Después de esta primera aproximación, desarrollé un poco las ideas y pasé a la siguiente fase, algo más «fina»:


Diario
¡Qué cosas que tiene la vida!
Ana Matey e Isabel León son dos de mis amigas que también lo son de Facebook quién ha tenido a bien fabricar esta pequeña composición para mí que tan sólo he necesitado capturar y recortar.
Tienen infinidad de afinidad, hasta el punto de que colaboran juntas en proyectos interesantísimos como Matsu o Exchange, y quizá esa convivencia permanente les ha llevado a adoptar comportamientos similares con sus cuerpos.
Resulta tentador interpretar sus posiciones corporales, leerlas en clave «psicoanalítica de salón», pero me lo voy a ahorrar, aunque sabemos que el cuerpo habla más de lo que sabemos. Pero también que no acabaremos nunca de saberlo, así que cualquier lectura es tan sólo una arbitraria opinión personal que tiene mucho de transferencia y, por supuesto, de reflejo: veo lo que quiero ver y eso es por algo.
No obstante, la pequeña imagen no debía ser dejada de lado, ignorada, sino rescatada para la pequeña pantalla… por decirlo así.
Ahí estaba Ester, un poco antes de comenzar su acción en el Matadero de Madrid dentro del encuentro llamado Poetas 2017.
Lo organiza desde hace una década el librero y editor de Arrebato Libros, pero ha ido ganando en viabilidad a medida que ganaba en perversión. Se ha llenado de conciertos de música, como el que hizo esperar a Ester Ferrer para atraer público joven en cantidad, pero no en calidad. Es gente que en realidad no está interesada tanto en la poesía (ni siquiera en la poesía visual o performance) sino en los conciertos más o menos bonitos, amables, o lo que sea, pero no relacionados con la poesía, salvo tangencialmente, pero eso sí, atractivos. Espectáculo, espectáculo…
Después llegó la acción de Ester, quien a sí misma se preguntaba si ella que no se reconocía poeta tenía sentido que estuviese allí. Su acción era mucho más poética que el concierto previo, amén de haber influenciado a generaciones de poetas y con eso parece ser suficiente para que te otorguen un Premio Nobel, ¿no ha de serlo para ser invitada a mostrar su trabajo inteligente y poético en un evento como este?
Consistió en una propuesta «participativa» en la que iba leyendo preguntas más o menos azarosamente respondiéndolas a razón de un minuto por cada una de ellas. El público se había autorizado (autoridad, autoridad) a participar proponiéndole preguntas antes de que ella extrajese alguna de una caja que contenía unas 150 preguntas preparadas.
La sencillez, proximidad y sinceridad de Ester Ferrer es tal que no cabe cuestionarse su valía como performer. Es una referente incontestable, pero no obstante, algo he decir que no me agradó completamente: Avisó no responder a preguntas «personales».
Lo que hizo que me pasase los 45 minutos que duró la acción preguntándome ¿Dónde está el límite entre lo personal y lo impersonal? ¿Qué es una pregunta personal? ¿Las preguntas que le estaban haciendo (a ella, en persona) y que ella contestaba (en persona, desde su muy personal punto de vista) no eran personales?
No quise formular esta pregunta, ninguna de ellas en realidad, porque siempre me hago consciente de que hay demasiado de ego en esta necesidad de dejar constancia de mi reflexión, de mi cerebro, creyendo que mis preguntas son tan importantes como para ser respondidas… así que «pasé palabra» que dice un alumno de los talleres de escritura con asiduidad.
En el fondo, acabé pensando (zorriuvilmente) que la acción tenía de interés el plantar preguntas en nuestros cerebros, por supuesto, mucho más que en escuchar sus respuestas, luego su acción habría logrado su inteligente e interesante objetivo.
Tampoco aquí pretendo responder a mis preguntas (eran verdaderas preguntas, es decir, no sé su respuesta) pues eran para ella. Yo tengo claro las respuestas a unas preguntas muy similares que me hubiese formulado a mí mismo, pero esa no es la cuestión.
El martes pasado, aprovechando el cumpleaños de Carmen como excusa, nos regalamos un día formidable que da para dos entradas (por lo menos) de este blog (diario): Una para comentar la exposición 24/7.CONECTADOS del Centro de Arte Municipal (CentroCentro de Cibeles) y otra para recomendar el maravilloso restaurante «Nice to meet you», planta 14 de la terraza del hotel Dear Hotel.
