Sin noticias de Ukrania

Desde que decidí no leer más prensa
por considerarla dañina
para mi salud
he mejorado notablemente
mi estado mental
que ha pasado de un continuo estado de
alarma ámbar
a un mucho más tranquilo estado de
letargo ambarino.

Hoy me encuentro dividido
entre Venezuela
que se cuela sin parar en los resquicios noticiosos
de las redes sociales
y
Ukrania
mucho más próxima
cuya política económica puede hacer tambalear
medios de subsistencia en mi casa
de manera mucho más rápida y contundente.

Parece que Ukrania
para nuestras redes sociales
es mucho más complicadita
porque, para empezar,
no hablan (osados) español.

Muchos aún suponen que es una región rusa.

Pero nuestro suministro energético y la dependencia del gas
natural
(sobre todo de los socios comunitarios de
la región oriental de la pretendida Europa
económica)
es un requisito para mantener nuestro sistema
de niños pijos
que nos permitimos decir que no usaremos nunca
nucleares
o que haremos la vista gorda
(sí, seguiremos haciéndola)
a los conflictos necesarios en la
OPEP
para que no exista unión y su necesidad de dinero
les haga vulnerables y mantengan
a bajo costo
nuestra sangre.

Hoy leo un rato el periódico y me doy cuenta
de que sigo mejor
sin saber qué pasa
sin querer saber
sin información…
mediatizada.

Pero sigo sintiéndome culpable
o responsable
de todo lo que ocurre en el planeta
aunque no sepa qué es.

Soy tan importante…

El último verso

Voy a escribir cualquier cosa
sin la más mínima importancia
al modo de aquella
ya célebre
conferencia sobre la nada
del ínclito John Cage
pero eso sí
y en ello seré totalmente inflexible
voy a terminar este poema vacuo
con un último verso
de un patetismo impensable.

El último verso será algo como
mi padre murió ese día
o
entonces, sí, entonces, me enamoré
o
la humanidad no conoce su destino
o
pero ya no hay solución.

Mientras tanto,
mientras me decido,
escribiré al ton ni son
como si no importase lo que escribo
haciendo que la lectura relaje
esos cerebros de lectores potenciales
que no se esperan esa salida ingeniosa
con pretensión lírica
que sorprenda y admire
que cause algo de lagrimitas al modo hollywoodiense
o risas
también pueden ser risas.

El último verso puede ser algo como
ahora me voy al baño a seguir soltando esta verborrea
o
me miras, pero no me ves
o
todo lo demás era mentira.

Sí, lo importante es que sea un verso
que realmente signifique
aunque todo lo anterior no haya significado nada
y aunque las dobles negaciones sean lógicamente absurdas.

Ahora me empiezo a plantear el miedo a terminar
y dar un último verso que sea de los del tipo que supongo
haciendo que mis temores se hagan realidad
y cumpliendo una profecía que no pretendía que se realizase.

¿Cómo termino este maldito poema
que he empezado para burlarme de los finales
ñoños de tantos poemas?

Incluso si lo termino con unos vulgares
puntos suspensivos

estoy haciendo un final que pretende ser
¿ingenioso?
¿abierto?

El final más previsible sería el de usar
el último verso
como
el último verso.

Pero me resisto a lo previsible
intentando ser diferente
novedoso
luchador
¿poeta?
creativo…

El último verso es una especie de trampa
en la que caes y de la que no puedes escapar
porque la única forma de hacerlo
es con último verso
que siempre será algo ñoño
si se quiere buscar en él
el sentido del todo.

Así que me gusta citar una telenovela galáctica
(en homenaje a mi amiga Aída)
«Luke, yo soy tu padre»

FIN.

Me gusta / No me gusta

A partir del texto
Me gusta / No me gusta
de Luis Buñuel (en el libro Mi último suspiro)

En la época del surrealismo, era costumbre entre nosotros decidir definitivamente acerca del bien y del mal, de la justo y de la injusto, de la bello y de la feo. Existían libros que había que leer, otros que no había que leer, cosas que se debían hacer, otras que se debían evitar. Inspirándome en estos antiguos juegos, he reunido en este capítulo, dejándome llevar por el azar de la pluma, que es un azar como otro cualquiera, cierto número de mis aversiones y mis simpatías. Aconsejo a todo el mundo que haga lo mismo algún día.

