de ajos cortados en cuadraditos y trituré. Agregué las almendras. Trituré…

Acabo de ver una receta que lo explica más en detalle. Copio:

Poner en el cubo las almendras, la albahaca, el ajo, el queso y programar 15 segundos, velocidad progresiva 5-7-9.

Verter poco a poco el aceite a velocidad 5, con el cubilete puesto, de forma que caiga un suave hilo que vaya emulsionándose. Añadir sal, si fuera necesario, aunque el queso aporta suficiente sal y sabor.

Ya dije que reservaba el exceso para su uso posterior. Este viernes tocó usarlo.

Preparación de la pasta al pesto

En un recipiente que soporte altas temperaturas, añadir agua en abundancia (3 litros). Y ponerlo a fuego a toda potencia. Para que no se detenga la cocción cuando se produzca. Echar un par de cucharadas de sal. Ya que estaba hecho, usé aceite de oliva aromatizado con albahaca para añadir sabor, echando un par de cucharadas al agua de la cocción.

Cocer la pasta normalmente cuando el agua comience a hervir. La mejor para esta receta son tallarines, porque son planos y adsorben (sí, adsorben con d) más salsa, pero los espaguetti estaban abiertos. Así que…

Cuando esté la pasta, escurrirla sobre uno de esos aparatejos con agujeros que sirven para ello, preferiblemente planos, metálicos, para que la pasta sufra menos abrasiones. Antes se habrá tenido la precaución de poner bajo el chisme colador en cuestión una jarra en la que vamos a recoger algo del agua sobrante de la cocción. Bajo ningún concepto lavar la pasta: si esto es inadecuado siempre, en este caso es terrible, porque luego la salsa no se adherirá correctamente y quedará deslavazada.

En un bol (o en un vaso) mezclar la cantidad deseada de pesto (sin excesos, que es muy sabrosa) con una cucharada de aceite de oliva y una cucharada (o dos) de agua de la cocción.

Mezclar en el cacharro mismo que se ha usado para la cocción con la pasta y añadir algo de agua si fuese necesario, siempre, de la que quedó en la jarrita que usamos para recoger la de la cocción de la pasta.

Es simple, pero no tanto como parece. A mí me parece un plato delicioso que tengo la suerte de conseguir que me salga estupendo de sabor, de apariencia… y para rematar: marida perfectamente con vinito blanco o un rosado de aguja… Muy de restaurante italiano, vaya.

Humus de garbanzos de cocido

Humus

Cada vez que Carmen hace cocido, que viene siendo una vez cada dos meses, le pido que añada un extra de garbanzos. Después de terminado el primer día de ese fantástico plato, yo separo las partes (que viene siendo lo normal a las partes, aparte) y una de ellas son los garbanzos. Recojo en botes de conservas más o menos de medio kilo cada uno los sobrantes y los congelo. Cuando los necesito, o quiero preparar este humus, los saco del congelador al frigorífico dos días antes de su utilización para su descongelación progresiva y lenta (creo que es preferible este tipo de descongelaciones).

Esta es la base de esta receta de humus que extraje de una web y que varío según me apetezca, pero que consiste esencialmente en lo siguiente:

Ingredientes:

  • 500 gr. garbanzos de cocido
  • 3 dientes de ajo
  • 1 cucharada de comino molido
  • 1 cucharadita de sal
  • 1 cubilete de aceite de oliva
  • 1 cubilete de zumo de limón, colado
  • 1 cubilete de agua fría
  • pimentón dulce.

Ignoro la tahína, que también la recomiendan pero que no veo fundamental, digan lo que digan. Y que, sin embargo, no suelo tener en mi cocina.

En primer lugar, pelo un limón y lo meto en la thermomix (aparatejo que solo uso para alguna de sus funciones más básicas, como es, en este caso, la de triturar a distintas velocidades). Aprieto el botón de turbo durante unos 20 segundos hasta que está líquido. Lo mezclo con el cubilete de agua en el thermomix y lo retiro.

Con el cubo libre de nuevo, añado los 3 o cuatro dientes de ajo (según el tamaño, pueden ser incluso solo dos) cortados en cuatro trozos y vuelvo a triturarlos a velocidad 4 o 5 durante 10 segundos.

Una vez triturados los ajos, agrego los garbanzos, el comino molido, la sal, el aceite de oliva, el zumo de limón y el agua reservados anteriormente.

Coloco la tapa (faltaría más) y trituro todo durante 2 minutos (previamente le doy unos cuantos «golpes» de cuchillas para que se facilite la siguiente fase) a velocidad 4. Corrijo de aceite (añadiéndole generalmente un poco más que ese simple cubilete).

Es un plato sencillísimo que está preparado en menos de 10 minutos. Barato y riquísimo.

