
Me gustó la decoración, no puedo negarlo, de este establecimiento (de una cadena de ellos) que dice ser una tienda de perfumerías nacida en Málaga en 1953.
Pero seguro que, desde aquellos tiempos hasta hoy, ha llevado a cabo una transformación que lo sitúa en otro de esos templos del neo-consumismo masivo absurdo que, combinado con las redes sociales basadas en la imagen, en la superficie, en lo banal, juega a regalarle a la juventud un sueño de autorrealización.

El colmo del absurdo es llegar a la zona «vegana» u orgánica y natural. Es de un «greenwashing» tan de manual que si no existiese el término, habría que haberlo inventado en este punto.
Eso sí, todo es bello, bonito, apetitoso. Apenas sí hay hombres ateniendo, pero la media de edad de las dependientas debe de rondar los 20 años. Bellas, bonitas, pretendidamente simpáticas.
Todo pensado para querer pasar la jornada allí, incluso sus laberínticos pasillos que dejan aquella recurrente queja sobre IKEA a la altura del betún.

El aire acondicionado, por supuesto, hacía agradable la estancia en este espacio tan artificial que daba la sensación de estar en el decorado de una película futurista.
Fue graciosa la visita, si no fuese peligroso lo que encierra.
Como comentario a Carmen, le dije que allí mismo estaba toda esa «gente joven» que supuestamente añoran en las milongas de Tango y que yo no encuentro en los Talleres de Poesía y que a duras penas ves en una sala de cine. Cada día veo más obvia mi obsolescencia.