Es bien verdad que los amigos están para ponerle a uno en situaciones comprometidas. Sin embargo, tales compromisos están revestidos de un cierto carácter de obligación dulce, es decir, uno no puede por menos que sustraerse al encanto de verse sometido a la tortura de tener que prologar el primer libro o apadrinar el primer niño, sobre todo sin sentirse capacitado para hacer cualquiera de las dos cosas. Francamente, el autor me lo hubiera puesto más fácil con lo del niño. Y con este comentario ya me doy por suficientemente vengado y puedo pasar sin reparos a la disección de Giusseppe, que me dejará llamarle Pepito. (No le queda más remedio...)
Corría el año 1986 cuando me dirigía a las clases que recibíamos en la
Universidad Autónoma de Madrid,
un par de horas antes del comienzo de las mismas.
La masificación era bestial por aquellos entonces y si uno quería asistir a las
lecciones viendo algo más que tres mil nucas delante de él, tenía que caer en
ese vicio ancestral de la humanidad que es madrugar.
El aula estaba desierta, en premio a mis desvelos matutinos,
así que coloqué mis cosas por ahí y dejé vagar la mente un rato. Entonces
reparé en Pepito. Estaba en el fondo del aula, sentado, solo, con expresión
de gurú y dejando translucir solamente la batalla que reinaba en su interior,
en ósmosis con el silencio del aula. Me acerqué y le dije, con la sencillez
que siempre nos ha caracterizado:
- Hola. ¿Qué haces ahí?
Me miró largamente y dijo:
- Meditar.
Supongo que ese fue el principio de la amistad, aunque no lo tengo muy claro. No era muy común ver a alguien meditar, y encima en la universidad, y para colmo en una carrera de ciencias, y por ende en esta vida. Dije lo que pensaba: "No se debe molestar a los que meditan". Y dando media vuelta salí del aula sin que él hiciera el más mínimo gesto por detenerme.
A partir de ahí, se me antoja que comenzó lo que tenía que ser una amistad de las más prolongadas, que resistió todo tipo de evoluciones. Porque lo que separa a los amigos no es más que eso, la evolución en la forma de pensar. Tomábamos café... nos veíamos de vez en cuando... pero sobre todo, hablábamos. Y no necesariamente de los estadios éticos y estéticos de las grandes decisiones de la vida, sino también de los ojos que acababan de pasar, los colores de cualquier cosa o la poesía de cualquier cantautor urbano y canalla. Infinidad de cosas. Y en todas las conversaciones existía eso que se puede observar en la poesía de Pepito: la facilidad para conectar con los sentimientos profundos. No necesariamente el amor, tal y como se entiende desde los tiempos en que Becquer revolucionaba a las quinceañeras de todos los tiempos, sino los miles de sentimientos derivados de éste mismo, sobre el que tanto se ha escrito que no sé si queda algo por decir que no sean las experiencias personales de cada uno.
Y de esto están llenas estas poesías, de experiencias. Compartir tantos aspectos de la vida del autor me hace entender muchas de las cosas que dice, por lo que a partir de aquí el lector comprenderá que mi imparcialidad queda en entredicho. A veces lograba conectar con mis sentimientos incluso cuando me encontraba en países hostiles donde debido a las barreras idiomáticas y sociales estaba excluido todo intercambio espiritual; entonces llegaba por medio de ese avance de los tiempos modernos - el correo electrónico - un poema que lograba apartarme de todas las tareas cotidianas y hacer que uno pensara en sí mismo desde otro plano. Muchos de estos versos adornaron mis lugares de trabajo. La tarea no se hacía menos dura; pero de vez en cuando la vista descansaba sobre esas rimas inquietas, garrapateadas sobre una servilleta o escritas incluso en estado no demasiado políticamente correcto, y uno sentía que al menos en su vida existía una válvula de escape.
Al lector que se introduzca en la forma que tiene Pepito de ver las cosas no se le escapará que también significan una válvula de escape para él. No tiene más remedio que gritar lo que tiene dentro, y la verdad es que tiene mucha suerte de poder expresarlo, aunque sienta incapacidad a veces. Esto aparece explícitamente en algunas de sus poesías, donde se lamenta de la insuficiencia de las palabras para decir lo que quiere decir, sin darse cuenta de que éste ha sido siempre el gran problema de los escritores.
El presente libro de poesía está inspirado en muchas vivencias personales del autor. Muchos de dichos "piropos" poseyeron una destinataria concreta en el devenir de su vida; sin embargo, tal y como muchos escritores lo hacen para sí mismos, los piropos que salen de su corazón lo hacen para llenarle de autogozo. Necesita esa alegría de vivir; si le prohibieran piropear le habrían prohibido enamorarse para siempre jamás. En definitiva, ni siquiera necesitan ser aplicados en el sentido castizo del piropeo; en ocasiones, son tan sólo un piropo para nuestros ojos desde la blancura del papel.
En definitiva, creo que algo que se puede decir de la obra de
Pepito en general es que, incluso si tienen las rimas perfectamente
cuadradas y las sílabas totalmente cuantizadas según los designios
de la métrica tradicional, sus versos son auténticamente,
Alberto Luna Fernández, Madrid, Septiembre, 1999