Antonio Gramsci

Artículo de La broma infinita sobre Antonio Gramsci encontrado en Facebook, en el siguiente enlace:
https://www.facebook.com/photo.php?fbid=122107446825252882.

Lo reproduzco casi completo (con mínimas adaptaciones) porque me ha parecido fundamental.

Antonio Gramsci: Un hombre que un dictador encerró específicamente porque sus ideas eran peligrosas.

Antonio Gramsci nació el 22 de enero de 1891 en Ales, un pueblo chico de Cerdeña, la isla más pobre de Italia. Era el cuarto de siete hijos. A los siete años una enfermedad le deformó la columna y le dejó una joroba para siempre. A los ocho, su padre fue preso por rencillas políticas entre terratenientes locales y la familia quedó en la indigencia. Antonio tuvo que dejar la escuela y trabajar.

Años después escribió que durante ocho meses había hecho una sola comida al día. Que había llegado al tercer año del colegio en condiciones de desnutrición grave. Que su cuerpo era un problema constante que había que resolver para poder pensar. Siguió estudiando bajo esa condición.

Hay algo en la imagen de un niño jorobado y hambriento que aprende solo porque no puede hacer otra cosa que me resulta más elocuente y necesario mencionar antes que cualquier análisis biográfico.

No es un tipo de héroe. Es obstinación humana. Una terquedad específica de alguien que entiende desde muy temprano que el conocimiento es lo único que nadie le puede quitar y va más allá de su físico deplorable.

Su hermano mayor Gennaro le pasaba prensa socialista desde que Antonio tenía trece años. A los diecinueve empezó a leer a Marx. A los veinte ganó una beca para estudiar filología en la Universidad de Turín, en el norte industrial de Italia. La beca era tan pequeña que no le alcanzaba para nada. En Turín encontró lo que Cerdeña nunca le había dado: miles de obreros organizándose, fábricas creciendo, sindicatos formándose.

Gramsci los miraba con la curiosidad de alguien que había crecido en la pobreza y que por primera vez veía una pobreza organizada en lugar de dispersa y resignada. Y ahí empezó a construir la pregunta.

¿Por qué la gente obedece?

La respuesta obvia es el miedo. El poder usa la fuerza y la gente obedece para no ser aplastada. Pero Gramsci miraba a su alrededor en Turín y veía que el miedo no alcanzaba para explicar todo. La mayoría de los obreros de las fábricas no pensaban que el sistema era injusto. Pensaban que era así como funcionaba el mundo. Los campesinos de Cerdeña donde él creció no creían que merecían más. Creían que su lugar era ese.

¿Pero quién les había enseñado eso?

Gramsci pasó años rastreando la respuesta y llegó a un concepto que llamó hegemonía. No era una palabra nueva pero él le dio un significado y eso lo cambió todo. La hegemonía es el control que un grupo ejerce sobre el resto, no a través de la fuerza sino a través de las ideas. Cuando los valores y la visión del mundo de los que mandan se convierten en los valores y la visión del mundo de todos, el poder no necesita usar la fuerza. La gente ya piensa como él necesita que piense. Y los instrumentos de ese control no son las armas. Son la escuela. La iglesia. Los diarios. La cultura popular. Las historias que una sociedad se cuenta sobre sí misma para explicar por qué las cosas son como son y no de otra manera.[1]

Si Gramsci tenía razón, y la evidencia histórica sugiere que sí, entonces el control más efectivo es el que no se ve. El que opera a través de las ideas que creemos propias. El que funciona mejor cuando la gente está convencida de que está pensando libremente.

Y la pregunta que eso genera es incómoda: ¿cómo sabes cuándo estás pensando por ti mismo y cuándo estás pensando lo que alguien más necesita que pienses?

Gramsci no respondió eso. Pero señaló algo: «El primer paso es entender el mecanismo. Ver cómo funciona». Y eso era exactamente lo que Mussolini no podía permitir que nadie dijera en voz alta.