En primer lugar, la exposición 24/7 CONECTADOS me atrajo desde el primer momento que vi el cartel:
Comisariada por Luisa Espino, con mucha elegancia, la muestra incluye piezas no únicamente de la postcontemporaneidad más multimedia y bastante vana, sino un abanico interesante de obras desde el arte conceptual ortodoxo de los 70, con vídeo acciones estupendas como la de Martha Rosler (EE.UU., 1943) y su discurso sencillo y eficiente, pasando por una selección supongo que bastante personal de artistas mucho más jóvenes españoles.
Artistas presentes en la exposición: Tania Blanco (Valencia, 1978), Harun Farocki (República Checa, 1944 – Alemania, 2014), Ceal Floyer (United Kingdom, 1968), Cristina Garrido (Madrid, 1986), Christian Marclay (EE.UU., 1955), Marta Minujín (Argentina, 1943), Begoña Olavarrieta G. (Granada, 1982), Ana Riaño (Bilbao, 1985), Paco Roca (Valencia, 1969), MP&MP Rosado (San Fernando, Cádiz, 1971), Martha Rosler (EE.UU., 1943), Francisco Ruiz de Infante (Vitoria-Gasteiz, 1966. Vive y trabaja en Francia), Mladen Stilinovic (Serbia, 1947 – Croacia, 2016) y Superflex (colectivo danés fundado en 1993).
Formidable el vídeo montaje en torno al teléfono de Christian Marclay en el que utilizando fragmentos de películas bastante populares y que reconocemos con facilidad genera una pseudo conversación con un hilo narrativo bien hilado, valga la redundancia, en el que hay principio, desarrollo y fin. Un final altamente cinematográfico y bien elegido de una imagen despegando a plano general.
[youtube_sc URL=https://youtu.be/yH5HTPjPvyE]
Pero el paseo continúa y me encuentro a la entrada del mismo una inteligentísima propuesta en torno al tema central de «conectados», por parte de Begoña Olavarría, quien había dispuesto un bloque con tarjetas que fotografié con la siguiente propuesta:
Ayer, por supuesto, llamé por la tarde a Begoña para preguntarle por la obra, cómo es que se le había ocurrido, si había tenido mucha repercusión, muchas llamadas, alguna anécdota, le comenté, por mi parte, que me resonaba su trabajo a la célebre pieza «Conversaciones Telefónicas» (que ella no conocía) de Isidoro Valcárcel Medina de 1973, cuando distábamos bastante de andar tan «conectados».
Fue una amena conversación para un par de personas que no se conocían y que como único interés en común era el arte contemporáneo. La sensación de hablar idiomas parecidos me conmovió como si, verdaderamente, estuviésemos parcialmente «conectados».
Bastante sugerente también me resultó la pieza del alemán Harun Farocki (República Checa, 1944 – Alemania, 2014) en la que utilizando una serie de «televisores» muestra películas o fragmentos de la historia del cine reflejando cómo éste retrataba los obreros y el movimiento de las fábricas a lo largo del siglo y pico que lleva entre nosotros. Obviamente, se pueden echar de menos películas, pero la selección no deja de ser válida. La imagen que forman los monitores muy bien expuesta tampoco es mala ni descuidada, sino, muy al contrario, de una delicadeza sorprendente.
Otra obra muy delicada, casi zen, me pareció la proyección de una libreta de anillas principalmente por la sabia elección del lugar hacia el que se proyectaba, haciendo coincidir el anillado central con un ángulo obtuso de la sala. Le debemos la pieza a Ceal Floyer (United Kingdom, 1968) de origen paquistaní.
A punto de terminar, me encontré con unas obras que me habrían resultado intrascendentes si no me hubiese acercado al material, porque algo me atrajo de ellas pero no era la imagen sino la factura.
Obras de Ana Riaño (Bilbao, 1985) donde juguetea y se burla de lo más virtual y conectante que aparentemente hay, como pueden ser las redes sociales reelaborando las imágenes con el material menos virtual posible: pintura acrílica sobre papel. De este modo, revierte la irrealidad virtual en realidad concreta, palpable (comercializable también, a diferencia del trabajo intangible de Begoña Olavarraía, pero ese es otro debate).
Otros trabajos me atrajeron mucho menos, pero no desmerece en nada la colección expuesta en este centro de arte que merece la pena visitar, incluso habitualmente, tan sólo por la increíblemente bella transformación del edificio antaño Palacio de las Telecomunicaciones (o sea, Correos).
Acción – minúsculo poema objeto a partir de un residuo de la acción Maletoide de Ana Mazoy dentro del proyecto Derivaciones llevado a cabo en el Centro de Holografía y Artes Dados Negros el sábado 6 de mayo de 2017.
