Pepi Luci y Bom

El 20 de agosto, aprovechando que teníamos un abono de 10 entradas al Cine Doré (la Filmoteca, para entendernos), invitamos a la sobrina de Carmen a ver esta película en la sala de verano.

La sala de verano del Doré es una experiencia muy bonita, en el meollo de esta ciudad ruidosa poder encontrar un oasis de silencio al aire libre donde poder ver películas al ridículo precio de 2 o 3 euros…

Pero que además hayan dedicado un ciclo a películas que fueron un referente de la libertad (creativa y política), ha sido todo un trabajo de educación cívica que demuestra su compromiso con la cultura y con la civilización, en el etimológico sentido de la palabra.

Es una película increíble para visionarla hoy en día, donde casi resulta imposible concebir ese desparpajo, esa osadía por parte del director manchego, que se lanzó a rodarla con cuatro duros y muchas, muchas ganas de contar su historia.

Adoro ese periodo algo punki de Pedro Almodóvar, aunque he de reconocer que, con el tiempo, he aprendido a aceptar que su evolución mucho más sosegada, mucho menos escandalosa, tiene que ver con la honestidad de seguir queriendo contar su historia y entender que ésta ha cambiado, así como la sociedad en la que acontece.

Ojalá se siga haciendo cine (o cultura) con esa misma honestidad y con esa misma valentía, y menos con inteligencia artificial y otros mecanismos orientados al «éxito».

De pulseras cuánticas y la energía de las piedras

A muchas de las personas que conozco les parece absurdo el tema del terraplanismo, y, la mayoría, considera casi innecesario el documento visual que ha realizado esta periodista centrada en destapar bulos pseudocientíficos y similares que hay por internet.

Sin embargo…

Hablamos de la «energía de las piedras», así, con total normalidad, diciendo que si las tocas alteras su carga energética. Hummm…

Yo ya no me meto en embolados de intentar debatir donde sólo veo religiones, nuevas religiones, misticismos que nos hagan creer que el mundo es comprehensible incluso sin haber estudiado álgebra.

Yo ya no me meto en estas discusiones que no conducen más que a enfados cuando alguien siente un ataque personal o una superioridad moral demostrada.

Pero ahí seguimos, con pulseras magnéticas cuyo efecto no acaba de estar bien descrito, no ya probado, o con consumo y defensa de la homeopatía y otras pseudoterapias

Yo ya no me meto.

Sin embargo…

La colmena de las letras

La Colmena de las Letras es una «mini biblioteca» municipal promovida por el escritor taramundés Chema Cotarelo Asturias en el Ayuntamiento de Taramundi.

Su funcionamiento es simple y su gestión por parte de la Biblioteca del ayuntamiento también lo es.

No he sacado ningún libro de la misma, salvo para hojearlo y ojearlo. Pero este año deposité 3 libros que nos había regalado un amigo en Gijón. Las dedicatorias las extrajimos y plastificamos para quedárnoslas como recuerdos.

Los libros eran:

  • una colección de relatos y poesías titulado «Las Xanas también cuentan», de un Taller de Escritura Creativa gijonesa.
  • Un poemario de un escritor-guerrillero gijonés-nicaragüense, llamado Gaspar García Laviana, titulado «Cantos de amor y guerra», que resultó algo panfletario, pero bienintencionado.
  • Una novela de Isabel Allende, cuyo título he olvidado.

Fue bonito verlos allí, esperando otra persona que los leyese como los habíamos leído nosotros.

Lugares, de Perec

Una de las lecturas de este verano fue este libro casi infinito, de unas 900 páginas, construido por Perec a modo de catarsis tras una ruptura amorosa.

Lo compré en mayo tras una recomendación de mi querido Jaime Vallaure, con quien tengo el honor de compartir espacio (especies de espacios) y admiración por este francés universal. Fue él quien me regaló, cuando aún no lo conocía, un primer libro de este hombre, La vida instrucciones de uso, que me abrió la mente a nuevas formas de entender la escritura y la creación en general, allá por los albores del milenio.

