Por un puñado de series

Ha sido toda una sorpresa la oferta de entretenimiento que ofrece la plataforma de Amazon Prime Vídeo o, para simplificar, Prime TV.

Fue por mera casualidad que contratamos el servicio, pues íbamos haciendo muchos pedidos a Amazon, los más caros de los cuales han sido para amueblar y equipar el estudio de Costanilla en el que ahora tengo los talleres y que pienso rentabilizar mucho más (he de hacerlo) a partir de este nuevo curso. Para mejorar las ofertas disponibles en el mercado online, así como para agilizar trámites de envíos, cobros, etc, merecía la pena abonar los 19,90 euros anuales que cuesta pasar a tener una cuenta «Prime» / Premium.

Sin saberlo, como «daño» colateral, estábamos también contratando el servicio de Vídeo por Streaming y bajo demanda vinculado al gigante de las ventas internáuticas. Aunque mis espectativas eran poco menos que misérrimas teniendo en cuenta el pago tan reducido comparado con las ofertas similares del sector, como Netflix o HBO que rondan, de mínimo, los 10 euros cada mes (más de seis veces el precio de Prime TV).

Este verano, accidentado de una rodilla, he consumido más de lo habitual este tipo de productos (olvidémonos de denominarlo arte, pues no dejan de ser consumibles de mejor o peor factura, pero hechos para entretener y sin mayor pretensión ni objetivo que el de permitir ratos de asueto y anestesia cerebral) y lo he hecho principalmente en mi teléfono móvil conectado a las omnipresentes redes wifi y utilizando la aplicación (app) de Amazon Prime Vídeo.

Sorprendido, he disfrutado de unas cuantas series que recomiendo para empezar en este universo Amazing…

American Gods

Delirio audiovisual que no deja indiferente más allá de si su narrativa es rocambolesca. Una trama que parece un versionado muy libre de la más descabellada teogonía griega o hindú, mezclando mitología cristiana dándose todos los permisos para ser incorrecta hasta la saciedad.

Sexo, sangre a raudales, acción reposada y tirando a lenta, personajes perdidos en una historia loca, pero una verdadera joya visual. Reminiscencias de lo mejor de Spartacus pero con más cuidado por los detalles. Parece estar hecha para que cada fotograma sea digno de ser la portada de un disco de rock.

Hand of God

Protagonizada por Ron Perlman, quien lleva en televisión y cine desde 1979 y a quien no puedo olvidar en su inmejorable caracterización de Clay Morrow en Sons of Anarchy, es otra de esas series que deja con ganas de ver más capítulos, a pesar también de una marcada obsesión con la cristiandad, los fanatismos y los tejemanejes de las iglesias en el libre mercado.

Influencias de la inigualable Breaking Bad en la evolución de un personaje que parte de una maldad organizada y política para acabar siendo una especie de locura traumática que consigue que te apiades de su alma a pesar de los pesares.

Narrativamente sencilla, Hand of God usa bien sus cartas para que llegues a dudar de la posibilidad de lo imposible, para que aceptes el juego de la fe ciega y caigas en las garras de las explicaciones fáciles.

Hipnótica y de factura intachable. Corrupción, religión, crimen, infidelidad, sexo, fragilidad, locura, denuncia del racismo y machismo instituido, parece tenerlo todo. Y todo lo hace bien.

Patriot

Serie irreverente más seria de lo que parece y menos seria de lo que parece. Bajo un título que espanta proviniendo de una serie made in USA, se esconde una pieza que mezcla la ironía con una trama de espionaje más o menos bien llevada.

Otra pequeña grata sorpresa de este canal (PrimeTV) que parece apostar por series bastante indies (algunas de las cuales lo son en demasía, como las de la pedante/hipster creadora de las pretenciosas postmodernas Transparent y I Love Dick, Jill Soloway, a pesar de debérsele en parte la serie de culto A dos metros bajo tierra) que no tienen cabida en las alternativas más conocidas «emisoras» de streaming.

The Man in the High Castle

La impecable puesta en escena de la escalofriante novela de ficción histórica de Philip K. Dick merece un visionado y es merecidamente una de las más famosas series de la plataforma.

No obstante, la trama no avanza a un ritmo razonable estancándose en unas migajas de misterio que no acaba de desvelar ni de explotar como si se tratase de una novela de 1200 páginas, en lugar de una serie de televisión.