Mi minúscula acción (mostrada ese día absolutamente off del encuentro) fue fotografiada por Jimena De la Rosa Sobrino en Daimiel al día siguiente para realizar la pequeña composición de cinco palabras incluidas en el corcho, de alguna manera, revelándonos lo que debería haber ocurrido.
Esa no es la cuestión.
Bob Dylan ha obtenido el Premio Nobel de Literatura 2016.
No conozco muy en detalle al propio Bob Dylan. Sé, como curiosidad, que su nombre está inspirado en Dylan Thomas (aunque en ocasiones haya sido afirmada otra cosa).
No sé, en concreto, si escribe libros de poesía. Conozco su música. Algunas de sus celebérrimas canciones.
Y aquí comienza el quid de la cuestión:
¿Es una canción un poema?
Hoy tengo una clase de Introducción a la Poesía Contemporánea. De hecho es el primer día dedicado a ella. Y de las primeras cosas que aclaro es qué es eso de la contemporaneidad, donde nos metimos de lleno desde mediados del siglo XIX de la mano de Charles Baudelaire (en EEUU haría algo similar Walt Whitman).
Se rompe con el criterio objetivable de una academia que decida qué es poesía (siempre circunscritos a la evolución de la literatura «occidental«) o qué es belleza «clásica«, lo que venimos en conocer como «canon«, pero entendiéndolo como diferente de «moda».
(Nota: Sería interesante saber por qué no se otorgan Premios de Literatura a Poetas Orales, que haberlos hailos. Quizá, aventuro, una mirada eurocentrista sobre qué es la literatura pueda tener algo que ver con ello)
A partir de ese momento, un poema lo es porque una persona afirma que lo es. (No hablo de su calidad, que ahora reposará en otros baremos)
Así, si yo digo que
A
es un poema, lo es.
No porque lo diga «yo«, sino porque yo «lo diga«.
La importancia no estriba en el yo, sino en la intención.
No es un tema de justicia, sino de criterio. No me importa a qué poeta o escritor le dan un premio, pero si un cantante (que no ha escrito poesía) es reconocido como poeta o escritor, se abre una peligrosa ventana al sinsentido: ¿por qué no un cineasta? ¿por qué no un (buen) político? ¿músico? Hay cineastas/músicos/políticos que han influido enormemente en la cultura popular o en la «alta» cultura. Por mí que le den el premio a quien sea… pero no por ello pasará a ser escritor y no: una canción no es un poema, ni un poema es una canción. Esto tiene que ver con la contemporaneidad y la necesidad de criterio subjetivo/intención creativa para sustentar una creación contemporánea. Pero la Academia es, como le corresponde: académica. Así que está generando, con este premio, un muy cuestionable criterio objetivable que retrotrae decisiones como estas a periodos pre-Baudelaire, o quizá dinamitan los criterios en un intento de postmodernidad, a mi entender, mal comprendida.
Como único comentario en una red social, apunté la frase: «Soy más de Leonard Cohen«, donde, subyacentemente, estaba dejando claro que, amén de cantante, Mr Cohen ha escrito una abundante obra puramente literaria, poética, que por cierto me encanta. Podía haber hablado del polifacético (adorable) Luis Eduardo Aute, escritor, cineasta, pintor y cantante, sí, también cantante.
Se puede decir que un músico no «escribe», mientras que un «letrista» de canciones sí, pero es un desplazamiento de la cuestión, puesto que podría entenderse «escritura» de una manera mucho más abierta de lo que lo es ahora mismo, muy fácilmente, abierta esta puerta.
¿Resulta un problema que una canción sea considerada un poema?
En realidad no resulta ningún problema. Es más, tampoco me parece ningún problema que un discurso político sea considerado un poema, ni que una pulsera de lana sea considerada un poema. Es más, cualquier cosa, CUALQUIER COSA, puede ser un poema. Esta, de nuevo, es la cuestión: lo único que quedaba para decidir qué era un poema era la voluntad (abierta) de declararlo como tal.
¿Bob Dylan se ha declarado POETA? ¿Ha reclamado sus canciones como poemas?
Sinceramente no lo sé, ni me importa: No es la cuestión «Bob Dylan», la cuestión es
¿Canción=Poema?
El sábado pasado tuve la primera «discusión» sobre el tema, comenzando por la adjudicación del Premio Nobel a Orhan Pamuk hace tiempo, en la que se consideraba por uno de los participantes una mala elección.