Lo sirvo acompañado de pimentón dulce en abundancia y un hilo de aceite de oliva. Puede decorarse con perejil seco o fresco picado, lo que reducirá los efectos halitósicos del ajo.

Un par de rebanadas de pan denso son ideales para esta comida. Y un vino blanco de rueda mi recomendación para maridar.

Mejillones con salsa de tomate y bacon

Hacía tiempo que no escribía una receta en el diario. Y esta vez va otra con mejillones, baratos, nutritivos y muy fáciles de preparar.

A partir de una fotografía que Carmen hizo de unos mejillones que comió en Bruselas durante su estancia en un encuentro de tango hace unos meses, decidí copiar la idea: Realizar un sofrito muy caldoso que añadir a unos mejillones al vapor, básicamente.

Ingredientes para 2 personas:

  • 1 diente de ajo (o dos pequeños incisivos)
  • 1 cebolla grande (lo del tamaño, a pesar de no usar un adjetivo relativo, sí que lo es)
  • 2 tomates maduros (debo añadir otra vez lo de grandes, pero pueden ser medianos o enormes… según se mire)
  • 150 gramos de bacon (¡por fin algo en el sistema internacional!)
  • 1 vaso de vino blanco
  • 1 cucharada de harina
  • 1 cucharadita de azúcar
  • 1 limón
  • 600 gramos de mejillones

Preparación:

Lo más tedioso de usar mejillones es limpiarlos uno a uno, quitándoles las barbas, sin que se pueda llamar propiamente afeitarles, hasta que queden lo más limpios posibles. Descartar los que estén abiertos es algo que me duele en el alma, pero parece ser que conviene hacerlo así.

Yo voy depositando los que estén limpios dentro de la cazuela que voy a usar para cocerlos al vapor con el jugo de un limón que exprimiré cuando estén todo los que puedan haber sido salvados de la basura.

En esa cazuela los coceré a fuego lento, con la misma tapada, hasta que estén abiertos todos o casi todos. Conviene recordar que los que no se abran no se podrán comer.

Menos mal que los mejillones son baratos, porque entre lo que se pierde en la limpieza y los que no se abren, sumado a que las cáscaras no es posible comérselas… queda poco y nada. Pero rico en nutrientes, según tengo entendido.

Para la salsa, bien simple:

Echamos 3 cucharadas de aceite de oliva, que ni siquiera pongo como ingrediente, sobre una sartén honda. En el aceite, antes de que esté caliente, el ajo laminado.

Cortamos la cebolla mientras tanto en trozos pequeños. Lo agregamos sobre los ajos antes de que estos se quemen. Y seguimos cortando, en esta ocasión, el tomate. Yo lo suelo hacer de forma bastante peculiar, pero no es momento de explicarlo.

Añadimos los taquitos de bacon (si no está previamente en tacos, cortarlos antes). Esperar a que el bacon suelte parte de su grasita y se mezcle con la cebolla que debe de haber ido cogiendo transparencia.

Echamos el tomate cortadito en trozos sobre el sofrito y dejamos que vaya soltando juguito. Para ayudar, podemos añadir una cucharadita de azúcar, sí azúcar, que va haciendo que el tomate suelte más jugo y además, parece ser, reduce su acidez.

Cuando el tomate esté bien desmenuzado y haya soltado su jugo, añadimos una cucharada no muy llena de harina. Removemos asegurándonos de que no se pega ni se quema, que suele ser habitual con esta materia. Es el momento de verter el vasito de vino blanco, que puede ser directamente de un cartón (sin pasar por el vaso si sabes calibrar aproximadamente 200 ml). Seguimos removiendo la mezcla en un intento de que coja consistencia pero no demasiada… ¡hala, a joderse con las aproximaciones y los mensajes difusos!

Por otro lado, cuando se hayan cocido los mejillones, se cuela sobre un recipiente para aprovechar el líquido posteriormente, sumándoselo al sofrito para recuperar parte de los sabores de los mejillones y el limón.

En esta misma cazuela mantenemos los mejillones y sobre ellos añadimos la mezcla atomatada cuando se hayan mezclado bien los ingredientes en la misma. Dejamos que se caliente un poco más y que los mejillones se penetren de caldo y salsa…

Servir, idealmente, en una cazuelita individual y acompañar de un vino blanco de Rueda, seco, o un Albariño o un Ribeiro (según el gusto).

Yo lo disfruté ayer con Carmen y fue un placer, todo un placer. Para mojar pan, en este caso, un pan alemán de centeno, negro y apetitoso.