Me gusta pedir en mis talleres que hagan el ejercicio del «me gusta/no me gusta». La primera vez que lo hice fue en Fuentetaja, de hecho, en un taller al que asistí. La profesora, Graciela Baquero, era una mujer menuda que creía en la forma de impartir talleres que yo iba buscando y estuve tanto tiempo en su taller que, al final, me quedé solo y tuvieron que clausurarlo.

Era algo comprensible, pero me sentó bastante mal y prometí (o me prometí) que yo nunca lo haría. Aún no he clausurado nunca un taller regular de escritura ni siquiera con una sola alumna y lejos, bastante lejos, de mi casa.

Graciela, no obstante, sirvió de llave a todo un universo que pude conocer, pues me invitó a participar en un curso de formación para coordinadores de talleres de creatividad que impartía con Jaime Vallaure y con otro cuyo nombre no recuerdo (Miguel Navas, recuerdo hoy.

Jaime pasó a ser «mi faro» y él, a su vez, me abrió nuevas ventanas a otros mundos que yo ni siquiera había imaginado.

Me gustan los días de lluvia, aunque también los días de sol y los de nieve o viento; en realidad, lo que no podría soportar son los climas «perfectos», no variables, suaves, casi programados. Carmen, sin embargo, los adora y este es uno de los pequeños problemas de mi vida: Si alguna vez pensamos seriamente en el exilio no nos podríamos de acuerdo de ninguna manera.

Me encanta el cine. Todo el cine. Siempre cuento que decidí el lugar en el que vivo en función de la cercanía a la mayor cantidad de salas del centro de Madrid. Lamentablemente, con el pasar de los años, los cines me han ido abandonando y me siento un poco huérfano de salas.

El mayor de los traumas lo sufrí con los cines Luna, en los que proyectaban películas comerciales pero en versión original subtituladas, como más me gustan, ahora convertidos en un gimnasio «fashion» al que me apunté. Ha sido un error de los mayores de mi vida. Todo el mundo me decía que era esperable que lo dejase, y así fue. Algo que no todos saben es que yo mientras hacía ejercicio recordaba y tarareaba una canción de Serrat titulada Los fantasmas del Roxy, que habla de un cine que es demolido para construir una sucursal bancaria y los fantasmas de los actores comienzan a aparecerse en ella.

Antes me gustaban los cantautores y me podía llegar a aprender, de memoria, un sinfín de canciones por su letra, pero con el paso de los años he acabado por aburrirme.

Cada vez más me gusta la música instrumental.

Esto fue especialmente así desde que oigo Tangos. La mayor parte de las letras de tango, por muy orgullosos que muchos fanáticos porteños puedan estar, me parecen simplonas, cutres, sin fondo y repetitivas y tópicas hasta decir ¡basta!

Sin embargo, la música distorsionada y sensual de Piazzolla o la armónica de Hugo Díaz me ponen la piel de gallina y me hacen sentir unas ganas enormes de bailar y (a veces) llorar al mismo tiempo.

No me sorprende que Piazzolla fuese un admirador del Jazz, pues con los años, he descubierto en esta música una variedad y una libertad creativa al mismo tiempo que un cromatismo y una intensidad inigualable.

Me gusta la libertad creativa en todas sus formas. Adoro las búsquedas de John Cage, Brossa o Duchamp (Marcel). Para mí, sin búsqueda intelectual, un ser humano es poco diferente de un cordero.

Me gusta mucho cocinar. Tanto es así que cada día lo hago mejor y algunos amigos y familiares (poco objetivos) han empezado a sugerirme que me lo plantee en serio profesionalmente. De hecho, volviendo al tema del exilio, veo en esto una posible salida laboral.

No puedo soportar que alguien diga de la comida «esto no me gusta». Me llevan los demonios. A veces tengo que contenerme para no desear que fallezcan, en ese momento, de inanición espontánea.