No defendí a Orhan Pamuk, sino que cuestioné la imposible «justicia» que algo como un Premio Nobel puede realmente hacer. Se trata de elegir un «escritor» de entre los millones que hay vivos del que afirmar que «es el mejor«. No hay forma de que esta decisión pueda ser llevada a cabo sin un alto grado de aleatoriedad, en el mejor de los casos, cuando no por influencias político-sociales inevitables.
(En un momento dado, incluso, de la conversación, se habló de la pertinencia o no de otorgar un premio como este a un individuo en los casos como la física, la medicina... donde sin un equipo detrás ese premio individualizado no se habría conseguido jamás. Pero esto desborda el debate, así que lo aparto para otra ocasión.)
Pero el caso de Bob Dylan es de otra dimensión, se trata de desdibujar lo que entendemos por escribir, por poesía, en un intento, posiblemente, de ganar visibilidad (lo que no me viene mal del todo) asignando el premio a una persona cuyas canciones han influenciado (¡han influenciado!) a los poemas (poemas) que inspiradas en ellas se han escrito.
En realidad, lo que sí me molesta de la adjudicación del premio a un cantante por ser cantante es que en esa aparente «ruptura de fronteras» entre poesía y canción, lo que veo es un oportunismo galopante, en especial de una Academia Sueca que ha logrado lo imposible: que se hable de poesía, aún sin saber nada de los procesos por los que ha pasado hasta llegar a donde está.
Me encantaría (no dudo que así sería si no fuese por un tema económico/prestigioso) que el señor Dylan declinase aceptarlo por decir alto: SOY CANTANTE, no poeta. Y a continuación saldría con él a la calle a solicitar la inmediata pertinencia de Premios Nobeles para Músicos, por ejemplo.
No tengo nada (¿cómo podría?) contra el intrusismo. Faltaría más. Me parece que nunca la creación artístico/poética ha estado más al alcance de ser realizada por cualquiera y eso es algo que estimulo y me apasiona. Pero a partir de esa misma posibilidad (relacionada, insisto, con la contemporaneidad) llevamos asociada la responsabilidad ética de la declaración de la intención, que se manifiesta en una postura coherente o discurso del artista.
En caso contrario, quiero que todos mis poemas sean considerados, a partir de hoy mismo, como cualquier cosa en función de aquella para la que pueda obtener mejores réditos, económicos, propagandísticos, publicitarios… según vaya viendo en el proceso. Esto no es intrusismo: es oportunismo. Y no me gusta.
Que la gente (mucha) opine que una canción es un poema… venga, vale, pues que opinen lo que quieran. Quizá por esto había evitado esta bala antes y me había ahorrado la discusión en un medio tan público como Facebook para airear mis opiniones que pueden ser tachadas de snob o elitistas, cuando en realidad no tienen nada que ver con eso.
Pero esa opinión ha de ser llevada a las últimas consecuencias: aceptar candidaturas a Premios Nobel de Literatura para políticos, músicos, bailarines, dramaturgos, guionistas, directores de cine, fotógrafos… pues también manejan «lenguajes» y resultan altamente influyentes en los poetas posteriores, quizá, seguramente, mucho más que los aburridos literatos que suelen ser premiados sin pena ni gloria.
Son ejemplares personas como John Cage, cuya música podría no parecerlo, pero él sabe que lo que está haciendo lo es porque él dice que lo es. Marcel Duchamp, Joan Brossa, Baudelaire, Rimbaud… y un largo etcétera de grandes y conocidos y muchos otros menos conocidos, como mi querido amigo Iván Araujo, pintor y grabador o el inigualable Isidoro Valcárcel Medina.
Pero sigo sin censurar en modo alguno al afortunado o desventurado Bob Dylan. Porque esa, esa nunca fue la cuestión.
El sábado presenté la acción ¿Y si mi cuchara es un tenedor? en el V ENCUENTRO Artes Vivas y Efímeras que convocaba Ana Matey en el centro de creación Matsu.
El trabajo que mostraba trataba sobre la libertad, sobre esa resistencia a aceptar la obligación, el dictado, la norma. Y su reverso más liberador: la creatividad, la realización como demostración de que todo es posible; la cuestión siempre es el cómo.
Tras una sucesión de acciones de diferentes enfoques, realizadas por Analía Beltrán i Janés, Pedro Déniz, Giusseppe Domínguez (yo mismo), Sofía Misma, Georgina Marcelino, Blanka Palamós i Claramut con su pareja y su bebé, Elisa Miravalles, Anna Bonfill, Eva Rodríguez, Blanco&Roja (Alba Blanco+María Roja), Nieves Correa, Abel Loureda y PACK Performance Art Company compuesto por Xirou Xiao, Xiaozhen Mao, Meng Meifu, Shihua He y Analía BiJ, cenamos en estupenda armonía una variedad de platos que cada cual había aportado con sus mejores intenciones y sin la menor problemática asociada a las dificultades habituales que últimamente pueblan cualquier evento gastronómico.