Aun así, la realización, el vestuario, la ambientación son tan buenas que perderse esta serie es una pena. Fantásticos los personajes femeninos y el del ministro japonés.

Goliath

Injustamente desconocida, la última serie protagonizada por Billy Bob Thornton no deja de ser un drama bastante manido de denuncia de pequeños contra grandes al más puro estilo Erin Brockovich, y como esta es un tanto maniquea y condescendiente, pero también se apoya y se levanta formidable sobre el talento interpretativo del actor protagonista.

8 capítulos que saben a poco y que prometen una segunda temporada mejor aún.

Flesh and Bone

La hermana oscura de aquella serie ochentera titulada Fama o una producción realizada para los fans de Cisne Negro, dicen de ella, pero la verdad es que esto es tan sólo debido a que el «fondo de pantalla», el lugar en el que ocurren los acontecimientos circunvala la danza clásica y su mundo plagado de tópicos sobre el sacrificio, el dolor, el autoritarismo…

Más allá de personajes poco desarrollados y tramas o lineas argumentales que no han sido continuadas, esta serie abortada en una minúscula temporada de 8 capítulos tiene bellísimos momentos y la originalidad (o no tanta) de situarse en ese contexto dancístico.

La verdad es que lamento que no haya dado más de sí y se hubiesen creado historias del mismo peso para otros personajes de la serie, una temporada por cada bailarina por lo menos. La serie tenía posibilidades, pero se desplomó enfocándose en un drama oscuro de superación y de familia más allá de lo disfuncional dándole más protagonismo del que merecían a un hermano exmilitar y un vagabundo inverosímil a costa de restarle foco a la pieza de danza y el mercado de la misma.

Mi obsesión con la sincronización me tiene inmóvil

No sé qué disco principal utilizar ahora que estoy desdoblado en dos, con dos ordenadores simultáneos en los que trabajar. Resultaría una tontería si no fuese un maniático de los backups y las sincronizaciones automatizables.

En mi caso, hasta hace unas semanas, teniendo tan solo un espacio principal, un ordenador de torre con USB 3.0, tenía mi carpeta principal (lo que a partir de ahora puedo llamar la matriz) en un disco externo (GSPDISK) que sincronizaba «hacia» la torre, en concreto sobre las carpetas copia de esta matriz en dos discos duros internos (un SSD y uno convencional).

Además, hacía una tercera copia semanalmente (syncronizator mediante) en el disco duro interno de un PC adyacente.

Por último, casi la totalidad de la carpeta interna del disco SSD forma parte de mi almacenamiento en la nube por parte de MEGA, que da más capacidad de disco sin tener que adquirir un plan de pagos mensual (aunque me temo que esta será la mejor de las soluciones futuras). Para que fuese la totalidad de la misma, los generosos 50 Gb gratuitos serían insuficientes, así que ahora mismo, sí, ahora mismito, mientras tecleaba esta frase, he decidido dejarme de miserias y adquirir el más modesto de los planes de pago que hay disponibles que es de 50€/año por 200 Gb.

Esta acción ha interrumpido el discurso «simplifica la cuestión», pues ahora puedo tener 2 carpetas simultáneamente sincronizadas con la carpeta de la nube de modo que puedo considerar que ambas son MATRICES.

Necesitaba salir de la inmovilidad y puede que unos 4€/mes no sean motivo para no hacerlo. Espero que no se queden pequeños en breve esos 200 Gb contratados.

Podemos contaminar, que hemos pagado la cuota de reciclaje

Si el aire es de todos,
la contaminación también.

Por cada 6 latas que reciclas contrarrestas
10 minutos de tubo de escape.

Es tremendo el mensaje que leo en una marquesina en mitad de un pueblo de la sierra norte madrileña. Es decir, leo en él: que puedo ir conduciendo a Madrid todos los días con tal de que recicle unas latas que me haya comprado, por ejemplo, yendo en coche al Mercadona.