Mis sobrinos (y su madre) lo hacen con frecuencia y es una de las principales razones por las que no voy más a Daimiel. Es más, le he dicho a Carmen varias veces que no pienso quedarme nunca con ellos a nuestro cargo mientras no cambien esa actitud.

Me gusta ser tajante. Sí. Pero ¡oh, contradicción! no siempre estoy seguro.

El escepticismo no es que sea algo que me gusta sino, más bien, algo en lo que creo (si es que se puede creer en no creer).

No me gustan los adoctrinamientos ni los adoctrinadores ni las doctrinas. Creo que ni siquiera me gusta la palabra doctrina.

Me gusta agotarme de escribir y sentir que no acabaría nunca.

Natural o Artificial

platano natural

Soy artificial.
Soy lenguaje.
Soy construcción conceptual.
Soy carne.
Soy células.
Soy moléculas.
Soy átomos etimológicos.
Soy la magia de las conexiones entre todas estas cosas.
Soy desconocimiento.
Soy ignorancia.
Soy patético.
Soy ético.
Soy agua, sales y carbono en abundancia.
Soy significado.
Soy significante.
Soy insignificante.
Soy discurso.
Soy cifras.
Soy letras.
Soy olvido.
Soy memoria.
Soy huecos de llanto en la noche.
Soy risas.
Soy su risa.
Soy lágrima bajo la lluvia en la mejilla de un replicante.
Soy poema.
Soy prosa.
Soy ensayo.
Soy error.
Soy arena y barro.
Soy silencio.
Soy un grito atronador.
Soy dios.
Soy hombre.
Soy una ecuación inacabada.
Soy o no soy.
Soy.

Ha muerto «el de Happiness»

HoffmanAyer dieron la noticia del fallecimiento (por sobredosis) de uno de mis actores preferidos: Philip Seymour Hoffman.

Como de costumbre, me enteré a través de las redes sociales y no del periódico, que no leo desde hace años.

Para mí siempre será siempre el actor de «Happiness». Habría hecho otras películas y, por lo que sé, también teatro antes de esto, pero esa película me pareció soberbia y su interpretación impagable. No había visto películas como esa, ni actores como este, con esa tristeza feroz, con esa forma de hacer desagradable lo cotidiano, la inmundicia social de la normalidad.

Pero… ha muerto de sobredosis y, sin saber nada de él realmente, lo juzgo duramente y pienso que fue un problema de éxito. Pero la verdad: ¿yo qué sé?

Supongo que tengo muy reciente el visionado de El lobo de Wall Street, y asumo que todo éxito meteórico lleva a esas vidas excesivas y absurdas, vidas relacionadas con el consumo de sustancias que garanticen una plenitud de sensaciones, un aberrante desvarío de existencias mundanas… pero ¿yo qué sé?

No he consumido drogas (de casi ningún tipo) en ningún momento de mi vida. Salvo las prescritas por orden facultativa con la esperanza de mejorar estados físicos de salud.

Y juzgo, sí, juzgo como si supiera. Porque tengo que tenerlo todo tan claro…

Y hoy (recientemente) se ha muerto este actorazo y no sé, simplemente, no sé qué sentir. Pena por las películas que ya no rodará, pena porque un ser humano más ha fallecido (y de este sí me han informado), pena por que haya muerto de sobredosis, cierto asco (y no en Las Vegas), pena por vidas desperdiciadas (como posiblemente no ha sido la suya), pena y asco…

Y mañana vivirán otros y me olvidaré, como de tantas otras cosas, para mantener el sano cerebro funcionando y sin mirar hacia atrás más allá de lo necesario (y sin saber qué es lo necesario).

Adiós Philip Seymour Hoffman.
O hasta pronto.

Envidia de mis alumnos

Ayer tuve envidia
envidia sana
lo sé
de mis alumnos.

Asisten a unos talleres de poesía
que coordino desde hace más de una década
y escriben
y juegan
y se abrazan
y se emocionan
libremente
sin pensar en el tiempo
por una hora a la semana.

Ayer quise ser uno de ellos
y saltar al otro lado
y emocionarme
y abrazar
y jugar
y escribir
sin pensar en el tiempo
por una hora a la semana.

