El tren de la memoria

Llevo años jugueteando con estas cuatro placas de memoria de (¡Atención!) 1 Mb RAM cada una. Son viejas tarjetas de 30 pines que ya no valen para nada más que para hacer chistes de palabras visuales.

Para mí, son una doble referencia a la memoria, en tanto algo obsoleto y por la obviedad de lo literal: tarjetas de memoria, tarjetas de recuerdos, tarjetas de algo que ha sido olvidado y superado, tarjetas del pasado, tarjetas del tiempo que no volverá, tarjetas de ayer, tarjetas de paraísos perdidos, tarjetas de reminiscencias, tarjetas de recuerdos, tarjetas de semimetales sobreimpresos, tarjetas de vida al fin y al cabo.

Ecosistema terapéutico

Es curioso el ecosistema social que se forma en torno a una sala de rehabilitación.

Hay personas de diferentes edades que se acaban por relacionar entre sí, de manera más o menos natural, como por azar, pero sin serlo, entras en la sala y sabes que pasadas unas jornadas hablarás con esta o aquella persona y pocas veces le dirigirás la palabra (sin mala intención, ni acritud) a esa otra, ni ella a ti.

No solo es una simple cuestión de edad. Se valora entre consciente e inconscientemente el vestuario, la forma de moverse e incluso la manera de hablar, pues todo comunica y el ecosistema muestra su carácter tribal, categorizador sin ser segregacionista… o casi.

Un colgante de un crucifijo, un pendiente en una parte infrecuente de la oreja, un tatuaje, un reloj de pulsera dorado, unas gafas de pasta negra y amplias, una gabardina de vivo rojo, una mantilla, una falda recta por debajo de la rodilla, unos pantalones rotos (intencionadamente), un iPhone, un Nokia sin pantalla táctil, un ebook/ereader, unas uñas pintadas de según qué color…

Inicialmente, te sitúas en cualquier punto de la sala y notas las miradas, evaluándote con discreción, como quién no quiere la cosa. Hay algún acercamiento fallido de alguien que te dice algo que no te interesa lo más mínimo. Lo notan, generalmente, ambas partes. Quizá la respuesta sea poco del agrado de la primera parte por fondo o forma. Ambas partes saben que no deben estar en la misma categoría o clase o grupo o tribu o…

Una mirada distraída, una especie de «cabeceo» de esos del Tango, y acabas por entablar conversación con una chica de tu edad, que te pregunta qué te pasa. Quizá ha oído tu nombre al fisioterapeuta que está tratando, quizá no. Conversaciones sobre la salud, pero desde una perspectiva que se acerca vitalmente a la tuya: no estás en fase terminal, no te quedan dos telediarios, pero lo tuyo ya empieza a ser serio, como lo suyo. Habláis de su operación y te interesa lo que te cuenta y, sobre todo, cómo te lo cuenta. Sientes que el idioma es el mismo y se maneja (el habla) de la misma manera.

Después, ella te menciona la dolencia de otra persona de la sala en quién también habías reparado por su abrigo rojo y que notaste que te miraba cuando estabas esperando a ser atendido. Es la misma afección que la que tú tienes, así que estás casi al acecho de una coincidencia que te lleve a dialogar con ella y saber su tratamiento, su evolución, su situación… entre esperanzado y desesperanzado pues lo suyo parece ser más grave que lo tuyo y empatizas pero sintiendo una egoísta satisfacción interna que le manifiestas para que te comprenda y ella te envidia pero empatiza porque sabe que sentiría esa misma egoísta satisfacción interna.

Ya son varias jornadas y varias personas a las que conoces y saludas, incluso por su nombre propio. Son tu clan. Como en una prisión (lo sé por las series, no de primera mano), los reclusos o internos se agrupan con los suyos y miran de soslayo a los otros. Ahora eres de las modernas, de las clásicas, de las canosas, de las jóvenes, de la ancianas, de las sofisticadas, de las campechanas, de las espontáneas, de las vocingleras, de las silenciosas, de las susurrantes, de las que rezan, de las pobres, de las ricas…

Te sientas a su lado. Le preguntas qué tal ha pasado la noche, el fin de semana, la jornada. Le dices que te han vuelto a mandar sesiones de rehabilitación. Ella te dice que a ella le quedan sólo seis y luego no sabe qué va a hacer. Ella te dice que le quedan sesiones hasta finales de diciembre. Ella te dice que tiene para largo.

Comienzas a hablar de la vida tras la puerta y las ventanas (ventanucos) de la sala. ¿En qué trabajas? ¿Llevas mucho tiempo de baja? ¿Qué estudias? Claramente no eres del colectivo al que preguntarle por sus nietos, ni por su jubilación, ni estás dispuesta a criticar a la alcaldesa o hablar de fútbol. En realidad, nadie habla de fútbol.