No creo en el reciclaje como solución sostenible para el medio ambiente, pues como he escrito en alguna otra ocasión, ningunea las otras dos R del famoso «reduce, reutiliza y recicla«, pero cada día que pasa tengo más claro que la vida rural, la vida próxima al campo, es la que verdaderamente más contamina o perjudica el medio ambiente de manera global. Se pierde la eficacia energética del transporte en masa o colectivo, se tiende a la dispersión que favorece el uso del vehículo privado y, primordialmente, contaminante, obliga a generar infraestructuras intrusivas (carreteras), pero que no se salvan, no se CONTRARRESTAN con un reciclaje de chichinabo de unas latillas.

Es un modo de vida típico en las poblaciones menores alrededor de las grandes urbes, en las zonas residenciales que generalmente implican un mayor poder adquisitivo que se traduce, con frecuencia, en diversos coches por unidad familiar, viviendas que derrochan energía térmica en todas sus liberadas paredes, etc.

Y aun hay quien piensa que Madrid es el problema. Hummmmmm…. no nos pongamos a hacer cuentas.

No. No se contrarresta nada, tan solo se contamina un poco menos. Pero no se para de contaminar mientras se usen un coche para desplazarse y latas para embotellar.

Passengers: Apología de la violación

Tras el impacto con un gran meteorito, una nave espacial interestelar que viaja con piloto automático a un planeta lejano transportando a miles de personas, tiene una avería en una de las cápsulas de hibernación. Como resultado Jim Preston (Chris Pratt), uno de los pasajeros, se despierta noventa años antes del final del viaje. Estando completamente solo en la nave, Jim intenta por todos los medios volver a hibernar, pero tras un año desiste. Su estado mental comienza a flaquear al tiempo que comienza a obsesionarse con despertar a Aurora Lane (Jennifer Lawrence), una de las pasajeras dentro de su cápsula de hibernación. (Fuente: http://Filmaffinity.com)

Más allá de si la película tiene un guion mediocre e inverosímil en el plano de la ciencia ficción mala, lo más desesperante es ver cómo se viola a una mujer no ya impunemente sino con premio gordo (lo que no deja de ser obtejualización de la mujer).

El protagonista, porque él así lo quiere, se prenda de la chica guapa y decide unilateralmente hacer con su destino y con su vida (la de ella) lo que quiera.

Por supuesto que es sexo y relación no consentida pues hay engaño como cuando se utiliza una droga para anular la voluntad ajena.

Y para remate dice estar enamorado. ¡No señor! Eso No es Amor. El amor sin la libertad de opción ajena no es sino deseo de posesión, y no es lo mismo en absoluto. Casi podríamos decir que es literalmente lo opuesto.

La aproximación a la consumación del crimen deleznable es tan tópica que espanta:

El chico ve una chica que (por supuesto) es guapa canónicamente hablando y decide que va a saber todo lo que pueda de ella. Es decir, en otra lectura algo más profunda, la acosa en la sombra hasta que decide pasar a la acción.

Bien podría habérsela follado directamente mientras hibernaba, total, la necrofilia no es tan brutal éticamente hablando como la violación a una persona viva, claro que se dirá entonces que en realidad lo hizo (sacarla de su hibernación) para no sentirse solo, pero no es cierto. El criterio de elección de la persona para hacerle compañía (dama de compañía) es meramente físico/sexual. No elije, pongamos por caso, a un miembro de la tripulación, con accesos que permitieran resolver posibles problemas o, incluso, exigir responsabilidades sino tan solo a la chica más guapa posible que, claro, escribe y es sensible y todos esos atributos típicos-tópicos que muchas personas se empeñan en denominar «femeninos».

Al «despertarla» no se plantea decirle lo que ha hecho ni tan siquiera «despertar» a alguna otra persona además de la primera. Deja que la desesperación de la soledad (de ella) lleve a la mujer a sus brazos y tampoco entonces se lo cuenta. Sigue la cadena de mentiras y manipulación que la ha llevado a ser una víctima inconsciente de una violación.

Ella lo descubre finalmente por accidente de boca de un robot camarero (masculino) confidente del violador. Falta, para poner otra guinda al criminal pastiche, que el cabrón protagonista descargue su ira sobre el indiscreto androide.

Ignorando su propia acción, continúa acosándola buscando una comprensión que debería ser inadmisible sin dejarla un segundo sola incluso invadiendo su espacio acústico y el de toda la nave desde la nave desde la sala de control de megafonía: mucho más allá del manspreading.

