La muerte me anda rondando

Merodea
el fin
hálito de gusanos
y no quiero
asumir
la responsabilidad
de dejar restos
que considero ajenos
a terceras personas.

Si fallezco
en el horizonte
dejadme allí
donde este colectivo de partículas
haya decidido dejar de funcionar
con el desafío a la entropía
que consideramos
vida.

Carece de importancia
una vez
desconectados los cables
subcutáneos
que mantienen en pie
este bípedo humanoide
al que denomino yo.

Me rodea
la muerte ajena y se muestra
afilada dentadura
en plenas facultades y capaz
de devorar en sus fauces
de desintegración masiva
mis ondas electromagnéticas
mis ondas gravitacionales
mis ondas nucleares
mis ondas particulares
afirmando
que no soy tan particular
como alguna vez pienso.

Ni «cogito».
Ni «sum».
Ni tan siquiera «ergo».

No soy tanto
como para que me parezca preocupante
morir.

Vivir ha sido y es
la verdadera aventura.

Y en ella estoy.

Amando,
queriendo,
deseando,
fagocitando…

y oxidándome
despacio
inexorable
hacia el acortamiento
irremisible
de telómeros.

Releo el texto y encuentro
demasiados «me» y «yo» y «mi»…
pero no los evito,
no los corrijo,
no los circundo.

Soy. Existo. ¡Vivo todavía!

¿y hasta cuándo?

Esto no es una broma