Sería un mal agricultor

No tengo paciencia
suficiente
y llevo menos de un mes
plantando
semillas
para que den fruto
pero quiero ver
ya
ya
ya
esos frutos.

No tengo paciencia
y miro sin cesar el lento crecimiento
de una fina hierba
que algún día será
tallo
que algún día será
planta
que algún día dará
frutos.

No tengo paciencia
y desespero
y riego
y riego
y riego
hasta encharcar el semillero
y ahogar el futuro
por vivir demasiado
en el presente.

No tengo paciencia
para ser
agricultor.

¿Por qué vivo en Madrid aunque no es la mejor ciudad del mundo?

[youtube_sc url=http://youtu.be/Y5dufWOHGCg]

Después de ver este monólogo en el comienzo del primer capítulo de la serie The Newsroom, creada por el formidable Aaron Sorkin, me quedé pensando en la pregunta que había hecho la muchacha.

¿Por qué creen que América (sic) es el mejor país del mundo?

Está claro que la pregunta es capciosa como poco, pues da por hecho que lo es. En lugar de preguntar, a priori, si verdaderamente lo es.

Pero también tiene algo de, digamos, verdad: si estás en un lugar, sea América o Madrid, es porque se supone que lo has elegido (tienes esa capacidad, al menos) y has decidido que es el mejor lugar del mundo en el que deseas estar.

¿Alguien elige a conciencia el mal? Por esta pregunta tuve un debate inacabado con mi profesor de Filosofía de COU, el ínclito Manuel Sánchez Ortiz de Urbina.

Entonces, debo hacerme esa pregunta: ¿Es Madrid la mejor ciudad del mundo?

Y no sé qué responderme.
Seguramente diría que depende de cómo se mida esa palabra «mejor», tan inocente…

Hace años, escribí un relato titulado Crónicas de una ciudad muy dura pero de la que sigo enamorado, en la que terminaba diciendo que la amaba aunque tuviera granos.

Hoy día, con una ciudad que desanima a cualquiera a ser diferente, ruidosa, con habitantes bastante irrespetuosos con sus vecinos en todos los aspectos, con difícil convivencia, una ciudad hostil para el emprendimiento, un gobierno elegido que da vergüenza por lo pazguato, lo fundamentalista religioso, la podredumbre moral de los políticos, en un país más preocupado por la siguiente victoria de Nadal que por cualquier evento cultural, en un país que rescata bancos sin que exista la más mínima repercusión sobre sus propietarios, los que arriesgaron jugando a la especulación en este sistema que alienta la ambición como soporte del mismo, en un país casi militarizado, con leyes que se aplican contra todos, para evitar que tengamos que ser capaces de llegar a acuerdos, en esta ciudad, capital de este país, vivo disfrutando, como hoy, de un paseo bajo la lluvia y sabiendo que esta tarde puedo ir a ver a mi amigo Jaime Vallaure, quien expone un trabajo cerca de casa, en esta ciudad que se viste de sol, de nubes, de agua y hasta de humo, sí, de humo, con sus mejores galas, esta ciudad en la que tomarse un café con leche es de lo mejor… también anima.

No es fácil caminar por unas aceras infectadas de ciclistas desaprensivos (no todos los ciclistas son desaprensivos, solo aquellos que lo hacen por las aceras), por mascotas maleducadas (no todas lo están), conviviendo con horarios dispares, con gente que no siempre piensa en que el espacio es compartido.

Pero hay alegría.

Sí, no sé cómo expresarlo, pero la gente suele, incluso cabreada, ser alegre. Y la luz de este azul metálico impacta en el pecho, lo abre y hace sentir que se está donde se quiere estar. Es desordenada y sucia, pero eso mismo da una cierta sensación de libertad inaprensible, un poco lo contrario a ciudades como Estocolmo, donde tenías la impresión de que se iba a romper si la mirabas demasiado. Es no demasiado cara. Hay ganas de hacer cosas, voluntad, por encima de las dificultades lo que no deja de despertar la creatividad, aunque vendría bien un poco de ayuda.