Y seguimos: Despierto por accidente (todo pasa por accidente en esta película de guion improvisado salvo la violación) el capitán de la nave empatiza (codazos cómplices mediante) y envidia al protagonista por su buen ojo al elegir compañera, por no decir prostituta o esclava. Quién mejor que Jennifer Lawrence para pasar un año a solas en una isla desierta.

Me recordaba ese viejo y viejuno chiste de mal gusto sobre aquel que dice que desearía pasar un año en una isla con Claudia Schiffer pero que luego necesitaría a un hombre para poder contárselo y presumir, básicamente, de trofeo de caza, porque como en ese obsoleto «humor» machista, aquí también la mujer es florero y presa de la apetencia activa y sexual del varón de turno.

¡MIERDA!

¡No somos todos iguales!

Pero la cosa no acaba ahí, no. La chica le perdona todo porque él le salva la vida. Y le perdona como si fuese una versión trasnochada y simplista del Don Juan Tenorio de Zorrilla indultado por una Santa Inés. Es decir, seguimos admitiendo a trámite de romance los mismos valores del siglo XIX como si la liberación de la mujer no fuese más que una broma pesada que solo afecta al puesto de trabajo carente de techo de cristal.

La chica perdona y ama a su violador como si tal cosa, como si nada, e incluso termina estándole agradecida (¡Toma ya!) porque él diga estar dispuesto a sacrificarse mal héroe trágico épico para salvar a todos los demás hibernados: El salvador.

Pero no por esas termina el esperpento, aún hay más: Él muere y ella le resucita (ah, sí, había esa opción pero no la aplicaron con el capitán recientemente fallecido, no se sabe si por ser negro o por ser viejo…) para voluntariamente ser su devota ama de casa y registro biográfico pastelero mutuo disfrutando CONTRA SU VOLUNTAD de una vida capturada junto a quien atentó contra ella.

Frases como «sin ti me muero» dichas por una víctima a su violador no deberían aparecer en una película sin analizar la sinrazón de las mismas.

Después de las polémicas por unas chapas en unas penosas fiestas de San Fermín (penosas por lo que tienen de crueldad con los animales y con la normalización de la cosificación femenina en las masas), me parece mucho más insultante esta apología de la violación disfrazada de romanticismo pastelero. El retrato que se hace del «amor» es tan enfermizo como machista.

Tan solo se salva de la quema la buena interpretación dramática de J. Lawrence tras el momento de enterarse de lo que él le había hecho, como si quisiese, de alguna manera, dejar constancia de su repulsa, de la conciencia de la violación del personaje que encarnaba, pero quedaba claro que al guionista (o al director) era una parte que le preocupaba bastante poco como para dedicarle mas de 30 segundos de metraje.

Por lo demás, una auténtica basura de película, con guion manido, previsible, plagado de recursos tramposos a lo Deux ex Maquina para concluir una historieta intrascendente sin profundizar en ninguno de los conflictos que plante o podría haber planteado. Pero no, se trataba de hacer caja, no de hacer pensar y parece ser que no pueden o no se desea que vayan de la mano ambas actividades.

Eso sí, no hacer pensar (reflexionar) no es tan grave como hacer pensar (asumir) que amar es poseer lo que se desea y que todo vale para conseguirlo, basta con creerse guapo y pensar (saber) que nadie te condenará por ello.

El poder del contexto

Ames
a quien ames
Madrid te ama.

Es un slogan precioso y que me encanta, del que me enorgullezco en estas fechas de orgullo madrileño.

Pero…

Sin contexto sería tan gracioso como casi próximo a ese amor al prójimo sin excepciones que luego no es tal.

Veamos:

Amo a un catalanista radical
Amo a un etarra confeso
Amo a un pederasta irredento
Amo a un machista agresivo
Amo a Hitler
Amo a Stalin
Amo a Hugo Chavez
Amo a Donald Trump
Amo a ese estúpido cliente de prostituta
Amo a esa prostituta (faltaría más)
Amo a la madre de todas las guerras
Amo a un terrorista chiíta
Amo a un narcotraficante millonario
Amo a un dictador millonario
Amo a un especulador millonario
Amo a un especulador pobre (si es que existe)
Amo a Esperanza Aguirre
Amo a Cristina Cifuentes
Amo a la madre que las parió
Amo a la casta y a la sincasta
Amo a la guerra y la paz
Amo a la victoria ciega
Amo a la justicia ciega
Amo a la voluntad ciega
Amo a Dios
Amo a Jehová
Amo a Al-lah
Amo a Mitra
Amo a Cristobal Colón
Amo a Supermán y Superwoman
Amo a Polanski
Amo a la calle en que moriré
Amo a la persona que canta todas las noches la misma canción en mi calle
Amo a la persona que compuso esa ridícula canción
Amo a la loca del tercer piso
Amo a la locura en su conjunto
Amo a la patria
Amo a la fe
Amo a la montaña
Amo a la incredulidad
Amo a la ciencia
Amo a la duda metódica y metodológica
Amo a la RAE
Amo a la CIA
Amo a la NSA
Amo a la KGB
Amo a la TIA
Amo a la peña de las tres K
Amo a la tauromaquia
Amo a la esquizofrenia
Amo a la especie humana y a sus destrozos y sus desmanes
Amo a la palabra Amar
Amo a la palabra Odiar
Amo a la palabra Besar
Amo a la palabra Matar
Amo a la palabra Betancur
Amo a la palabra Palabra sobre todas las cosas
Amo a un Amo que ama su ama.

Post scríptum de Crisis del Pensamiento Racional

Tras la acción comentada ayer, me solicitaron una participación en una reflexión sobre la misma y acabé escribiendo este texto:

Habitualmente determino las acciones mediante scripts bastante detallados (adjunto el mismo tras las respuestas al cuestionario) aunque tan sólo tengan interés personal, incluso diría íntimo, pues al hacerlo voy dándome cuenta de las innumerables cuestiones que surgen y que no he tenido en cuenta a la hora de dejar desarrollarse la idea principal u original (no siempre son la misma idea). En este caso partí de un boceto en el que lo único que tenía claro es que debía ir vestido de blanco (aunque no tengo aún claro el porqué) y preferiblemente descalzo, jugando con la idea de 4 puntos cardinales que representasen momentos estelares de la filosofía racional y, al mismo tiempo, ofreciesen 4 lugares donde burlar esta manera de entender el mundo, de aprehender el conocimiento. Esa burla se haría mediante elementos que previsiblemente estarían disponibles en el espacio en el que la acción se iba a desarrollar.

Ese primer boceto se complicó cuando visualicé el cuadrado lugar escénico que estaba perfilando, todo alrededor mío, seguramente, de manera que había un círculo y un cuadrado. Si además el primero tenía el área del segundo llegábamos a la cuadratura del círculo que fue un tema de debate en el terreno intelectual geométrico desde la lejana lúnula hipocrática.

Elegir los elementos de burla o irracionales fue divertido pues aparte del disponible cencerro que Matsu disponía y que, por supuesto, sería el punto de partida, me llevó a encontrarme con el escurridor de pasta que referenciaba claramente a la omnipresente influencia de las religiones más o menos establecidas y la contestación dada por la inteligente propuesta del Pastafarismo. Tambor y regadera eran otras obvias y algo tópicas imágenes de irracionalismo, si bien aún no tenía claro de qué manera iban a ser usadas en la acción.

Tras esta primera aclaración, procedo a responder una serie de preguntas que Ana Matey formula haciendo que el generoso VI Encuentro de MATSU no concluya con un adiós irreflexivo:

Cuestionario propuesto por Matsu

¿Cómo se transforma la performance una vez que pasa de idea a acción?

De manera semejante a la transformación que sigue al hecho de dibujar un círculo tras imaginarlo. La idea es la circunferencia perfecta, aquella cuyo diámetro, por ejemplo, mantiene una relación de ? con su longitud, de ancho nulo, plana. Pero su materialización es, dada su fisicidad, por naturaleza imperfecta, al menos desde una perspectiva meramente platónica, sin que ello implique que no deban existir otras perspectivas.

Hablar de la materialización en un determinado locus espacio-temporal concreto la multiplica hasta el infinito posible (que no el imaginario) pues en cada realización de esa idea de circunferencia obtendremos una circunferencia matérica nueva, con distinta relación diámetro-longitud, con distinto grosor de línea, con distintas irregularidades perimetrales, superficiales, etc, es decir, única, como copo de nieve, imperfecta, puede, pero tan interesante o más que la propia idea de partida.