Arroz con Puerros y Alcachofas

Ingredientes para 2 personas:

  • 3 cucharadas de aceite de oliva
  • 1 cucharadita de sal
  • 1 pizca de azafán, en mi caso, turco y en polvo
  • 4 dientes pequeños de ajo
  • 1 cebolla grande
  • 1 puerro hermoso
  • 2 pimientos verdes italianos pequeños
  • 2 tomates maduros
  • 1 lata de corazones de alcachofas cocidas
  • (opcional: un puñadito de guisantes)
  • 150 ml de arroz largo

Preparación:

Sobre una paellera o una sartén profunda, verter el equivalente a tres (o cuatro) cucharadas de aceite de oliva. Cortar 2 dientes de ajo en rodajas y añadir los otros dientecitos al aceite para que tome color. Cuando el aceite empieza a calentarse, echar las rodajas recién cortadas de ajo.

Mientras, se pela y se corta una cebolla grande, dejando que los trozos sean bastante grandes. Por ejemplo, se divide longitudinalmente en dos mitades; sobre cada mitad, se corta longitudinalmente en 4 gajos, procurando que el ángulo de incidencia del cuchillo sea de 45º sexadecimales y, a continuación, se corta transversalmente en 4 dividiendo primero entre 2 y luego otra vez entre 2, es decir, utilizando la factorización del 4 en su único primo repetido.

De esta manera, se habrán obtenido 16×2=32 trozos que, al agregarse al aceite y el ajo, se dispersarán proporcionalmente en trocitos menores como capas tenga la susodicha cebolla.

Se cortan los pimientos en trozos grandes, vaciando bien el contenido de pepitas, aunque no sé muy bien por qué se hace esto, pero lo he visto hacer tantas veces, que asumo que no debe ser muy digestivo el comerse esas simientes. Se echan al sofrito cuando el color de la cebolla comience a ser transparente (aunque nunca llegaría a tal extremo de des-opacidad).

Cuando el pimiento esté bastante blandito, se añaden 2 tomates en trozos. Se puede seguir el mismo procedimiento que el utilizado para cortar la cebolla, o bien otro procedimiento similar, que obtenga como resultado un número de trozos par, incluso, divisible entre 4. No es preciso, no obstante, que sea una potencia de 2.

A un puerro grande se le quita la parte verde (no completamente, pero casi) y se le pela quitándole un par de capas. Se lava bien y se trocea en 4 cilindros más o menos de la misma longitud o altura, según sea su disposición espacial. Se echan al sofrito.

Es un buen momento de agregar la sal, para que los tomates, el pimiento y el puerro suden. Antes de que se fría completamente el tomate, cosa que le costaría bastante pues la cebolla habría soltado agua suficiente para que se produjese un proceso más próximo a la cocción que a la fritura, se echa el arroz para que comience a sofreírse. Añadiríamos en este momento la pizquita (difícil calibrar en qué consiste una pizquita) de azafrán, para que no se queme en el aceite.

Después de un par de minutos, se añaden las alcachofas de una lata de ellas precocidas. Supongo que se podría hacer esto mismo con alcachofas crudas, pero requerirían una fase previa bastante larga de preparación, pelarlas, cocerlas, etc. A mí, para salir del paso, me sirvió la lata.

Por supuesto, el caldo de la lata se aprovecha para que dé sabor y se completa con el agua que haga falta para que pueda estar cociendo durante unos 32 minutos. Durante este tiempo, tan solo es preciso observar que no se quede sin agua el arroz. Si hiciera falta, se añadiría poco a poco agua fría, para que la temperatura de la mezcla no decrezca demasiado.

Si nos hubiese apetecido, podríamos haber añadido un puñado (cantidad dependiente del tamaño de la mano del cocinero), de guisantes después de agregar las alcachofas, para que estuvieran bien cocidos al final. Pero en esta ocasión, es decir, antes de ayer, tuve la sensación de que me había pasado de comida y no pude probar esta pequeña variación que, seguro, daría buen resultado.

Se procura que quede algo caldoso para que resulte más jugoso. Presentar jugando con construcciones tridimensionales de los cilindros del puerro que no resulten demasiado simétricas.

Marida muy bien con un vino italiano rosado espumoso, tipo Lambrusco, pero seguramente también con un blanco de rueda, por ejemplo.

Y siempre con buena compañía.

Entradas preparadas como comida congelada

Hay algunos días que tengo poco tiempo para escribir en el blog y me encantaría tener, para esos días, entradas preparadas, algo así como hoy que llegábamos tarde a comer a casa y saqué, previamente descongelada, una comida que había precocinado el sábado para evitar que se estropease la carne picada.

Hoy simplemente tuve que microondear la carne sofrita junto al tomate y la cebollita, disolver unos polvos deshidratados de puré de patata que, sometidos a la radiación correspondiente, dieron lugar a un jugoso puré con el que cubrir el sofrito. Añadí unas virutas de queso enmental y lo metí al grill. Salió el pastel del carne que ya describí, y estaba rico, no obstante no haber sido hecho en este mismo día completamente.