Es un libro demencial, es un delirio, como diría Jaime, en el que se intenta trazar una especie de memoria (en varios sentidos de la palabra memoria) de 12 años, de 12 lugares significativos para Perec, realizándolo en cada lugar tanto de manera memorística en un sentido de recuerdo, como memorística en sentido de registro pretendidamente frío o neutro.

A través de un esquema basado en una estructura matemática de matrices y pseudo aleatoriedad, fue guardando los textos que escribía en sobres que serían un total de 144×2 = 288 sobres conteniendo ese esfuerzo sostenido a lo largo de una línea de tiempo enorme, en la que cabría esperar, incluso, transformaciones urbanísticas, más allá de las personales.

Lo más sorprendente resultó ser cuando el proyecto comienza a hacérsele inviable, por falta de tiempo y, también, por abandono del motor inicial que no dejaba de ser algo tan «pueril» como un berrinche tardoadolescente (era un joven de unos 35 años cuando lo empieza) y habría tenido casi 50 al terminarlo. Así, poco a poco, vamos asistiendo a un fracaso, a un abandono de sus planes, a una modificación de los mismos, a una continuidad que cada vez se nota más cuesta arriba, vamos asistiendo a su final precipitado del que brotarían nuevas ideas con las que llenar nuestras cabezas.

Es muy tierna esta historia de un fracaso que por supuesto Perec no publicó en vida.

Sus frases sobre que estaba haciendo algo absurdo, sin ningún sentido… pero seguía haciéndolo, cada vez aumentaban más a lo largo de los 6 años que finalmente consiguió o decidió consignar.

Las notas, mientras tanto, adendadas a la cuidada edición de Anagrama, van complementando una biografía de George Perec desde la más absoluta sencillez, desde lo cotidiano, desde sus amores y desamores, dejándonos ver a quienes lo leímos una cara no tan visible de un autor que ha querido siempre mostrarse menos «sentimental» de lo que en realidad era.

Ese contraste entre la razón (lo racional) y la razón para realizar algo (lo volitivo, pasional, en última instancia), es de por sí una preciosidad que se desprende de la lectura de este librito.

Eso sí, antes de leerlo, tuve que pensar un modo, un mecanismo, unas instrucciones para poder hacerlo, pues el conjunto de notas alcanzaba las casi 300 páginas, de un total de 900, así que era algo así como estar leyendo dos libros. De hecho, usé dos marcapáginas que iba pasando hasta completarlo: uno para el «texto de Perec», otro para las notas sobre el texto de Perec.

El volumen de notas era tal que ir y venir de una a otra parte habría resultado demasiado tedioso, así que lo leí en un método que llamé «de cremallera»: leyendo en primer lugar un texto de Perec, después sus notas y las notas del siguiente texto (recuerdo que cada texto de Perec corresponde a la memoria de un lugar y un mes), así al comenzar el siguiente texto de Perec había leído las notas correspondientes.

Lo leí seguido, aunque hay otras formas posibles a las que el propio autor invita, incluso, hay una página web que invita a comprender un poco más la estructura que Perec llegó a tener en la cabeza (con ayuda de un matemático indio que le ayudó a descubrir los bicuadrados latinos ortogonales sobre los que está basada la estructura del proyecto).

Tardé casi 2 días en llegar a iniciar la lectura que luego llevé a cabo bastante más rápido de lo esperable, dada la extensión del libro, aproximadamente en una semana. Semanas de Taramundi en vacaciones, que es casi como tiempo de CPU.

Es increíble la cantidad de proyectos que brotan de este fracaso monumental de uno de mis escritores preferidos: de ahí nació Nací, W, Especie de espacios y algunos textos o capítulos de La vida instrucciones de uso.

Es una verdadera lección de creatividad el darse cuenta de que en el fracaso hay realización, hay avance creativo, hay creación, no así en la frustración que no crea nada más que amargura y desidia.

Esto no es una broma