La partitura de mi acción (de todas ellas) es absolutamente irreal en el sentido físico y sin embargo es absolutamente real en el sentido ideal, en el sentido, digámoslo, conceptual, pues ha sido concebida mentalmente. Pero asumo (en todas ellas) que al pasar al campo de lo concreto, se alejará y al mismo tiempo surgirá otra cosa, distinta de la idea, que es la materialización de la misma. Me parece, de hecho, ésta, una de las más apasionantes cuestiones del arte de acción, que comparte, entre otras cosas, con la música, pues la partitura es una cosa y su interpretación otra. Habitan u ocupan universos completamente disjuntos, de modo que no diría que la performance pasa de idea a acción, sino que la palabra se hace carne. Aunque aquí nos aventuramos en el espinoso misterio de la trinidad que sigue siendo difícil de encarar: la performance es idea/concepto, acción/concreción y, quizá, residuo/repercusión.

¿Qué surge al ser realizada?

Aparte de la concreción mencionada, surge interacción con otros seres humanos. Dejando de lado el posible debate de si una performance puede serlo sin ser vista/vivida por otras personas distintas al intérprete de la acción, una de las primeras cuestiones que (me) surgen es el contacto con la mirada ajena, con su desplazarse o mirar alrededor, cómo tratan la acción, si se acercan, si (me) hablan, si tocan, si ríen, si se van, si murmuran, si (me) ayudan o si no hacen nada de eso.

Aprovecharlo es algo que considero un aprendizaje continuo, pues quizá (demasiado racional) tiendo con frecuencia a un solipsismo exagerado que en esa encarnación de la que hablábamos acaba por desaparecer, disuelto en la incontestable presencia de la otredad.
En este caso concreto, fue muy estimulante tener rostros amigables (otro gran logro de MATSU: el ambiente no nace, se hace) dispuestos, por ejemplo, a ofrecerme cerveza que necesité durante la acción para facilitar la ingesta de unas tiras de papel con textos escritos. Esta misma cerveza, de hecho, sirvió para generar unos gases que, expulsados, produjeron un elemento de refuerzo de la componente irracional que ayudaba a la dialéctica entablada en la performance propuesta.

Gracias a la generosidad de eventos como los Encuentros de MATSU, un valor adicional, una perla que surge inesperada, es el residuo o la posibilidad de análisis de repercusión gracias a las charlas posteriores junto a una deliciosa cena compartida o mediante la exquisita documentación fotográfica y, también ahora, escrita.

¿Cómo afecta el contexto?

Casi cambiaría la pregunta por ¿cómo NO afecta el contexto?
La respuesta sencilla a la pregunta positiva planteada por Ana Matey es: de todas las maneras. El contexto es lo que hace a la acción una concreción y no una entelequia.

En mi caso, de nuevo concretando más allá de lo que me es habitual, la elección del lugar donde terminé realizando la acción vino determinada por diversos factores todos ellos contextuales: la música de una boda o algo similar en la finca de unos vecinos hacía que quisiese estar lo más lejos posible, el sol aterrador del sábado 17 de junio a las 7 de la tarde era como de poema taurino de García Lorca, los lugares elegidos para la realización de otras acciones, los objetos disponibles por el espacio…

Llevaba en mi mente la idea de realizar la acción en el lugar más «cuadriculable» posible que me parecía ser frente a la puerta del almacén donde están las herramientas. El calor me sacó de esa idea llevándome a elegir un lugar que no acababa de convencerme bajo los árboles en un pasillo pero apenas había espacio para trazar las líneas del cuadrado que, en principio, estaba concebido para ser de unos 3 metros de lado. Además, estaba el tema del final de la acción que implicaba lanzar hacia arriba (idealmente) un libro que en este contexto acabaría chocando inmediatamente con los árboles.

Tras la poderosa acción de Jesús García justo en el lugar que satisfacía algunas de mis necesidades escénicas, habiendo además bajado la intensidad del sol, decidí desplazar la ubicación de la acción a la puerta de la finca, retirando una mesa de ping-pong que había allí apoyada sobre 4 taburetes.

