
Este martes terminé este librito que le había regalado a Carmen en navidades, sin ninguna mala intención, más allá de que ella disfrutase la lectura de un autor que está en boca de muchas personas en muchas conversaciones, cuando consiguen salir de las que imponen los medios de masas.
Me ha parecido banal y referencial sin parar, como si no fuese más que un libro de texto de otros textos, pensamiento de otros pensamientos, en especial citando a Nietzsche sin parar pero sin actualizarlo mucho. Por no hablar de las carencias de contextualización que abundan, especialmente si lo comparamos con la lectura de Marvin Harris, por ejemplo.
Tan solo algunos párrafos del capítulo titulado Pedagogía de la mirada me han parecido dignos de ser apuntados:
La vita contemplativa presupone una peculiar pedagogía de la mirada. En Crepúsculo de los ídolos, Nietzsche formula tres tareas para las que se requieren educadores. Hay que aprender a mirar, hay que aprender a pensar y hay que aprender a hablar y a escribir. El objetivo de este aprendizaje sería, según Nietzsche, adquirir una «cultura noble». Aprender a mirar significa «hacer que el ojo se acostumbre a la calma, a la paciencia de esperar hasta que las cosas le lleguen», es decir, capacitar el ojo para una atención intensa y contemplativa, para una mirada prolongada y reposada. Este aprendizaje de la mirada sería la «primera propedéutica de la espiritualidad». Hay que aprender «a no reaccionar enseguida a un estímulo, sino a manejar los instintos de inhibición y de moldeamiento».
La brutalidad y la ordinariez estribarían en la «incapacidad de oponer resistencia a un estímulo», en la ineptitud para responder al estímulo con una negativa. Reaccionar enseguida a cualquier impulso y dejarse llevar por él supondrían ya una enfermedad, un deterioro, un síntoma de agotamiento. Lo que Nietzsche formula aquí no es más que la necesidad de una revitalización de la vita contemplativa, que no consiste en acatar pasivamente ni en decir que sí a todo lo que nos sobreviene y acontece, sino en saber oponer resistencia a la agobiante avalancha de estímulos. La vita contemplativa guía soberanamente la mirada y no permite que se deje llevar por impulsos externos. Como acción soberana de rechazo, es más activa que toda hiperactividad, que justamente viene a ser un síntoma de agotamiento espiritual. Arendt pasa por alto la dialéctica de la actividad, según la cual una actividad incrementada hasta la hiperactividad se torna hiperpasividad, en la que uno ya se deja llevar por todo impulso y estímulo sin ofrecer ninguna resistencia. En lugar de libertad, esa dialéctica genera nuevas coerciones. Es un engaño creer que cuanto más activo sea uno tanto más libre será también.
[…] Hoy vivimos en un mundo que es muy pobre en interrupciones, en intervalos y en intermedios. La aceleración elimina todo intermedio. En el aforismo «El defecto principal de las personas activas», escribía Nietzsche, «a las personas activas les suele faltar la actividad superior […]; en este sentido, son vagas. […] Las personas activas ruedan como rueda la piedra: con la necedad del mecanismo».
Mientras tanto, para evitar tanta sociedad del cansancio, me he dedicado a extraer el texto escribiéndolo «a mano», sin OCR o inteligencia artificial que procese unas fotos de las páginas que me interesaban. Pero no me olvido de que yo puedo permitírmelo. Al contrario que este filósofo de masas, no ignoro la lucha de clases, ni la pertenencia a colectivos más o menos desfavorecidos que no están precisamente «auto imponiéndose» una forma de vivir, sino que siguen viviendo esa «sociedad disciplinaria» en la que, si no llegan a fin de mes les van a echar de sus casas, les van a prohibir el acceso a unas merecidas vacaciones, una jubilación en condiciones o una sanidad con cobertura plena. Mientra tanto, tienen que seguir «autoexplotándose» como si no hubiera mañana y alcanzan un «burn-out» que nada tiene que ver con navegar sin parar por redes sociales. Salvo como estrategia de evasión de unas vidas que continúan alienadas como ya predicaba K. Marx.
La verdad que es me ha hecho gracia, después de esta parrafada, encontrarme con este meme que banaliza sobre esta banalidad que ha sido la lectura de Han.

Yo, después de leer esta ligera reflexión, no he aprendido nada nuevo, nada que no estuviese contenido en las fuentes que, por suerte, ya leí hace años y procesé con mi propio pensamiento. Cosas…

Ahora me están dando ganas de releer a Nietzsche, pero no quiero acabar siendo una máquina de citas como Byung-Chul Han, de quien me dicen que tiene buenos libros. Quizá sea cierto, pero de momento, me parece un pensador demasiado pegado a la actualidad, a la modernidad, a la moda, en fin, como para ser relevante más allá de la fabricación de eslóganes que funcionan muy bien en redes sociales.
Su libro La sociedad del cansancio, escrito en 2010 (a partir, parece, de fragmentitos de ensayos), ya está parcialmente obsoleto… mientras que el citadísimo autor alto-sajón sigue vigente y fundamento de filósofos que se suben a brazos de gigantes, pero miran hacia abajo (por no decir al ombligo).