Es vital. Madrid es una ciudad viva, con gente en la calle hasta tarde, con negocios y ocios abiertos con frecuencia hasta la hora en la que toca despertarse. Llego de, por ejemplo, Colmenar Viejo, y lo primero que agradezco es que haya gente, mucha gente por la calle, gente que va y viene, gente que se mira, aunque no mucho, que procura no chocarse caminando por la estrecha acera mal compartida, gente que saluda y alguna que no lo hace, gente que tiene ganas de vivir y saben que están vivos.

Estaría bien que fuese perfecta… o no.

De momento, aunque tengo claro que, posiblemente, Madrid no es la mejor ciudad del mundo, sigo eligiéndola como lugar donde deseo vivir. Espero que no empeore.

Orfandad

Deshabitado
huérfano
solo
con más silencios que sombras
y sin un duro.

Aída se fue
y no tengo una amiga semejante
con quien ir al cine
con quien ir de cañas
con quien debatir frikadas
con quien compartir humor
con quien abrazar incomprensiones

para ver esas películas comerciales
que nos gustan a ambos
sin sentir que tenemos que ser más cool
ni más hipster o gafapastas
de lo necesario

para aprovechar esas ofertas
de franquicias abusonas
o de oleosos viejos bares
algunos de los cuales
por fin
están de moda

para no sentirme solo en el universo
y dejar volar nuestras obsesiones
hasta que ocupen el lugar
reservado a la creación

para saber que la risa
está en cualquier lugar
está en cualquier palabra
está en cualquier mirada

para condolerse
como puede hacerse gracias a la amistad
más seria y más profunda.

Siento orfandad
aunque por un momento fue horfandad
de huérfano emigrado
país abandonado
désolé
je suis.

Al menos
en la distancia
tenemos IEEE 802
tenemos TCP/IP
incluso HTTP, SSH, SMTP, POP3
además de VoIP, XMPP
pero sobretodo GaNAS
muchas
de seguir estando
siendo
habitados
acompañados
hermanados
enriqueciéndonos
juntos.

Mi dentadura

Ayer fui al dentista.
El 17 de julio a las 18:00
me había empezado a doler
insistentemente
el cuadrante inferior izquierdo
de mi dentadura.

Estaba en Daimiel
y llegué a sospechar
que se trataba de algo parcialmente
psicosomático.

No quería tomarme un calmante
químico
ni mucho menos un antibiótico
(anti-bió-tico: ¿Contra qué vida va?)
así que traté de calmarme
tumbándome en la cama
boca arriba
y el dolor no se iba
no se iba de ninguna manera.

Esperé a la noche
y a la mañana siguiente
(al despertar) el dolor de muelas
todavía estaba allí.

Un día después nos íbamos de vacaciones
a Vera, Almería
en autobús
y supuse que unos días después
se me habría pasado.

Pero llegaron esos días
y el dolor permanecía.

Tomé calmantes químicos
tales como el ibuprofeno
que probó su inoperancia en esta lid
y el paracetamol
en comprimidos de 1 gramo
que parecieron calmarme algo
pero cuyo efecto podía quedar eclipsado
por la relajación que producía estar de vacaciones en el mar.

El dolor permanecía.
Era un dolor agudo y persistente
bastante localizado aunque yo no supiera ubicarlo con total certeza
y mucho menos con precisión.
Masajeaba a menudo el exterior de mi mandíbula
sintiendo leve alivio aliterativo.

Pero el dolor resistía
y acabó por quebrar mi paciencia
y capitulé a la idea de ir al médico
en Garrucha
(localidad cercana a Vera Playa)
en cuyo consultorio
me asistió un médico acalorado
delgado y desgarbado; un poco parecido a Roberto Benigni.
Me recetó,
sin saber decirme (ni pretenderlo)
qué podía tener realmente,
una semana de un antibiótico de amplio espectro
llamado Amoxicilina
y un calmante potente
denominado Nolotil
compuesto, básicamente, de metamizol.