Primark. Te contesta ella. Está de baja. Estudia Psicología. Tú eres, pongamos, poeta y no tiene sentido estar de baja. Impartes talleres de poesía y escritura creativa, pero no tiene sentido estar de baja. Trabajas en algo que no necesita que puedas caminar. Vives cerca de su trabajo.

Llega el momento de que te atienda el fisioterapeuta (en una camilla en mitad de la sala) y te despides cortésmente de la persona con quien hablas.

Hablas con el fisio. Le preguntas por su viaje. Te pregunta por tus dolencias. Le dices cómo vas evolucionando. Hablas de lo duro que es su trabajo y su situación laboral de suplente o sustituto que hace que no sepas si va a seguir atendiéndote y si esa relación que estás creando se evaporará como bruma de media mañana.

Terminas la sesión. Recoges tus aperos, tu abrigo. Vuelves a disfrazarte de ciudadana del mundo y cuando sales del local aprovechas para despedirte de tus afines, les diriges una amplia y sincera sonrisa mientras les deseas una buena evolución de su situación. Ignoras al resto sin mala intención. El resto también te ignora. Aceite y agua.

Justo antes de abandonar la estancia piensas que un día dejarás de ver a alguna de las personas que pertenecen a tu especie, que otra persona de las que ha entrado hoy nueva parece que te ha mirado con intención de establecer contacto y sabe que tú llevas más tiempo allí y cree que tienes algún tipo de poder o ascendencia sobre los demás por ello. Le devuelves la mirada y, quizá, un saludo personalizado confirmándole sus sospechas de semejanza.

Ya de camino a tu siguiente destino piensas si no has sido algo brusca en alguna despedida o si tus prejuicios te han impedido acercarte a otra persona… pero sobre todo te queda la amarga sensación de saber que esos vínculos que estás fraguando desaparecerán como lágrimas en la lluvia.

¡Qué cosas tiene Instagram!

En Instagram estoy intentando hacer un pequeño damero a base de publicar fotografías en color alternadas con imágenes de la Colección de Poesía Visual del Proyecto Lejanías que son líneas y frases blancas sobre fondo negro.

Hoy he publicado una fotografía del poema visual Dulce pero utilizando algunos «hashtags» poco habituales como el de «#definición», pensando, ingenuo de mí, en la definición de la palabra dulce que está incluida en la pieza.

No había caído en las acepciones de la definición de la palabra «definición». Y ha ocurrido esto cuando he ido a ver qué otras «definiciones» aparecían bajo esa etiqueta en la red social de imágenes…

Desbrozando un PLC

Lo tenía mi madre en su casa. A ella puede que le hubiese servido para algo, esto de conectar ordenadores alejados utilizando la red de corriente eléctrica de la vivienda para distribuir la información (datos), pero a mí me era absolutamente inútil. No sólo por el hecho de que tengo una superficie de hogar que no justifica este despliegue, sino porque además me obligaba a adquirir otro PLC con el que completar el par cliente-servidor o maestro-siervo, sin ninguna justificación.

No obstante, quise trastear con el «bichito» y probé a encenderlo y ver si se podía configurar de alguna manera… pero no pudo ser. Quedaba permanentemente en un estado de luz roja (mal signo) así que no conseguí que se pusiese en marcha.

Después de darle una lenta pensada a qué hacer con ello, si podía recuperar algo, aunque fuese el enchufe, acabé por destriparlo. Solía hacerlo de pequeño: abrir aparatos sin saber si voy a poder usar algo de su interior. Así fue: nada me servía. Lo abrí para un rato después seguir sin saber qué hacer con ello. Y acabé tirándolo, como no podía ser de otra manera. Consumismo irresponsable e insostenible…

No lamento su muerte

Stan Lee
95 años.

Creación permanente
para escapar del tedio
buscando un ser humano
o sobrehumano
que pudiese parecerse a él
y no podía encontrarlo.

No lamento su muerte
y envidio
lo poco que conozco de su vida.

Envidio su constancia
su dedicación
y
en parte
su éxito.

Envidio que viviese 95 años.

Pienso en su vida y no en su muerte
y no lamento su muerte
y sí festejo su vida
viéndome algún homenaje
audiovisual a su memoria.

Habiendo tantas vidas desperdiciadas
la suya no fue una de ellas.

¡Viva!

SSL

Convertir el blog a SSL (es decir, que aparezca un candadito en la parte de arriba del navegador), cifrar el contenido con una clave asimétrica, lo que viene a ser el funcionamiento básico del cifrado SSL, ese que añade una miserable «s» al http para que pase a ser https… ha sido mucho más difícil de lo esperado.

