Con esta «lujosa» frase, mi querida amiga Lilian Flores, me animó hace ya casi 27 años, a lanzarme a confirmar el amor que le tenía a Carmen.
Carmen estaba pasando unos días en Mojácar (donde después estuvimos tantas y tantas veces juntos) y me había escrito una amorosa postal. Yo no me decidía a dar ningún otro paso que el de esperar a que volviese. Entonces le pregunté a Lilian quien me dijo esta frase «A las mujeres no nos gustan los cobardes».
Finalmente, no me lancé a ir a donde veraneaba Carmen porque en teoría estaba a punto de volverse cuando yo recibí la misiva, además de que la dirección del remitente estaba mal escrita (había escrito en ella su dirección postal de Madrid). Frente a la idea de estar paseándome por el pueblo buscándola al más puro estilo peliculero, decidí esperar un día y ver si ella volvía.
Recuerdo valorar aquella frase como un secreto que yo no había conocido a lo largo de toda mi vida (especialmente adolescente) y explicativa de mis escasas dotes ligando.
Con el paso de los años, no obstante, la sentencia me parece que ha envejecido como esas películas machistas de los años noventa que ahora dan algo de grima ver: ¿Las mujeres? ¿Los cobardes?
De alguna manera, me parece, amén de estereotipada, también cargada de un binarismo simplista, de un sexismo evidente (Las/Los), atribuyendo cualidades intrínseca e inevitablemente asociadas a géneros. ¿Podía afirmarse, de la misma manera y significando lo mismo «A los hombres no nos gustan las cobardes»? (siguiendo con el binarismo).
Yo siempre me había declarado «cobarde» y a mucha honra, pero también porque cada vez que se hablaba de valentía solía asociarse a actitudes violentas camufladas de conductoras de voluntad, en casi toda ocasión, valentía era masculina. La voluntad era la de él, cualquier él, no de ella.
Hoy yo no diría esa frase de esa manera y me está empezando a pasar algo relativamente parecido con la palabra «consentimiento»:
Aunque defiendo que es una de las más importantes palabras del siglo XXI, mi reflexión es la siguiente: ¿Consentir no forma parte de lo que lleva a cabo un ser pasivo? Se consiente o no se consiente lo que otra persona propone. ¿No sería necesaria una actitud más activa?
Hay que buscar más allá del consentimiento en un lugar en el que este ya se dé por necesario y descontado (que no por obtenido). Pocas veces, cuando pienso en esta palabra, imagino a un hombre siendo quien «otorga» su consentimiento. ¿Por qué?