Acabó estupendamente, con un ambiente ameno y divertido, como suele terminar este tipo de eventos y me volví a casa (traído generosamente por una recién conocida documentalista) con una enorme sonrisa que no sabía muy bien explicar hasta que la contrasté con otros eventos de los que suelo volver agotado (no sólo tango).
El sábado, por encima de todo, primaba la libertad. Una libertad que se respiraba en un Epojé (del griego ἐποχή «suspensión») que casi hacía mi propuesta innecesaria, por falta de contexto. Pero también estaba presente en la creación variopinta, sin censuras, por placer, por onanismo, casi, pero sin desconsideración egocéntrica mediante, salvo la justa y necesaria.
Tuvo un colofón «discotequero» en el garaje/cobertizo del lugar con bailes bajo la acertadísima musicalización de Les Inspecteurs, donde cada cual movía su esqueleto como le venía en gana, sin pensar en técnicas, ni en calidades, ni en niveles, ni en nada que se le parezca. Cada cual ejercía la libertad de moverse bajo los estímulos recibidos sin otra premisa que la de dejarse afectar por la música.
libertad como bandera,
objetivo y método,
propuesta de partida y punto de llegadalibertad de acción
de las acciones y de las palabras
libertad de culto culta
libertad
libertad en todos los sentidos consentida sin consentimiento innecesario
libertad
liberadoralibertad en potencia y acto
libertad de verbo y gracia
libertad agradecida y agradecimiento
por generar espacios
donde la libertad
lo sea todo
y lo permita todo
pues sólo en libertad
concibo amor
concibo humano
concibo ser (llamémosle existir)
concibo concebir
concibo amar
concibo la felicidad
Afortunadamente, sé rodearme de quien al rodearme no me encadena, sino que abren veredas para que siga explorando el infinito universo de la vida.
Siempre que pregunto a alguien si es posible hacer un viaje en el tiempo contesta casi inmediatamente que no.
Pero yo no pregunto si el viaje ha de ser hacia «atrás» en el tiempo.
En realidad, todo viaje es un viaje en el tiempo y en el espacio. Incluso los viajes interiores. 😉
En concreto, este viaje al borde del embarcadero en el que ningún barco me estaba esperando, para regresar al mismo lugar, pero en otro tiempo.
La acción se realizó en Venecia el 5 de junio de 2016.
Como en la vida misma
Con motivo de la vigésima edición de la revista caminada convocada por Hilario Álvarez y su Oficina de Ideas Libres, a la que fui invitado a participar mediante un correo electrónico el 9 de mayo, respondí diciendo que contase conmigo y que me diese un tiempo estimado de duración de la acción como máximo a lo que me contestó diciendo que, entre otras cosas, si elegía que durase en continuidad, podía ser todo el tiempo que durase la revista.
Me acabé inclinando por esta modalidad, pensando en mi situación actual y en cómo se pasa la vida, como se viene la muerte, que diría Manrique: apagando fuegos.
Esta expresión, que muy bien simboliza ese tiempo en el que parece que no se hace otra cosa que ir sometiendo las dificultades, apagándolas antes de que se puedan convertir en incendios, si bien, desde su nacimiento, son pequeños incendios que queman nuestras vidas.
Decidí apagar fuegos, para lo que dispuse de una cajetilla de cerillas grande, de las utilizadas en la cocina de gas, con fósforos de unos 3 centímetros de longitud. Había pintado el exterior de la caja con rotulador negro.
El número de cerillas que debía apagar era de 81, pues la vida la podemos medir en «alfabetos» o sus múltiplos.
A lo largo del recorrido debía ir encendiendo y apagando las cerillas, con soplidos, o como fuese menester, sin dramatismo, sin mayor cuestión que la de ir devolviendo las cerillas apagadas a su caja, de la que partieron, pero cabeza abajo, es decir, con la parte ennegrecida en sentido contrario al sentido en el que la parte roja estaba inicialmente.
El obvio final de la caja debía ser el entierro, aunque bien podría servir el abandono en un contenedor, pues los alcorques de los árboles del centro de la ciudad no son adecuados para este menester.
Afortunadamente, en un momento dado del recorrido a punto de terminar la revista caminada, encontramos una saca con tierra para poder llevar a cabo el apropiado entierro de la caja que contenía el conjunto completo de fuegos apagados a lo largo del camino.