El dolor fue cediendo
si bien casi todo fue cediendo
y yo me sentía en una extraña almohada
química
sobre la que todos mis nervios se hubieran echado una larga siesta.

Pasada la semana de tratamiento
decidí pagar la cantidad que solicitaba un dentista
de la mencionada localidad cercana al lugar en el que pasábamos nuestras merecidas vacaciones
por su consulta.

En su clínica
de reducidas proporciones
nos hizo esperar una recepcionista
ayudante
de cierto atractivo
en una sala cuya lámpara de pared
nos entretuvo
a Carmen y a mí
con su pretensión artística y funcional
si es que esta no es una pretensión absurda y contradictoria.

El dentista fue tan amable que me explicó
mostrándome con un espejo para que yo mismo pudiera verlo
que la causa del dolor podía tratarse de infinidad de cosas
como una muela picada
como una pequeña infección de encías
como una suciedad acumulada bajo los dientes
como otro problema que no se viese a simple vista.

Así que, por si acaso,
me recomendaba que me aplicase una limpieza
con un producto que no tenía pinta de ser suave
por más que su mentolado aroma pretendiese aparentar lo contrario
durante 2 días
durante los cuales posiblemente observaría cómo
caían de entre mis dientes pedacitos de algo que me parecería
arena.

Yo, que soy muy obediente con los dictámenes médicos,
seguí casi a pie de la letra sus indicaciones
y sentí que se me caían entre mis dientes pedacitos de algo que me parecía
arena.

El dentista me había propuesto
adicionalmente
hacerme una limpieza bucal (60€)
y, por supuesto, una radiografía (40€)
para dilucidad de cuál de las múltiples causas posibles
se trataba.

Casi me animo a hacerme alguna de ellas
sobre todo, he de confeseralo (mi pasado católico me traiciona)
por la sugerente aclaración de que quien llevaba a cabo la limpieza
dental
era la parcialmente atractiva recepcionista/ayudante.

Yo había preguntado
insistentemente y sin apuros
si eso dolía
intentando hacer entender que no tengo la más mínima tolerancia al dolor
y que no me avergüenza reconocerlo.

Pasaron los días y el dolor había remitido.

Durante un mes, el de agosto,
fui olvidándome de la molesta sensación de ese agudo
dolor
persistente
intenso
inapelable.

Pero no olvidé
que no podía olvidarlo.

Ayer
por fin
ya en mi ciudad
fuimos (Carmen me volvió a acompañar como a niño pequeño asustado)
a una dentista de una clínica
llamada Élite Dental
(no sé a qué se refiere con élite, pero prefiero no pensarlo).

La dentista no era atractiva
pero parecía saber lo que hacía
aunque siempre desconfío de un médico que ingresa más dinero
si yo tengo algo mal
que le necesite
que de uno (o una, faltaría más) que cobre la misma cantidad
y cuya situación profesional no peligra
si carece de pacientes (que no clientes).

Me pidió, para poder continuar su diagnosis,
una inmediata radiografía (10€ (por ser una clínica concertada con la Sociedad Médico-Farmacéutica Ferroviaria, lo cual es otra historia))
que acabaron siendo 2:
una mayor
una menor.

Rayos X atravesando mi cara
con una longitud de onda muy
muy baja
realizaron una fotografía
en la que se veían mis dientes
y
con algo de pericia
incluso el hueco que unas caries profundas
dejaban a mis nervios
a la intemperie
atacados por la inclemencia
de un orificio tan mal diseñado
como la boca.

El diagnóstico fue duro
pero
como la no atractiva dentista me dijo
lo doloroso sería lo que me informarían en recepción
que fue el presupuesto del tratamiento prescrito:
4 muelas cariadas que debían ser empastadas
1 muela muy picada
la 36
la que, muy posiblemente, había causado el intenso y maldito dolor
que debía ser extraída o reconstruida con una endodoncia
1 muela del juicio que estaba acostada bajo la encía de mi mandíbula
inferior derecha
cuya recomendable extracción
acarreaba la aquiescencia de un experto cirujano
pues podía causar otros males mayores.