La comida estuvo preparada en menos de 15 minutos sin esfuerzo.

A veces me gustaría tener algo preparado para este blog y no hacer entradas estúpidas, vacuas, como la de hace una hora, para no dejar el hueco de un día sin escribir en mi calendario.

Hummm… y esto que estoy haciendo ahora mismo, ¿no es una entrada vacua?

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¿Por qué nos cautiva el corazón?

Si me hubiera encontrado una patata con forma de riñón no la habría fotografiado, seguramente, ni estaría escribiendo esta entrada de mi diario.

El otro día Carmen me regaló un azulejo blanco con un corazón rojo (como debe ser) inserto en el centro. Lo uso actualmente como alfombrilla de ratón. El ratón se mueve sobre mi corazón.

También el otro día les comenté a unas alumnas del taller de poesía que escribiesen sobre otros órganos vitales, como el hígado, el páncreas, los riñones, los pulmones, el cerebro, incluso… una escritura visceral no puede olvidar los intestinos, el estómago, la tráquea, el esófago, no se deben dejar de lado los genitales varios, etc…

Pero acaba ganando la batalla el corazón.

¿Por qué?

Está claro que, junto con el cerebro, es uno de los órganos más importantes para la vida humana. Esto hace que se le hayan ido achacando muchas fantasías más o menos mágicas sobre su capacidad, su función, bastante más mecánica que la cerebral, por ejemplo.

Te amo de corazón. Así: ¿a bombeos intermitentes?

¡Qué cosas!

Supongo que tiene que ver con la sangre, con el hecho de que vemos la sangre, es muy vistosa, roja y brillante, si fuese de un gris más o menos aburrido, seguramente perdería gran parte de interés. Incluso, hoy, imaginaba qué ocurriría y qué posición ocuparía en importancia el corazón si la sangre fuese transparente.

Sudamos todo el tiempo, pero nadie habla de las glándulas sudoríparas como algo más o menos vital, también respiramos y del aliento apenas se interesan los religiosos o los filósofos antiguos. Hasta Lavoisier nadie había pesado el aire. Pero pesa, sí, tiene cierta densidad, como la sangre y un «color» que no vemos, pero que no por ello es menos digno de ser llamado tal. ¿Qué importa en qué lugar se ubica la frecuencia de la radiación absorbida por el material en cuestión? Pues parece que más que la debida.

Sí, estoy seguro de que la sangre, roja, hace que sea protagonista el corazón de nuestros más románticos planteamientos, mezclada con el negro va muy bien, como en el tango, o con el blanco, como en las bodas, en muchas escenas de erotismo, en la virginidad y su desaparición.

Es el color de la violencia, la pasión, la vida… entendida de una manera tan superficialmente corpórea…

Y yo me pregunto ¿de qué color es una idea?

Yo la imagino, en la mayor parte de las veces, azul. De un bonito IKB; por supuesto, algunas parecen marrones, pero ese es su olor, no su color.

Porque puede que el olor tenga color. Aunque, paradójicamente, la palabra está contenida a la inversa. O ¿es que el color tiene olor?

La sangre es tan importante para los humanos que olvidan que, sin cerebro, no serían más que masas comestibles, muy ricas mezcladas con cebolla, una vez coaguladas convenientemente.

Importa al pensar en descendencias, en dinastías, en etnias y pertenencias a grupos consanguíneos, en identidad, como si el ADN únicamente se encontrase en ella.

Y de la sangre, en vena, volvemos al corazón. Pensamos en el pulso, en el latido, en el sonido primigenio, en el ruido grave que le llamó la atención a John Cage, y en su viaje al cráneo, a regar la fuente de ideas, la máquina que nos hace conscientes, que nos hace palabra, que nos convierte en seres medianamente interesantes. La máquina que produce sonidos agudos, que no late o late a tal velocidad que aún no se ha conseguido procesador de tal «herziaje».

Pero la mente no tiene un color tan vistoso, eso lo reconozco.

Vulgar mezcla de blanco y gris, más bien apagadillo, como sosete, diría yo. Pero ahí está… es y me hace ser. Y no solo me sujeta como si fuese una máquina, me hace pensar que soy una máquina, me complejiza y apalabra, me dice: eres. Aunque a veces, mis orejas, no le escuchan.

Prefiero esa máquina, fantaseo sobre sus capacidades con cierto patetismo, pero he de reconocer que me parece mucho, mucho más compleja… y creo que es algo objetivo, pero no quiero afirmarlo tan rotundamente.

Si fuera cardiólogo…

Esto no es una broma