Pero de nuevo el contexto me lanzaba una cuerda y era útil usarla, aprovechando esas fantásticas 4 banquetas para marcar los vértices del cuadrado. Aproveché un pedazo cuasicilíndrico de un tronco de árbol para depositar en el centro del mismo el libro del Discurso del Método y proyectar la idea de círculo (rudimentariamente trazado) de área relativamente cercana a la del cuadrado definido por los 4 asientos.

Por cierto, el libro fue lanzado, finalmente, hacia uno de los lados y no hacia arriba, como había planeado hacer, curiosamente hacia el lugar en donde había proyectado realizar la acción.

¿Nuevas incógnitas?

Una pregunta que me formulé y compartí con la estupenda artista Isabel León Guzmán mientras estábamos realizando las acciones ese fantástico sábado fue si existía un estudio sobre los materiales que utilizan los y las performers en sus acciones (incluso en las ideas preconcebidas de sus acciones) en función de la climatología del momento.
Me resultó impactante el uso del agua fría que dudo mucho que hubiésemos utilizado tan profusamente si hubiese sido realizado el encuentro en mitad de diciembre, pongamos por caso. De modo que quizá habría que plantearse hacer un encuentro de verano y otro de invierno con las mismas acciones. ¿Serían las mismas?

¿Alguna reflexión?

Llegado a este punto, no sé si ya he reflexionado suficiente o más de lo suficiente.

Siempre sobrevuela estos encuentros la sombra de la endogamia, pero de nuevo el excelente buen hacer de Matsu logra que además de caras conocidas aparezcan nuevas personas en el panorama performático y, por otro lado, tampoco hay que obsesionarse pues son encuentros, como de amigos y amigas que se vuelven a ver. Es posible que más adelante podamos denominarlos, para que no haya la más mínima duda: reencuentros.

Otra de las reflexiones recurrentes, y ya algo cansina, es el tema de la financiación: si este tipo de trabajo debe ser remunerado, por quién y de qué manera. Pero es demasiado extensa como para tenerla en este lugar.

Quizá me sorprende que, para ser un «encuentro», hay poco trabajo colaborativo, poca acción que podamos poner en pie sobre propuestas colectivas, pero yo soy el primero al que le resultaría dificilísimo imaginar de qué manera aproximarme a este tipo de trabajos, dejando de lado mis personalísimas obsesiones.

¿Respuestas?

Opto por contestar a cuáles fueron las más significativas respuestas de la concurrencia ante la acción realizada.

El cálido beso de Yolanda Pérez Herrera fue una de las más agradables respuestas obtenibles, amén de la mirada aprobatoria y comprensora de la mayoría de las personas que estaban allí. Es una comprensión que se agradece especialmente cuando has pasado décadas de tu vida sintiendo incomprensión en el medio social que habitas. No hablo de intolerancia, que serían palabras mayores, sino simple y sencillamente la incomprensión de la rareza, de la marginalidad, de la diferencia.

En el encuentro de Matsu la libertad se cultiva tan hábilmente como las hortalizas y da lugar a aceptación total y comprensión de lo incomprendido, facilitando un ambiente de creación desinhibido que permite convivir la individualidad con el grupo sin abocar a un enfrentamiento desigual y, con frecuencia, cruel. Como ya escribí el año pasado: «el sábado, por encima de todo, primaba la libertad. Libertad sin juicio ante lo ajeno, presente en la creación variopinta, sin censuras, por placer, por onanismo, casi, pero sin desconsideración egocéntrica».

Tras el fin de semana, los emails surcaban las venas internaúticas, las imágenes de redes sociales servían para tender nuevas conexiones, redes sociales naturales, las ganas de permanecer en contacto se palpaban.

Tras el fin de semana, las respuestas siguen surgiendo, contextualizando la necesidad de encuentro(s), deseando agradecer de manera siempre insuficiente la dedicación de las personas que tienen a bien prestar su casa, su convocatoria, su trabajo, para que otras personas mostremos nuestro trabajo, nuestra intimidad a otras personas que lo reciben con curiosidad y con cariño.

Tras el fin de semana, deseamos esperar a que llegue otro encuentro con Matsu de fin de semana para que ese fin de semana no tenga fin.


NOTA: Toda la información de estas tres últimas entradas del diario, pueden ser descargadas de este documento:

crisisracional (postscriptum)

Esto no es una broma