Una muerte sin rostro
canto de cráneo roto y ojos…
Soy un observador
nefasto
de autobiografía de oropeles
a la sombra del psicoanálisis
y un toro símbolo
donde doy dolor por su agonía
azul.
desgarra el verso
en tres palabras
y cuatro miedos.
Temor denso y miope
como el opio
como el opio
como el opio.
Una garganta escupe lanzas de muerte
con pulmones rosas y de ventana abierta.
Duende de iris que se visten negro
y una cucaracha retratada.
Picasso surrealista,
quien lo diría
pero demasiada razón razón.
Miró me ensucia el alma
de colores
grietas de dibujo y mancha.
Impureza.
Tengo que capturar la realidad ahí mismo, donde se está produciendo, delante de mis narices. No tengo memoria. No tengo memoria y eso hace imposible los recuerdos y sin recuerdos no hay realidad y sin realidad no soy.
Tengo que escribir lo que veo, tengo que fabricar esa memoria escrita, palabrasmundo que me conforman, devenir que es llegar a casa y saltar sobre una hoja y morir en ella construyendo la realidad letra a letra, ese recuerdo de un olor a su perfume en la línea 5 de metro, una conversación sobre las alas de las mariposas en IECISA con un consultor de seguridad. La corriente de aire entraba a través de las ranuras de la puerta del vagón y metía su fragancia en mi nariz. Su olor. Su perfume, sinónimo, me estaba volviendo loco. Aspiraba esa realidad-olor y quise convertirlo en palabras. Saqué el cuaderno y escribí siete líneas. La séptima tuvo que ser mi recuerdo y (por eso) se convirtió en ficción.
La poesía sólo puede ser violenta.
detrás de cada comienzo
Escribir lleva poco tiempo
pero hay que lanzarse
como si se tuviese todo el tiempo del mundo
como si cada verso fuese el último verso
como si la palabra arrancase
con dulzura la vida
para morir más fuerte
detrás de cada comienzo.