Branca

Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca,
Branca, Branca, Branca…

No hay poema escrito
ni por escribir
más lindo
ni lleno de sentimiento
que tu nombre.

    Sydney, 130196

Texto escrito, equivocadamente, hace hoy justamente 30 años. Me quedaba tanto por vivir… ¿Cuánto me queda aún?

Nudos

nudos sobre la cuerda
inundan el mundo
de nudos
inundados
anudados
a la cuerda
sin acuerdo
ni recuerdo
de ciertos
nudos
que anudan
la duda
donde el nudo
del mundo
sobre una cuerda
floja
afloja
la soga
alrededor
del cuello
de nudos
sobre la cuerda
de un mundo
inundado
de nudos
mudos
inmundos nudos
aunando
verbos
y adverbios
sobre la proverbial
inundación
de nudos idos
a otros mundos
idos
a otros recuerdos
sin acuerdo
sin cuerdas
atados
en la mayor locura
que imaginar puedo.

Consentimiento

miento si no digo que
esta palabra
es la palabra
esta palabra
es el futuro
y debió haber sido
el pasado
esta palabra
es crisis política
es crisis social
es crisis económica
es crisis financiera
es crisis internacional
es crisis filosófica
es crisis ética
es crisis religiosa
es crisis feminista
es crisis literaria
es crisis poética
es crisis mental
en cuanto cambio
consentimiento
sentimiento
miento

o mento el sentimiento
con consentimiento

no miento

consentimiento
de olvidar
pedir perdón
antes que
pedir permiso

consentimiento
es la palabra
o
no será

y será
muy triste
una vergüenza
una debacle
una pesadilla
una catástrofe
sin apóstrofe

consentimiento
o muerte

consentimiento
es la última frontera

¿qué hay
al otro lado?

Sobre los champiñones y su evocación

Si los champiñones se desordenan me pongo nervioso. Sí, ya sé que es algo banal, pero es cierto. Procuro, dado el espacio disponible, minimizar el número de cortes sin que ello tenga el más mínimo sentido. Seguramente, sólo por alinearlos, estoy perdiendo tiempo y energía, pero me gusta que estén, al menos durante unos instantes, con un mínimo entrópico que me hace sentir que el universo no conspira contra la vida como parece indicar el segundo principio de la termodinámica. Es una batalla perdida. Sé que todo acabará en un máximo desorden. La muerte no es ordenada, por mucho que nos empeñemos en archivar cadáveres en tumbas alineadas como mis portobello, tumbas que en ocasiones han sido usadas como abrevadero de caballos, como bancos para sentarse, como suelos de iglesia donde bailar. Si los champiñones se desordenan, mi lugar en el mundo se tambalea y tiemblo, sí, tiemblo… además de temer cortarme accidentalmente con un cuchillo largo sin noche, un cuchillo poco afilado, de sierra, que me recuerda y evoca mis montañas de Colmenar, cuando escapaba en la adolescencia (que en mi vida duró una quincena desde la quincena) a la soledad fría de una nava cerrada. Malditos hongos que evocan tristeza siendo una alegría deleitarse con su melosa carne sacrificada sin sistema nervioso central sufriente. Malditos y desobedientes. Ese díscolo champi que saltimbanquea sobre sus compañeros juguetando a ser distinto como si pudiese evitar su destino inapelable (y sin pelar). La tabla no es glamurosa y de repente quiero tener una de madera de haya que he visto en un vídeo de sabiduría infinita que es más higiénico y menos dañino para mis mal cuidados cortadores que una de plástico o una de titanio respectivamente. Si los champiñones se desordenan tengo que contárselo al mundo, por si acaso alguien más ha sentido ese movimiento sísmico, esa perturbación en la calma, por si alguien más ha sentido o siente empatía con esos pequeños seres que van a morir y han muerto, a mis manos, para alimentarme, para dar de comer a unas células que mueren a razón de varias por minuto, desordenadamente, sin avisar, traidoras células que me abandonan y pueblan el mar de los sargazos del aire que respiro. Mientras tanto, para simplificar, porque siempre hay que simplificar, que diría Perec, sé que la comida estará lista en menos de media hora y que mi amiga disfrutará de mi cariño hecho receta, mucho más de lo que yo lo haría en una franquicia recalcitrante que me eduque a comer con la ética oportunista y de postureo que se lleva en esta ciudad acartonada, desordenada como champiñones mal alineados.

Pero esta última frase no resulta en absoluto simple ni simplificada, sino más bien lo contrario pues remite a la conflictividad socio-política que emerge en este siglo XXI en el que se abandona el afán por perseguir utopías en aras de una imagen que llene o rellene el tiempo y el espacio de una red social, producto de consumo dopamínimo oligopólico y esdrújulo en grado máximo.

Desisto de intentar simplificar lo que me pasa por la cabeza cuando corto unas setas redondeadas pues hierve mi mente en constante desestructuración, en constante decaimiento a un estado de mínima energía irreversiblemente. ¡Qué inefable me resulta todo (y nada)!

¡Gloria al silencio!
Dije a los gritos.

Contradicción. Un díptico.

¡Qué bellos recuerdos resumidos en un díptico con dos fotogramas del vídeo que grabó mi querida Aída B. Márquez con cámara en mano!

Estos 2 únicos fotogramas servirían para resumir la acción simplona (Contradicción) que en su día (hace 20 años) planteé dentro de un taller que coordinaba de Arte de Acción en Clave 53.

Esto no es una broma