Pero me gusta pensar
que gracias a que pienso en el tiempo
por una hora a la semana
hago posible que ellos
escriban
jueguen
se abracen
se emocionen
e
incluso
de cuando en cuando
aprendan o conozcan nuevos poetas
y nuevas poéticas
con las que seguir creciendo.

Ayer tuve envidia de ellos
y
hoy
de mí mismo.

¿Será que soy envidioso?

Recorrido

recorrido-3700metros

Me gustan los recorridos como el de hoy, donde soy consciente de lo que me ahorro en gimnasio por el mero hecho de carecer de vehículo y disponer de tiempo. Tiempo que, no obstante, ahorro también en gimnasio.

No es que sea una cantidad ingente de kilometraje, pero día a día, es un poquito de ejercicio en el hábito que me hace monje. 😉

Aullido

Del perro de mi vecino
que dice amar
a los animales
pero que deja al suyo
(porque un perro es una propiedad)
en su casa
(porque una casa es una propiedad)
aullando sin parar
durante horas
agónicas
hasta su regreso de su trabajo
(porque un trabajo es una propiedad)
(porque un regreso es una propiedad)
y no sé si denunciarle
o escupirle a la cara
la próxima vez que le vea
o afearle su actuación
con un comentario que le deje claro
que su perro y su casa y su trabajo
le exigen
(aunque sean meras propiedades)
responsabilidades.

Es curioso que sea el mismo vecino
que tiene una deuda por impago
con su comunidad
(porque una comunidad es una propiedad).

Pero el tipejo en cuestión
vive SU vida
como si no hubiese otras.

Empieza el 1990

Un amigo
me pidió hace algunos meses
que le ayudase a pasar
unos archivos en discos
de 3 y medio
de 5 y cuarto
escritos en antiguo wordperfect
a algo comprensible en el siglo XXI.

Fue todo un reto que está resultando
mucho más difícil
de lo que supuse.

Creía estar en posesión de un ordenador
con disqueteras varias
y fui recordando que no era así
y dándome cuenta de que solo hace diez años
tenía ordenadores con varias disqueteras
para seguir garantizando cierta
legibilidad
a aquellos antiguos discos
sobre los que realicé mis primeros
backups.

Por fin
encuentro un equipo
con lo que hay que tener
para leer esta manada de ficheros.

Pero tampoco es tan fácil
porque resulta que algunos de los discos
parecen no estar correctamente formateados
así que no quedaría otro método o remedio
que volver a ese 1990 en el que fueron hechos
y ver si puedo replicar ese pretérito
imperfecto
en el que aquel material
quizá
fuese legible.

Y en ese quizá se cuela mi desgana.

Sin certeza
viajar al pasado es mucho más absurdo
que con certeza plena (como si hubiese otra).

Abrir esos documentos con un lector válido
o capaz
tampoco es baladí:
el usuario-amigo no tuvo la precaución de indicar
mediante un sencillo hábito
como nombrar con la terminación de tres caracteres
el tipo de fichero
el contenido de fichero
así que es un poco
descorazonador
no saber con qué me voy a encontrar
en los 151 archivos encontrados.

De momento
1990 parece ser más misterioso que este previsible
2014
y eso me resulta bastante atractivo
hasta para dedicarle gran parte de mi primer día
laboral.

Hay algo romántico en esa
arqueología informática
que creo que muy pocos aprecian.

Dormidito

Estoy dormidito
resacoso
como hace años que no estoy.

Más de 2 litros de cerveza
tienen la culpa
que no es mía
y se me caen los ojos
sobre el teclado oscuro
mientras busco la manera de pasar
tiempo
sin conducir borracho
con miedo a ser multado
incluso así.

Estoy dormidito
y noto mi cerebro
latir descontrolado
pero no de actividad
sino de inactividad
en una vorágine
que no tenía ningún sentido usar aquí
salvo para disfrutar una esdrújula
votiva
y no vomitiva.

Mi cuerpo se siente
se resiente
con conciencia corporal disparatada
y sé
que no sé
lo que sabía.

Hoy voy a descansar en tu mirada.

Esto no es una broma