No ha sido difícil por lo que esperaba: el certificado en el servidor, puesto que de un tiempo a esta parte los hosting servers lo ofrecen de manera automática y gratuita (antes lo cobraban y no descartaría que en breve lo vuelvan a cobrar).

Lo más complejo es lo que se conoce como «Contenido mixto» que consiste en que partes de una página web bajo un servidor «seguro» con su certificado SSL reconocido, etc, incluyen contenido de webs «inseguras», es decir, sin certificado.

Un ejemplo sencillo es una página que en lugar de tener alojada una imagen, la «incruste» desde su propia URL externa al servidor en el que está la página (img src="h t t p ://.....imagen.jpg). Esto se mostrará como «contenido bloqueado» y saldrán distintos avisos en los navegadores (cada uno tiene su forma de gestionar esta situación) e incluso alguno, como Opera, bloqueará el acceso a esa web porque la considerará potencialmente peligrosa.

No se contentarán con avisar de que tiene contenido mixto y que parte de la web contiene elementos no cifrados, de manera que el usuario sea quien tiene la responsabilidad de comprender lo que ello significa, sino que bloqueará el contenido y alertará como algo muy peligroso… mientras que si se accede a la versión sin SSL, es decir, aquella en la que no hay contenido mixto sino que todo el contenido está sin cifrar, no avisará de la misma manera, tan sólo con un poco molesto «sitio no seguro», por supuesto sin ningún tipo de bloqueo.

En resumidas cuentas: como se parte de la base de que los usuarios son lerdos incapaces de aprender por su cuenta qué significa esta parafernalia tecnológica, las empresas que desarrollan navegadores alertan para que nadie sea estafado.

Evitar el contenido mixto en una web (especialmente en un blog) es muy complicado, aunque afortunadamente hay herramientas que ayudan a simplificarnos la vida y abunda información disponible en Internet para ayudarnos a migrar. Pero lo que a mí me parece cada día más evidente es que este campo (Internet) está destinado a ser propiedad y gestionado por las grandes empresas, capaces de realizar operaciones cada día más complejas, como los cumplimientos con legislaciones como la nueva Ley de Protección de Datos o informar sobre las cookies, la certificación SSL (incluso para una mera web presencial, que no recaba información), el hacerlas adaptadas a todo tipo de dispositivos (lo que se conoce como web «responsives«) y ya ni hablamos del posicionamiento SEO para que Google decida si tu página es visible en el mundo de su buscador o no.

Navegadores

En esta época en la que confundimos Internet con Google o decimos cosas tan graciosas como «abro internet«… he decidido compartir unas cuantas capturas de pantalla de navegadores para que se entienda que con cualquiera de esos programas podría acceder a páginas o servicios que estén ubicados en servidores de Internet, ya sea localizándolos a través del «magnífico» y casi omnipotente y omnipresente buscador Google (/portal /desarrollador de aplicaciones /servidor de fuentes /etc, etc, etc…).


Chrome:


Chromium:


FireFox:


(MS) Explorer:


Opera:


Safari (MacOS):


TorBrowser:


Midori… y otros muchos, se quedan fuera por poco uso, pero es una lista mínima de navegadores diferentes, sobre distintos o no sistemas operativos funcionando… y he dejado de lado todos los dispositivos móviles, televisiones, tablets… etc.

Prefiero NFS a SAMBA

Cuando utilizas Linux es mucho más sencillo configurar las comparticiones de carpetas entre dispositivos utilizando NFS que el protocolo típico del mundo windows.

Es tan sencillo como instalar NFS server en el equipo del que se desean compartir carpetas

(En derivados de Debian):
sudo apt install nfs-common nfs-server

A continuación, editar (por supuesto con un editor de texto plano, por ejemplo VI) /etc/exports y añadir las carpetas que se deseen compartir y las reglas de compartición propias
(Yo solo dejo acceso a 192.168.1.4, para dejar a toda la red local suele ser por defecto en la mayoría de las configuraciones típicas de router: 192.168.1.0/24)
/RUTA_ABSOLUTA/CARPETA_a_COMPARTIR 192.168.1.4(rw,async,no_subtree_check)

Si no queremos reiniciar, podemos sencillamente ejecutar esta secuencia de comandos para que el NFS server se entere de los cambios:

sudo exportfs -ra
sudo update-rc.d rpcbind enable && sudo update-rc.d nfs-common enable
sudo systemctl restart rpcbind
sudo systemctl restart nfs-kernel-server

En el lado cliente es preciso instalar al menos el nfs-common
sudo apt install nfs-common

Read morePrefiero NFS a SAMBA

Esto no es una broma