En 1913 Gramsci se afilió al Partido Socialista Italiano. En 1919 fundó la revista L’Ordine Nuovo que se convirtió en el periódico más influyente de la izquierda italiana. En 1921 fue uno de los fundadores del Partido Comunista Italiano. En 1924 fue elegido diputado y se enfrentó verbal y directamente a Mussolini en el Parlamento. Ese día el dictador lo identificó como enemigo definitivo. En 1926 Mussolini disolvió todos los partidos políticos y eliminó la inmunidad parlamentaria. El 8 de noviembre de ese año, agentes del régimen detuvieron a Gramsci en Roma. Tenía treinta y cinco años.

En el juicio de 1928, el fiscal pronunció la frase que lo haría famoso para siempre: «Debemos impedir que este cerebro funcione durante veinte años». No fue una exageración. Fue una declaración de intenciones. El Estado italiano no acusaba a Gramsci de haber cometido un crimen. Lo acusaba de pensar. De tener un cerebro que entendía cómo funcionaba el poder y que podía explicárselo a otros en lenguaje que cualquier persona podía entender. Eso era lo peligroso. No las bombas ni los planes de revolución. La claridad con la que expresaba temas complejos.[2]

Lo que siguió fueron once años que destruyeron su cuerpo sin tocar su cerebro. Algunas de sus dolencias por citar algunas: Arteriosclerosis. Tuberculosis pulmonar. Tuberculosis ósea. Enfermedad de Pott que le destruyó vértebras. Gota. Hemorragias cerebrales. Perdió casi todos los dientes. Pasaba temporadas enteras sin poder moverse de la cama.

En 1929 pidió autorización para tener cuadernos y lápices. Se los dieron.

Empezó a escribir con letra chiquita para que los guardias no pudieran leer el contenido tan fácil. Escribió sobre filosofía, cultura, historia, política, educación, teatro, literatura, lingüística. Casi tres mil páginas. 32 cuadernos que son hoy una de las obras filosóficas más importantes del siglo XX.[3]

Encerrar a alguien para que no piense es una lógica que asume que el pensamiento necesita libertad para funcionar. Gramsci demostró que no. Que el pensamiento, cuando es suficientemente duro de corromper, funciona mejor en las condiciones más adversas porque no tiene otra cosa en que pensar. El cerebro que querían detener durante veinte años lleva casi noventa funcionando en universidades, movimientos sociales y en cualquier conversación seria sobre cómo el poder convence a la gente de que lo que existe es lo único posible.

En 1932, desde la celda, supo que le habían nacido dos hijos con su esposa Julia Schucht, una violinista rusa que había conocido en Moscú en 1922. Los niños crecieron en la Unión Soviética. Gramsci nunca los vio por lo menos en persona. Le enviaban fotos. En una carta a su cuñada escribió que había tenido una gran alegría al ver las fotos porque por fin podía comprobar que sus hijos tenían cabeza y piernas, que desde hacía años solo veía sus cabezas y empezaba a dudar de si no se habrían convertido en ángeles sin alas.[4]

Lo liberaron con libertad condicional en 1934 cuando su salud era ya era terminal.

El 27 de abril de 1937 murió de una hemorragia cerebral en una clínica de Roma. Tenía cuarenta y seis años. Seguía «técnicamente» detenido cuando murió.

Los 32 cuadernos salieron de la cárcel escondidos gracias a su cuñada Tatiana Schucht. Llegaron a Moscú. Palmiro Togliatti, su compañero de la universidad de Turín que había sobrevivido al fascismo en el exilio, los organizó y los publicó entre 1948 y 1951. El mundo que los leyó quedó transformado.

El concepto de hegemonía se convirtió en una herramienta que los investigadores de ciencias sociales, comunicación y política usan hasta hoy para analizar cómo funcionan los sistemas de poder. Explica por qué ciertos valores se presentan como naturales cuando son construcciones históricas. Explica por qué la gente a veces actúa contra sus propios intereses (sin saberlo). Explica por qué los medios de comunicación, las redes sociales y el entretenimiento masivo son campos de batalla políticos (aunque no parezcan).

Cualquier persona que pueda señalar ese mecanismo en voz alta y (en lenguaje que otros entiendan) se convierte automáticamente en una amenaza para ese control. No importa si tiene título de universidad o no. No importa si es periodista o no. No importa si tiene respaldo institucional o no. Lo que importa es la claridad para explicar. La capacidad de ver el mecanismo y explicarlo. Eso fue lo que encerró a Gramsci.