Sin contar la intervención sobre esa muela
de
juicio perezoso
el contante ascendía a 470€
y debía estar satisfecho
de que la limpieza bucal
estuviese incluida sin coste adicional alguno.

Tentado he estado
de acompañar este poema
con la radiografía realizada
en la que se aprecia
una dentadura caótica
desordenada hasta límites insanos
carente
ya
de algún molar
y que muestra llamativamente
una muela creciendo en dirección
contraria a la que debería de tener,
pero algo me dice que es demasiado obscena.

Al fin y al cabo
debo de tener un límite para eso que se conoce como
intimidad.

Demostrarle algo a alguien

no compitasSiempre que oigo la expresión «No tengo que demostrar nada a nadie» o su versión sin dos negaciones que dice lo mismo: «No tengo que demostrar algo a alguien» (he de reconocer que, sobretodo, la primera versión) me viene a la cabeza la idea de que quien lo afirma (yo suelo hacerlo con frecuencia) cree estar convencido de que esa demostración dejaría convencido a ese alguien.

Por ejemplo: No tengo que demostrarle a nadie que soy el más rápido, parece llevar implícita la afirmación de que, verdaderamente, lo soy.

Si no tengo que demostrar nada a nadie, o, lo que es lo mismo, no tengo que demostrar algo a alguien, es porque realmente me importe un carajo si cumpliría con las expectativas de ese alguien, que, en última instancia, es quien estoy usando para que me sirva de baremo con el que medirme a mí mismo, valga la redundancia.

Es decir: No tengo que demostrarle a nadie que soy el más rápido, podría llevar asociado el íntimo pensamiento y convencimiento de que, verdaderamente, no lo soy (o no lo sea) y, lo más importante, me importa un pimiento… o menos que un pimiento, que, según el día, puede resultarme terriblemente importante.

En el fondo, retóricamente hablando, no deseo medir lo que no es medible: mi cualidad humana, mi valor, etc. Y los atributos físicos más o menos medibles, lo que físicamente llamaríamos magnitudes mensurables, no dejan de parecerme superficiales y de escasa, o incluso nula, valía informativa en cuanto a la medición imposible: cómo de humano soy.

Vaya, en román paladín: me la pela…

¿Qué se vende, la ropa o el hombre?

VentaHace unas semanas guardé esta foto en mi memoria (digital y neuronal) porque me ocasionó una especie de convulsión mental: ¿Qué se vende, la ropa o la humanidad?

Mi sensación es que con la oferta de comprar, quien se está vendiendo es, curiosamente, el comprador. Vendiéndose a un sistema que necesita engullir su demanda fabricada por la oferta, una demanda artificial, una demanda virtual, falsa, innecesariamente satisfecha, insatisfactoria por esencia para perpetuar el hábito de compra y mantener la cadena temporal de la adicción (que no adición (querida Aída)).

La imagen me parece tremenda, no sé por qué, pero me lo parece. Me indigna y me subleva, pero lo único que hago es (aunque quizá no es tan poco) huir: salgo corriendo de centros comerciales o tiendas como Zara, Lefties, etc… Me empieza a entrar una angustia similar a la que siento en una iglesia cristiana, ganas de volverme sociópata… no sé, pero algo en mí no acaba de encajar… ¿o soy de los pocos que sí encajan en algo que aún no existe? ¿soy un elegido? ¿un ser superior, a la manera Nietzschiana? ¿O solamente un marginal que ansía encontrar su lugar?

El exceso de precisión en el lenguaje engendra monstruos

Es algo que siento que a veces me pasa.

Paso segundos en mi cerebro solipsista construyendo la frase perfecta, precisa, exacta, olvidándome del hecho de que en la naturaleza todo son aproximaciones. Ni siquiera existe la cosa, su frontera es ficción, no tiene límite definido ni un simple y vulgar pedazo de madera, ni de un menos poroso metal.

