En el 2003, tras realizar una serie de antropometrías o sea, de acabar hasta arriba de pintura al agua, unos asistentes a los talleres de Creatividad, metimos las manos en una caja plagada de cubitos de corchipán blancos para intentar liberarnos del rojo intenso que nos recordaba la sangre.
No logramos sino que se tiñesen de un rosita violáceo y los decidí colocar dentro de esta urna de vidrio que recuerda, lejanamente, la obra titulada "por qué no estornudar? Rrose Selavy".