Gramsci lo llamaba el intelectual orgánico. Alguien que traduce el poder a lenguaje popular. Siempre fue peligroso en cualquier época.

Gramsci fue enterrado en el cementerio acatólico de Roma (donde sepultaban a gente no católica o atea). Su lápida solo contiene una corta inscripción latina «Cinera Antonii Gramsci» (las cenizas de Antonio Gramsci)… y encima está mal escrito porque debería poner «cineres». “Cinera» es una forma gramaticalmente incorrecta en latín clásico. Lo correcto para referirse a las «cenizas» es el plural de cinis, que es «Cineres». El uso de «Cinera» en la lápida de Gramsci ha sido motivo de debate durante décadas; algunos lo atribuyen a un simple error de picapedrero o un descuido de quienes encargaron la inscripción, mientras que otros han intentado (sin mucho éxito) buscarle alguna raíz en el latín vulgar. Es una ironía bastante particular que uno de los intelectuales más rigurosos de la historia termine con una errata eterna sobre su tumba.


Notas:

  • [1]: Gramsci, A. (1929–1935). «Quaderni del carcere» Edición crítica de Valentino Gerratana. Einaudi, 1975. El concepto de hegemonía se desarrolla principalmente en los cuadernos 10, 12 y 13.
  • [2]: Fiori, G. (1966). «Vita di Antonio Gramsci». Laterza. La frase del fiscal está documentada en los registros del juicio de 1928 y citada en múltiples biografías académicas.
  • [3]: El número de cuadernos varía entre fuentes. La edición crítica de Gerratana de 1975, considerada la referencia académica, organiza el material en cuatro volúmenes con aproximadamente 2.848 páginas de texto original.
  • [4]: Gramsci, A. (1947). «Lettere del carcere». Einaudi. La carta sobre las fotografías de sus hijos es una de las más citadas como testimonio de la dimensión humana de Gramsci.

Fuentes

  • Biografías y Vidas. (2023). «Antonio Gramsci».
  • Fiori, G. (1966). «Vita di Antonio Gramsci». Laterza. [Edición española: «Vida de un revolucionario». Capitán Swing, 2022]
  • Gramsci, A. (1947). «Lettere del carcere». Einaudi. [Edición española: «Cartas desde la cárcel». Cuadernos para el Diálogo, 1975]
  • Gramsci, A. (1929–1935). «Quaderni del carcere». [Edición crítica de Valentino Gerratana. Einaudi, 1975. Edición española: «Cuadernos de la cárcel». Era, 1981]
  • Hall, S. (1980). Cultural studies: Two paradigms. «Media, Culture & Society», 2(1), 57–72.
  • Psicología y Mente. (2024). ‘Antonio Gramsci: Biografía de este filósofo marxista».
  • Wikipedia. (2025). «Antonio Gramsci».

Insignificancias

en lugar del enlace
o url directo
ahora desde android
se comparten vínculos
que incluyen un share.google
remitiendo el tráfico
a sus servidores
y facilitando
el control de la información
a la que hemos claudicado
en manos de gigantes
económicos

no deja de ser
insignificante
o todo lo contrario
cuando están bombardeando
países
y sube el precio de la gasolina
y baja el comercio mundial
y aumenta el tiempo de demora
hasta que traen mis adquisiciones
en una plataforma de venta
de insignificancias
online

no deja de ser
insignificante
o todo lo contrario

Lecturas filosóficas superficiales

Este martes terminé este librito que le había regalado a Carmen en navidades, sin ninguna mala intención, más allá de que ella disfrutase la lectura de un autor que está en boca de muchas personas en muchas conversaciones, cuando consiguen salir de las que imponen los medios de masas.

Me ha parecido banal y referencial sin parar, como si no fuese más que un libro de texto de otros textos, pensamiento de otros pensamientos, en especial citando a Nietzsche sin parar pero sin actualizarlo mucho. Por no hablar de las carencias de contextualización que abundan, especialmente si lo comparamos con la lectura de Marvin Harris, por ejemplo.