Me convierte en monstruo, un loco corrector ortográfico, gramatical y semántico, una especie de compilador informático de lenguaje natural, como si fuese posible…

Me pasa, sí,
simplemente
me pasa.

Una interesante diatriba de la serie que he visto este verano

Durante este verano he estado viendo la serie titulada Galáctica (Reimaginada). Ha sido una grata sorpresa, pues no esperaba ni que fuese una gran serie ni que fuese nefasta, tan solo un entretenimiento para huecos libres, trayectos de autobús, etc.

Pero algunas secuencias han resultado ser verdaderamente sorprendentes, con textos como este, que me recordaba tanto al celebérrimo monólogo (Lágrimas en la lluvia) de una de mis películas preferidas, Blade Runner.

Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo; como lágrimas en la lluvia.., Es hora de morir.

En este guiño más o menos obvio a esa escena, el cylon (equivalente a un replicante), se marca un monólogo fantástico que quería compartir en este diario, quizá porque yo mismo lo he pensado tantas veces como para pensar si no seré uno de ellos.

[youtube_sc url=http://youtu.be/Rt526l17k2w]

La Central

Entrar en La Central, la librería de Callao en Madrid, no la de Barcelona, es una especie de sueño. Pero es tanta la información que me abotarga, que me hace sentir incapaz de asimilarla toda, me acompleja… pero no tanto como para no enfrentarla, poco a poco… cuando mis bolsillos puedan.

Me encantan sus laberínticas salas y la especialización de muchas de ellas, dedicadas a la teoría de la literatura, o la obra de OuLIPO en francés… jo, ¡pero es que no puedo leerlo todo! ¿Querría? Bueno, hay secciones que no me interesan lo más mínimo, no sé porqué, pero de repente paseando por ella, con mis padres, esta tarde, me he encontrado con una sección de libros de cocina de lo más insulsos, así como otra, junto a un futbolín, de libros de deportes. Ninguna de ellas me ha atraído ni mínimamente, salvo para comprar algún regalo a alguien o valorar el hecho de que estén luchando con uñas y dientes por mantener un negocio difícil como una librería.

Tengo en mi móvil, en mi flamante smartphone, una lista de libros pendientes de adquirir, y más de la mitad están en La Central… pero no puedo. ¡Ay, qué dolor!

Hoy he disfrutado y alguno de estos días me acercaré a leerme alguno de sus pequeños libritos que cuestan más de 15 euros y que puedo leer en un ratín. ¿Será tramposo? No creo. No me siento mal por hacerlo… supongo que es una moral muy relajada, pero es que aún está de vacaciones mi censor.

Limpieza general en red social online

He vuelto de unas largas y merecidas vacaciones (parafraseando a un periodista en un telediario emitido «dentro» de la película de Fernando León de Aranoa, titulada Barrio).

Y una de las cosas que más me ha calado es la necesidad que tengo de estar apartado de algunas «malas vibraciones» o algo así, que, en ocasiones, acarrean las redes sociales online. También las offline, es decir, aquellas de toda la vida. Pero es mucho más sencillo hacer limpia en las primeras, así que he comenzado a erradicar de mi muro aquellas publicaciones que me recuerdan lo mal que estamos.

Sé que hay crisis, pero deseo rodearme de pensamientos más constructivos, más positivos, más optimistas… que el pesimismo ya lo pongo yo solo, sin ninguna ayuda extra. Hace un año decidí dejar de leer la prensa por estos mismos motivos, y con muchas dudas, lo reconozco, pero estaba volviendo a caer en esos mismos «vicios» con la lectura de las noticias que otros publican en FaceBook.

Hoy, he pasado un buen rato limpiando el muro de estas cosas… no quiero ver determinadas cosas… aunque me suma en la ignorancia.

O quizá tenga tiempo para conseguir escapar de la misma.

Esto no es una broma