Cada vez que termina un curso
tengo una sensación de vacío
e incertidumbre
que nada tiene con el celebérrimo
principio.
Parece que termina
no ya el curso
sino
una fase completa de mi vida
en la que dejar atrás
personas a las que amaré siempre
personas a las que recordaré
personas.
Cada vez que termina un curso
hago acopio de valor
para creer
que hay un futuro mejorable
que hay un futuro
en el que la poesía siga siendo
espacio de libertad
en el que la poesía siga siendo
verdad
hasta en la mentira.
Parece que termina
una forma de entender el mundo
una carrera espacial
por las páginas de mil libros
un paseo por las nubes
de un millón de versos.
¿Cuántos?
¿Cuántos versos llevo leídos
en toda mi vida?
¿Cuántas palabras?
¿Cuántas letras?
Esos números me impresionarían
curso tras curso
y sigo creciendo
y sigo creyendo
en la posible confrontación
de la poesía con la prosa
en el mejor y en el peor
de los sentidos
respectivamente.
Ordeno cuadernos.
Cierro ciclos.
Apunto horas.
Anoto temas.
Escribo nombres.
Barajo futuro.
Pero
¿habrá futuro?