Tan solo algunos párrafos del capítulo titulado Pedagogía de la mirada me han parecido dignos de ser apuntados:

La vita contemplativa presupone una peculiar pedagogía de la mirada. En Crepúsculo de los ídolos, Nietzsche formula tres tareas para las que se requieren educadores. Hay que aprender a mirar, hay que aprender a pensar y hay que aprender a hablar y a escribir. El objetivo de este aprendizaje sería, según Nietzsche, adquirir una «cultura noble». Aprender a mirar significa «hacer que el ojo se acostumbre a la calma, a la paciencia de esperar hasta que las cosas le lleguen», es decir, capacitar el ojo para una atención intensa y contemplativa, para una mirada prolongada y reposada. Este aprendizaje de la mirada sería la «primera propedéutica de la espiritualidad». Hay que aprender «a no reaccionar enseguida a un estímulo, sino a manejar los instintos de inhibición y de moldeamiento».

La brutalidad y la ordinariez estribarían en la «incapacidad de oponer resistencia a un estímulo», en la ineptitud para responder al estímulo con una negativa. Reaccionar enseguida a cualquier impulso y dejarse llevar por él supondrían ya una enfermedad, un deterioro, un síntoma de agotamiento. Lo que Nietzsche formula aquí no es más que la necesidad de una revitalización de la vita contemplativa, que no consiste en acatar pasivamente ni en decir que sí a todo lo que nos sobreviene y acontece, sino en saber oponer resistencia a la agobiante avalancha de estímulos. La vita contemplativa guía soberanamente la mirada y no permite que se deje llevar por impulsos externos. Como acción soberana de rechazo, es más activa que toda hiperactividad, que justamente viene a ser un síntoma de agotamiento espiritual. Arendt pasa por alto la dialéctica de la actividad, según la cual una actividad incrementada hasta la hiperactividad se torna hiperpasividad, en la que uno ya se deja llevar por todo impulso y estímulo sin ofrecer ninguna resistencia. En lugar de libertad, esa dialéctica genera nuevas coerciones. Es un engaño creer que cuanto más activo sea uno tanto más libre será también.

[…] Hoy vivimos en un mundo que es muy pobre en interrupciones, en intervalos y en intermedios. La aceleración elimina todo intermedio. En el aforismo «El defecto principal de las personas activas», escribía Nietzsche, «a las personas activas les suele faltar la actividad superior […]; en este sentido, son vagas. […] Las personas activas ruedan como rueda la piedra: con la necedad del mecanismo».

Mientras tanto, para evitar tanta sociedad del cansancio, me he dedicado a extraer el texto escribiéndolo «a mano», sin OCR o inteligencia artificial que procese unas fotos de las páginas que me interesaban. Pero no me olvido de que yo puedo permitírmelo. Al contrario que este filósofo de masas, no ignoro la lucha de clases, ni la pertenencia a colectivos más o menos desfavorecidos que no están precisamente «auto imponiéndose» una forma de vivir, sino que siguen viviendo esa «sociedad disciplinaria» en la que, si no llegan a fin de mes les van a echar de sus casas, les van a prohibir el acceso a unas merecidas vacaciones, una jubilación en condiciones o una sanidad con cobertura plena. Mientra tanto, tienen que seguir «autoexplotándose» como si no hubiera mañana y alcanzan un «burn-out» que nada tiene que ver con navegar sin parar por redes sociales. Salvo como estrategia de evasión de unas vidas que continúan alienadas como ya predicaba K. Marx.

La verdad que es me ha hecho gracia, después de esta parrafada, encontrarme con este meme que banaliza sobre esta banalidad que ha sido la lectura de Han.

Yo, después de leer esta ligera reflexión, no he aprendido nada nuevo, nada que no estuviese contenido en las fuentes que, por suerte, ya leí hace años y procesé con mi propio pensamiento. Cosas…

Ahora me están dando ganas de releer a Nietzsche, pero no quiero acabar siendo una máquina de citas como Byung-Chul Han, de quien me dicen que tiene buenos libros. Quizá sea cierto, pero de momento, me parece un pensador demasiado pegado a la actualidad, a la modernidad, a la moda, en fin, como para ser relevante más allá de la fabricación de eslóganes que funcionan muy bien en redes sociales.

Su libro La sociedad del cansancio, escrito en 2010 (a partir, parece, de fragmentitos de ensayos), ya está parcialmente obsoleto… mientras que el citadísimo autor alto-sajón sigue vigente y fundamento de filósofos que se suben a brazos de gigantes, pero miran hacia abajo (por no decir al ombligo).

