quiero pensar

oigo a una mujer
que dice
quiero pensar
y
yo
quiero pensar
que quiere pensar
y pienso que querer pensar
no es pensar
sino querer
y quiero pensar
que pienso
y sin embargo
no quiero
o no pienso
o pensar y querer
no están relacionadas
con la voluntad
sino con el destino
con el futuro
con el increíble juego
que las palabras hacen en mi boca
o en mi mente
de menta
que demente miente
y piensa que piensa
y quiere querer
con todas sus fuerzas
o interacciones intermoleculares
o intramoleculares
y ahora no puedo dejar de pensar
en querer pensar
y no pensar
o no querer
y pensar
aun así
sin parar
de pensar en pensar
de querer y querer
y la vida
va

LipoHaiku Fuerte

Como ejercicio de los Talleres de Poesía Contemporánea, en este caso, basado en el temático de Poesía Clásica Japonesa, pido que escriban, en algún momento, un haiku combinándolo con una de las más interesantes restricciones de OuLIPO: el lipograma (en este caso, lo que yo llamo lipograma fuerte) y este fue el que yo hice a modo de ejemplo:

solo los ojos
son locos como pozos
con poco fondo

En el que, entre otras cosas, quería evitar la repetición de palabras, lo que suele ser difícil en este tipo de ejercicios. No es, obviamente, el primero que hago, como este otro dedicado a «embellecer» un poema objetual que le regalé a Pepe Buitrago.

Nudos

nudos sobre la cuerda
inundan el mundo
de nudos
inundados
anudados
a la cuerda
sin acuerdo
ni recuerdo
de ciertos
nudos
que anudan
la duda
donde el nudo
del mundo
sobre una cuerda
floja
afloja
la soga
alrededor
del cuello
de nudos
sobre la cuerda
de un mundo
inundado
de nudos
mudos
inmundos nudos
aunando
verbos
y adverbios
sobre la proverbial
inundación
de nudos idos
a otros mundos
idos
a otros recuerdos
sin acuerdo
sin cuerdas
atados
en la mayor locura
que imaginar puedo.

Sobre los champiñones y su evocación

Si los champiñones se desordenan me pongo nervioso. Sí, ya sé que es algo banal, pero es cierto. Procuro, dado el espacio disponible, minimizar el número de cortes sin que ello tenga el más mínimo sentido. Seguramente, sólo por alinearlos, estoy perdiendo tiempo y energía, pero me gusta que estén, al menos durante unos instantes, con un mínimo entrópico que me hace sentir que el universo no conspira contra la vida como parece indicar el segundo principio de la termodinámica. Es una batalla perdida. Sé que todo acabará en un máximo desorden. La muerte no es ordenada, por mucho que nos empeñemos en archivar cadáveres en tumbas alineadas como mis portobello, tumbas que en ocasiones han sido usadas como abrevadero de caballos, como bancos para sentarse, como suelos de iglesia donde bailar. Si los champiñones se desordenan, mi lugar en el mundo se tambalea y tiemblo, sí, tiemblo… además de temer cortarme accidentalmente con un cuchillo largo sin noche, un cuchillo poco afilado, de sierra, que me recuerda y evoca mis montañas de Colmenar, cuando escapaba en la adolescencia (que en mi vida duró una quincena desde la quincena) a la soledad fría de una nava cerrada. Malditos hongos que evocan tristeza siendo una alegría deleitarse con su melosa carne sacrificada sin sistema nervioso central sufriente. Malditos y desobedientes. Ese díscolo champi que saltimbanquea sobre sus compañeros juguetando a ser distinto como si pudiese evitar su destino inapelable (y sin pelar). La tabla no es glamurosa y de repente quiero tener una de madera de haya que he visto en un vídeo de sabiduría infinita que es más higiénico y menos dañino para mis mal cuidados cortadores que una de plástico o una de titanio respectivamente. Si los champiñones se desordenan tengo que contárselo al mundo, por si acaso alguien más ha sentido ese movimiento sísmico, esa perturbación en la calma, por si alguien más ha sentido o siente empatía con esos pequeños seres que van a morir y han muerto, a mis manos, para alimentarme, para dar de comer a unas células que mueren a razón de varias por minuto, desordenadamente, sin avisar, traidoras células que me abandonan y pueblan el mar de los sargazos del aire que respiro. Mientras tanto, para simplificar, porque siempre hay que simplificar, que diría Perec, sé que la comida estará lista en menos de media hora y que mi amiga disfrutará de mi cariño hecho receta, mucho más de lo que yo lo haría en una franquicia recalcitrante que me eduque a comer con la ética oportunista y de postureo que se lleva en esta ciudad acartonada, desordenada como champiñones mal alineados.

Pero esta última frase no resulta en absoluto simple ni simplificada, sino más bien lo contrario pues remite a la conflictividad socio-política que emerge en este siglo XXI en el que se abandona el afán por perseguir utopías en aras de una imagen que llene o rellene el tiempo y el espacio de una red social, producto de consumo dopamínimo oligopólico y esdrújulo en grado máximo.

Desisto de intentar simplificar lo que me pasa por la cabeza cuando corto unas setas redondeadas pues hierve mi mente en constante desestructuración, en constante decaimiento a un estado de mínima energía irreversiblemente. ¡Qué inefable me resulta todo (y nada)!

¡Gloria al silencio!
Dije a los gritos.

Inexorable

Inexorable
acero inoxidable
el tiempo
pasa
dejando un rastro de cadáveres
porque el rastro
siempre es de cadáveres
para no ser
mercadillo
inexorable.

Inexorable
la vida
inefable indefinida
avanza
por una autopista
en dirección contraria.

Inexorable
el bolígrafo azul
agita efervescentes
lágrimas de tinta
al filo de
la madrugada
la noche
la angustia
la nada.

Inexorable
exorable
adorable
orable.

Inexorable
este texto
dejó de ser profundo
para jugar con las palabras
otra orgía
a la que llamar
poema.

Esto no es una broma