Problemas

Tengo problemas
para quedar contigo
y tengo problemas
para ir a este sitio
y tengo problemas
para este horario
y tengo problemas
para esta música
y tengo problemas
para este vecindario
y tengo problemas
para esta temperatura
y tengo problemas
para esta alimentación
y tengo problemas
para estos precios
y tengo problemas
para esta televisión
y tengo problemas
para esta programación
y tengo problemas
para este volumen
y tengo problemas
para esta mesa de al lado
y tengo problemas
para estas conversaciones
y tengo problemas
para estas muestras de cariño
y tengo problemas
para esta indiferencia
y tengo problemas
para este postureo
y tengo problemas
para esta estas alturas
y tengo problemas
para quedar contigo
que tienes problemas
para ir a ese sitio
y tienes problemas
para ese horario
y tienes problemas
para esa música
y tienes problemas
para ese vecindario
y tienes problemas
para esa temperatura
y tienes problemas
para esa alimentación
y tienes problemas
para esos precios
y tienes problemas
para esa televisión
y tienes problemas
para esa programación
y tienes problemas
para ese volumen
y tienes problemas
para esa mesa de al lado
y tienes problemas
para esas conversaciones
y tienes problemas
para esas muestras de cariño
y tienes problemas
para esa indiferencia
y tienes problemas
para ese postureo
y tienes problemas
para esas alturas
y tienes problemas
para quedar contigo.

Una de dos:
O tenemos problemas compatibles.
O tenemos problemas incompatibles.

Una de dos:
Quizá no queremos vernos.
Quizá no tenemos problemas.
Quizá ambas afirmaciones sean ciertas.

LipoHaiku Fuerte

Como ejercicio de los Talleres de Poesía Contemporánea, en este caso, basado en el temático de Poesía Clásica Japonesa, pido que escriban, en algún momento, un haiku combinándolo con una de las más interesantes restricciones de OuLIPO: el lipograma (en este caso, lo que yo llamo lipograma fuerte) y este fue el que yo hice a modo de ejemplo:

solo los ojos
son locos como pozos
con poco fondo

En el que, entre otras cosas, quería evitar la repetición de palabras, lo que suele ser difícil en este tipo de ejercicios. No es, obviamente, el primero que hago, como este otro dedicado a «embellecer» un poema objetual que le regalé a Pepe Buitrago.

Nudos

nudos sobre la cuerda
inundan el mundo
de nudos
inundados
anudados
a la cuerda
sin acuerdo
ni recuerdo
de ciertos
nudos
que anudan
la duda
donde el nudo
del mundo
sobre una cuerda
floja
afloja
la soga
alrededor
del cuello
de nudos
sobre la cuerda
de un mundo
inundado
de nudos
mudos
inmundos nudos
aunando
verbos
y adverbios
sobre la proverbial
inundación
de nudos idos
a otros mundos
idos
a otros recuerdos
sin acuerdo
sin cuerdas
atados
en la mayor locura
que imaginar puedo.

Sobre los champiñones y su evocación

Si los champiñones se desordenan me pongo nervioso. Sí, ya sé que es algo banal, pero es cierto. Procuro, dado el espacio disponible, minimizar el número de cortes sin que ello tenga el más mínimo sentido. Seguramente, sólo por alinearlos, estoy perdiendo tiempo y energía, pero me gusta que estén, al menos durante unos instantes, con un mínimo entrópico que me hace sentir que el universo no conspira contra la vida como parece indicar el segundo principio de la termodinámica. Es una batalla perdida. Sé que todo acabará en un máximo desorden. La muerte no es ordenada, por mucho que nos empeñemos en archivar cadáveres en tumbas alineadas como mis portobello, tumbas que en ocasiones han sido usadas como abrevadero de caballos, como bancos para sentarse, como suelos de iglesia donde bailar. Si los champiñones se desordenan, mi lugar en el mundo se tambalea y tiemblo, sí, tiemblo… además de temer cortarme accidentalmente con un cuchillo largo sin noche, un cuchillo poco afilado, de sierra, que me recuerda y evoca mis montañas de Colmenar, cuando escapaba en la adolescencia (que en mi vida duró una quincena desde la quincena) a la soledad fría de una nava cerrada. Malditos hongos que evocan tristeza siendo una alegría deleitarse con su melosa carne sacrificada sin sistema nervioso central sufriente. Malditos y desobedientes. Ese díscolo champi que saltimbanquea sobre sus compañeros juguetando a ser distinto como si pudiese evitar su destino inapelable (y sin pelar). La tabla no es glamurosa y de repente quiero tener una de madera de haya que he visto en un vídeo de sabiduría infinita que es más higiénico y menos dañino para mis mal cuidados cortadores que una de plástico o una de titanio respectivamente. Si los champiñones se desordenan tengo que contárselo al mundo, por si acaso alguien más ha sentido ese movimiento sísmico, esa perturbación en la calma, por si alguien más ha sentido o siente empatía con esos pequeños seres que van a morir y han muerto, a mis manos, para alimentarme, para dar de comer a unas células que mueren a razón de varias por minuto, desordenadamente, sin avisar, traidoras células que me abandonan y pueblan el mar de los sargazos del aire que respiro. Mientras tanto, para simplificar, porque siempre hay que simplificar, que diría Perec, sé que la comida estará lista en menos de media hora y que mi amiga disfrutará de mi cariño hecho receta, mucho más de lo que yo lo haría en una franquicia recalcitrante que me eduque a comer con la ética oportunista y de postureo que se lleva en esta ciudad acartonada, desordenada como champiñones mal alineados.

Pero esta última frase no resulta en absoluto simple ni simplificada, sino más bien lo contrario pues remite a la conflictividad socio-política que emerge en este siglo XXI en el que se abandona el afán por perseguir utopías en aras de una imagen que llene o rellene el tiempo y el espacio de una red social, producto de consumo dopamínimo oligopólico y esdrújulo en grado máximo.

Desisto de intentar simplificar lo que me pasa por la cabeza cuando corto unas setas redondeadas pues hierve mi mente en constante desestructuración, en constante decaimiento a un estado de mínima energía irreversiblemente. ¡Qué inefable me resulta todo (y nada)!

¡Gloria al silencio!
Dije a los gritos.

Esto no es una broma