Nota al pie de página

Soy una nota al pie de página
de una página de un libro gastado
de un libro sobre el que están escritos
todos los demás libros
que contienen
notas a pie de página.

Soy una nota al pie
de una cojera diametral
con la que calcular el área
de la desesperanza.

Soy una nota
discordante
al pie de las montañas
al pie de página
al pie de párrafo
olvidada
por sí misma
ante la posibilidad
de tener notas a pie de nota.

Soy una nota sin notar
que anota la notable incapacidad
de perdurar.

Soy una nota
neto de nata
con salmuera de metaloides hundidos.

Soy una nota
a este poema
sin anotaciones
sin intenciones
sin más
ni más.

Cuatro cadáveres (exquisitos, eso sí)

La última gallina del corral
puso un huevo color marfil
que deslumbra mi mirada
y no puedo ver
y otra vez me rindo
no deseo ser vivo en un hemisferio
de este planeta a punto de extinguirse.

Calor, destrucción, castillos que vuelan
a mi alrededor de la mesa.

Comíamos y bebíamos un sagrado sangrado
negro sobre blanco,
fin del libro.


Hoy vi a Merixel
Bebimos una cerveza,
llegué a clase
feliz como una perdiz
que fue caza la noche que bebía
el mejor whisky de asqueroso sabor
que me quema
y repudio y asco de su actitud
tan irreverente rajada
con la antipatía
y mala educación por inocular
un virus, el nuevo juguete
de mi garganta quemada
por el whisky de antes de que suene la alarma.

Yo ya me había despertado.


El horizonte
de tus labios compartidos de rojo
pasión nocturna el viaje que me gustaría
hacer esta noche oscura y calurosa
comienza la firmeza.

Siento mucho deseo
de dar un paseo nocturno con luna nueva
como una persona con lengua bífida
de serpiente que viene hacia mí
sigilosa y colorida
y llena de vida
una falda floribunda hiladura
de una luz infernal.


Bienvenidos al mayor temor
que me accede
donde tengo mucha ilusión de que sigamos
construyendo una relación de amor
sin pecado concebida
nuestra señora del subterráneo miedo
que se clava
pero me da quietud en su lecho,
se estaba muriendo,
el cáncer invadía
todos sus órganos sexuales
de las cucarachas.

De todos modos
pensaba acabar.
Ya tenía ganas de que llegase algo.


Escritos a 8 manos el 12 de marzo de 2025 por Sandra Cuenca, Salva Gámez, Lauri Moyano y Giusseppe Domínguez

¿Puede el arte dar respuestas?

¿Puede el silencio nombrar el grito?
¿Puede el grito vibrar con armonía?
¿Puede la armonía ser sinónimo de gusto?
¿Puede el gusto obligar una obediencia?
¿Puede la obediencia obnubilar el deseo?
¿Puede el deseo ser alcanzado por artificial inteligencia?
¿Puede la inteligencia convertirse en algo innecesario?
¿Puede lo innecesario ser más necesario que la vida?
¿Puede la vida reducirse a mutación?
¿Puede la mutación alimentar el odio?
¿Puede el odio inocular una verdad?
¿Puede la verdad ambientar una velada?
¿Puede la velada robustecerse contra el bombardeo?
¿Puede un bombardeo estar plagado de poesía?
¿Puede la poesía ser otra cosa que silencio?


Estas son mis preguntas en «respuesta» a la propuesta ¿Puede el arte dar respuestas? de la artista Ana Matey, con quien siempre tengo el placer de colaborar cuando lo pide. Es un honor.

LipoHaiku Fuerte

Como ejercicio de los Talleres de Poesía Contemporánea, en este caso, basado en el temático de Poesía Clásica Japonesa, pido que escriban, en algún momento, un haiku combinándolo con una de las más interesantes restricciones de OuLIPO: el lipograma (en este caso, lo que yo llamo lipograma fuerte) y este fue el que yo hice a modo de ejemplo:

solo los ojos
son locos como pozos
con poco fondo

En el que, entre otras cosas, quería evitar la repetición de palabras, lo que suele ser difícil en este tipo de ejercicios. No es, obviamente, el primero que hago, como este otro dedicado a «embellecer» un poema objetual que le regalé a Pepe Buitrago.

Esto no es una broma