En toda acción hay transcurrir (tránsito) del tiempo: hay antes y después, hay flecha del tiempo, hay realización de algo que se inicia y se concluye.
¿Por qué no muere una máquina?
No decimos (salvo informáticos) que una máquina muere quizá porque no es preciso hacer que su «alma» trascienda ese instante en el que el ingenio deja de ser funcional para ser no más que amalgama de partes reutilizables.
¿No le estaremos dando una importancia metafísica a las partes?
Un órgano deja de funcionar (maquinalmente) y decaen paulatinamente las funciones de los demás, pero esas moléculas (no ya las células) no obedecen ese final en una hipercongelación kelvínica, sino que perpetúan sus transformaciones como si no hubiese pasado nada, con una indiferencia que resulta pagana e insultante, minimizando la divinidad presunta de la existencia material a la que denominamos vida por encima (¿por enzima?) de otras formas de combatir la segunda ley de la termodinámica, manteniendo bajo raya a la entropía.
¿Puedo (yo) morir(me)?
Tras terminar de comer sigo siendo yo (más o menos aumentado), pero yo ya no soy yo al terminar de morir. ¿Quién realizó ese último salto, ese empujuncito final, esa llegada a meta?
Es una acción interrumpida: me muero a medias.
Subo a lo alto de una montaña y, tras la cima, desciendo, pero ¿existe un verbo que incluya ambas acciones que, paradójicamente (o no) son contradictorias u opuestas?
Escrito en Taramundi, Asturias, en agosto de 2025.













